CANIBALISMO RITUAL: “Las voces de los libros”

José Luis Barrera

 

 

 

 

Por un monstruo que no mide siquiera una micra, las calles se han convertido en desiertos y, como a personajes de José Donoso, nos sepulta en casa. Este sitio, que solo visitábamos para pernoctar, ahora es el único asequible; y lo que se halla dentro, nuestra única herramienta para sobrevivir —y sobrevivirnos.

Libros, televisión, computador son, ahora, enlaces con un mundo que, pese a encontrarse al otro lado de la puerta, se ha vuelto lejano. Los medios digitales unen con el mundo de hoy, con las noticias terribles o con las instrucciones que, más o menos torpemente, imparten los funcionarios públicos a diario. Mientras que los libros funcionan como un cordón umbilical con el pasado, son una de cámara del tiempo, donde civilizaciones extintas perviven a través de sus ideas.

Las experiencias, miedos y anhelos de hombres de otro tiempo están condensados en pequeñas letras y, no importa si se trata de un libro de papel o de bits, se transforman en un interlocutor, en ese otro sin el que no es posible ser uno mismo.

Antes, la gente vivía sin pensar demasiado en la muerte. Naturalmente, todos estábamos conscientes de ella, pero si no la enfrentábamos cara a cara —en forma de un padre enfermo, un amigo herido…— era apenas una amenaza distante, fantasmal. Hoy, el demonio está al acecho en la esquina y no tenemos idea de cómo enfrentarlo, de modo que se impone la necesidad de hablar con esos a los que la prisa de las necesidades cotidianas nos había obligado a olvidar.

Filósofos y poetas ya no son un ocio, sino un paliativo para la incertidumbre. No hablo, por supuesto, de salvavidas new age, autoayuda o una cura milagrosa, solo de un sustituto —escrito— para la voz del amigo e, incluso, del enemigo de carne y hueso, que están ausentes.

Si bien es cierto que leyendo a Shakespeare no encontraremos la cura contra el coronavirus, ni siquiera revisando la historia de la peste negra u otras plagas similares, pero estaremos acompañados y no solamente por la voz de los autores contenidos en nuestras bibliotecas, sino por aquellos que los inspiraron y, además, por los que nos regalaron, vendieron o prestaron esos volúmenes que, impertérritos, contemplan nuestra vida desde sus estantes.

Sí, los libros guardan, en tinta, las voces de miríadas de hombres y el encierro nos debe llevar a escucharlas, pues mitigan la orfandad en la que nos encontramos ahora. Aunque se trate de una idea manida, es verdad que son compañeros de viaje, son la memoria de la humanidad.

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