Pork Fat Pizza

Miguel Ángel de Rus

 

 

 

 

 

Cuando publicamos el anuncio en redes sociales estábamos un poco bebidos, quizá bastante bebidos… en realidad, muy borrachos. No podíamos decir una palabra sin soltar varias carcajadas. Pero era nuestro primer trabajo en Rusia, el vodka con pepinillos es agradable y pasa muy bien, y no sabíamos. No sabíamos, la verdad. Lo prometo. Antes de darnos cuenta de lo que hacíamos, ya estaba publicado y dando la vuelta al mundo: “Pizza gratis durante toda tu vida si te tatúas el logotipo de Pork Fat Pizza© en una parte visible de tu cuerpo”.

Debían compartir sus fotos en las redes sociales con un hashtag especial. En seguida Pork Fat Pizza revisaría el tatuaje y los emprendedores rusos recibirían un certificado de pizza gratis, no más de 200 pizzas por año, durante 100 años. Si sobrevivían. Fue publicarlo y caernos los tres ejecutivos al suelo, presas de la risa. Si uno no ha bebido antes vodka, es traicionero (hay que reconocerlo). Los rusos saben hacerlo, pero es un arte complejo.

Al día siguiente llegamos al trabajo con resaca. Después de beber muchos tes y comer deliciosos bollos con semillas de amapolas, comenzamos a ver las redes sociales y a espantarnos. Era el primer día y ya habían publicado diez fotos de tipos siniestros que se habían tatuado el logo de Pork Fat Pizza en brazos, piernas; incluso un idiota se lo tatuó en una nalga. Todos con el hashtag adecuado, y pedían que se les enviara el justificante que les aseguraba la ración de pizza de por vida.

Ya no nos reíamos.

No sabíamos qué hacer. Pensamos en llamar a la Central, a Utah, pero teníamos miedo. Lo habíamos hecho sin consultarlo. La culpa no era nuestra, sino del frío de Moscú, de las chicas guapas por la calle, que te miran con sus ojos azules y te impiden pensar en algo que no sea su piel blanca; de los pepinillos y el vodka, que entran sin darte cuenta y te obnubilan. “¡Malditos rusos!”, clamamos. Inicialmente la promoción duraría dos meses, pero al tercer día tuvimos que llamar a Utah. En 72 horas habíamos recibido 200 fotos con el hashtag, de gente que se había tatuado el logotipo de Pork Fat Pizza (un cerdito sonriente del que una mano extrae un triángulo de carne), en manos, brazos, codos, muslos, rodillas, nalgas y pies. Incluso un polaco que vivía en Kaliningrado nos envió la foto del tatuaje en la frente. Al decírselo al Jefe Regional de Utah hubo un silencio estremecedor durante unos segundos. Quizá medio minuto. Pregunté si se había cortado la comunicación y me respondió: “Gilipollas, tengo que consultar al Director comercial”. Cortó.

Al día siguiente nos llegó un mensaje, claro y conciso: “Enviad el certificado de pizza gratis a esa gentuza, cancelad la promoción abruptamente, y en cuanto acabéis con esa mierda estáis despedidos”.

En los cinco primeros días más de 300 personas habían respondido, recibieron su justificante de Pork Fat Pizza, y los tres volvimos a Estados Unidos, el país de la libertad, sin trabajo y sin saber qué hacer con nuestras vidas.

Nunca se debe sobreestimar la inteligencia de la gente. No tienen sentido del humor, me dije, pero era tarde. Vamos a echar de menos llegar cada mañana a la planta 26 del Evolution Tower, disfrutar de nuestra vista privilegiada del río Moscova, pasear por el barrio, casi una réplica de la película Blade Runner. Y recordar la mirada de las chicas rusas. Las de Utah no se les parecen lo más mínimo… Maldito vodka.

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