La esperanza (Final)

André Malraux

 

 

4

Guadalajara, 18 de marzo

Los italianos contraatacaban en Brihuega: si pasaban de allí, tomaban de flanco todas las fuerzas republicanas. De nuevo Guadalajara estaba amenazada, el ejército del Centro, separado de Madrid, la ciudad más o menos sin defensa, los batallones Dimitroff, Thaelmann, Garibaldi, André-Marty, 6 de Febrero, sin línea de retaguardia, la toma de Trijueque y de Ibarra anuladas, Campesino perdido en su bosque.

Los batallones Thaelmann y Edgar-André, una vez más, entraron en combate.

El batallón Dimitroff —croatas, búlgaros, rumanos, serbios, los balcánicos y los estudiantes yugoslavos de París—, que delante de los fascistas se sentían frente a los asesinos de los suyos, que habían pasado veinticuatro horas injuriando a los tanques italianos al acecho de sus bosques, como lo habían hecho en el Jarama, que habían tomado un kilómetro y habían debido abandonarlo, enloquecidos de rabia, para la alineación, que habían dormido pegados contra el frío como moscas atacaban bajo los shrapnells. Uno de los jefes de sección montenegrino, partía a la retaguardia, gritando: «¡Ocupaos de vuestros puestos y no de mí, montón de imbéciles!», sosteniendo con su brazo derecho su brazo izquierdo roto, cuando una bala explosiva le destrozó la cabeza en un torbellino de nieve.

Se había puesto de nuevo a caer, y los hombres que avanzaban en todo el frente, la cabeza entre los hombros y los músculos del vientre crispados en la espera de las heridas, se sentían atacados por las balas de plomo de los shrapnells en medio de los copos.

En el batallón de Thaelmann no se oían más que dos frases: «¡A comer!» y «Hombre, no hay guerra sin víctimas». El delegado político de la compañía de ametralladoras, herido en el vientre y delirando, gritaba: «¡Enviadnos nuestros tanques! ¡Enviadnos nuestros tanques!». El batallón acababa de rechazar su undécimo ataque desde el principio de la batalla. Los árboles aún tenían troncos, pero no ramas.

—¡Esto no es guerra!, —aullaba Siry con los francobelgas—. ¡Son purgaciones! ¡No acabará jamás!

Los fusiles comenzaban a quemarles las manos.

En el batallón de Manuel, a los hombres de Pepe les quedaban setecientas cincuenta balas para una ametralladora que tiraba seiscientas por minuto. Distribuían la mitad de las balas a los tiradores. Ante los fusiles fuera de uso, los nuevos lloraban de nervios. «¡La ametralladora aquí!», gritó el jefe de sección. Cuando se disipó el humo del primer obús, estaba muerto en el lugar que acababa de señalar con el dedo. Pero llegaban las municiones, y algunos fusiles suplementarios.

Por fin un grito corrió por los bosques y las llanuras que bajaban hacia Brihuega, un grito perceptible, a pesar del bombardeo que acababa de comenzar nuevamente; subió de los olivos, de las paredes pequeñas donde los republicanos estaban incrustados como insectos, de las granjas y de los campos; el horizonte pareció extenderse bajo la explosión furiosa de todas las baterías fascistas: los tanques republicanos llegaban.

Atacaban en todo el frente, más de cincuenta en línea, de un extremo al otro del horizonte velado por la intermitencia de la nieve. Aquellos que habían dormido dolorosamente veinte minutos con un sueño inquieto bajo los olivos helados, aquellos que se habían dormido muertos de fatiga y se habían despertado rígidos, empezaron a correr detrás de los últimos tanques que las ráfagas de nieve les ocultaban periódicamente.

En el 5.º cuerpo, el jefe de la 1.ª compañía fue el primer muerto. Pocos minutos después, uno de los tanques republicanos explotaba en llamaradas, iluminando siniestramente de azul el campo cubierto de nieve, donde los copos permanecían en suspenso. Agarrados por un fuego cruzado de ametralladoras, boca abajo detrás de los troncos, los hombres se hundían con sus cargadores y sus cascos (hubieran necesitado levantarse con la bayoneta), se guarecían en cualquier hueco, se levantaban de pronto, un segundo, para arrojar sus granadas, se agachaban de nuevo bajo las ametralladoras que rasaban el campo. De seis voluntarios que querían traer a los heridos, cuatro cayeron. Los internacionales vecinos no oían más que las balas explosivas detrás de sí, y a veces una voz que gritaba: «¿Todo anda bien, entonces?» y a la que otras respondían: «Bastante bien, ¿y vosotros?». Y por debajo, como un coro desolado sobre toda la extensión del campo: «¡Socorro! ¡Socorro!».

Sin embargo, a las tres, el sueño llegó por exceso de fatiga; de nuevo se distribuyó café; los soldados tenían miedo del frío de la noche. Bajo sus capuchones, empezaban a recordar las trincheras de Madrid, donde a veces tiraban comiendo, donde los graciosos domesticaban ratas, donde los soldados, mientras esperaban los obuses, miraban en silencio retratos de niños; y las del Jarama, donde atacaban por detrás los tanques fascistas cuando éstos no tenían ya municiones, y en donde algunos venían aullando a pedir orina para enfriar los cañones de sus ametralladoras.

—No hay tanque sin bala, no hay bala sin tanque —decía Pepe, satisfecho de su fórmula, a sus hombres, que avanzaban; a su derecha, los del 5.º encontraban el aire espeso de balas y avanzaban detrás del tiro de toda la artillería, muy bien dirigida por un oficial español. Los pacifistas de los equipos de socorro, granada en mano, sin brazales, combatían con granadas a los tanques para sacar a sus heridos.

