Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La música que no deberías escuchar”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

Eres mi reloj, nunca te pares. Tic toc Tic toc.

Ya había publicado “Cuatro tazas de café”. Lo hizo en 1994. En ese tiempo yo era un niño enfrentándose a la temprana y trágica desaparición de su hada madrina de la tele, Mónica Santa María, mientras que un muy joven Javier Ponce Gambirazio saboreaba su primer libro publicado. Tras ese primer poemario vio sus cicatrices nuevamente impresas en “La música que no escuchamos”.

No es la primera vez que me paro en la tribuna imaginaria que han construido para mí a recomendarles un libro de este psicólogo clínico peruano. Me pongo en galas frente a ustedes, amigos irreverentes, cada vez que he comentado alguna de las obras de este escritor (y cineasta también) que se ha dedicado a lo largo de su carrera a ensuciar el tapete blanco que los demás ponen sobre la mesa con un color rojo, muy rojo. Es su tarea autoimpuesta. Cuando empecé a escribir mis relatos diarios (hace casi tres años) siempre fue generoso conmigo. Recibía mi trabajo y lo impulsaba – lo impulsa hasta el día de hoy -. Recuerdo claramente su consejo más valioso: “No busques parecerte a nadie. Sigue escribiendo de esa forma demente”. Fue justamente lo que hice y hoy se lo agradezco públicamente.

Me puse un poco emocional, para variar. Ya saben que mis reseñas son desquiciadas, muy acorde al protagonista de la de hoy. Trataré de concentrarme en el libro que llegó a mis manos recién el año pasado. Pienso que “La música que no escuchamos” es el punto de partida en la búsqueda de su estilo. Creo que marcó un antes y un después. Fue el descubrimiento de una pluma absolutamente diferente, malcriada, insana, peligrosa, no apta para casi nadie, terrible, enferma, exquisita, deliciosa, genial. Desde la primera canción de despedida hasta terminar su conteo del uno al diez me vi juzgándolo. Yo era un ángel caído con un taco roto a su lado. No podía creer lo que estaba leyendo. Cada página era una bofetada en la cara. Vargas Llosa lo tira al fuego, pensaba. El Vaticano lo excomulga (en realidad, bien podrían). No quería oír la tonada que proponía, quizá por distinta. Ya estaba sobre el barco y soy muy marica para saltar. Fui descubriendo que entre más quería taparme los oídos más alto ponía el volumen.

Una sola media. Un amante dolido mutilador. Un hombre feo con problemas con las hadas de cuento (con algo así empecé, ¿no?), un pintor aberrante y sus frutas secas – envenenadas de tiempo – una alucinación que nunca se le ocurriría a alguien más, un solitario que lleva el número cinco como fetiche, una mujer inválida torturada por su hermana…

¿Entienden de lo que hablo? Él escribe así. La lucidez con la que se sienta a conspirar contra la literatura es inmensamente brillante y auténtica. ¿Es ese su secreto? Lo que sé es que se sumerge en las aguas más vulgares del interior del ser humano. Lo más cómodo es nadar entre lo cristalino y lo puro. Se los digo con la autoridad de quién lo hace plácidamente para recibir sus halagos y punto. Para alimentarme de su cariño que me basta. Las polémicas se las dejo a él. Javier nunca escoge el camino más corto y bello. Ponce Gambirazio se pierde en la ruta más enferma y tenebrosa del espíritu de forma salvaje y tierna al mismo tiempo. Es la esencia de este libro.

Si los textos de este chico no son para todos, este en particular es para un porcentaje aún más pequeño. No sé si ustedes estén en esa isla literaria, la verdad. Pero si están leyendo mi columna entonces les debe gustar lo que no es tan tradicional y en esos campos él es rey.

[Él es Madonna y en su reino soy príncipe. Yo no pago nada, queridos. VIP room]

Siempre los voy a invitar a corromperse levantando los tornillos sueltos que deja sobre las almohadas en las que se va posando. Lo recomiendo con orgullo, y eso es porque yo le apuesto a caballo ganador. No es de bueno, no se equivoquen, es de astuto.

Léanlo.
Mejor no. No sé. No deberían ni estar leyendo esto.
Allá ustedes.

*Te escucho desde aquí, cinco vidas. Ojalá nunca deje de sentir tu ahogado suspiro creador. Sigue cantando, aunque ponga cara de que no quiero oírte. No es que no quiera, es que no debo. Me hago el angosto.

Nosotros no tenemos destino. No nos movemos hacia ninguna parte. Quizás porque no hemos logrado salir, cruzar esa verja que nos condena al ostracismo de tener que mirar para adentro, con los ojos cerrados para imaginar un poco de sonrisa con la finalidad de defendernos de esas miradas que nunca nos miraron.”
(Extracto de “Los pies de la Cenicienta”. Pág. 58 – “La Música que no escuchamos”).


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