La esperanza (XXII)

André Malraux

 

 

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A la mañana siguiente, frente del Levante

El teléfono del campo estaba instalado en una garita. Magnin, con el auricular en la oreja, miraba el Pato aterrizar en la polvareda del sol poniente.

—Aquí, Dirección de Operaciones. ¿Tienen ustedes dos aparatos listos?
—Sí.

Utilizados todos los días contra Teruel, reparados con malas piezas de repuesto, los aparatos se volvían tan poco seguros como en los tiempos de Talavera: el equipo de reparación debía ocuparse sin cesar de los carburadores.

—El comandante García le manda a un campesino del norte de Albarracín que ha pasado esta noche las líneas fascistas. Al parecer hay un campo lleno de aparatos al lado de su aldea. Sin refugios subterráneos.
—No creo en sus refugios subterráneos. No más que en los nuestros. Lo he escrito en mi informe de ayer. Hemos bombardeado inútilmente el campo de la carretera de Zaragoza porque los aviones están en campos clandestinos; no porque estén debajo.
—Le mandamos al campesino. Estudie la misión y llámenos.
—¿Oiga?
—¿Diga?
—¿Quién garantiza al campesino?
—El comandante. Y su sindicato, creo.

Media hora después llegaba el campesino, conducido por un suboficial de la Dirección de Operaciones. Magnin lo tomó por el brazo y comenzó a caminar a lo largo del campo. Los aviones terminaban sus ensayos al anochecer.

Hasta las colinas se extendía la paz de la tarde sobre los grandes espacios vacíos, el atardecer sobre el mar y los campos de aviación. ¿Dónde había visto Magnin esa cara? En todas partes: era la de los enanos españoles. Pero el hombre era fornido, y más alto que él.

—Has pasado las líneas para prevenimos. Gracias en nombre de todos.

El campesino sonreía, con una sonrisa delicada de giboso.

—¿Dónde están los aviones?
—Están en el bosque —el campesino levantó el índice—. En el bosque —miró entre los olivos los pequeños claros donde los aviones de los internacionales estaban escondidos—. Claros como éste, pero mucho más profundos, porque es un verdadero bosque.
—¿Cómo es el campo?
—¿Allí donde despegan?
—Sí.

El campesino miró en torno a sí.

—No como éste.

Magnin sacó su carnet. El campesino dibujó el campo.

—¿Muy estrecho?
—No, ancho. Pero los soldados trabajan duro en él. Van a agrandarlo.
—¿Qué orientación tiene?

El campesino cerró los ojos, pareció vacilar.

—Dirección del viento del este.
—Hum… entonces, sí: ¿el bosque estaría al oeste del campo? ¿Estás seguro?
—Seguro.

Magnin miró el indicador del viento, por encima de los olivos: el viento, en ese instante, venía del oeste. Ahora bien, los aviones, en un campo pequeño deben despegar contra el viento. Si el viento era el mismo en Teruel, esos aviones, en caso de ataque, deberían despegar viento en contra.

—¿Te acuerdas de qué viento había ayer?
—Noroeste. Decían que iba a llover.

Los aviones, pues, estaban sin duda siempre allí. Si el viento no cambiaba, las cosas irían bien.

—¿Cuántos aviones?

El campesino tenía, en medio de la frente, una mecha en forma de espolón, como los papagayos; de nuevo, levantó el índice.

—Yo, comprendes, yo he contado seis pequeños. Y hay compañeros que no están de acuerdo. Dicen que hay otros grandes. Seis, por lo menos. Quizá más.

Magnin reflexionó. Sacó su mapa, pero, como ya lo suponía, el campesino no sabía leer.

—No es mi trabajo. Pero llévame en tu aparato, y te lo muestro. Siempre derecho.

Magnin comprendió por qué García había respondido por el campesino.

—¿Has salido ya en avión?
—No.
—¿No te angustia?

El campesino no comprendía bien.

—¿No tienes miedo?

Reflexionó.

—No.
—¿Reconocerás el campo?
—Hace veintiocho años que soy del pueblo. Y he trabajado en la ciudad. Tú me encuentras la carretera de Zaragoza, y yo te encuentro el campo. Puedes estar seguro.

Magnin mandó al campesino al castillo y llamó por teléfono a la Dirección de Operaciones.

—Parece que hay alrededor de una docena de aparatos enemigos… Lo mejor, evidentemente, sería bombardear al alba. Pero yo tengo dos multiplazas y no tengo cazas mañana por la mañana: todos los cazas están en Guadalajara. Conozco mal la región y lo que está en juego es serio. En este momento, el tiempo está allí muy cerrado… Entonces, mi opinión es la siguiente: telefoneo a las cinco de la mañana a la meteorología de Sarión, y si el cielo está un poco menos encapotado, voy.
—El coronel Vargas dice que decida como le parezca. Si usted parte, pone a su disposición el avión del capitán Moros. No olvide que quizá haya cazas de protección en Sarión.
—Bien, gracias. Ah, otra cosa: partir de noche sería conveniente, pero el campo no está balizado. ¿Tienen ustedes faros?
—No.
—¿Está usted seguro?
—Me los han pedido todo el día.
—¿Y en Guerra?
—Lo mismo.
—Eh… ¿Y autos, entonces?
—Todo está empleado.
—Bueno. Trataré de arreglármelas.

Telefoneó al Ministerio de Guerra; igual respuesta.

Había pues que partir de noche, de un pequeño campo sin luz. Con automóviles en los tres lados, todo podría ir bien… Quedaba por encontrar los autos.

Magnin tomó su auto y fue, ya de noche, al Comité del primer pueblo.

Los objetos requisados de toda clase, máquinas de coser, cuadros, lámparas de suspensión, camas, y todo un fárrago donde los mangos de las herramientas se erguían entre el resplandor de las lámparas colocadas en una mesa al fondo de la sala, daban a la planta baja el aspecto de saqueo ordenado de las casas de compraventa. Los campesinos pasaban unos tras otros delante de la mesa. Uno de los responsables se acercó a Magnin.

—Necesito autos —dijo éste, dándole la mano.

El delegado campesino levantó los brazos al cielo sin contestar. Magnin conocía bien a esos delegados de los pueblos: rara vez jóvenes, serios, solapados (se pasaban la mitad del tiempo defendiendo el Comité contra la ingerencia de los entrometidos) y casi siempre eficaces.

—Bueno —dijo Magnin—, hemos hecho un nuevo campo. No tenemos todavía balizas, es decir luz para las salidas y las llegadas nocturnas. No hay más que un medio: limitar el campo con faros de automóvil. El Ministerio de Guerra no tiene automóviles. Tú tienes automóviles. Es necesario que me los prestes por esta noche.
—Me harían falta doce y no tengo más que cinco, ¡y de los cinco, tres son camionetas! ¿Cómo quieres que te los preste? Si fuera uno, vaya y pase…
—No, uno no basta. Si nuestros aviones están en Teruel detendrán a los fascistas. Si no, estarán allí los fascistas, y destrozarán a los milicianos. ¿Comprendes? Entonces necesitamos autos, camionetas o no. Para los camaradas que están allí es una cuestión de vida o de muerte. Oye, ¿para qué te sirven los autos?
—¡Para menos que eso!… Pero no tenemos derecho a prestar los autos sin los chóferes, hoy los chóferes han hecho quince horas de…
—Si quieren dormir en los autos, me da lo mismo. Puedo hacer conducir los autos por los mecánicos de la aviación. Si quieres que les hable, les hablaré, estoy seguro de que aceptarán. Y aceptarán también si tú mismo les explicas de qué se trata.
—¿A qué hora quieres los autos?
—A las cuatro, esta noche.

El delegado fue a discutir con otros dos, detrás de la mesa con lámparas de petróleo. Después volvió.

—Se hará lo que se pueda. Te prometo tres. Más, si es posible.

Magnin fue de pueblo nocturno en pueblo nocturno, de las salas de casas de compraventa a las grandes salas blanqueadas con cal donde delegados y campesinos de blusas negras, de pie, hacían frescos de sombra en las paredes, en las plazas con tonos de decorado, cada vez más desiertas, las luces de las fondas y algunos últimos faroles de gas pintaban sobre las cúpulas violetas de las iglesias secularizadas grandes manchas fosforescentes. Los pueblos poseían veintitrés autos. Le habían prometido nueve.