Algunas voces comenzaron la Internacional cubierta de inmediato, rabiosamente, por un gran grito del lado de los españoles, y por un aullido muy corto en diez lenguas del lado de los internacionales: «¡Avanzamos!».

—Los fascistas no están apoyados por su aviación —había dicho uno de los oficiales del Estado Mayor del Aire.

Las nubes estaban a doscientos metros y la nieve iba nuevamente a comenzar.

—Sus campos están del otro lado de la Sierra —había contestado Sembrano—. Es poco probable que pasen.

Con el brazo en cabestrillo, no podía pilotar. Las tropas italianas estaban entre los republicanos y la Sierra.

Vargas no decía nada.

—Normalmente —había dicho uno de los oficiales—, si salimos, corremos el riesgo de que aplasten toda nuestra aviación: bastaría que hubiese mal tiempo… Ninguna autoridad militar tomaría la responsabilidad de semejante desastre…

Vargas había llamado al oficial de ordenanza.

—Sus aviones de Teruel pueden dar la vuelta a la Sierra hasta con este tiempo — decía Sembrano.
—No creo que quede alguno —había respondido Vargas.
—¿Oiga?, —telefoneaba el oficial de ordenanza—. ¿Alcalá? Enviad inmediatamente todo lo que tengáis al campo 17 de Guadalajara. ¿Oiga, el campo 21? Enviad todo lo que tengáis al campo 17 de Guadalajara. ¿Oiga, Sarión? Enviad todo lo que tengáis al campo 18 de Guadalajara.
—Si perdemos esta batalla —había dicho Vargas—, lo perdemos todo. Después de todo, sólo somos responsables de nuestra aviación ante el pueblo español. Para los fascistas es más complicado… Vamos allá.

Y, por primera vez al cabo de muchos meses, había vuelto a ponerse su casco.

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Los nuevos atacaban. Ese batallón, cuyos soldados no estaban todavía adscritos a las compañías nacionales, lo formaban sobre todo voluntarios de países lejanos, llegados recientemente: griegos, judíos, sirios de América del Norte, cubanos, canadienses, irlandeses, suramericanos, mexicanos y algunos chinos. Habían comenzado por tirar a tontas y a locas: pocos son los hombres que no necesitan hacer ruido en su primera batalla. Se habían creído heridos en los primeros choques porque les habían afirmado que las heridas, al principio, no duelen; desde las primeras balas, algunos habían afirmado que «era un ruido de pájaros españoles». Molestos por el casco con cuya visera o cogotera tropezaban cada vez que tiraban, turbados por la irrealidad de los muertos, silenciosos ante los primeros heridos, habían esperado la orden de atacar con la misma sonrisa afectada en todos los rostros. Después habían oído un clamor ensordecido que significaba que el Edgar-André, a su derecha, salía a terreno descubierto; y se desmoronaban con las granadas arrojadas detrás de los tanques.

En la extrema izquierda, un tiro de ametralladoras desplazadas con extraordinaria rapidez había dejado estupefactos a los batallones de Manuel, hasta que llegó a sus atrincheramientos la caballería mora, armada de fusiles ametralladores. El efecto fue inmediato: los que tenían que habérselas por primera vez con los fusiles ametralladores iban a huir. Pero Manuel había rodeado sus reclutas de dinamiteros formados por Pepe. Estos sabían que los jinetes en movimiento no pueden apuntar, y estaban protegidos. Recibieron la primera carga de granadas. Atrincherados de inmediato detrás de una espesa barrera de caballos muertos, ayudados por los reclutas que habían comprendido y que fusilaban ahora a los jinetes que trataban de incorporarse, comenzaron a arrastrarse bajo los caballos para ir a buscar los fusiles ametralladores. Sólo quedaban detrás los reclutas campesinos, dispuestos a combatir con los hombres, pero que no se atrevían a matar tan hermosos caballos. Desde detrás de un tanque, Gartner les hablaba, atento de no hacer ademanes más anchos que la torreta.

En todo el frente, las manos de los enfermeros se habían vuelto rojas.

Entonces, como si se hubiera deslizado entre la nieve blanca del suelo y la nieve sucia de las nubes, apareció el primer avión republicano. Después, uno a uno, insólitos, como milicianos heridos, aparecieron los viejos aviones que no se habían visto desde el mes de agosto, las avionetas de los señoritos y los aviones de transporte, los continentales, los aviones de enlace, el antiguo Orion de Leclerc y los aviones escuela, y las tropas españolas los acogieron con una sonrisa confusa, la que les hubiese quizá inspirado sus sentimientos de entonces. Cuando esta delegación del Apocalipsis llegó rasando la nieve contra las ametralladoras italianas, todos los batallones del ejército popular que esperaban aún recibieron la orden de avanzar. Y, a pesar del cielo bajo y la nieve amenazadora, tres por tres al principio, después escuadrilla por escuadrilla, chocando con las nubes como los pájaros con un cielo raso y volviendo a bajar, llenando todo el horizonte visible, que no era más que un horizonte de batalla, con un estruendo que hacía palpitar la nieve sobre la tierra y sobre los muertos, cortando la línea desolada de las llanuras oblicuas tan oscuras como los bosques, se tendió como una invasión la formación de combate de ochenta aviones republicanos.

