Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Una pelea y un bebé”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

 

Mis afectos son lo único que tengo, por lo tanto los cuido mucho. Atesoro a mis amigos, los engrío y defiendo. Siempre hay ocasiones en las que las cosas no nos van a salir tan bien, no vamos a estar de acuerdo sobre equis tema o tendremos alguna fricción, pero el cariño hace que esos mini dramas se solucionen rápido. El amor siempre hace que nuestras heridas se sanen velozmente.

Carolina es una de mis mejores amigas. Una de esas personas a las que puedes llamar a las dos de la mañana para contarle cualquier cojudez y siempre te atiende. Esas amigas que son capaces de dejar lo que estén haciendo para ir en tu auxilio. Ay Carolina querida…

[Carito, dime que sí, que no me quiero morir. Carito, don’t tell me no, que me muero por tu amor]

Nunca habíamos tenido una gran pelea, pero siempre hay una primera vez. Una rica y dolorosa primera vez.

Cuenta la historia que un buen día Carito me llama a contarme que esperaba a su primer hijo. Mi sobrino Gael estaba en camino. El parto no fue nada del otro mundo – no para mí, al menos – y lo recibimos con mucha alegría. Somos una familia. Llegó a alegrar un poquito más todo. Cuando el bebo tenía alrededor de siete meses de edad su sacrosanta madre me llama.

– Italito, te necesito. El tarado de Luis (papá de Gael) me ha dicho que quiere conversar conmigo sobre el bebe y nuestra separación (esa unión duró menos que Ezio Oliva, you know what I mean) y yo también necesito hablar con él. ¿Puedes venir a quedarte con la criatura y cuidarla un par de horas?

– Carito, me muero. Yo no sé nada de bebitos. Me aloco si se pone a llorar como enfermo… ¡Yo lo meto al horno de los nervios! Piénsalo bien.

– Eres un huevon… mi mamá también va a estar, tranquilo cholo. Mira, si tú estás mi vieja me va a joder menos. No serán más de dos horas.

¿Cómo le decía que no a la pobre de Caro? Ella siempre me auxilia. Accedí, atraqué, cedí.

Cuando llegué eran las cinco de la tarde y ella ya estaba cartera en mano lista para salir. Su mamá no estaba, como ella me había asegurado, porque “si lo va a cuidar Italo ya para qué voy yo” le dijo y la muy cuca no me advirtió una palabra. Era tarde para arrepentirme. Carolina salió disparada, además. El bebe dormía.

– A las siete de la noche regreso con un par de vinitos. Gracias por todo, te amo. – Se largó más rápido que el Correcaminos pero con la promesa de volver, al menos.

Todo funcionó bien la primera media hora ya que Gael estaba jato totalmente. Cuando se despertó al rato empezó la faena. Después de desesperezarse arrancó un cántico de sirena de bomberos. Encima la criatura pateaba, estaba de un humor de los mil demonios. Quería tomar Racumín con ron.

Lloraba. Lo cargaba. Le hacía avioncito. Se calmaba. Se reía. Lo dejaba en la cuna. Me sentaba. Él lloraba. Lo cargaba. Le daba aguita. Se reía. Me sentaba. Él lloraba. Le daba leche. No quería. Lo ponía en el corral. Lloraba más. Le revisaba el pañal. Estaba limpio. Me sentaba. Él lloraba. Lo cargaba. Le prendía dibujitos. Se distraía con la musiquita. Me sentaba. Él lloraba. Me pateaba. Le cantaba. Se calmaba. Me callaba. Él lloraba.

La pita que se partió. Esa era la puta temática. Yo rezaba para que el tiempo se pasara volando. En eso dieron las siete de la noche y ella no llegaba ni llamaba. Le timbré una sola vez – para que no vaya a pensar que estaba pasando algo malo – no me contestó. Las siete y media… nada. Las ocho.

El bebé hizo popó y yo no se cambiar pañales. Le quité el que tenía. Puse aguita tibia mientras lo cargaba – no entraré en detalles, pero créanme que la escena era desagradable – y lo lavé todo y le tiré talco por todas partes y le puse un shortcito de pijama que encontré en su roperito.

Ocho y media… nada. El bebe se durmió en mis brazos sin pañal. Yo aterrado de que se vuelva a hacer. Las nueve. Logré acostarlo sin que se despertara. Quería llorar.

A las 9:15 llega ella con cara de circunstancia y dos botellas de vino. No le di tiempo ni de que saludara.

– Ahí está el bebe. Está bien. Tomó agua como quince veces, no quiso leche. Se cagó y lo limpié bien. No sé ponerle pañal. Ponle uno que no tiene. Lloró peor que la Llorona sin hijos, pero no se ha golpeado ni nada. Se mató de risa después. El enano está bien, se ha quedado dormido. Chúpate el vino sola y nunca más me vuelvas a pedir que me quede con tu hijo sin asesoría porque me suicido. Eres un asco de lo desconsiderada y no me interesan tus excusas. Me voy. Buenas noches.

[Ella se quería reír. Se le notaba a leguas, pero sabía que si lo hacía yo iba a estallar peor que bomba nuclear]

Me fui histérico, pelos al viento. No nos hablamos casi dos semanas hasta que ella me dejó un correo electrónico con una foto de Gael con el short que yo le había puesto y una leyenda.

– Te extraño, tío Iti. Prometo que ya no voy a llorar ni hacerme popó, pero ven a verme.

Obviamente se me encogió el corazón y olvidé mi trágica noche de nana. No volvimos a hablar del tema nunca más y si bien siempre nos pedimos favores el uno al otro ninguno tiene que ver ni con un bebé, ni con pañales, ni mamilas.

Y así fue, pequeños aldeanos, que sobreviví a mi paso como baby sitter con la firme promesa de no volver a vivir escena similar nunca más. Herodes, fuiste tan incomprendido en vida… Agúuuuuuu.

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