Eran las dos y media de la mañana cuando volvió a pasar por el primer pueblo. En la media luz que iluminaba la fachada de la casa del Comité hombres en fila india, como los que cargan carbón en los navíos, transportaban sacos: atravesaban la calle para entrar en la alcaldía, .y el chófer de Magnin tuvo que detenerse. Uno de ellos pasó muy cerca del capó del automóvil, agachado bajo media vaca desollada.

—¿Qué es? —preguntó Magnin a un campesino sentado delante de la puerta.
—Los voluntarios.
—¿Voluntarios de qué?
—Para la comida. Han pedido voluntarios para el transporte. Nuestros autos han partido con la aviación, para ayudar a Madrid.

Cuando Magnin volvió al campo, los primeros automóviles llegaban. A las cuatro y media, doce automóviles y seis camionetas estaban allí con sus chóferes. Muchos habían traído lámparas de tormenta, por si acaso.

—¿No hay algún otro trabajo que podamos hacer?

Uno de los voluntarios lanzaba pestes, sin que nadie supiera por qué.

Los dispuso, les dio orden de no encender sus faros hasta que no oyeran los motores de los aviones, y volvió al castillo.

Vargas lo esperaba.

—Magnin, García dice que hay más de quince aviones en ese campo.
—Tanto mejor.
—No, porque entonces son para Madrid. Usted sabe que se lucha en Guadalajara desde antes de ayer. Han derrotado el frente en Villaviciosa, nosotros los contenemos en Brihuega. Quieren caer sobre Arganda.
—¿Quieren quiénes?
—¡Cuatro divisiones italianas motorizadas, tanques, aviones, todo!

El mes anterior, del 6 al 20, en la batalla más mortífera de la guerra, el Estado Mayor alemán había tratado de tomar Arganda por el sur.

—Parto al alba —dijo Vargas.
—Hasta pronto —dijo Magnin, tocando su revólver cuya culata era de madera.

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Era el frío de las cinco, el frío que precede al alba. Magnin quería café. Ante el castillo de cal azul en la oscuridad, su auto iluminó uno de los dos huertos donde las sombras de los internacionales, ya dispuestos, saltaban entre los árboles, recogían naranjas color de escarcha blanca, brillantes de rocío. En el extremo del campo, los autos esperaban en la oscuridad.

Durante la llamada, Magnin expuso la misión a los jefes de tripulaciones que la trasmitirían cuando los aviones estuvieran en vuelo. Se aseguró de que todos los ametralladores tenían sus guantes. Detrás del auto que había iluminado los naranjos y que debía asegurar hasta el último momento el vínculo entre los aparatos y los tripulantes, trabados como perros jóvenes en sus monos de vuelo, atravesaban el campo lleno de los últimos olores nocturnos.

Con algunas alas apenas visibles en el cielo, los aviones esperaban. Sorprendidos por esas luces inesperadas, más deprimidos que despabilados por el viento que les pegaba al rostro el agua helada con la cual se habían rociado, los hombres arrastraban los pies sin decir nada. En el frío de las salidas nocturnas, cada cual sabía que iba a su destino.

Iluminados por las linternas eléctricas, los mecánicos habían empezado su trabajo. Los motores del primer avión giraban para el punto fijo. En el fondo del campo, dos faros se encendieron en la indiferencia de la noche.

Dos más: los autos habían oído los motores. Magnin apenas adivinaba las colinas a lo lejos y, por encima de él, la alta proa de un multiplazas; después el ala de otro aparato, por encima del círculo azulado de una hélice. Dos faros más se iluminaron: los tres autos marcaban una extremidad del campo. Detrás estaban los bosques de mandarinos; en la misma dirección, Teruel. Allí, una brigada internacional y las columnas anarquistas esperaban el ataque bajo sus capotes semimexicanos, cerca del cementerio o en las montañas de torrentes helados.

Fogatas de naranjas secas empezaron a encenderse. Sus llamas rojizas y enloquecidas eran débiles entre los faros, pero su olor amargo llevado por el viento atravesaba el campo por instantes, como humaredas. Uno a uno los demás faros se encendían. Magnin se acordaba del campesino, con media vaca desollada sobre la espalda, y de todos esos voluntarios que cargaban el depósito como un navío. Los faros se encendían ahora de los tres lados a la vez, ligados por las fogatas de naranjas en torno a las cuales se agitaban capotes. Por un instante parados los motores de los aviones, oyeron el ronroneo disperso de los dieciocho autos de los pueblos. En la enorme masa de sombra que permanecía intacta en el centro de las rayas de luz, los aviones emboscados, cuyos motores bramaron súbitamente a la vez, parecían esa noche delegados a la protección de Guadalajara por todo el campesinado de España.

Magnin partió el último. Los tres aviones de Teruel sobrevolaron el campo, cada cual buscando las luces de posición de los demás, para tomar la formación de vuelo. Abajo, el trapecio del campo, muy pequeño ahora, se perdía en la inmensidad nocturna de la campiña que, para Magnin, convergía entera hacia esas luces miserables. Los tres multiplazas giraban. Magnin encendió su linterna de bolsillo para pasar a un mapa el croquis del campesino. El frío entraba por la abertura de la proa. «Dentro de cinco minutos deberé ponerme guantes: ya no es cuestión de lápiz». Los tres aviones estaban en línea de vuelo. Magnin tomó rumbo a Teruel. En el olor de las fogatas de naranjas que el viento traía aún del campo, el interior del avión todavía en la oscuridad, el sol se alzaba sobre la cara sonriente y coloradota del ametrallador de proa.

—¡Salud, patrón!

Magnin no podía apartar los ojos de esa ancha boca abierta por la risa, de esos dientes rotos, extrañamente rosados en el sol naciente. El avión se iba haciendo menos oscuro. En tierra, era todavía de noche. Los aviones avanzaban hacia la primera barrera de montañas en un día vacilante; abajo, vagos dibujos de mapas primitivos comenzaban a formarse. «Si sus aviones no están aún en el aire, llegaremos justo en el buen momento». Magnin comenzaba a distinguir los techos de algunas granjas: el día se alzaba sobre la tierra.

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Magnin había combatido tan a menudo en ese frente de Teruel, alargado hacia el sur en península malaya, que lo llevaba en él y no navegaba sino por instinto. Desde que ametralladores y mecánicos, tensos como siempre antes del combate, dejaban de mirar hacia Teruel, volvían hacia el campesino una nariz furtiva, y sus ojos encontraban la cresta de papagayo de una cabeza pertinazmente gacha entre los cascos, o, de pronto, una cara angustiada cuyos dientes se mordían los labios.

Las baterías enemigas no tiraban: los aviones estaban protegidos por las nubes. En tierra, sin duda, ya era completamente de día. Magnin observaba, a la derecha, el Pato suelto, dirigido por Gardet, a la izquierda, el multiplazas español del capitán Moros, ambos un poco hacia atrás, ligados al Marat como dos brazos a un cuerpo, en línea de vuelo en la inmensidad tranquila, entre el sol y el mar de nubes. Cada vez que una bandada de pájaros pasaba por debajo del aparato, el campesino levantaba el índice. Aquí y allá sobrevolaban los montes negros de Teruel y, a la derecha, el macizo que los aviadores llamaban la montaña de nieve de una blancura deslumbrante bajo el sol de invierno, por encima del blanco más mate de las nubes. Magnin se había acostumbrado ahora a esa paz del comienzo del mundo por encima del encarnizamiento de los hombres; pero, esta vez, las nubes no eran vencidas. El indiferente mar de nubes no era ya más fuerte que esos aviones que habían partido ala contra ala, que volaban ala contra ala hacia un mismo enemigo, en la amistad como en la amenaza oculta por doquier bajo ese cielo tranquilo; que esos hombres que aceptaban todos morir por algo ajeno a ellos mismos, unidos por el movimiento de los compases en la misma fatalidad fraterna. Sin duda Teruel estaba a la vista bajo las nubes; pero Magnin no quería bajar para no dar la alerta. «Atravesaremos enseguida», gritó en el oído del campesino; sentía que éste se preguntaba cómo podía dirigirlos si no veía nada.

