La Belleza del Horror: “El Jardín de los Suplicios” De Octave Mirbeau

Carlos E. Luján Andrade

 

 

 

El mal persigue al ser humano no solo como la representación de lo incorrecto, de lo que nos guía el rumbo hacia la perdición, sino también como una tentación primitiva que necesita de reglas morales para poder evitarlo. No caeremos en la necesidad de determinar si somos buenos o malos por naturaleza porque podemos ser ambos de acuerdo a cómo ordenamos nuestros pensamientos. De esta manera, Mirbeau nos introduce a su novela en un debate encopetado sobre la normalidad del crimen y que esta es parte de la naturaleza humana. Las conversaciones que se dan en los diálogos de estos personajes en la primera parte del libro, son como de biblioteca, hablando del sufrimiento humano y del crimen como si fuera una práctica fría, calculadora y hasta necesaria. Escalofriantes argumentos sobre todo si tomamos en cuenta que fue escrito en el último año del siglo XIX. Antes de las atroces guerras que cambiarían el destino político de todo el planeta. Es por esa razón que esta obra descarnada es el prólogo de la violencia del siglo XX. Donde políticos se prestan a los juegos de poder que les permiten sobrevivir a escándalos y fracasos con más embustes. Así, el personaje de la segunda parte de esta historia, es un falso embriólogo que es destinado hacia Ceilán (Sri Lanka) para realizar investigaciones que les serán imposibles de realizar. Sin embargo, vive el engaño siendo tratado como un intelectual de renombre entre los pasajeros de un barco que aborda para llegar a su destino. Esta falsedad no es gratuita, pesa en él la interrogante si aquello que finge será necesario para garantizar su futuro político, pues esta huida de Francia hacia esta lejana colonia es momentánea. Es solo un refugio coyuntural para esconderse de los estragos de malos manejos políticos en los que ha estado involucrado. Ya adentrado en ese mundo corrupto de mentiras y argucias, finge ser quién no es hasta que se enamora de una joven adinerada llamada Clara, y es ante que ella termina confesando su mentira.

La tercera parte del libro de Mirbeau, es la relación que tiene con esta mujer de la que se enamora profundamente y es por ese motivo que abandona su destino final para ir con ella a la China, enterándose, en una relación sentimental intermitente, de su sadismo.

Es en esta sección de la obra que llega a niveles chocantes. El disfrute de Clara por el sufrimiento ajeno, hacen que el personaje anónimo se cuestione si todo aquello que ella describe y adora puede ser detestable o no. La visión de una bella mujer ataviada con sus mejores trajes yendo a las más espantosas cárceles con alimento pútrido para dar de comer a los miserables presos que se matan por un pedazo de carne podrida, le hacen entrar en un conflicto moral aterrador. Las descripciones de Mirbeau sobre cómo viven los presos chinos, que en muchos casos fueron encarcelados por delitos mínimos, y cómo mueren, se podría considerar como las líneas más espantosas jamás escritas en la literatura universal. El horror que nos narra, adornado por cientos de especies de plantas y flores exóticas, y varias de ellas crecidas únicamente en el corazón de tal prisión y también cementerio, porque estas crecen entre los muertos que son enterrados ahí mismo luego de hacerlos vivir crueles tormentos antes de ser ejecutados, expresan una indiferencia ante el dolor de quienes son consideramos diferentes.

El disfrute de un verdugo que encuentran en dicho jardín, que les cuenta con orgullo y detalles sus nuevas formas de hacer sufrir a sus víctimas, dan la muestra del sadismo del vencedor y la miseria en la caen los seres humanos cuando nos desconocemos entre nosotros. Un debate interesante que nos describe el autor es cuando este verdugo muestra su indignación debido a que en Europa se ejecuta a los presos con total rapidez e indiferencia. Que no ya existe “el arte” de la ejecución y que todo aquello los chinos están copiando dejando de lado la belleza de la agonía y la muerte, y por lo tanto, de la tradición.

“El Jardín de los Suplicios” es la tierra donde vivimos. Hay belleza y muerte al mismo tiempo, mezclados entre sí. Vemos la naturaleza entre muertes despiadadas, alimentadas por nuestra violencia. El ser humano, entre toda esa devastación busca y encuentra beldad, valores y hasta una ética del horror. Es en ese mundo construido entre la decadencia humana que se desprende nuestra civilización y es ahí donde nos debatimos moralmente a diario. Nos enfermamos y sanamos entre un lado y otro. Y es que la realidad que vivimos, que aparentemente sostiene nuestras creencias, quizás han surgido de lo más abominable del individuo.

Este libro es una muestra sádica de un tiempo que aún podemos decir que nos pertenece. Que a pesar del sufrimiento constante en el que estamos inmersos, aún buscamos valores que nos hagan olvidar lo patético de la existencia humana.

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