“La galga” Cusinga

Rodolfo Carlos Napán Arquíñigo

 

 

 

 

Estaba en quinto de primaria, y de todas las niñas de mi salón había una especial. Era “la galga” Cusinga. La más fuerte, incluso, que todos los niños. Ni uno se atrevía a enfrentarla, porque sabían que sus puñetes eran como dos grandes piedras. Yo ya había probado de ellos muchas veces. Gracias a su gran velocidad ganó varias veces los campeonatos de carrera escolar.

Nadie quería jugar a la chapada con ella, ya deben imaginar porqué. Hacia sudar a todos, y disfrutaba al ver a sus compañeros tirados en el suelo pidiendo chepa.

Sin embargo, una mañana le sucedió algo a “la galga”, y esto tiene que ver conmigo.

El profesor nos había castigado, no recuerdo los motivos. Salimos al recreo cuando ya faltaba poco para que acabe. Nos miramos y nos preguntamos a qué íbamos a jugar. Mi amigo Carlos Pinao dijo: “ Juguemos a la chapada”. Todos lo aprobamos, pero faltaba uno para completar dos grupos. En ese momento hizo su aparición “la galga”, quien sonriente se nos acercó y exigió participar del juego. Hicimos un gesto de aprobación, total ya faltaban pocos minutos, y era mejor hacerlo y no estar aburridos.

Se formaron dos bandos: niños y niñas. A mí me tocó regir, pero perdí. Nos tocó perseguir. Antes de iniciar la persecución armamos nuestra estrategia de juego, caso contrario la pasaríamos correteando a “la galga” todo lo que quedaba del recreo.

Mi amigo Pinao y Vila se encargarían de cansar a “la galga” (ellos eran muy optimistas). Pinao corrió con todas sus fuerzas, Vila hizo lo suyo, y sin embargo “la galga” estaba muy fresca. Me tocó a mí. Entré a la cancha con la misión de atrapar a “la galga”. A pesar de correr con todas mis fuerzas “la galga” se atrevía a jugar con su velocidad y la mía; pues en varias oportunidades fingía estar cansada, se detenía, y cuando iba a su encuentro aceleraba de un lado a otro sin piedad.

Ya faltaba poco para acabar el recreo, “la galga” se acercó a una columna para protegerse, y yo que comencé a cantar rápido para que saliera de la columna. Cuando finalicé de cantar ella salió directamente al salón. Yo detrás de ella alargaba los brazos al máximo para coger su blusa. Ya me faltaba poco, pero “la galga” aceleró. Fue en ese momento que miré su cabello, solo su cabello, e inmediatamente lo cogí muy fuerte, tanto que a pesar de su velocidad no pudo con toda mi energía. Nuestros cuerpos por algunos segundos quedaron suspendidos, yo con su cabello en mi mano, y ella yendo de espaldas hacia el suelo. Caímos pesadamente. No lo podía creer. Había atrapado a “la galga”. Mis compañeros alborozados disfrutaban de aquel espectáculo. Yo estaba tan contento que ni siquiera sentía las patadas que me propinaba “la galga”.

Regresamos al salón. Todos reíamos menos una. Antes de coger mi cuaderno, abrí mi mano derecha. Ahora eran los cabellos los que corrían por nosotros…

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