Hasta la lejana barrera deslumbrante de los Pirineos se sucedían manchas alargadas como lagos sombríos en la nieve, que venían hacia ellos: la tierra. Una vez más, bastaba con esperar.

Los aviones daban vueltas, con la amenazadora paciencia de los aparatos de guerra. Ahora, eran las líneas enemigas.

Por fin, una mancha gris pareció deslizarse sobre las nubes. Algunos tejados la atravesaron, deslizándose ellos también de un extremo a otro de la mancha, como inmóviles peces rojos; después venas: senderos, todo eso sin volumen. Después algunos techos y un enorme círculo descolorido: la plaza de toros. Y enseguida, amarilla y rojiza bajo la luz plomiza, una vasta capa de tejados llenó el agujero de las nubes. Magnin agarró al campesino por el hombro:

—¡Teruel!

El otro no comprendía.

—¡Teruel! —le gritó Magnin al oído.

La ciudad aumentaba en el agujero gris, sola entre las nubes que cabrilleaban hasta el horizonte, entre su compañero, el río, y sus senderos cada vez más nítidos.

—¿Es Teruel? ¿Es Teruel?

El campesino, agitando su cresta, miraba esa especie de mapa confuso y roído.

La carretera de Zaragoza, pálida al comenzar el día, se destacaba contra el fondo sombrío de los campos al norte del cementerio que atacaba el ejército republicano. Seguro de su posición, Magnin atravesó de nuevo las nubes inmediatamente.

Los aviones, al rumbo, seguían sin ver la carretera de Zaragoza. El pueblo del campesino estaba a cuarenta kilómetros, un poco a la derecha. El otro campo, bombardeado en vano la víspera, estaba a veinte. Sin duda lo sobrevolaban ahora. Magnin calculaba el recorrido por los segundos. Si no encontraban el segundo campo muy pronto, si la alarma estaba dada, tendrían encima los cazas enemigos de Zaragoza y de Calamocha, los de los campos clandestinos, y si había aviones allí, los que les atajarían el camino de vuelta. Única protección, las nubes. 31 kilómetros de Teruel, 36, 38, 40: el avión picaba.

Desde que la niebla blanca rodeó el aparato, el combate pareció comenzar. Magnin miraba el altímetro. No había más colinas en esa parte del frente; pero ¿estaban los aviones de caza bajo el banco de nubes? La nariz del campesino se aplastaba contra el vidrio. La barra de la carretera comenzaba a aparecer como si estuviera pintada sobre la niebla, después las casas rojizas del pueblo, como manchas de sangre seca sobre la venda deshilachada de nubes. Aún ni aviones de caza ni baterías. Pero, al este del pueblo, había muchos campos alargados, y todos estaban bordeados del mismo lado por bosquecillos.

No había tiempo que perder para dar la vuelta. Todas las cabezas estaban tendidas hacia delante. El avión pasó la iglesia. Su carrera era paralela a la calle mayor. Magnin agarró de nuevo al campesino por el hombro, y le mostró los tejados que huían debajo de ellos a toda velocidad, como un ganado. El campesino miraba, toda su fuerza en tensión, con la boca entreabierta y con lágrimas que bajaban en zig-zag por sus mejillas, una a una: no reconocía nada.

—¡La iglesia! —gritó Magnin—. ¡La calle! ¡La carretera de Zaragoza!

El campesino los reconocía cuando Magnin los mostraba, pero no lograba orientarse. Debajo de sus mejillas inmóviles por donde corrían lágrimas, su mentón se sacudía convulsivamente.

Quedaba un solo recurso: tomar una perspectiva que le fuera familiar.

La tierra, oscilando de derecha a izquierda como si hubiese perdido todo equilibrio, soltando sus pájaros por todos lados se acercó brutalmente al avión: Magnin bajaba a treinta metros.

El Pato y el avión español tomaron la fila.

El terreno era plano; Magnin no temía la defensa de tierra; en cuanto a los cañones revólveres, si una batería antiaérea protegía el campo, no podría tirar tan bajo. Estuvo a punto de dar la orden de poner las ametralladoras en acción, pero temía enloquecer al campesino. A ras de tierra, llegaban sobre los bosques con una perspectiva de auto de carreras. Por debajo de ellos, los animales corrían por el campo furiosamente. Si se pudiera morir de mirar y de buscar, el campesino hubiera muerto. Agarró a Magnin por el mono, mostrándole algo con el dedo.

—¿Qué? ¿Qué?

Magnin se arrancó el casco.

—¡Allí!
—¿Qué? ¡Dios mío!

El campesino lo empujaba hacia la izquierda con toda su fuerza, como si Magnin hubiera sido el avión y mostraba a su izquierda un anuncio de vermut, negro y amarillo, desplazando su dedo doblado sobre la mica de la carlinga.

—¿Cuál? —añadió Magnin.

A seiscientos metros hacia delante, había cuatro manchas de bosque. El campesino lo empujaba siempre hacia la izquierda. ¿El bosque más hacia la izquierda?

—¿Es allí?

Magnin miraba como un loco. El campesino, agitando los párpados, aullaba sin articular una palabra.

—¿Es allí?

El campesino asintió con la cabeza y los hombros, sin mover su brazo extendido. En ese mismo instante en el linde, se puso en marcha una hélice, cuya claridad deslumbrante surgió contra el fondo oscuro de las hojas. Sacaban del bosque un avión de caza enemigo.

El bombardero se dio la vuelta: él también lo había visto. Demasiado tarde para bombardear, y estaban demasiado abajo. El ametrallador de delante, como no había visto nada, no había tirado.

—¡Tirad al bosque! —gritó Magnin al ametrallador de proa, al mismo tiempo que distinguió un avión de bombardeo al descubierto.

El ametrallador pedaleó para dar la vuelta a su proa y tiró. Ya el ángulo de los árboles hacía invisible el avión de caza.

Pero Gardet había comprendido que esta maniobra improvisada no podía tener éxito sino a fuerza de atención; desde hacía algunos minutos, había tomado la ametralladora delantera del Pato, y no sacaba los ojos del Marat. Desde que lo vio tirar, distinguió la hélice brillante sobre el fondo verdinegro del bosque, gritó: «¡Ahora!» y comenzó el fuego.

Sus balas trazadoras mostraron el Fiat a Scali, que manejaba la ametralladora del Pato. Desde que sus problemas se habían vuelto obsesivos no bombardeaba más: ametrallaba. No soportaba la pasividad. En la torreta de atrás, Mireaux, molesto por la cola, no podía tirar; pero el avión de Moros podía tirar con sus tres ametralladoras.

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Magnin, que viraba subiendo, vio al volver la hélice del avión de caza detenerse. Un grupo empujaba el avión de bombardeo bajo los árboles. En ese instante, desde el bosque mismo, los fascistas telefoneaban sin duda a los otros campos. El Marat subía en espiral para no ser alcanzado por sus propias bombas cuando las dejara caer, pero había que agrandar el diámetro de la circunferencia para que el bombardero no fallara su batida por encima del bosque. Una sola batida, pensó Magnin: el bosque era un objetivo demasiado visible, y si se encontraba la reserva de gasolina, lo cual era probable, todo estallaría. Se acercó al bombardero, echando de menos a Attignies:

—¡Todas las bombas de golpe!

El avión osciló dos veces para indicar la naturaleza del bombardero; a cuatrocientos metros dejó de subir y volvió sobre el bosque en línea recta, a toda velocidad, tirando con las ametralladoras. Los bombarderos tendrían tiempo de hacer puntería a cuatrocientos. El campesino, acurrucado junto al mecánico, se esforzaba en no molestar a nadie; el mecánico, con las dos manos sobre las palancas, miraba la mano en alto del bombardero, que miraba el bosque entrar en su enfoque.

Todas las manos bajaron.

