CANIBALISMO RITUAL: “Un poco silencioso elogio al cine mudo”

José Luis Barrera

 

 

 

 

 

El coronavirus desnudó el terror humano —y atávico― al silencio. A la mayoría lo que más le desespera de la cuarentena es que los motores y las voces, como víctimas de una divinidad con control remoto, quedasen callados de repente. Es natural, nuestros antepasados homínidos sabían que sus depredadores acechaban desde los oscuros rincones de la ausencia del ruido y, por eso, es probable que actividades que requieren calma y atención reposada, como la lectura o la música académica, están depreciadas.

El cine, desde los años treinta del siglo pasado, abandonó el silencio para entrar en el intercambio de diálogos ingeniosos o, a veces, no tanto, tratando quizá de llenar los vacíos que solo un piano podía sustituir en los albores del séptimo arte. Con el triunfo de los parlamentos, dejaron de ser necesarios los gestos exagerados o las miradas sugestivas y, por lo mismo, la interpretación adquirió características distintas.

Sea cual sea el caso, el espectador se volvió cómodo. La exigencia del cine mudo, que se morigeraba con intertítulos, desapareció en los labios de los actores para trasladarse a tramas —o subtramas—complejas, efectos sofisticados, etcétera.

No todo tiempo pasado fue mejor, de modo que no pretendo decir que este o aquel cine es mucho más valioso; sí, por otra parte, me interesa el hecho de que, ahora, ver cine mudo requiere valentía, pues nuestras mentes evaden el silencio. Es obvio: en calles y avenidas, ríos de carne y hueso desembocan a diario en torrentes de charlas insustanciales o pitos de locomotoras; el avance de la técnica está en constante conflicto con la calma. La velocidad que Marinetti exaltaba en los manifiestos futuristas suena a cláxones y, francamente, un Gustav Fröhlich haciendo muecas frente a la cámara, hoy, queda en fuera de juego.

Pero justamente esta es la razón por la que es imperativo volver al cine mudo: es necesario recuperar, tanto en el público como en la producción, la exigencia intelectual, la pureza de las interpretaciones, los guiones audaces ―que plasmaron HASTA las premisas del surrealismo, expresionismo y otras corrientes de vanguardia—, la inocencia de la industria cinematográfica ―que ahora es poco más que un mito—, pero sobre todo la importancia que se daba al silencio como una estrategia narrativa, comprendiendo que aquello que no se dice casi siempre es más importante que lo que sí.

Tal vez los gags, los besos con inclinación de cintura o los desmayos melodramáticos parezcan ridículos a un público habituado a sobredosis cada vez más exagerados de «hechos». Sin embargo, el cine —y el arte en general― es una de las herramientas que creó el hombre para domeñar a la realidad. Los humanos no necesitamos ruidos, charlas interminables y artistas empeñados en doblegarse ante la crudeza de las circunstancias actuales, buscamos justamente lo contrario: una realidad que se doblegue ante el poder de la imaginación.

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