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Abajo, metidos dentro de sus capotes, la cabeza bajo el capuchón puntiagudo como el de los marroquíes, los republicanos avanzaban. De pronto, junto a ellos, delante de los aviones, apareció por un segundo una carretera temblorosa que se convirtió en una columna motorizada italiana, y como el viento venía del lado de las líneas republicanas, Magnin, desde el Orion, no veía si la columna huía delante de los capuchones, delante de los tanques perdidos en los campos inmensos, delante de los aviones, o si estaba arrebatada por el viento como las nubes sin fin y el mundo entero.

Y sin embargo nunca se había sentido hasta ese punto crispado en el combate; como si nubes y columnas hubiesen sido la expresión de una misma voluntad misteriosa, como si cañones, fascismo, huracán lo hubiesen atacado juntos, como si hubiese estado separado de la victoria por ese mundo pálido. Una nube enorme, a tal punto confusa que daba a los aviadores la impresión de cegarlos, se lanzó sobre los aviones de turismo, cuyos planos se ribetearon de nieve y que comenzaron a estremecerse en la carrera enloquecida de los copos que los cubrían, les ocultaban el cielo y la tierra, los encerraban a derecha e izquierda y en donde parecían para siempre inmóviles, rechinando con toda su fuerza asestada contra el viento. Orientándose por una mancha de un gris casi negro, Magnin vio al Orion dar una vuelta de 180 grados. El compás se bloqueó, los aparatos que indicaban la horizontal estaban destrozados. Darras, a pesar del frío, se quitó el casco, se inclinó sobre el altímetro, destrozado también; como todo lo que rodeaba al avión, su cabello era blanco; quizá se hundía en la tierra a 300 por hora, y no estaban a más de 400 metros.

No: salían de la nube por arriba.

Entre las nubes deshilachadas que se deshacían sobre la tierra y, en lo alto, esa enorme Groenlandia plana y pálida de un segundo mar de nubes, todos los aparatos republicanos avanzaban en línea.

Darras trató de sacudir las alas del avión para hacer caer la nieve.

—¡Cuidado con las bombas, Dios mío!

¡Si luchamos en la nieve, va a ser bueno!, pensó Magnin. Sus aviones sembrados en España a los cuatro vientos, sus camaradas sembrados en todos los cementerios, y no en vano, ya no significaban más que ese Orion extravagante, rabiosamente bamboleado por un huracán de nieve, que esos aviones irrisorios sacudidos como hojas, delante de la flota aérea reconstituida. Las líneas eficaces y nítidas de los capuchones, por encima de la confusión de las nubes, no recubrían solamente las posiciones italianas de la víspera, sino una época caduca. Magnin, sacudido por el Orion como por un ascensor delirante, reconocía en esos momentos lo que veía bajo sus ojos: el fin de la guerrilla, el nacimiento el ejército.

Campesino salía de su bosque, los garibaldinos y los francobelgas bajaban por detrás del Dombrovski, los carabineros subían a lo largo del Tajuña. De un extremo a otro del frente, los ametralladores que cambiaban el cañón de las ametralladoras se enderezaban bajo las quemaduras, inmediatamente acogidos por las balas. De un extremo a otro del frente, los tanques avanzaban, los soldados iban y venían detrás de ellos para recoger una cosecha inagotable de heridos. Un tanque republicano, con la mitad de sus orugas sobre el vacío de un barranco, se destacaba de perfil contra el cielo bajo. Karlitch, por fin jefe de sección de tanques, avanzaba, tirando sin cesar sobre las secciones antitanques enemigas —sombras de hombres sin ojos, encorvados, con granadas en las manos.

En Teruel, Magnin había visto al pasar las huellas de las propiedades inmensas, con sus toros indolentes o testarudos dispersos en las montañas de guerra, aquí veía huellas menos nítidas que se mezclaban, a través de la nieve, en las pequeñas tapias de piedra que atacaban, bajo sus ojos, los internacionales y las brigadas de Madrid, en las pequeñas paredes de piedra completamente nuevas que había visto en Teruel y en el sur, anchas y chatas, todavía amenazadas, entre las antiguas huellas inmensas. Se acordaba de las tierras baldías que los obreros agrícolas muertos de hambre no tenían derecho a cultivar… Los campesinos enfurecidos que combatían bajo sus órdenes combatían para levantar esos pequeños muros, primera condición de su dignidad. Y mucho más allá del vocabulario de las ciudades, Magnin sentía en todos los sueños en que él se debatía desde hacía meses, simple y fundamental como el parto, la alegría, el dolor o la muerte, la vieja lucha del que cultiva contra el poseedor hereditario.

Cuando volvieron por quinta vez el Orion y su flota de pasada, la aviación republicana, por debajo de ellos, atacaba delante de las líneas de capuchones. Apenas había aparecido la aviación fascista. Abajo, los tanques republicanos, con un orden de ejercicio en la Plaza Roja, atacaban, volvían, atacaban de nuevo. Ya los conventos y las iglesias de Brihuega, en el fondo de la hondonada apenas sobresalían de una niebla vespertina que iluminaban las bombas. Las explosiones dibujaban ahora la herradura del ejército republicano en torno de la ciudad; en el extremo de sus dos ramas se encendían baterías jadeantes, como hogueras levantadas contra la nieve que de nuevo se acercaba. Si las dos ramas se juntaban, era la retirada italiana en todo el frente de Guadalajara.

Delante del vacío que los separaba se extendían carteles indicadores, pero ahora la niebla lo iba cubriendo todo; imposible ver un uniforme. Si la noche salvaba a los italianos iban a contraatacar en Trijueque. El Orion titubeando (por lo demás, se le habían acabado las bombas) no combatía ya. Permanecía allí bamboleado, luchando contra esa noche que avanzaba sobre el destino de España, como antes sobre la vuelta de Marcelino. La inmensa barra de la aviación militar, a menos de doscientos metros de la batalla, zigzagueaba. Tampoco ella veía nada, y no partía. Del valle de Tajuña, la niebla seguía subiendo.