El avión tuvo que virar 90 grados para que Magnin pudiese ver el resultado: los otros dos aparatos siguieron, y el carrusel oblicuo parecía continuar; del bosque comenzaba a surgir una gran humareda negra que todos conocían muy bien: la gasolina. Subía por pequeñas efervescencias precipitadas, como si capas subterráneas ardieran en ese bosquecillo tranquilo, semejante al resto al comenzar la mañana gris. Una docena de hombres salieron corriendo de los árboles. Después, al cabo de algunos segundos, un centenar, con la misma carrera a tropezones y enloquecida de los animales un momento antes. El humo, que el viento hacía bajar hacía los campos, empezaba a desplegarse con la curva majestuosa de los incendios de gasolina. Ahora, el caza enemigo andaba seguramente por los aires. El bombardero fotografiaba, con el ojo en la mira del pequeño aparato como en la del avión; el mecánico se secaba las manos que acababan de manejar las palancas de las bombas; el campesino, con su gruesa nariz enrojecida por haberla aplastado contra la mica, golpeaba los pies contra la carlinga, de alegría y de frío. El avión volvió a las nubes y tomó rumbo hacia Valencia.

Después de que Magnin las hubo atravesado de nuevo y extendió la vista a lo lejos, comprendió que las cosas andaban mal.

Las nubes se descomponían. Y, más allá de Teruel, un desgarramiento inmenso desprendía cielo y tierra a cincuenta kilómetros de profundidad.

Para volver sin abandonar las nubes, hubiera habido que dar una larga vuelta por las líneas fascistas, y las nubes, allí también, podían disgregarse muy pronto.

Había que esperar que los cazas de Sarión llegaran antes que los cazas enemigos.

Magnin, encantado por el éxito y harto deseoso de no ser muerto ese día, contaba los minutos. Si no eran alcanzados antes de la vigésima…

Entraban en pleno cielo despejado.

Uno tras otro, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete aviones enemigos salieron de las nubes. Los aviones de caza republicanos eran los monoplazas de alas bajas con los cuales no se podían confundir los Heinkel; Magnin dejó sus prismáticos, ya sabiendo a qué atenerse, e hizo que los tres aviones se apretaran. «Si tuviéramos ametralladoras decentes, podríamos resistir», pensó. Pero tenían siempre las viejas Lewis no reforzadas. «800 tiros por minuto x 3 ametralladoras = 2400. Cada Heinkel tiene 1800 tiros x 4 = 7200». Lo sabía, pero repetírselo le daba siempre placer.

Los fascistas llegaron hasta el grupo de los tres multiplazas; orientados a la izquierda, resueltos a atacar al principio a un solo bombardero. Ni un avión de caza republicano en el cielo.

Bajo los aviones, pasaban las codornices en su migración anual.

El avión de la izquierda era el de Gardet.

Pujol, el primer piloto, acababa de hacer distribuir chicles por Saïdi en señal de júbilo. Pujol mantenía las buenas tradiciones de Leclerc: con su barba afeitada de un solo lado (consecuencia de una promesa sentimental), su sombrero de jardinero, adornado de plumas escarlatas, vuelto a usar desde el fin del bombardeo, sus veinticuatro años, su nariz respingada, y su pañuelo de la F. A. I. (de la cual no formaba parte), se parecía bastante a la imagen que los fascistas se hacían de los bandidos rojos. Los otros eran normales, si no se tomaban en cuenta algunas medias de lana enrolladas bajo los cascos, y la pequeña escopeta de Gardet.

Éste, que mantenía con una autoridad firme y velada el orden necesario a la eficacia militar, admitía todo lo pintoresco como su propia escopeta de madera; y Magnin tenía, además, especial indulgencia para las locuras que no paralizaban la acción, sobre todo cuando las sentía ligadas a los fetiches.

Gardet había comprendido también la maniobra alemana. Vio que Magnin hacía descender los dos aviones por debajo del Pato, para conjurar el fuego de las ametralladoras después que éste fuera atacado. Controló las de su aparato, tomó la torreta de adelante, pensó una vez más que los Lewis lo asqueaban, y dio la vuelta a su torreta hacia los Heinkel que engrosaban por encima del punto de mira.

Algunas balas llegaron.

—¡No os aflijáis! —gritó Gardet—. ¡Habrá más!

Pujol avanzaba en S. Era la primera vez que, atacado por delante, veía la caza enemiga llegar hacia él a toda velocidad, con la amargura que tiene todo piloto en los mandos de un aparato pesado y lento atacado por aviones rápidos. Los pelícanos sabían que los mejores de entre sus propios cazadores los hubiesen derribado sin trabajo. Y, como antes de cada combate, todos, debajo de sí mismos, comenzaban a tomar conciencia del vacío.

Scali, poniendo su ametralladora en posición, percibió de pronto a su izquierda una de sus grandes bombas: no se había desprendido durante el bombardeo.

—¡Aquí están!

Magnin había establecido bien sus distancias: los Heinkel no podían rodear el Pato. Dos por arriba, dos por debajo, tres de lado, aumentaban hasta que el casco de los pilotos se hacía visible.

Todo el Pato fue sacudido por sus ametralladoras, que tiraban a la vez. Diez segundos, y hubo un estruendo infernal, el ruidito de la madera que estalla bajo las balas enemigas, y una red de balas trazadoras.

Gardet vio a uno de los Heinkel de abajo descender verticalmente, tocado por Scali o por las ametralladoras de los otros multiplazas. Una vez más, sintió el vacío. Mireaux dejaba la torreta de atrás, con la boca entreabierta; de su brazo colgante, la sangre manaba en la carlinga como de una flor de regadera. Scali subió a su proa, se extendió: su zapato parecía haber estallado.

—¡Véndate fuerte! —gritó Gardet, tirando como una pelota el botiquín a Mireaux, y saltando a la proa. Saïdi había tomado su ametralladora, y el bombardero la de Mireaux: los pilotos parecían ilesos. Los Heinkel volvían.

Más abajo: los que intentaban atacar subiendo verticalmente estaban bajo el fuego de la ametralladora de proa y de las seis ametralladoras del Marat y del avión de Moros, cuyas trazadoras entrecruzadas hacían bajo el Pato una red de humaredas. Habiendo descendido el compañero del Heinkel, éste pasó debajo. Pujol escapaba a toda velocidad, alargando cada vez más sus S.

Las mismas balas trazadoras, el mismo estruendo, el mismo ruidito de la madera. Saïdi dejó la torreta de atrás sin decir nada, y vino a acodarse por encima de Scali, al lado de quien Mireaux se había tendido. «Si tienen el descaro de pegarse a nosotros en balancín por detrás en vez de hacer pasos…», pensó Gardet. En la penumbra, el día, a través de los agujeros de las balas enemigas, brillaba como pequeñas llamas. El motor de la izquierda dejó de girar. El Marat y el español fueron a escoltar el Pato. Pujol inclinó en la carlinga su cabeza ensangrentada, todavía cubierta por el sombrero de jardinero con plumas:

—¡Huyen!

Los Heinkel escapaban. Gardet tomó sus prismáticos: el caza republicano llegaba del sur.

Saltó de la proa, abrió el botiquín que los otros no habían tocado, vendó a Mireaux (tres balas en el brazo derecho, una en el hombro: una ráfaga) y a Scali (una explosiva en el pie). Saïdi tenía una bala en la cadera derecha, pero sufría poco.

Gardet fue hasta la cabina de mandos. El avión volaba a 30 grados, sostenido por un solo motor. Langlois, el segundo piloto, indicaba con el índice el cuentarrevoluciones: 1400 en vez de 1800. El avión, muy pronto, sólo podría contar con vuelo planeado. Y llegaban a la montaña de nieve. Abajo, de una casa, subía un humo tranquilo, absolutamente recto.

Pujol, sangrando, pero ligeramente herido, sentía su palanca de mando en el cuerpo, como los otros sus heridas. El cuentarrevoluciones pasó de 1200 a 1100.

El avión caía un metro por segundo.

Por debajo, los contrafuertes de la montaña de nieve. Allí era el desmoronamiento en las gargantas, una avispa borracha reventada contra una pared. Más allá, la nieve en anchos planos ondulados. Y por debajo, ¿qué?

Atravesaron una nube. En el blanco absoluto, el piso de la carlinga estaba todo manchado de pisadas de sangre. Pujol, subiendo, trataba de salir de la nube. Salieron de ella por su caída misma; estaban a 60 kilómetros de la montaña. La tierra se lanzaba sobre ellos pero esas blandas curvas de nieve… Tenían unas ganas frenéticas de salir de allí, ahora que habían logrado bombardear con éxito y escapar al tiro.

—¡La bomba! —gritó Gardet.

