Física experimental

José Luis Barrera

 

 

 

 

Escribiría «hoy no pasó nada», si anoche no hubiese revisado el periódico en el teléfono móvil. A última hora se publicó un artículo sobre el robo de un densímetro nuclear que, durante la tarde, alguien extrajo del laboratorio de Física Experimental de la Universidad Politécnica Salesiana.

No logré dormir ni dos horas relacionando esta noticia con las de los meses previos. Me refiero a las milicias urbanas entrenadas en Venezuela, los nexos del cártel de Sinaloa con militares ecuatorianos, las disidencias de las FARC actuando en la frontera con Colombia o los tres miembros de ISIS que llegaron a Nicaragua desde Ecuador.

Aún en la cama, me puse a evaluar posibles blancos para un ataque terrorista y concluí que si yo fuese un criminal internacional escogería edificios del Gobierno o de alguna poderosa financiera. El caso es que yo vivo frente al Servicio de Rentas Internas y trabajo al lado de un banco.

Salí de casa para ir a la oficina convencido de que este iba a ser mi último día. «Al menos no tendré que trabajar mañana», pensé.

Preocupado por analizar cualquier indicio de terrorismo, llegué media hora tarde y mi jefa me recibió furiosa, pero le hice notar que las nubes tenían color anormal y que la temperatura era demasiado baja.

―Es el invierno nuclear —le dije, y ella quedó tan desconcertada por el descubrimiento que no volvió a reclamarme.

A las diez detecté un escuadrón de la muerte infiltrado en la oficina. No voy a mencionar sus nombres porque nunca me los he aprendido, pero los miembros son: el pasante de Recursos Humanos que sonríe feo, una contadora que tiene cara de estar constipada, el médico ocupacional —¿cómo se puede confiar en alguien que siempre dice que estás sano? ― y el mejor vendedor de telemercadeo —¡este sintagma es suficiente para señalarlo como líder!

Mientras redactaba un artículo sobre la muerte súbita, veía el accionar de cada uno de los miembros del escuadrón y tenía listo el móvil con el número 911 en pantalla. De repente, la contadora le hizo un gesto al de telemercadeo y este, satisfecho, asintió. Enseguida, los dos se dirigieron hacia la cafetería.

Sigiloso, fui también y encontré a los criminales intercambiando un objeto que supuse se trataba del control de la bomba. Me abalancé sobre ellos mientras gritaban: «¡puta madre».

El escándalo hizo venir al resto de empleados, quienes me arrastraron hacia la enfermería. Allí, el médico conspirador fingió no entender cuando le susurré:

―Lo sé todo.

Ahora son las doce. Acabo de llegar a casa después de que él me ordenó dos días de reposo supuestamente porque sufro de estrés laboral severo. Yo, por otra parte, creo que pretende alejarme, pues sabe que arruinaré sus planes. De hecho, mientras venía en el taxi leí que el densímetro nuclear reapareció botado en un parque del sur de la ciudad y no tengo duda de que estos terroristas decidieron deshacerse del aparato después de que los acorralé en la oficina.

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