CANIBALISMO RITUAL: “Libros en llamas o la vergonzosa defensa del PDF”

José Luis Barrera

 

 

 

 

 

No será en piras como durante la Inquisición, pero, en pleno siglo XXI, los libros se queman.

Las llamas, sin embargo, son de electricidad, y los textos, otrora papel y tinta, bits que viajan a la velocidad de la luz por fibras ópticas que, cabellos de ángel monstruoso, se conectan para dar vida a computadores, teléfonos y demás adminículos cibernéticos.

Y es que en estos tiempos, el libro de papel es una joya no tan accesible para todos.

En el Siglo de las Luces, el sabio mostraba orgulloso a sus amigos su biblioteca nutrida de “todo el conocimiento humano”. En esos tiempos, sin pudor, se podía declarar que empleando diez o doce horas diarias de estudio, al llegar a los cuarenta y cinco años, ya se dominaba todo el conocimiento humano. Era un periodo de optimismo mal sano, desde luego.

No es que aquellas bibliotecas (las de los déspotas ilustrados o los enciclopedistas franceses) tuvieran poco. Sin embargo, la gran revolución, en ciencias especialmente, todavía no llegaba, y era poco más que natural imaginar que cinco mil volúmenes eran suficientes para abarcar el conocimiento humano.

Hoy, el problema es mucho más grande. Tener mil libros en casa es prácticamente imposible, y ni con diez veces esa cifra se abarcaría el conocimiento científico.

Stephen Hawking ya lo había advertido en varios de sus artículos: ni una vida entera dedicada a la lectura sin descanso, alcanza para saber todo acerca de “una sola” de las ramas del saber.

Ahora bien, la velocidad con que se publican los libros y la cantidad (demasiados de acuerdo con la calidad) hacen que comprarlos y, peor, leerlos sea una quimera como la Fuente de la Eterna Juventud.

Las bibliotecas gigantescas se han vuelto incompatibles con departamentos que cada vez tienen más habitaciones, pero menos metros cuadrados. Por otro lado, aunque es sencillo encontrar volúmenes de autores contemporáneos o “de moda”, las joyas de la corona literaria y científica cada vez son más herméticas, pues librerías y editoriales apuestan por el producto seguro, es decir, el vendible.

Los Gómez de la Serna, los Malaparte o, más atrás en el tiempo, Novalis, Camões o los cronistas de Indias, son alimentos demasiado exquisitos para las tripas-estantes de tiendas de centro comercial, conformes estas con enlatados, cuyo génesis es similar al de la mayoría de productos televisivos: baja calidad para una población a la caza de banalidades.

En esa medida, entrar a un sitio web y hallar un texto que por años ha sido esquivo, es una suerte de placer culposo para nosotros, los amantes del libro-objeto. Resignados, deslizamos un dedo por la pantalla del dispositivos electrónico de turno, a sabiendas de que ese libro (que no es celulosa, sino física cuántica) es la última alternativa para acceder a un autor en el ostracismo por culpa del implacable paso del tiempo.

Bradbury temía que piras gigantescas consumieran a los autores clásicos en un futuro oscuro, sin embargo, lo irónico es que justamente una “encarnación” de las llamas, la electricidad, ha permitido que, en cierta medida, se mantenga viva la luz del conocimiento. Al parecer, no solo Dios “trabaja de formas misteriosas”, la Historia también…

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