Bajo la niebla proseguía el esfuerzo salvaje de los voluntarios, esfuerzo que debía confirmar o invalidar la creación del ejército republicano. Y la aviación, que había quizá ganado la batalla, daba vueltas en vez de irse, no al acecho del enemigo, sino al acecho de una victoria, olvidando sus campos sin balizaje, fascinada en la noche que avanzaba.

Magnin sobrevolaba el vacío de la herradura por encima de uno de los caminos de Horca, bastante ancho en ese lugar, y que bordeaban camiones abandonados. Se hundió a ras de tierra como lo había hecho con el campesino en el campo de Teruel; y en tanto que por error las tropas republicanas acribillaban el fuselaje, reconoció los carteles del anarquista Mera, de los carabineros y de Campesino.

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5

A lo lejos se oía el gruñido de los últimos sobresaltos de la batalla. Manuel, establecidas sus líneas, daba vueltas por el pueblo para obtener camiones, seguido por su perro. Había adoptado un espléndido perro lobo, exfascista, cuatro veces herido. Más apartado se sentía de los hombres, más quería a los animales: toros, caballos militares, perros lobos, gallos de pelea. Los italianos habían abandonado muchos camiones y, a la espera de que la distribución fuera hecha oficialmente, cada jefe de cuerpo (afirmando astutamente que, si esperaba el paso de Campesino, no quedaría uno solo) trataba de conseguir el mayor número posible. Provisionalmente estaban depositados en todos los edificios lo bastante grandes para contenerlos: iglesias, alcaldías o granjas. En el pueblo que ocupaban los carabineros, estaban en la iglesia, pero habían prevenido a Manuel que Jiménez se encontraba allí con la misma intención que él.

Era una alta iglesia de piedra roja, con ornamentos de estuco deshechos por las balas. Diagonales de luz a través de las bóvedas de la catedral se aplastaban sobre un fárrago de sillas reducidas al estado de leños, y sobre los camiones ordenados en el centro de la nave. Un miliciano, que cuidaba la iglesia, seguía a Manuel y a Gartner.

—¿Has visto al coronel? —preguntó éste.
—Anda por allí, detrás de los camiones.
—¡Malo! —gruñó Gartner—; se los habrá quedado.

La mirada de Manuel, todavía no acostumbrada a la oscuridad, se detuvo en un revoltijo dorado que temblaba en la sombra por encima de un portal como un incendio inmóvil: ángeles erizados, con los pies en el aire, llenaban por completo la pared, en torno a tubos de órganos extraordinarios. Manuel percibió una escalera de caracol y subió por ella, intrigado.

El miliciano lo había seguido; Gartner se había quedado abajo, como para cuidar los camiones, con el perro detrás.

—¿Cómo es posible que esto se halle intacto? —le preguntó Manuel al miliciano.
—El Comité Estético Revolucionario. Han venido los muchachos, le han dicho al Comité de aquí: «Los órganos y el coro son importantes». (Tienen razón, ¡caramba, si se ha trabajado en ellos!). Entonces han tomado medidas.
—¿Y los italianos?
—Por aquí no se ha peleado mucho.
—No hace mucho, encima de la tumba de Cervantes, un anarquista, con el tizón de la antorcha con que se disponía a incendiar la capilla, trazó una gran flecha en dirección al crucifijo dejado intacto, y escribió: «Cervantes te ha salvado».
—¿Estás de acuerdo? —preguntó Manuel.
—El hombre que ha hecho esas esculturas amaba lo que hacía. Yo, aquí, he estado siempre en contra de lo que es destrucción. Con los curas no estoy de acuerdo, desde luego; con las iglesias no tengo nada en contra. Pienso que con ellas deberían hacerse teatros; hay riqueza, comprendes…

Manuel se acordaba de los milicianos que había interrogado con Jiménez en el frente del Tajo. Observó atentamente la nave y terminó por descubrir a Jiménez en ella, cerca de un pilar, con el pelo cortado al rape que brillaba en la sombra como el plumón de un pollito. Manuel sabía que a Jiménez le gustaba la música.

Miró afectuosamente la aureola blanca del Viejo Pato, sonrió como si hubiese preparado una broma y se sentó delante del teclado.

Comenzó a tocar: el primer fragmento de música religiosa que le vino a la memoria, el Kyrie de Palestrina. En la nave vacía el canto sagrado se desplegaba, rígido y grave como los drapeados góticos, en desacuerdo con la guerra y de acuerdo con la muerte. A pesar de las sillas destrozadas, y los camiones, y la guerra, la voz del otro mundo tomaba posesión de la iglesia. Manuel estaba turbado, no por el canto, sino por su pasado. El miliciano, estupefacto, miraba a ese teniente coronel que se ponía a tocar un canto de iglesia.

—Entonces anda, sí, sigue sonando bien —dijo cuando Manuel dejó de tocar.

Manuel volvió a bajar. Acarició al perro, que no había ladrado. Lo acariciaba a menudo: no tenía ya nada en su mano derecha. Gartner lo esperaba en la entrada de la escalera. Cerca de los camiones, grandes manchas negras cubrían las losas. Desde hacía mucho tiempo Manuel había dejado de preguntarse qué líquido hacía tales manchas.