Si no se largaba esta vez, todos saltaban. Saïdi bajó las dos palancas de desencadenamiento a la vez, a todo dar. Cayó la bomba y, como si hubiese proyectado la tierra contra el avión, todos recibieron la nieve en el abdomen.

.

Pujol saltó de su asiento, de pronto a cielo abierto. ¿Sordo? No, era el silencio de la montaña después del estrépito de la caída, porque oía una corneja y voces que gritaban. La sangre manaba suavemente de su rostro, tibia, y hacía agujeros rojos en la nieve, delante de sus zapatos. Nada más que sus manos para apartar esa sangre que lo cegaba y a través de la cual aparecía confusamente una negra maleza metálica llena de llamadas, el inextricable enredo de los aviones destrozados.

Magnin y Moros habían podido volver. La Dirección de Operaciones había telefoneado al campo que los heridos habían sido recogidos en el pequeño hospital de Mora. Había que revisar los aviones, que no tomarían vuelo hasta el día siguiente. Magnin había dado instrucciones y había partido enseguida. Una ambulancia iba a seguirlo.

—Un muerto, dos heridos graves, todos los demás heridos leves —había dicho el oficial de servicio al teléfono.

Ignoraba los nombres de los heridos y del muerto. No había recibido aún el resultado del bombardeo.

El auto de Magnin corría entre los inmensos bosques de naranjos. Su profusión de frutos rodeados aquí y allá por cipreses continuaba durante kilómetros, bajo la perspectiva de Sagunto y de sus fortalezas en ruinas, murallas cristianas bajo murallas románicas, murallas románicas bajo murallas púnicas: la guerra… Por encima, la nieve de los montes de Teruel temblaba en el cielo ahora despejado.

Las encinas reemplazaron a los naranjos: la montaña comenzaba. Magnin telefoneó de nuevo a la Dirección de Operaciones: había dieciséis aviones enemigos en el aeródromo del campesino; todo se había incendiado.

El hospital de Mora estaba instalado en la escuela: allí no estaban los aviadores. Había otro hospital en la alcaldía: tampoco estaban. En el Comité del Frente Popular aconsejaron a Magnin que telefoneara a Linares: allí habían pedido uno de los médicos de Mora para los heridos. Magnin partió hacia la estación con uno de los delegados del Comité, bajo los balcones de madera, a través de las casas azules, rosadas y verde claro, y los puentes en ojiva dominados en cada vuelta por las ruinas de un castillo de romancero.

El empleado era un viejo militante socialista. Su hijo pequeño estaba sentado sobre la mesa del morse.

—¡Quiere ser aviador, él también!

Había huellas de balas en la pared.

—Mi predecesor era de la C. N. T. —dijo el empleado—. El día de la rebelión, no cesaba de telegrafiar a Madrid. Los fascistas no lo sabían, pero lo mataron igual: ésas son las balas…

Por fin respondió Linares. No, los aviadores no estaban allí. Habían caído cerca de una aldea. Valdelinares. Más arriba, en la nieve.

¿A qué otro pueblo se podría llamar? «¡Más arriba, en la nieve!». Y sin embargo, por el tono de las respuestas, Magnin sentía más que nunca a España presente en torno a él, como si en cada hospital, en cada comité, en cada estación de teléfono hubiera esperado encontrar a un campesino fraternal. Por fin, una llamada. El empleado levantó la mano: Valdelinares respondía. Escuchó, se volvió:

—Uno de los aviadores puede caminar. Han ido a buscarlo.

El chiquillo no se atrevía a moverse. La sombra de un gato pasó en silencio por la ventana.

El empleado tendió a Magnin el viejo auricular por donde murmuraba una voz apagada:

—¡Oiga! ¿Quién habla?
—Magnin. ¿Es Pujol, verdad?
—Sí.
—¿Quién murió?
—Saïdi.
—¿Los heridos?
—De gravedad, Gardet: se teme por sus ojos. Taillefer tiene la pierna rota en tres lugares. Mireaux, cuatro balas en el brazo. Scali, una bala explosiva en el pie. Langlois y yo, más o menos bien.
—¿Quién puede andar?
—¿Para bajar?
—Sí.
—Nadie.
—¿Y en mulos?
—Langlois y yo. Quizá Scali, si lo sostienen; y no es seguro.
—¿Cómo os cuidan?
—Mientras más pronto bajemos, mejor será. En fin, hacen todo lo que pueden…
—¿Hay camillas?
—Aquí no. Esperad: el médico que está aquí dice algo.

La voz del médico.

—¡Oiga! —dijo Magnin—. ¿Pueden ser transportados todos los heridos?
—Sí, si tienen ustedes camillas.

Magnin interrogó al empleado. No sabía; quizá hubiera camillas en el hospital; no seis, seguramente. Magnin tomó de nuevo el receptor:

—¿Pueden ustedes fabricar camillas con ramas, correas y jergones?
—Yo… Sí.
—Les haré llegar lo que pueda como camillas. Desde ahora, puede usted hacer las camillas y empezar a bajarlos. Yo espero aquí una ambulancia. Subirá hasta donde pueda subir.
—¿Y el muerto?
—Haga bajar a todos. ¡Oiga, oiga! ¿Quiere usted decir a los aviadores que dieciséis aviones enemigos han sido destruidos? No lo olvide.

Volvió a empezar la carrera a través de las calles con casas de colores, la plaza con fuentes, los puentes en burro y los adoquines puntiagudos, brillantes aún por los aguaceros de la mañana bajo el cielo siempre bajo. Había en total dos camillas que ataron al techo del automóvil.

—¿No será demasiado alto para la puerta del pueblo?

En fin, Magnin partió para Linares.

En adelante, entraba en una España eterna. Más allá del primer pueblo con los graneros sobre balaustradas, el auto llegó ante una garganta pálida bajo el cielo gris, donde parecía soñar despierta la silueta con los cuernos separados de un toro de lidia. Una hostilidad primitiva subía de la tierra que esos pueblos curdos manchaban como de quemaduras, tanto más intensa cuanto que Magnin, posando los ojos en su reloj cada cinco minutos, miraba esos peñascos como los habían mirado los heridos. Nada donde detenerse: por todos lados campos escalonados, rocas o árboles. El auto no podía bajar una pendiente sin que Magnin viera el avión acercarse a ese suelo sin esperanza.

Linares es un burgo amurallado; había niños subidos sobre las fortificaciones, a uno y otro lado de la puerta. En la posada, cuya planta baja estaba llena de carretas patas arriba, de camillas, esperaban los mulos. Un médico, venido del valle, estaba en el Comité, y unos quince jóvenes. Miraban con curiosidad a ese extranjero alto, de bigotes caídos, que llevaba el uniforme de la aviación española.

—No necesitamos tantos cargadores —dijo Magnin.
—Se empeñan en ir —dijo el delegado.
—Bueno. ¿Y la ambulancia?

El delegado telefoneó a Mora; no había llegado todavía. Muleros, sentados en el patio de la posada, las carretas en semicírculo en torno a ellos, comían alrededor de la marmita, una campana enorme, vuelta del revés, donde el aceite hervía y el hollín ocultaba la inscripción. Por encima de la puerta: 1614.

Por fin partió la caravana.

—¿Cuánto tardaremos en llegar arriba?
—Cuatro horas. Los encontraréis antes.

.

Magnin caminaba doscientos metros adelante, su silueta oscura —gorra de uniforme y abrigo de cuero— se recortaba nítidamente contra la montaña. No había casi barro, y sólo luchaba con las piedras. Detrás de él, el médico sobre un mido; más atrás los cargadores, con suéters cerrados hasta el cuello y boina vasca (los trajes locales eran para los días de fiesta o para la vejez); más lejos, los mulos y las camillas.

