CORONAVIRUS: DE LA CIUDAD DE LOS ESCAPARATES A LA CIUDAD DISTÓPICA

Pedro A. Curto

 

 

 

 

 

A partir de ese momento, se puede decir que la peste fue nuestro único asunto.”

La peste. (Albert Camus)

.

Pasear por las calles apresurado, con mascarilla y guantes, con un objetivo preciso que se debe cumplir sin dilación posible. Vigilar las distancias con el “otro”, que es un peligro para nosotros y a la vez, tú un peligro para él. Poder ser interrogado por un policía sobre nuestra presencia en unas calles que son nuestro espacio público. Contemplar la mayoría de locales cerrados, como si hubiesen enmudecido, la ciudad de los escaparates, sin escaparates. Incluso los bares, esos que funcionan como lugar de encuentro o casas-refugio a pie de calle y que están siempre ahí. Y tener que regresar a tú casa, convertida, en lugar de exilio. Pero lo peor es quien ha propiciado todo lo anterior, un “enemigo” invisible con nombre futurista: Covid 19.

Creo que casi nadie percibió que un escenario semejante, dibujado en novelas, comics y películas, pudiese ser nuestra realidad. Sí, habitantes de la ciudad de los escaparates, cada mañana cuando abrimos los ojos, la distopía nos espera.

Cualquier occidental que haya visitado algún país africano o de otros lugares similares, sabe que es obligado vacunarse, tomar alguna pastilla, se reciben recomendaciones como no beber agua que no sea embotellada, no comer productos que se vendan en la calle o en determinados lugares nativos, entre otros. Y es que nuestros estómagos, y hasta nuestra salud, es demasiado delicada para adaptarnos repentinamente a lugares no asépticos. Porque nuestra ciudad, la ciudad de los escaparates, es moderna, desarrollada, mecanizada, avanzada, en general segura y dominada por el orden. Somos ciudadanos libres en la ciudad libre. ¿O no?

Hasta ahora así lo creíamos, incluso los que somos críticos y escépticos. Pero llegó el Coronavirus y todo se ha puesto a temblar. La crisis sanitaria está haciendo tambalear unas estructuras que creíamos seguras. En la perspectiva futurista de las smart city, nos hemos encontrado con una de esas viejas epidemias que han asolado continentes. Una sociedad, un modelo político y económico, muestra su autentica capacidad, más que en la normalidad, en sus crisis. Y en ésta se muestran las costuras rotas del mundo en que vivimos. Nos vanagloriábamos de alcanzar una media de edad alta, mediamos hasta los centenarios, nos dábamos el “lujo” de mandar a nuestros ancianos a lugares vacacionales… Pero en la ciudad de los escaparates suele haber algo detrás que no se ve o no se quiere ver: mayores aparcados en lugares inhóspitos, producto de una gestión neoliberal, que ella sí, sabe como lavarse las manos. El darwinismo social, disfrazado, sigue estando ahí. Y no es lo único.

La parte social del estado ha adelgazado de tal forma, que ahora está a punto de colapsar. Nadie podía haber previsto una cosa así, pero eso no deja de ser una excusa; la salud es esencial y hemos visto demasiados desfiles de tanques y aviones de guerra. La paradoja es que la fragilidad social está siendo salvada por sanitarios y otros oficios despreciados y mal pagados: el clasismo sigue existiendo y la lucha de clases también. Y ante tanta destrucción, ante la incertidumbre, aparecen los de siempre, los salvadores: todos somos soldados, formamos parte de no sé que ejército, estamos en guerra y todo se soluciona con jerarquía y disciplina. ¿Es que España sigue siendo un cuartel? Creía que en la ciudad de los escaparates, que presume de tecnología, la ciencia estaría por encima del manu militare. Y cuidado que un virus abre la puerta a otros virus (Orban en Hungría señala el abismo), como explicó la escritora y filósofa Susan Sontang. “Las ideologías políticas autoritarias tienen intereses creados en promover el miedo, la sensación de una inminente invasión por extranjeros, y para ello las enfermedades auténticas son material útil.”

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