—Ese Kyrie es admirable —dijo confuso— y lo tocaba pensando en otra cosa. Yo he terminado con la música… En el campamento, la semana pasada, has visto que había sobre el piano todo un paquete de Chopin, del mejor. Lo he hojeado, todo eso provenía de otra vida…
—Quizá era demasiado tarde… o demasiado pronto.
—Quizá… Pero no creo. Creo que otra vida ha comenzado para mí con el combate; tan absoluta como la que comenzó cuando me acosté por primera vez con una mujer… La guerra lo hace a uno casto…
—Habría mucho que decir.

Por fin encontraron al coronel, que hacía controlar los motores.

—Entonces, hijos, ¿eran ustedes los que hacían tocar a los ángeles para mí? Gracias. Lo hicieron a propósito, ¿verdad?
—Tuve placer en hacerlo.
—Usted será general antes de los treinta y cinco años, Manuel.
—Soy un español del siglo XVI —dijo Manuel con su sonrisa seria y condescendiente.
—Pero dígame una cosa, usted no es un músico profesional. ¿Dónde diablos ha aprendido a tocar el órgano?
—Fue el resultado de una extorsión. El cura encargado de enseñarme latín lo hacía una hora cada dos. La segunda era para placer mío. Al principio mi placer fue reemplazado por el suyo: ponía una aguja de marfil, gran lujo para la época, a un fonógrafo comprado en una feria de pueblo con la bocina en forma de campanilla, y tocaba Verdi. Supe La africana de memoria. Enseguida exigí lecciones de táctica (¡de táctica, mi coronel!). Él me hizo observar que no formaba parte de sus conocimientos ni de su carácter; pero trajo una caja de zapatos llena de soldados de cartón.

En camillas y envueltos en mantas pasaban soldados de carne viva o muerta.

—Después aparecieron los discos de Palestrina. Con la pérfida esperanza de librarse de la táctica, los había hecho pasar bajo la aguja de marfil y la bocina en forma de campanilla. Éxito absoluto: abandoné la táctica: y exigí el órgano. Era buen pianista.
—Y bien, hijo mío, no sólo hay malos sacerdotes —dijo el Viejo Pato, irónico.

Manuel trajo ingeniosamente el tema de sus camiones pero apenas había comenzado:

—Toda estrategia es inútil —dijo Jiménez—: Hasta que no lleguen las órdenes, esos camiones de aquí son sagrados.
—Evidentemente, han sido encontrados en una iglesia. Pero los carabineros de usted tienen camionetas —Jiménez sonrió, cerrando un ojo como antes.
—Nada que hacer. Usted será general a los treinta años, pero no tendrá mis camiones. Por lo demás, no me bastan. Vamos juntos a buscar otros.
—En la Sierra le he dicho a una miliciana que tenía un lindo pelo; le pedí que me diera un mechón, y me mandó a pasear. Su avaricia es igual a la de ella.
—Búsquese una llave inglesa, y no hablemos más.

Se fueron; antes de Brihuega, habían encontrado tres camiones cada uno. Los chóferes traídos por Gartner y los de Jiménez se ponían al volante y los seguían.

—Nuestro cante de juerga andaluza me gusta —dijo Manuel.
—¡Estamos en el kilómetro 88! —les gritó un correo.

La victoria estaba en el aire.

En la plaza de Brihuega, delante del puesto de mando (todos los oficiales responsables debían pasar por allí por la mañana), García y Magnin escuchaban a un viejo figurón con chalina, sin afeitarse desde varios días antes, y salido sin la menor duda de un sótano.

—Cuando decidieron echarnos, todo se arregló; pero dejaron los alambres de los cuales colgábamos nuestros calzoncillos. Y los guías no sabían cómo explicar esos alambres. Salvo uno. Un viejo compañero; ése era un artista… Hacía acuarelas, y versos, y todo eso: un artista. Y entonces les decía a los turistas del Alcázar de Toledo: «Señoras y señores, el Cid Campeador tenía mucho que hacer, naturalmente; cuando había terminado todos sus trabajos, las órdenes y los escritos y las expediciones, venía a esta sala. Solo. Y entonces vean ustedes, para descansar, ¿saben qué hacía? Se colgaba del alambre y ¡jop!, se balanceaba».
—Este camarada era guía en el Palacio de Guadalajara —le dijo García a Manuel y a Jiménez—; y, en otros tiempos, en Toledo.

Era un viejo de patillas largas, con el rostro y los ademanes de los actores profesionales, que no pueden vivir sino en la ficción:

—A mí me gustaba también todo eso, las cosas originales, antes de perder a mi primera mujer… He recorrido el mundo, he estado en un circo… A donde hubiera algo que ver, allí corría yo. Pero aquí, toda esta historia…

Y mostraba con el pulgar la dirección de Guadalajara, de donde el viento traía bajo las nubes bajas un olor a carroña, y hacia el cual se dirigían los prisioneros italianos.

—Toda esa historia, y esos cardenales, y hasta esos Grecos, y los turistas y los demás, y todos esos trastos, cuando uno los ha visto durante veinticinco años, y la guerra, cuando uno la ha visto seis meses…

Mostraba siempre el sudoeste, Guadalajara, Madrid, Toledo, como si espantara moscas con indiferencia.

Un oficial vino a hablar a Manuel.

—¡Estamos en el kilómetro 90! —gritó éste, dando una fuerte palmada en el lomo del animal—. ¡Abandonan todo su material!
—¿Quiere que le diga una cosa, señor? —continuó el guía. Se encogió de hombros y dijo, como si hubiera resumido la experiencia de toda su vida—: Piedras… Piedras viejas… Eso es todo. Todavía, si usted fuera más lejos, vería cosas que valen la pena, ¡cosas del tiempo de los romanos! ¡Más de treinta años antes de Jesucristo! Se lo digo: antes. Eso es algo. Sagunto es grande. O hábleme usted de los barrios nuevos de Barcelona. Pero ¿los monumentos? Como la guerra: piedras.

