LOS QUEHACERES DEL ZÁNGANO. Acerca del libro de Fernando Morote

José Luis Barrera

Acrobat Falling (1930)- Everett Shinn

 

Fernando Morote se sacó de la manga un libro que más que novela sería anti – novela.

Sí, hay un personaje central. Empero, no hay un nudo, sino varios. Tampoco un desenlace, al menos no uno en el sentido tradicional de la palabra…

El caso es que no se trata de un libro corriente y tiene sentido porque se centra en la historia de un hombre que ha decidido consagrarse a la literatura. Por lo mismo, lo corriente es imposible.

Emparentada con las novelas de aprendizaje, esta novela de Morote nos lleva por los recovecos más oscuros del amor y de la creación artística.

Acostumbrada a la banalidad de los melodramas telenovelescos, la mente hispanoamericana contemporánea asume que el amor es una fuerza incontrolable que siempre vence los obstáculos, pero en Los quehaceres de un zángano, si bien el amor no deja de ser una fuerza capaz de cambiar destinos, su poder es limitado, pues esconde inseguridades y hasta cobardías.

El personaje se tambalea entre la búsqueda de una voz narrativa, el éxito literario y amoroso y el uso de alucinógenos. No es arbitrario. Estos elementos son cabezas de una hidra que nada entre la bilis de casi todo aspirante a escritor.

Contrario a la imagen idílica que tiene el adolescente, la literatura es un camino tortuoso: no hay efebos bajo un manzano garabateando poemas bellos en un cuaderno Moleskine. Por el contrario, hay dolor y una constante sensación de fracaso que se transmite a todos los ámbitos de la vida.

Bolaño hablaba del oficio literario como de la lucha entre un samurái y un dragón. Aquel, todos los días se levanta para emprender el combate con la fiera, a sabiendas de que lo único a lo que puede aspirar es a una derrota. Sin embargo, su instinto guerrero lo empuja a luchar una y otra vez porque el arte exige constancia sobre el fracaso.

Así es el Zángano de la novela. Un hombre que se empeña en acuchillar a la mediocridad, convencido de que su escritura lo puede salvar de un destino limeño que, como su cielo encapotado, se presenta opaco y aburrido.

Las drogas primero y luego el amor y la literatura son rostros que adquiere la desesperación de un joven que se muere por huir de la monotonía de un mundo ordinario donde, a diario, desfilan ejércitos de empleados que han perdido su propia identidad por ganarse un par de centavos.

El trabajo en el banco y la profesión, tan prosaica, de abogado para litigios financieros se vuelven una montaña a la que, si no es posible atravesar escalando, al menos se puede saltarla con psicodelia o poesía.

Los quehaceres de un zángano son los quehaceres de cualquier ser humano que se rehúsa a llevar una vida mediocre, donde el esquema es nacer, comer, dormir, reproducirse y morir.

El escritor (o escribidor) creado por Morote es una versión con cabeza reducida de cualquiera de nosotros, humanos del siglo veintiuno, y la pregunta que permanece en el aire al cerrar el libro es si es algo legítimo sacrificar todo, incluso a la familia, por una cosa, cualquiera, en lo que creemos profundamente.

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