Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El relato de último minuto”

Ítalo Costa Gómez

 

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CASUALIDAD.

Afloramiento de agua subterránea.
*Diccionario Elemental de la lengua de su autor, Don Miguel Ángel Sanz Chung.

Ser una persona sensible es bueno, siempre es mejor que ser un insensible de morondanga de esos que abundan por ahí. Cuando esa sensibilidad no tiene filtro – como en mi caso – te puede llevar a vivir situaciones dolorosas, desilusiones y todas esas cosas locas que les pasan a los personajes de “Mujer, casos de la vida real”.

[Honor y Gloria a Silvia Pinal. Thalía, you rock. Lucerito, no te mueras nunca. Adela Noriega, si tengo una hija mujer algún día le pondré “Adela Noriega”. Laura León, estás igualita]

Por otro lado, también te recompensa llevándote hacia gente noble. Las energías buenas se atraen como imanes y sí tienes astucia – y mucha suerte – sabrás hacerlos tus amigos. Y así, sin más ni plus, te rodearás de personas como Miguel Ángel Sanz Chung. Un poeta peruano extraordinario (radicado en Pamplona, España) al que le hice una promesa apresurada y es eso justamente lo que lo convierte en el protagonista del relato irreverente de hoy.

Cuenta la historia que Miguel es un escritor capo de aquellos que me aprendió a ver con afecto a raíz de leer estas mismas experiencias que comparto con ustedes. El autor de bellos poemarios como “Quién las hojas”, “Paciente 164”, “La casa amarilla – La casa abandonada” entre otros lujos, me leía y yo no podía con esa emoción ya que lo admiraba desde que me topé con un primer escrito suyo.

[Además, es psicólogo – no sé qué onda, pero en los últimos tiempos me he hecho muy amigo de psiquiatras y loqueros. Juro que no sabía que estaba estudiando eso o que se dedicaba también a ese rubro hasta el último momento. Creo que inconscientemente estoy buscando un seguro para el mañana. Estoy generando un “AFP del amor” para cuando mi debilitada pisquis se rinda, y me proclame a mí mismo “Mister Hawaiian Tropic” alguien pueda recetarme algún medicamentito que me lleve a la estratósfera y me regale una camisa de fuerza rosadita bien alcochonadita-]

Sanz Chung transmite una vibra demasiado positiva. Una energía que terminé de entender y comprarme tras ver una entrevista que concedió a Libero América en la que se expresa como los grandes sin dejar la sencillez de los pequeños. Con ese ‘no sé qué que qué sé yo’. Ese ‘algo’ que te dice que estás en frente de una buena persona.

Yo lo llamo hermano porque él me lo ha permitido, me lo ha regalado. Le escribo con alegría y con ese mismo sentimiento me responde. Me provocó hacer eso el jueves que pasó al promediar las diez de la mañana. Busqué una excusa para saludarlo y darle ‘camote’. La que encontré fue de la refurinfunflay.

– (…) Te escribo para avisarte que te voy a dedicar el relato del lunes en Irreverentes.

Así soy yo. Ansioso, sin sentido y melcochoso. Esa frase me refleja absolutamente, aunque en este caso específico (por la espontaneidad) el relato tendría que ser cualquiera. Daba igual si hablaba de cómo aprendí a patinar o de aquel día que le escupí jugo a un cura (esa no la saben, pequeños amigos… tengo mis sorpresitas) y solo debía añadir su nombre a la dedicatoria.

Me respondió contento el buen científico loco. Esa fuente de talento y poesía me daba una muestra de sencillez enorme al mostrar algo de emoción por algo tan pequeño como una dedicatoria en un relatito de este pitufo vanidoso.

Su gesto cambió el rumbo de todo. Ya no podía ser cualquier historia. Debía ser un relato fresco y hecho a su medida. No encontré mejor forma de crearlo que contando la esencia del mismo y compartiendo su poesía.

La vida está hecha de momentos. Miguel me había regalado un instante muy bonito en el que me hizo sentir que mi trabajo era especial. Le daba valor. Invirtiendo dos minutos de su tiempo me había hecho un ser humano un tanto más feliz. En reciprocidad yo dejé todo lo que tenía al pendiente y me puse a escribir esta historia que publicaré hoy lunes – tal cual prometí – pero con un plus. Con un texto que hable sobre él. No será cualquier lunes 17 de junio. No para mí al menos.

Y así se cuenta la historia de cómo me inventé un relato para un gran amigo al que le prometí una dedicatoria y cuya respuesta generó más que eso. Es un honor saludarlo hoy aquí y darle las gracias a mí manera, pintando sus paredes con crayones. Cantando sus canciones.

Gárgola

Pido perdón
si he dedicado mi vida
a seguir el rastro de la muerte,
si a fuerza de tal devoción
he tomado su rostro
y algunas de sus costumbres.
No los condeno por odiarme,
ni por preguntarse qué infeliz desquiciado
pudo colocarme en la cornisa de un edificio.
Tampoco los condeno por huir de esta mirada
o porque prefieran el encierro
a encontrarse con mi pecho en la madrugada.
Pocos son los que se dejan envolver por mis alas;
la mayoría prefiere el infierno de sus vidas
antes que entregarse al misterio de la noche.
Solo hay algunos desdichados
que se acogen sin amor a mi auxilio,
pequeños desesperados
incapaces de llegar a esa decisión con serenidad.
Pero ellos no imaginan
la terrible condena que pesa sobre mí,
lo difícil que es cargar con este cuerpo de piedra,
arrastrar estas enormes alas
que me pesan como dos lápidas
y desgarrar el cuerpo de algún hombre
que no entiende el favor que le hago.
Nadie sabe lo que es soñar
todos los días con el mismo milagro
(en plena mañana
mi cuerpo se desprende de la cornisa
y cae sin límites ni barreras
hasta desplomarse contra el asfalto
como una estatua de arena),
nadie puede vislumbrar la felicidad
de sentir cada partícula sobre el suelo,
creer que también existe un final para mí,
y después tener que despertar
en medio de la oscuridad,
apretando el cuello de otro desgraciado,
obligado a tragarme la envidia
de su muerte.

*Poema tomado de “Paciente 164” – Miguel Ángel Sanz Chung.
*Foto de portada cortesía de Libero América.

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