Muy pronto no hubo toros ni campos; por todas partes piedra, esa piedra de España, amarilla y roja al sol que el cielo blanco vuelve pálida, plomiza en sus grandes sombras verticales: bajaban en dos o tres planos quebrados, desde la nieve cortada por el techo del cielo hasta el fondo del valle. Al caminar por el flanco de la montaña, rodaban bajo los pies guijarros que retumbaban de roca en roca, perdidos en ese silencio de desfiladeros de donde parecía surgir un ruido de torrente que se alejaba poco a poco. Después de una hora terminó el valle, en el fondo del cual aparecía Linares. Desde que lo separó del valle una ladera de la montaña, Magnin dejó de oír el ruido del agua. El sendero pasaba detrás de una roca vertical que, por instantes, lo dominaba; allí donde cambiaba definitivamente de dirección se recortaba sobre el cielo como en una tarjeta postal japonesa un manzano, en medio de un campo minúsculo. Sus manzanas no habían sido recogidas; caídas, formaban en torno de él un anillo espeso, que poco a poco se confundía con la hierba. Sólo ese manzano estaba vivo en medio de la piedra, y vivía, con la vida infinitamente renovada de las plantas, en la indiferencia geológica.

Más subía Magnin, más la fatiga le hacía sentir los músculos de sus hombros y de sus caderas; poco a poco, el esfuerzo invadió todo su cuerpo, se impuso a todo su pensamiento: las camillas estaban bajando por esos mismos senderos intransitables, con brazos deshechos y piernas rotas. Su mirada iba de lo que él veía del sendero a las crestas de nieve junto al cielo blanco, y cada nuevo esfuerzo hundía hasta su pecho la idea fraternal que él se hacía del jefe.

Los campesinos de Linares, que no habían visto nunca a uno solo de esos heridos, lo seguían sin hablar, en una severa y tranquila evidencia. Él pensaba en los automóviles de los pueblos.

Subía desde hacía dos horas por lo menos, cuando terminó el camino aferrado a una ladera de la montaña. El sendero continuaba ahora a través de la nieve por un nuevo desfiladero, hacia la montaña, mucho más alto y menos abrupto, que los aviones veían al lado del otro cuando partían para Teruel. En adelante, los torrentes estaban helados. En el ángulo del camino, como el manzano un momento antes, aguardaba un pequeño guerrero sarraceno, negro contra el cielo, con el escorzo de las estatuas sobre un alto pedestal: el caballo era un mulo, y el sarraceno era Pujol, con casco. Se volvió y de perfil, como en un grabado, gritó: «¡Aquí está Magnin!» en medio del gran silencio.

Dos largas piernas tendidas rígidamente de cada lado de un asno minúsculo, pelo vertical saliendo como una brocha de un vendaje se recortaron contra el cielo: el segundo piloto, Langlois. En el momento en que Magnin apretaba la mano de Pujol, se dio cuenta de que su abrigo de cuero estaba de tal modo resquebrajado de sangre coagulada por debajo de la cintura que se parecía a la piel de un cocodrilo. ¿Qué herida había podido ensangrentar así el cuero? Sobre el pecho, los trazos se cruzaban como una red, aún parecían sentirse las salpicaduras de la sangre.

—Es la chaqueta de Gardet —dijo Pujol.

Magnin, sin estribos, no podía erguirse. Con el cuello estirado, buscaba a Gardet. Pero las camillas estaban todavía del otro lado del peñasco.

Los ojos de Magnin permanecían fijos en el cuero. Pujol ya estaba contando.

.

Langlois, herido levemente en la cabeza, había podido apartarse con un pie; el otro se lo había torcido. En la larga caja destrozada que había sido la carlinga, Scali y Saïdi estaban acostados. Bajo el hongo de la torreta dada la vuelta, los miembros de Mireaux sobrepasaban el pilón; éste pesaba en toda su altura sobre su hombro roto, como en los grabados de los antiguos suplicios; entre los escombros, el bombardero tendido. Todos aquellos que podían gritar, obsesionados por la inminencia del fuego, gritaban en el gran silencio de la montaña.

Pujol y Langlois habían extraído a los de la carlinga; después Langlois había comenzado a sacar al bombardero, mientras Pujol trataba de levantar la torreta que aplastaba a Mireaux. Se derrumbó por fin, con un nuevo estruendo de hierro y de mica que hizo estremecer a los heridos tendidos sobre la nieve.

Gardet había visto una cabaña, y había caminado hasta ella, con la mandíbula rota apoyada en la culata de su revólver (no se atrevía a sostenérsela con la mano y la sangre chorreaba). Un campesino que lo había visto de lejos había huido. En la cabaña, alejada a más de un kilómetro, había sólo un caballo, que lo miró, vaciló, y se puso a relinchar. «Debo tener una cara muy rara —pensó Gardet—. A pesar de todo, un caballo vivo no puede ser sino del Frente Popular…». La cabaña estaba cálida en la soledad de la nieve, y tuvo ganas de acostarse y dormir. Nadie venía. Gardet tomó una pala de un rincón, con una sola mano, a la vez para extraer a Saïdi cuando hubiera vuelto hasta el avión y para ayudarse a caminar. Comenzaba a no ver claro, salvo sus pies: sus párpados superiores se le hinchaban. Volvió siguiendo las gotas de su sangre en la nieve, y las huellas de sus pies, largas y confusas cada vez que se había caído.

Al caminar, se acordaba de que una tercera parte del Pato estaba hecho con las antiguas piezas de un avión pagado por los obreros extranjeros y derribado en la Sierra: la Comuna de París.

En el momento en que alcanzaba el avión, un chiquillo se aproximaba a Pujol. «Si estamos en campo fascista —pensaba el piloto— nos matarán como a ratas». ¿Dónde estaban los revólveres? No se suicida uno con ametralladora.

—¿Quiénes están aquí? —preguntó Pujol—. ¿Los rojos o Franco?

El chiquillo —con expresión astuta, las orejas separadas y un mechón de pelo rubio en lo alto de la cabeza— lo había mirado sin contestar. Pujol tenía conciencia del increíble aspecto que tendría: el sombrero con las plumas rojas había quedado en su cabeza, donde se lo había puesto de nuevo inconscientemente; se había afeitado sólo de un lado, y la sangre chorreaba, chorreaba, sobre su mono blanco.

—¿Quiénes están?, dime.

Se había acercado al chiquillo, que retrocedía. Amenazarlo no hubiera servido de nada. Y tampoco tenía chicles.

—¿Los republicanos o los fascistas?

Oíase un ruido lejano de torrente, y gritos de cornejas que se perseguían.

—Aquí —había contestado el chiquillo mirando el avión— hay de todo.
—¿El sindicato? —aulló Gardet.

Pujol comprendió.

—¿Cuál es el sindicato más grande? ¿La U. G. T.? ¿La C. N. T.? ¿O los católicos?

Gardet había llegado hacia Mireaux, a la derecha del chiquillo, que no lo veía más que de espaldas y que miraba, sobre su espalda, la pequeña escopeta:

—La U. G. T. —dijo el niño, sonriendo.

Gardet se volvió: su rostro, siempre apoyado en su culata, estaba acuchillado de un extremo a otro, le colgaba la punta de la nariz, y la sangre que continuaba manando, pero que había brotado en grandes borbotones, se coagulaba sobre el cuero de la chaqueta de aviador que Gardet llevaba encima de su mono. El niño gritó y se fue corriendo dando la vuelta como un gato.

Gardet ayudaba a Mireaux a acercar sobre su cuerpo sus miembros descuartizados, y a incorporarse sobre las rodillas. Cuando se inclinaba, su rostro ardía, y trataba de ayudar a Mireaux conservando derecha la cabeza.

—¡Estamos con los nuestros! —dijo Pujol.
—Esta vez, completamente desfigurados —dijo Gardet—. ¿Has visto cómo se escapó el mocoso?
—¡Estás chiflado!
—Trepanado.
—Aquí vienen unos muchachos.

En efecto, algunos campesinos se aproximaban a ellos, traídos por el que se había escapado cuando había visto a Gardet. Ahora no estaba solo y se atrevía a volver. Cuando explotó la bomba, todas las gentes salieron de sus casas, y los más audaces se acercaban.

—¡Frente Popular! —gritó Pujol, tirando el sombrero con plumas rojas en el revoltijo de acero.

Los campesinos empezaron a correr. Sin duda habían supuesto que los aviadores caídos eran de los suyos porque llegaban casi sin armas. Quizá uno de ellos, antes de la caída, había distinguido las bandas rojas de las alas. Gardet vio el espejo del retrovisor colgado en su lugar en el revoltijo de viguetas y de alambres, delante del asiento de Pujol. «Si me miro, me mato».

