Muertos

Lucas Berruezo

 

 

 

 

Los ve por todas partes, ya llenaron la habitación… No importa hacia dónde mire, ahí están. A veces la mujer embarazada, a veces el chico con la gorra de Mickey, a veces el hombre con el pecho hundido, a veces los otros. Son muchos, casi todos viejos. Y cuando cierra los ojos, cuando ya no aguanta más y no quiere ver esas caras blancas, esos ojos vacíos, esas bocas tan abiertas, los escucha. Los gritos, tan agudos que lastiman. No hay forma de escapar. No hay manera de volver el tiempo atrás. Todos ellos llegaron para quedarse, como ese virus que había sido ignorado al principio, subestimado después y temido al final. Ahora ya es tarde para el virus. También para las nuevas personas que están en su living. También para él. Ya es demasiado tarde para todos.

En ese momento ve el ventanal que da al balcón. Afuera la noche está fresca. El cielo se muestra oscuro, sin nubes. La ciudad duerme. O muere… Él no lo considera dos veces. Corre, atraviesa el espacio abierto que deja el ventanal y, agarrándose con ambas manos de la baranda del balcón, mira el vacío.

Abajo, en la calle, no hay nadie.

Arriba, en el departamento, una multitud de ojos muertos lo mira hacer.

Nadie interviene.

Sólo gritan.

***

UNA HORA ANTES

1

–¡Es al pedo! –decía Carolina, sin ocultar su risa–. No va a funcionar.

–Tampoco es que funcione en circunstancias normarles –le respondió Claudio, también riendo–. Es para pasar el tiempo, nada más.

–Yo me sumo –agregó Leonardo.

–Yo también –intervino Eva–. Cualquier cosa con tal de distraerme un poco.

–¿Y cómo haríamos? –volvió a decir Carolina.

Claudio les explicó cómo podían hacer.

Les habló a sus amigos o, lo que en ese momento era lo mismo, a las caras de ellos en la pantalla de su computadora. En sus reuniones de los viernes ya habían jugado un par de veces a la Ouija. Él, incluso, se había comprado un tablero original. Si bien había sido una decepción encontrarlo en la góndola de juegos de mesas del supermercado y notar que los fabricaba la misma empresa que hacía otros juegos para chicos, la verdad era que tenía un aspecto aterrador y funcionaba bastante bien. La cosa esa que servía para señalar se había movido cada vez, para sorpresa de algunos y suspicacia de otros.

Ahora, con la imposición legal de la cuarentena, habían reemplazado las juntadas en su departamento por reuniones virtuales. Así, cada uno hablaba desde su casa, reía desde su casa y tomaba cerveza desde su casa. Ya era la tercera reunión que tenían así. La primera había durado una hora y media. La segunda, poco menos de una hora. Por cómo venía la cosa, si no hacían algo esa charla apenas superaría los treinta minutos y para la semana próxima empezarían las excusas y las ausencias. Fue por eso que Claudio propuso jugar a la Ouija. Así. Como estaban. Conectados.

2

La idea era sencilla: Todos iban a permanecer en línea, con las luces de sus casas apagadas y agarrando el mouse. Por su parte, Claudio guiaría la invocación, con una pequeña particularidad: no usaría esa «cosa esa que señalaba», sino su propio mouse, que apoyaría sobre el tablero. También dejaría una luz encendida, para poder ver las letras y los números. Finalmente, empezaría la sesión. No iba a funcionar, obvio. Después de la primera vez que habían jugado, y sorprendido al ver que «la cosa que señalaba» realmente se había movido, Claudio no dudó en buscar en Google, donde encontró que en realidad «la cosa» sí se movía, sólo que no eran los espíritus lo que la hacían moverse, sino el subconsciente de los que jugaban, convertido en una corriente de grupo que los excedía a todos y, a su vez, los volvía uno. Ahora estaba solamente su mano, por lo que aquello no quedaría sino como una anécdota más de la cuarentena. «Cosas que los ciudadanos hicieron para no morir de aburrimiento y que después publicaron en Facebook».

De cualquier forma, una anécdota fallida era mejor que nada.

3

–Si hay algún muerto por la pandemia, por favor, te pido que nos visites… –repitió por tercera vez Claudio, ya experimentando el fracaso de esa invocación. La verdad, no era algo que le importara mucho. Se estaba divirtiendo, y podía escuchar cómo Carolina y Eva se esforzaban para no dejar escapar sus risas.

–Si alguien murió por este nuevo virus, por favor te pido que nos visites… –siguió.

Nada. El mouse seguía en su lugar, con la mano de Claudio encima. En la pantalla de la computadora se veían las caras de sus amigos. Carolina sonreía como deseando gritar «yo se los dije», Eva reía abiertamente, Leonardo parecía más aburrido que atento.

–¡Muertos por el virus, los invoco!

–Me voy a buscar otra cerveza –dijo Leonardo, desde su casa.

Justo cuando estaba a punto de pararse, Claudio gritó:

–¡No!

El grito, sin embargo, llegó a destiempo. Leonardo se hubiese quedado quieto de cualquier manera. Los mouses de cada uno, que en el caso de Claudio cumplía la función de «esa cosa que señalaba», habían empezado a moverse.

4

Giraban de manera circular y simultánea, describiendo una serie de vueltas que se reproducían en las pantallas de sus computadoras. «Como el signo del infinito», pensó Claudio, pero no dijo nada. Estaba más que sorprendido, estaba extasiado. Su mouse no dejaba de moverse y, a diferencia de las veces anteriores, no tenía a quién responsabilizar por eso. No había otra mano y no existía ninguna posibilidad de una corriente de grupo subconsciente.

–¡Es de no creer, boludo! –dijo Leonardo–. ¿Qué pasa?