Con los prisioneros italianos pasaron algunos moros.

—Usted —le dijo García a Magnin—, mientras más pelea, más se hunde en España; yo, mientras más trabajo, más me separo. He pasado la mañana interrogando a prisioneros moros. Había pocos moros aquí, pero había algunos. Hay en todas partes. ¿Se acuerda usted, Magnin, de Vargas diciéndome: no hay más que doce mil moros? Bueno, aquí hay moros de las posesiones francesas en número bastante grande. Hoy por hoy, el islam, en tanto que islam, que comunidad espiritual, está más o menos entre las manos de Mussolini. Los franceses y los ingleses tienen aún los cuadros administrativos del África del Norte, pero Italia tiene los cuadros religiosos. Y el primer resultado es que nosotros hacemos aquí, en Brihuega, prisioneros moros y prisioneros italianos. Agitación en el Marruecos francés. Libia, agitación en Palestina, Egipto, promesa de Franco de devolverle al islam la mezquita de Córdoba…

A García le gustaba hablar, y los otros deseaban que hablara. No leían sino diarios sobre los cuales pesaba la censura de la guerra, y García estaba informado. Pero ni Manuel ni Jiménez olvidaban sus camiones.

En la puerta de la casa donde el guía se había refugiado durante la ocupación por los italianos, una mujer llamaba al guía.

—Ahora —le dijo éste a García— esperamos a que Azaña se ponga manos a la obra. ¿Qué hará? Es la gran incógnita…

El índice levantado hacia el cielo bajo, abandonó de pronto el tono misterioso que acababa de tomar para decir con la mayor indiferencia:

—Nada.
»No hará nada. No se puede hacer nada… Franco, naturalmente, es un gorila. Pero aparte de él, con Azaña o con Caballero, con la U. G. T. o con los de la C. N. T., o con ustedes, ahora que he salido de mi sótano, serviré a los clientes y guiaré a los idiotas, y moriré en Guadalajara sirviendo a los clientes y guiando a los idiotas…

La mujer lo llamó de nuevo, y él se fue.

—Es optimista —dijo Magnin.
—En la guerra civil más apasionada —respondió García—, hay un gran número de indiferentes…
»Vea usted, Magnin, después de ocho meses de guerra, hay algo que continúa siendo a mis ojos medianamente misterioso: el instante en que un hombre decide tomar un fusil.
—Nuestro amigo Barca pensaba sobre ello cosas serias —dijo Manuel.

El perro lobo ladró aprobador.

—Sí, sobre las razones que inducen a pelear; pero lo que me interesa es el instante, el desencadenamiento. Se diría que el combate, el Apocalipsis, la esperanza, son los señuelos de que se sirve la guerra para agarrar a los hombres. Después de todo, la sífilis comienza con el amor. El combate forma parte de la comedia que casi todo hombre se representa a sí mismo, y compromete al hombre en la guerra como casi todas nuestras comedias nos comprometen en la vida. Ahora, la guerra comienza.

Era lo que había pensado Magnin en el Orion, y sin duda muchos otros. Esta conversación le recordaba su entrevista con García y Vargas, la tarde de Medellín; y sentía una vez más que la aviación internacional estaba muerta.

—Vamos a ver al Japón en el baile en poco tiempo… —dijo García—. Allí se crea un imperio casi igual al Imperio Británico…
—Piensen ustedes en lo que era Europa cuando teníamos veinte años —dijo Magnin— y en lo que es hoy…

Manuel, Gartner y Jiménez reanudaron su caza a los camiones; García tomó a Manuel por el brazo.

—¿Y Scali? —le preguntó éste.
—Una bala explosiva en el pie, en Teruel. Perderá el pie…
—¿En qué estaba políticamente?
—Bueno… cada vez más anarquizante, cada vez más soreliano, casi anticomunista…
—No es al comunismo a lo que se opone, es al partido.
—Dígame, comandante, ¿qué piensa usted de los comunistas?

¡Otra vez!, pensó García.

—Mi amigo Guernico —le contestó— dice: «Tienen todas las virtudes de la acción, y sólo ésas». Pero, en este momento, se trata de acción.

Bajó la voz, como siempre que resumía una experiencia amarga:

—Esta mañana estaba con los prisioneros italianos. Había uno, no joven, que no dejaba de berrear. Le pregunto lo que tiene, llora, llora, llora. Por fin: «Tengo siete hijos». ¿Y qué? Termino por comprender que estaba persuadido de que íbamos a fusilar a los prisioneros. Le explico que no y se decide a creerme. De pronto, furioso, salta sobre un banco, hace un discurso a gritos —diez frases—: «En Italia nos han engañado», etcétera, y grita: «¡Muera Mussolini!». Reacción débil. Comienza de nuevo. Y los prisioneros, alrededor de él, responden: «¡Muera!», imperceptiblemente como un coro a boca cerrada, mirando a las puertas con ojos aterrorizados… Y sin embargo, están en nuestro país…
»Lo que pasaba allí, Magnin, no era ningún temor a la policía; ni siquiera al mismo Mussolini: era al partido fascista. Y entre nosotros… Al principio de la guerra, los falangistas sinceros morían gritando: ¡Viva España!, pero después: ¡Viva la Falange!… ¿Y está usted seguro de que, entre sus aviadores, el tipo del comunista que al principio ha muerto gritando: ¡Viva el proletariado!, o ¡Viva el comunismo!, no grita hoy, en las mismas circunstancias: ¡Viva el partido!…?
—Ya no tendrán que gritar más, porque casi todos están en el hospital o bajo tierra… Es quizá algo individual. Attignies gritaría sin duda: ¡Viva el partido! Otros, otra cosa…
—Por lo demás, la palabra partido engaña. Es difícil poner bajo la misma etiqueta conjuntos de personas unidas por la naturaleza de su voto, y los partidos cuyas gruesas raíces se aferran todas a los elementos profundos e irracionales del hombre… La edad de los partidos comienza, mi querido amigo…