Cuando los campesinos estuvieron lo bastante cerca para ver ese fárrago de acero erizado de planos y de pedazos de alas, los motores destrozados, una hélice doblada como un brazo y los cuerpos extendidos sobre la nieve, se habían detenido. Gardet se aproximaba a ellos. Los campesinos y las mujeres con pañoletas negras los esperaban, agrupados e inmóviles, como si hubiesen esperado la desgracia. «¡Cuidado!», dijo el primer campesino que vio que la mandíbula rota de Gardet estaba apoyada en el caño de una ametralladora. Las mujeres, recordando el pasado sangriento, se persignaban; después, menos por Gardet y Pujol que se aproximaban a su vez, que por los cuerpos tendidos, uno de los hombres levantó el puño; y todos los puños, uno tras otro, se levantaron en silencio en la dirección del avión aplastado y de los cuerpos que los campesinos creían muertos.

—Esto no es todo —gruñó Gardet. Y en español—: Ayudadnos.

Se acercaban a los heridos. Desde que los campesinos comprendieron que uno solo de los hombres tendidos estaba muerto, empezó una agitación afectuosa y torpe.

—¡Poco a poco!

Gardet había comenzado a poner orden. Pujol se agitaba, pero nadie le obedecía: Gardet era el jefe, no porque en efecto lo fuera, sino porque estaba herido en la cara: «Si llegara la Muerte, ¡cómo la obedecerían!», pensaba. Un campesino fue a buscar a un médico. Muy lejos; tanto peor. Transportar a Scali, Mireaux, el bombardero, no parecía sencillo; pero los montañeses tienen la costumbre de las piernas rotas. Pujol y Langlois podían caminar. Y él, en rigor.

Habían comenzado a bajar al pueblecito, hombres y mujeres muy pequeños en medio de la nieve. Antes de desmayarse, Gardet había mirado una última vez el retrovisor; se había pulverizado en la caída: nunca había quedado espejo en los escombros.

La primera camilla apareció frente a Magnin. Cuatro campesinos la llevaban, cada uno apoyada en un hombro, seguidos de inmediato por otros cuatro camaradas. Era el bombardero.

No parecía tener la pierna rota, sino años de tuberculosis El rostro estaba profundamente estragado, dándole a los ojos toda su intensidad y transformando en una máscara romántica esa cara rechoncha con bigotitos de soldado de infantería.

La siguiente, la de Mireaux, no había cambiado menos, pero de otro modo muy distinto: allí el dolor había ido en busca de la infancia.

—¡Hemos venido desde arriba en medio de la nieve! —murmuró cuando Magnin le estrechó la mano—. ¡Quién lo hubiera dicho!, —sonrió y cerró los ojos.

Magnin continuaba avanzando delante de los que cargaban desde Linares. La camilla siguiente era seguramente la de Gardet: un vendaje le cubría la cara casi por completo. Única carne de todo el cuerpo, los párpados parecían hinchados hasta saltársele, lila pálido, apretados uno contra el otro por la inflamación, entre el casco y el vendaje plano que ahora tenía y baja el cual la nariz daba la impresión de haber desaparecido. Los dos primeros cargadores, viendo que Magnin quería hablar, depositaron la camilla delante de los segundos y, durante un instante, el cuerpo permaneció torcido, como una Presentación del Combate.

Ningún ademán era posible: las dos manos de Gardet estaban bajo el cobertor. Entre los párpados del ojo izquierdo, Magnin creyó entrever una línea:

—¿Ves?
—No demasiado. En fin, te veo. Algo es algo.

Magnin tenía ganas de abrazarlo, de auxiliarlo.

—¿Podemos hacer algo por ti?
—¡Dile a la vieja que me deje en paz con su caldo! Dime, ¿para cuándo el hospital?
—La ambulancia estará abajo dentro de una hora y media. El hospital esta tarde.

La camilla se puso de nuevo en marcha, seguida por la mitad de Valdelinares. Una vieja con el pelo cubierto por un pañuelo negro, cuando la camilla de Scali se adelantó a Magnin, se aproximó con una taza y le dio caldo al herido. Llevaba una canasta y en esa canasta un termo y una taza japonesa, su lujo quizá. Magnin imaginó el borde de la taza pasando bajo la venda levantada de Gardet.

—Es mejor no darle al que tiene la cara herida —le dijo.
—Era la única gallina del pueblo —respondió ella, gravemente.
—A pesar de todo.
—Es que tengo a mi hijo en el frente, yo también…

Magnin dejó que pasaran delante las camillas y hasta los últimos campesinos, que llevaban el ataúd. Lo habían hecho más rápidamente que las camillas: la costumbre… En la tapa, los campesinos habían atado una de las ametralladoras retorcidas del avión.

Cada cinco minutos, los cargadores se relevaban, pero sin dejar en el suelo las camillas. A Magnin lo asombraba el contraste entre el aspecto de extrema pobreza de las mujeres y los termos que muchas de ellas llevaban en la canasta. Una se acercó a él.

—¿Qué edad tiene? —dijo señalando a Mireaux.
—Veintisiete años.

Desde hacía algunos minutos seguía la camilla, con el deseo impaciente de ser útil, pero también con una ternura delicada y precisa de ademanes, con una manera de acercar el hombro cada vez que los cargadores, en un descenso muy empinado, debían asegurar los pies, en los que Magnin reconocía la eterna maternidad.

El valle descendía cada vez más. Por un lado, las nieves subían hasta el cielo sin color y sin hora; por otro, nubes tristes se deslizaban por encima de las crestas.

Los hombres no decían una palabra. Una mujer, de nuevo, se acercó a Magnin.

—¿Qué son? ¿Extranjeros?
—Uno belga. Uno italiano. Los otros franceses.
—¿Es la brigada internacional?
—No, pero es lo mismo.
—¿Y éste?

Ella hizo un gesto vago.

—Francés —dijo Magnin.
—¿El muerto es francés también?
—No, árabe.
—¿Árabe? ¡Vaya! ¿Entonces, es árabe?…

Fue a transmitir la noticia.

Magnin, casi al final del cortejo, se acercó a la camilla de Scali. Era el único que había podido acodarse: ante él, el sendero bajaba en zig-zags casi iguales hasta Langlois, detenido delante de un delgado torrente helado. Pujol había vuelto atrás. Del otro lado del agua, el camino doblaba en ángulo recto. Alrededor de doscientos metros separaban las camillas; Langlois, extravagante explorador con el pelo cortado a cepillo, estaba a una distancia de casi un metro, fantástico sobre su asno, en la niebla que comenzaba a subir. Detrás de Scali y Magnin sólo venía el ataúd. Las camillas, una tras otra, pasaban el torrente: el cortejo, de perfil, se desplegaba sobre la inmensa pendiente de roca con sombras verticales.

—Vea usted —dijo Scali—, yo he tenido antes…
—Mira, ¡qué cuadro!

Scali se guardó su historia; sin duda, le hubiera puesto los nervios de punta a Magnin, así como la comparación con un cuadro de lo que veían le ponía los nervios de punta a Scali.

Bajo la primera República, un español que hacía la corte a su hermana, y que a ella no le gustaba ni le disgustaba, la había llevado un día a su casa de campo en los alrededores de Murcia. Era una casa de campo de fines del siglo XVIII, con columnas cremas sobre paredes anaranjadas, decoraciones de estuco con tulipanes y con jardines de boj enanos que dibujaban palmeras bajo rosas granate. Uno de sus propietarios había hecho levantar en otro tiempo un minúsculo teatro de sombras, con treinta asientos. Cuando entraron, la linterna mágica funcionaba, y las sombras chinescas temblaban sobre una pantalla muy pequeña. El español había vencido: ella había sido su querida esa misma noche. Scali había sentido celos de ese presente lleno de sueños.

Bajando hacia el torrente, pensaba en los cuatro palcos salmón y oro que no había visto jamás. Una casa llena de ramajes, con bustos de yeso entre las hojas oscuras de los naranjos… Su camilla pasó el torrente, dio la vuelta. Enfrente, reaparecieron los toros. ¡La España de su adolescencia, amor, decoración, miseria! España, que era esa ametralladora retorcida sobre el ataúd del árabe, y esos pájaros ateridos que gritaban en los desfiladeros.

.

