Las mascarillas y Magritte

Pedro A. Curto

 

 

 

En una sala hospitalaria contemplo que varias personas cubren sus rostros con mascarillas. En medio del silencio, con los sonidos de fondo del exterior, voces que de vez en cuando llegan allí y llaman a alguno de los que allí estamos, se escuchan tímidas toses y se perciben los malestares. En medio de una cierta distancia e incomunicación, la mayoría interactúa con sus teléfonos móviles. Supongo que el uso de mascarillas es más debido a la epidemia de gripe que al coronavirus que nos invade, de momento, más bien informativamente. Pero vivimos en el mundo de las imágenes y aunque estas se produzcan a miles de kilómetros como China, las mascarillas, las calles vaciadas por un virus, los aislamientos, están en nuestro imaginario colectivo. Y en medio de esas imágenes, cercanas o lejanas, vienen a mi mente las del pintor René Magritte.

En los dibujos de las utopías, de las religiosas a las políticas, reflejaban mundos comunicativos, de luchas comunitarias, de gentes que caminan unidas y con la emoción en sus rostros, escenarios que en algunos casos se presentan como paradisiacos. En todo caso, tenían un aspecto cálido y humano. Por el contrario las distopías se presentaban tecnologizadas, ciudades con potentes edificios, donde el aspecto humano son meras siluetas, e incluso han sido sustituidos por robots. Dando un vistazo a los escenarios en que vivimos o nos rodean, estamos más cerca de las distopías que de las utopías.

Supongo que las mascarillas pueden ser necesarias, pero no dejan de provocar la sensación de un mundo en cuarentena. La ciencia ha creado unas sociedades más asépticas, lo cual puede ser bueno, pero también nos sitúa como una humanidad más de escaparate. La mascarilla nos protege del exterior y protegemos al exterior de nosotros mismos, pero establece fronteras con la otredad: el otro puede ser un peligro. Es más bien una metáfora, pero las metáforas sirven para descubrir realidades imperceptibles. Y no deja de ser curioso que al salir de casa podamos coger un teléfono de cuarta generación que nos comunica con el mundo, al mismo tiempo que una mascarilla para protegernos de virus o de la contaminación.

Podía ser uno de los cuadros de Hopper la imagen que me viniese a la mente, (la soledad en grupo), pero René Magritte ganó la partida. El pintor belga hizo surrealismo troceando la realidad, lanzando la mirada donde los ojos no alcanzan a ver. Así me imaginé las diferentes versiones del cuadro Los amantes, de rostros ocultos bajo un manto, perceptibles en sus formas y que en una de las versiones, se besan. Y mi imaginación creaba una nueva versión: el beso imposible entre dos labios cubiertos por mascarillas. Perturbador y fieramente humano.

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