A pesar de todo, pensaba Magnin, García me ha afirmado no hace mucho que la U. R. S. S. no podría intervenir. Es interesante lo que dice, pero no es un oráculo. El comandante le apretaba el brazo, que no había soltado en ningún momento:

—No exageremos nuestra victoria; esta batalla no es en modo alguno una batalla del Marne. Pero, con todo, es una victoria. Había aquí contra nosotros más desocupados que camisas negras, y es por eso por lo que yo mandé hacer, como usted sabe, propaganda con los altavoces. Pero, en fin, los cuadros eran fascistas. Podemos mirar este pueblecito levantando las cejas, mi querido amigo: es nuestro Valmy. Por primera vez, aquí, los dos verdaderos partidos se han encontrado.

Los oficiales salían del puesto golpeándose los hombros:

—¡Kilómetro 92!, —gritaba a todos.
—¿Ha pasado usted por Ibarra? —preguntó Magnin a García.
—Sí, pero durante el combate.
—En todos los rincones hay barreños de arroz. Parece que es arroz con leche; que los garibaldinos pedían desde hace mucho (detestan el aceite español) y que por fin han podido hacérselo. Entonces, ¿verdad?, el arroz de los barreños está recubierto de nieve. Los primeros muertos lo estaban también. Los han limpiado para enterrarlos; todas esas caras de muertos son caras dichosas, con una buena sonrisa en los labios, la sonrisa de la glotonería…
—Qué rara es la vida… —dijo García.

Magnin pensaba en los campesinos. Estaba lejos de tener con las ideas la familiaridad de García, pero la práctica de la aviación daba a su pensamiento una relatividad completamente física que reemplazaba a veces la profundidad. Los campesinos lo obsesionaban: el que le había enviado García, aquellos a los que pedía automóviles en los pueblos, aquellos de todo el descenso de las montañas, aquéllos que había visto combatir la víspera bajo sus órdenes.

—¿Y los campesinos? —preguntó solamente.
—Antes de venir, he tomado en Guadalajara un café con anís (siempre sin azúcar). El dueño de la taberna se hacía leer el diario por su nieta que, ella sí, sabe leer. O Franco, allí donde es vencedor, hará lo que hacemos nosotros, o entrará en una guerrilla sin fin. Cristo no ha triunfado sino a través de Constantino; Napoleón ha sido aplastado en Waterloo, pero ha sido imposible suprimir la constitución francesa. Una de las cosas que me confunde más es ver hasta qué punto, en toda guerra, cada cual toma a su enemigo, lo quiera o no…

El guía estaba detrás de García, que no lo había oído volver. Levantó el índice y entrecerró los ojos, con todo el rostro afinado por el misterio, a pesar de su nariz de borracho.

—El principal enemigo del hombre, señores, es el bosque. Es más fuerte que nosotros, más fuerte que la República, más fuerte que la revolución, más fuerte que la guerra… Si el hombre dejara de luchar, en menos de sesenta años el bosque cubriría Europa. Estaría aquí, en las calles, en las casas abiertas, las ramas entrarían por las ventanas, los pianos en las raíces, ¡eh, eh, señores! Así sería…

Algunos soldados que habían entrado en las casas despanzurradas, tocaban el piano con un dedo.

—¡Kilómetro 93! —gritó una voz desde una ventana.

Nuevos prisioneros atravesaban la plaza.

—¡Montón de puercos! —gritó el guía—. ¿No hubieran podido quedarse en sus casas?

Bajó los ojos, y observó que llevaban zapatos nuevos.

—¡Hasta se han llevado nuestros zapatos! ¡Qué nos han dejado de esencial! Hay algunos que no son malos tipos. ¡Cantad y adelante! —gritó, agitando los brazos, a los que pasaban junto a él. Uno de los prisioneros respondió con una frase que el guía no entendió.
—¿Qué ha dicho?
—Los desgraciados no cantan —tradujo García.
—¡Canta tu dolor, idiota! —respondió el guía en español.

Los prisioneros se alejaban; él los seguía con la mirada:

—¡No tiene importancia, hombre! ¡No tiene importancia!

A lo lejos, en el batallón Garibaldi, tocaba un acordeón.

—¡Así, no tiene importancia!… En Guadalajara, soy guardián de un jardín. Vienen los lagartos… Cuando estaba en la India, con el circo, aprendí un canto hindú; lo silbo, y los lagartos me suben por la cara. Me basta con cerrar los ojos. Y saber el canto. ¿Y entonces qué? La guerra, la guerra, los prisioneros, los muertos… Y cuando todo haya terminado, me recostaré como de costumbre en el banco, silbaré, y vendrán los lagartos a subirme por la cara…
—Me gustaría ver todo eso, más tarde —dijo Magnin retorciéndose el bigote.

El guía lo miró, alzó el índice de nuevo:

—Nadie, señor, nadie.

Y señalando con el índice la puerta de donde lo habían llamado:

—Ni siquiera mi segunda mujer.
—¡Kilómetro 94!, —gritaron nuevamente.

.

.