Los primeros mulos dieron la vuelta y desaparecieron de nuevo, tomando otra vez la primera dirección. Desde la nueva pendiente, el camino bajaba directamente a Linares: Magnin reconoció el manzano.

¿Sobre qué bosque caía semejante chaparrón, del otro lado de la roca? Magnin hizo trotar su mulo, los pasó a todos, llegó al recodo. No había tal chaparrón. Era el ruido de los torrentes de los que lo había separado el peñasco, así como de una perspectiva, y que no se oía del otro lado de la vertiente; subía desde Linares como si las ambulancias y la vida vuelta a encontrar hubiesen enviado del fondo del valle ese ruido alargado de gran viento sobre las hojas. La noche no caía aún, pero la luz perdía su fuerza. Magnin, estatua ecuestre sobre su mulo, que montaba a pelo, miraba el manzano erguido en el centro de sus manzanas secas. La cabeza ensangrentada con el pelo cortado a cepillo de Langlois pasó ante las ramas. En el silencio que llenaba de pronto ese zumbido de agua viva, ese anillo que se corrompía, lleno de gérmenes, parecía ser, más allá de la vida y de la muerte de los hombres, el ritmo de la vida y de la muerte de la tierra. La mirada de Magnin vagaba del tronco a los desfiladeros sin edad. Una tras otra, las camillas pasaban. Como por encima de la cabeza de Langlois, las ramas se extendían por encima del balanceo de las camillas, por encima de la sonrisa cadavérica de Taillefer, del rostro infantil de Mireaux, del vendaje ligero de Gardet, de los labios agrietados de Scali, de cada cuerpo ensangrentado llevado en un balanceo fraternal. Pasó el ataúd, con su ametralladora retorcida como una rama. Magnin volvió a alejarse.

Sin que comprendiera demasiado bien cómo, la profundidad de los desfiladeros, donde se hundían ahora como en la misma tierra, concordaba con la eternidad de los árboles. Pensó en las canteras de la antigüedad donde dejaban morir a los prisioneros. Pero esa pierna en pedazos mal ligados por los músculos, ese brazo colgante, esa cara desgarrada, esa ametralladora sobre un ataúd, todos esos riesgos consentidos, la marcha solemne y primitiva de esas camillas, todo eso era tan imperioso como las rocas macilentas que caían del cielo gris, como la eternidad de las manzanas esparcidas sobre la tierra. De nuevo, muy cerca del cielo, gritaron aves de rapiña. ¿Cuánto tiempo le quedaría aún por vivir? ¿Veinte años?

—¿Por qué ha venido el aviador árabe?

Una de las mujeres se le acercaba, con otras dos.

En lo alto, los pájaros daban la vuelta, con sus alas inmóviles como las de los aviones.

—¿Es verdad que ahora arreglan las narices?

A medida que el desfiladero se acercaba a Linares, el camino se hacía más ancho; los campesinos caminaban en torno a las camillas. Las mujeres de negro, mantilla sobre la cabeza y canasta al brazo, se atareaban siempre en el mismo sentido alrededor de los heridos, de derecha a izquierda. Los hombres seguían las camillas sin adelantarse jamás a ellas; avanzaban de frente, muy erguidos como todos los que acaban de llevar un fardo sobre el hombro. A cada relevo, los nuevos cargadores abandonaban su marcha rígida por el ademán prudente y afectuoso con que tomaban las camillas, y volvía a partir con el ¡ahora!, del trabajo cotidiano, como si hubiesen querido esconder de inmediato lo que ese ademán acababa de mostrar de su corazón. Obsesionados por las piedras del sendero, no pensando más que en no sacudir las camillas, avanzaban al paso, un paso ordenado y más lento en cada declive; y ese ritmo concertado con el dolor en un camino tan largo parecía llenar ese desfiladero inmenso donde gritaban, en lo alto, los últimos pájaros, como lo hubiese llenado el redoble solemne de los tambores de una marcha fúnebre. Pero no era la muerte lo que, en ese momento, estaba de acuerdo con las montañas: era la voluntad de los hombres.

Se comenzaba a entrever Linares en el fondo del desfiladero, y las camillas se acercaban unas a las otras; el ataúd estaba cerca de la camilla de Scali. La ametralladora había sido atada allí donde se ponen por lo común las coronas; todo el cortejo era, a los funerales, lo que era a las coronas esa ametralladora retorcida. Abajo, junto a la carretera de Zaragoza, en torno a los aviones fascistas, los árboles del bosque sombrío ardían aún en el día declinante. No irían a Guadalajara. Y todo ese cortejo de campesinos oscuros, de mujeres con el pelo escondido bajo una mantilla sin época, parecía, más que seguir a los heridos, ir bajando en un triunfo austero.

La pendiente, ahora, era débil: las camillas, abandonando el camino, se desplegaron a través de la hierba, los montañeses en abanico. Los chiquillos acudían de Linares; a cien metros de las camillas, se apartaban, las dejaban pasar, después las seguían. El camino, con los adoquines puestos de canto, más resbaladizo que los caminos de montaña, subía a lo largo de las murallas hasta la puerta.

Detrás de las almenas, todo Linares estaba amontonado. La luz era débil, pero aún no había caído la noche. Aunque no hubiera llovido, los adoquines relucían, y los cargadores avanzaban con cuidado. En las casas cuyos pisos sobrepasaban las murallas, algunas pocas luces estaban encendidas.

El primero era siempre el bombardero. Las paisanas, sobre la muralla, se mostraban graves pero no sorprendidas: sólo el rostro del herido estaba fuera del cobertor, y estaba intacto. Lo mismo Scali y Mireaux. Langlois, en Don Quijote, con el vendaje sangrando y los dedos del pie hacia el cielo (del pie torcido se había sacado el zapato), los asombró: la guerra más novelesca, la de la aviación, ¿podía terminar así? La atmósfera se hizo más tensa cuando pasó Pujol: había luz bastante para que esos ojos atentos vieran sobre la chaqueta de cuero las grandes manchas de sangre. Cuando llegó Gardet, sobre esa multitud ya silenciosa cayó un silencio tal que se oyó de pronto el ruido lejano de los torrentes.

Todos los demás heridos veían; y cuando habían visto la multitud, se habían esforzado en sonreír, hasta el bombardero. Gardet no miraba. Estaba vivo: desde las murallas, la multitud distinguía, detrás de él, el gran ataúd. Cubierto por la manta hasta el mentón y, entre el mentón y el casco, un vendaje tan plano que no podía haber debajo una nariz, ese herido era la imagen misma que, desde siglos atrás, los campesinos se hacían de la guerra. Y nadie lo había obligado a combatir. Por un momento vacilaron, no sabiendo qué hacer, comprendiendo sin embargo que tenían que hacer alguna cosa; por último, como los de Valdelinares, levantaron el puño en silencio.

La llovizna había dejado de caer. Las últimas camillas, los campesinos de las montañas y los últimos mulos avanzaban entre el gran paisaje de rocas donde se formaba la lluvia nocturna, y los centenares de campesinos inmóviles, con el puño en alto. Las mujeres lloraban sin hacer un gesto, y el cortejo parecía huir del extraño silencio de las montañas, con su ruido de cascos, entre el eterno grito de las aves de rapiña y ese ruido clandestino de los sollozos.

La ambulancia había partido.

Por el tragaluz que permite comunicarse con el chófer, Scali ve cuadrados de paisaje nocturno; aquí y allá un pedazo de muralla de Sagunto, los cipreses sólidos y negros en el claro de luna lleno de niebla, de esa niebla que protege los bombardeos nocturnos; casas blancas irreales; casas de la paz; naranjas fosforescentes en las huertas sombrías. Huertas de Shakespeare, cipreses italianos… «Es en una noche como ésta, Jessica…». En el mundo hay felicidad también. Por encima de su camilla, a cada sacudida, el bombardero gime.

Mireaux no piensa: la fiebre es alta; nada con trabajo en un agua ardiente.

El bombardero piensa en su pierna.

Gardet piensa en su cara. A Gardet le gustan mucho las mujeres.

Magnin, en el teléfono, escucha a Vargas:

—Es la batalla decisiva, Magnin. Traiga todo lo que pueda, como pueda…
—Los mandos de los alerones de profundidad del Marat están casi cortados.
—Lo que pueda…

.

(Continuará…)

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