Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La última fiesta”

Ítalo Costa Gómez

 

 

 

Hace más o menos diez años – poquitos más, poquitos menos – que festejo mis cumpleaños muy a mi modo. Reparto en una semana desayunos, almuerzos y brindis con amigos muy especiales. Paso unos momentos realmente maravillosos. Esos siete días los planeo con mucha anticipación. Se los cuento porque justamente estuve de santito la semana que pasó y, naturalmente, quiero festejarlo también con mis generosos lectores.

[Te soplo la velita, sí señor. Te soplo la velita, cómo no.]

Así que mis cumplemenos son como una pinky celebración patronal, digamos. Está repartida en pequeñísimos grupos de personas durante siete días porque la vida ya me había enseñado que nunca es muy bueno mezclar a la gente que más quieres en un mismo espacio. Eso de juntar y rejuntar a los grupos de amigos nunca me ha funcionado bien porque se generan confusiones y pequeñas rencillas que yo detesto porque me ponen entre la espada y la pared – in a bad way -.

Recuerdo claramente cómo fue que dejé de lado las “fiestas cumpleañeras masivas” propiamente dichas. Seguramente que si la última que organicé no hubiera resultado tan desastrosa hubiera seguido haciéndolas un tiempo más.

El premio a “La peor fiesta de la vida” debería llevármelo yo o al menos estar nominado. Desplieguen la alfombra que voy a pasar.

Cuenta la historia que corría el año 2003. Yo estaba súper emocionado con mi tono. Era chibolo y ansioso – sigo siendo ansiosito y también sigo un siendo un pipiolo por dentro, mil mejor vivir así – y había separado, con la platita de mis papis of course, una discoteca llamada Cheers para recibirlos a todos el 2 de noviembre.

[Yo nací el Día de Todos los Muertos. Mi destino es así. ¿Cómo es? Exacto… jacarandoso]

No me acuerdo cuánto gasté pero el local no era la gran huevada. Era muy sencillo pero la música era paja y los tragos eran ricos. Todo funcionaba.

Bueno, bonito y barato.

Había citado a todo el mundo a las nueve de la noche. El plan era que ellos se fueran juntando y empilando hasta que yo hiciera mi gran entrada a las diez en punto. Todo estaba milimétricamente planeado. Pero los planes… ay los planes…

La noche anterior mi papá recibió a unos amigos en la casa y les contó a sus bandidos que era mi cumpleaños al día siguiente y como estaban “avanzaditos” me empezaron a hacer fiesta cuando llegué y a ofrecerme whisky. No sé por qué emborrachar al hijo eran un plan paja en esas épocas. No había tanta malicia, creo. No estaba tan mal visto como ahora. Anyway… la cosa es que me la pegué. Con cuatro vasitos yo estaba en la lona.

Seco – seco – seco.

Y sí, quedé más seco que un tronco añejo.

Antes de caer profundamente dormido – como congresista en pleno mensaje presidencial de 28 de Julio – apagué el celular ya que me sentía recontra mal y no quería atender ningún saludo (no habían redes sociales en esas épocas… el Hi5 quizás, no lo registro, no me acuerdo). Me desperté en la tarde adolorido pensando en que tenía que estar bien para la noche. Estar radiante como Laura León en “Dos mujeres un camino”.

¿Radiante como Laura León? Tirado como Mohamed Ali​ cuando perdía, más bien. Así me veía y sentía. Ta las huevas.

Cuando ya eran las ocho me metí una ducha caliente y me tapé un ratito antes de cambiarme. Mala idea, chochera. Me quedé jato de nuevo.

– ¡Coño!, ¿Qué hora es? – grité desesperado desde mi cuarto cuando vi el cielo oscuro desde la ventana.

– Las diez, Italo ¿y tu fiesta?. – mi papá muerto de risa. Siempre él riendo en los peores momentos. Pobrecito.

Estaba en Miraflores el depa de mi viejo y la discoteca quedaba en la Avenida La Marina. Me cambié hecho un loco y en el apuro por bajar dejé el celular sobre la cama que ni siquiera había llegado a prender nuevamente. Era un desastre todo.

Cuando llegué a la discoteca como a las once de la noche encontré a mis amigos con cara de orto parados en la calle.

– ¿Qué ha pasado?, ¿Por qué no están adentro? – no podía creer lo que veía.

– No nos dejan pasar, dicen que no hubo pago. – Ni feliz día me dijeron, estaban bien enojados. Juntos y re juntos mis amigos de varios grupos me odiaban al unísono. Quería morirme.

Los marginales estos no tenían para pagar la entrada de la discoteca, no la mayoría, al menos. Mis pinkys – las pudientes – al verme desesperado intentaron tranquilizarme. Tras llegar a un acuerdo ellas, respiramos dignos y nos paramos en la puerta de “Cheers” a pagar la entrada de los invitados a uno por uno para que puedan entrar y tomar su Cuba Libre de cortesía.

[Depresión. Forever alone. Hola soledad. Reloj no marques las horas. No sé tú.]

Una vez que vi a todos relajados bailando su Natusha y con su trago en la mano, me volteé y le dije a Carla, una de mis mejores amigas de siempre:

– Me largo para nunca más volver. Te juro por mi vida que esta quedará en la historia como la última fiesta que organizo por mi cumpleaños. Váyanse todos a la mierda. ¡Taxi!

Y cumplí. ¿Qué tal?


Así fue, pequeños irreverentes, que quedé vacunado de las fiestas. Sé que hasta cumpleaños feliz me cantaron después y yo ya ni estaba.

🎵Hope I didn’t spoil your birthday, I’m not acting like a lady
So I’ll close this note to you with good luck and wishes too
Happy Happy Birthday Baby.🎵

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