6

Como la orden de requisa de los camiones italianos había llegado ya del Cuartel General, Manuel había dejado a Jiménez. Volvía a pie hacia el acuartelamiento de su brigada, con el perro lobo, grave, a su lado. Gartner había ido a entregar los camiones encontrados en los pueblos.

Los soldados vagaban por Brihuega, extrañamente desocupados, con las manos vacías. La gran calle con casas rosadas y amarillas, con severas iglesias y grandes conventos, estaba tan llena de escombros, tantas casas despanzurradas habían vaciado en ella sus muebles que, cuando la guerra se detenía, daba una impresión irreal y absurda, como esos soldados sin fusil que la recorrían con aspecto de obreros en paro.

Otras calles, por lo contrario, parecían intactas. García había contado a Manuel que en Jaipur, en la India, todas las fachadas están pintadas de colorines, y que cada casa de barro tiene por delante su decoración rosada, como una máscara. En muchas calles, Brihuega no era una ciudad de barro, sino una ciudad de muerte, detrás de todas esas fachadas de siesta y de vacaciones, con sus ventanas a medio abrir bajo el cielo desolado.

Manuel no escuchaba sino el ruido de las fuentes. Había comenzado el deshielo; el agua bajaba de los tejados, después se dispersaba en todos los arroyos sobre esos adoquines puntiagudos de la vieja España, o caía, con el ruido de los pequeños torrentes de montaña, entre los retratos tirados a la calle, los fragmentos de muebles, las cacerolas y los escombros. Ningún animal había quedado; pero en esa soledad llena de ruidos de agua, los milicianos que, aquí y allá, pasaban en silencio de una calle a otra, se deslizaban como gatos. Y a medida que Manuel se acercaba al centro, otro ruido se mezclaba al del agua, cristalino como él, acordado a él como un acompañamiento: las notas de un piano. En una casa muy próxima cuya fachada se había desmoronado sobre la calle, con todos los cuartos a cielo abierto, un miliciano tocaba una romanza con un dedo. Manuel escuchaba atentamente: por encima del ruido de la calle, oía tres pianos. En cada cual tocaban con un dedo. Nada de Internacional: cada dedo tocaba una romanza, lentamente como si solamente hubiera tocado para la tristeza infinita de las pendientes sembradas de camiones derribados que subían de Brihuega hacia el cielo macilento.

Manuel le había dicho a Gartner que estaba apartado de la música, y ahora advertía que lo que más deseaba, en ese momento en que se hallaba solo en esa calle de una ciudad conquistada, era oír música. Pero no tenía ganas de tocar; y quería estar solo. Había dos fonógrafos en el comedor de su brigada. No había conservado los discos traídos al principio de la guerra, pero había muchos en el cofre del gran fonógrafo: Gartner era alemán.

Encontró las sinfonías de Beethoven, y los Adioses. No le gustaba sino medianamente Beethoven, pero poco importaba. Llevó a su cuarto el pequeño fonógrafo y lo puso en marcha.

Como la música suprimía la voluntad en él, daba al pasado toda su fuerza. Se acordó del ademán con que había tendido su revólver en Alba. Quizá como le decía Jiménez, había encontrado su vida. Había nacido en la guerra, había nacido en la responsabilidad de la muerte. Como el sonámbulo que de pronto se despierta en el borde de un tejado, esas notas descendentes y graves le infundieron en el espíritu la conciencia de su terrible equilibrio —del equilibrio que sólo se pierde para caer en la sangre—. Se acordó de un mendigo ciego que había encontrado en Madrid, la noche de Carabanchel. Manuel y el jefe de policía andaban en auto; los faros del auto habían iluminado de pronto las manos que el ciego tendía delante de sí, agrandadas por su proyección hasta la inmensidad a causa de la pendiente de la Gran Vía, deformadas por los adoquines, destrozadas por las aceras, aplastadas por los pocos autos de guerra que circulaban todavía, largas como las manos del destino.

—¡Kilómetro 95! ¡Kilómetro 95!, —gritaron voces dispersas por la ciudad, todas con el mismo timbre.

Sentía la vida en torno a sí, henchida de presagios, como si detrás de esas nubes bajas que el cañón ya no sacudía, lo hubieran esperado en silencio algunos destinos ciegos. El perro lobo escuchaba, echado como aquellos de los bajorrelieves. Un día habría paz. Y Manuel llegaría a ser otro hombre, un hombre que él mismo desconocía, como el combatiente de hoy habría sido un desconocido para aquel que había comprado un pequeño coche para ir a la Sierra a esquiar.

Y lo mismo sin duda habría de ocurrirles a todos esos hombres que pasaban por la calle, a los que tocaban con un dedo en los pianos a cielo abierto sus pertinaces romanzas, que habían combatido ayer bajo los pesados capuchones puntiagudos. Manuel se conocía reflexionando sobre sí mismo. Hoy, cuando un azar lo arrancaba de la acción para echarle su pasado a la cara. Y, como él y como cada uno de esos hombres, la España exangüe tomaba por fin conciencia de sí misma —semejante a aquel que de pronto se interroga a la hora de morir. Sólo se descubre una vez la guerra, pero se descubre muchas veces la vida.

Esos movimientos musicales que se sucedían, rodando por su pasado, hablaban como hubiese podido hablar esa ciudad que en otro tiempo había detenido a los moros, y ese cielo y esos campos eternos; Manuel oía por primera vez la voz de aquello que es más grave que la sangre de los hombres, más inquietante que su presencia en la tierra: la posibilidad infinita de su destino; y sentía en él esa presencia mezclada con el ruido de los arroyos y el paso de los prisioneros, permanente y profunda como el latido de su corazón.

.

FIN

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