–Se está moviendo –respondió Claudio–. El mouse se está moviendo.

–¡Ya sé! ¡El mío también!

–Y el mío –dijo Eva.

–¡Y el mío! –gritó Carolina.

–¡No lo puedo creer! –exclamó Claudio, emitiendo una risita nerviosa–. ¿Y qué hace el de ustedes?

–Nada… –respondió Leonardo–. Quiero decir nada que pueda entender… Hace ochos.

Claudio asintió.

–El mío también.

–¡También el mío! –gritó una vez más Carolina–. ¡Gira!

–Sí –convino Eva.

De pronto, los mouses de todos se detuvieron. El de Claudio quedó inmóvil en el centro del tablero.

–¡Se paró!

–Preguntale algo –dijo Carolina.

–¿Qué cosa?

–No sé. ¡Algo!

–Preguntale si es un muerto de la pandemia –dijo Eva.

De inmediato, los mouses dieron un tirón y el de Claudio se posó inmediatamente sobre la palabra «No».

–¡Dijo que no!

–¡Preguntale otra cosa! –gritó Eva.

–¿Cómo moriste? –preguntó Leonardo.

Los mouses volvieron a moverse, aunque sólo el de Claudio respondía sobre el tablero. Primero marcó la «V», después la «I», siguió con la «R», más tarde con la «U» y terminó con la «S». Claudio iba pronunciando las letras a medida que el mouse las señalaba.

–«Virus» –concluyó en un suspiro.

–¿Cómo virus? –dijo Leonardo–. Si acaba de decir…

–¿Entonces sí sos un muerto de la pandemia? –insistió Claudio.

La respuesta del mouse no dejó espacio para la duda: «No».

–¿Pero cómo…? –empezó a decir Claudio, pero el movimiento del mouse lo hizo callar. Todos miraron en silencio sus propios aparatos.

La nueva respuesta tampoco dejó lugar a ninguna duda. De letra en letra, lo que fuera que estaba hablando acababa de decir: «No somos uno».

¿No sos uno? –preguntó Claudio. La mano le temblaba tanto como la voz.

El mouse volvió a moverse, con sus respectivas réplicas en cada una de las casas de los muchachos. Cuando terminó de hacerlo, Claudio dijo la respuesta para que los demás la escucharan:

«Somos todos».

5

De pronto, y de manera simultánea, las computadoras de los cuatro se apagaron.

6

El primero que los vio fue Claudio, y no porque se le hubiesen aparecido primero a él, sino porque era el único que había dejado una luz prendida.

Todavía estaba mirando la pantalla oscura de su computadora, con su mano derecha sobre el mouse, cuando lo vio aparecer por detrás de la mesa. Venía por el pasillo que comunicaba con su habitación y el baño. Era un viejo de piel blanca. Muy blanca. Tenía el torso desnudo y el pecho hundido, como si alguien le hubiese pisado el esternón, fracturándoselo.

–¿Quién es…? –empezó a preguntar Claudio, pero se calló cuando vio al nene salir detrás del viejo. Tendría más o menos la edad de su sobrino, cinco años, y llevaba una gorra que imitaba las dos orejas de Mickey Mouse. Y tenía algo más… Una mascarilla en la cara, como las que se usan para hacer nebulizaciones.

«O para respirar», pensó Claudio.

Detrás del nene apareció otro viejo, y otro más, y otro más… Algunos con el torso desnudo, otros en pijama, uno solo en camisa. Además, y como desentonando con el resto, Claudio vio a una mujer embarazada. Su vientre, irregular y arrugado como una enorme pasa de uva, colgaba, muerto.

Y, de pronto, sin dejar de mirarlo con sus ojos ausentes, todos abrieron la boca de una manera desproporcionada, antinatural, inhumana, y empezaron a gritar. El sonido, agudo como un millón de campanas nubló la mente de Claudio al tiempo que torturó sus tímpanos. Desde ese momento, Claudio sólo pensó en escapar. Por eso, cuando vio, a sus espaldas, el ventanal abierto, ni siquiera lo consideró dos veces.

7

La escena pareció repetirse para Leonardo, Eva y Carolina. Todos gritaron cuando sus computadoras se apagaron. Después de los gritos, empezaron los insultos al verse en completa oscuridad. Entonces se pusieron de pie y, a tientas, caminaron hasta la tecla de la luz. Los tres, sin saberlo, las encendieron casi al mismo tiempo. Cuando lo hicieron, se encontraron con un montón de caras que los miraban. Todas se veían enfermas. Algunas, incluso, llevaban máscaras de goma. Eva se quedó petrificada ante una mujer completamente pelada, que la observaba con unos ojos rodeados de ojeras tan grandes y oscuras como bolsas. Ninguno de los tres llegó a emitir un sonido antes de que aquellas personas abrieran su boca de una forma imposible y, ellos sí, empezaran a gritar.

***

El final, sin embargo, es distinto para cada uno de ellos.

Eva corre, da vueltas por las habitaciones, escapa de esas personas de boca inmensa y gritos desgarradores. Al ver que su casa está llena, sale a la calle, pide ayuda. Un patrullero la ve. Dos oficiales, con barbijos y guantes, la detienen. Tratan de entender lo que dice, pero no hay manera. La mujer apenas articula sonidos adjudicables a palabras.

Leonardo ve todas esas bocas y siente una punzada en su hombro izquierdo. El dolor le cubre todo ese lado del cuerpo y le cierra los ojos y los oídos. También los pulmones.

Carolina pierde la noción de la realidad hasta el punto de acurrucarse en un rincón de su living y golpearse la cabeza contra la pared, una y otra vez. Cuando por fin para, parte de su cerebro se desparrama por el empapelado.

Claudio salta.

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