Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Me haces falta, mucha falta”

Ítalo Costa Gómez

 

 

Luis Miguel. Qué grande el Sol de México. Su talento lo ha convertido en una leyenda viviente de un éxito vigente asombroso. Todo lo que hace –dentro y fuera del escenario– está en el ojo de la tormenta. Es un grande, por supuesto que sí. Es un genio. Con todo y su gordura actual, su bronceado falso y su traguito. Todas las cosas que le han sucedido –tan polémicas y misteriosas– a nivel familiar (como hijo y como padre) además de los detalles que pueden haber ensombrecido un poco su carrera no le quitan el mérito de ser una de las mejores voces del mundo.

[A José José tampoco. A Nicola Di Bari tampoco. A Juan Gabriel tampoco. A Michael Jackson tampoco. Tampoco tampoco]

Le ha regalado al mundo interpretaciones magistrales. “La bikina”, “Como fue”, “Por debajo de la mesa”, “Culpable o no” y hasta “Cuando calienta el sol” han dejado boquiabiertos a los críticos más ácidos de la música contemporánea desde que se lanzó. Ningún artista de su generación pudo competir con él. Se le acercaban hits momentáneos con muy buena racha, como Pablito “Malagueña Salerosa” Ruiz, pero que se apagaban cual antorchas de “Survivor” tras el concejo tribal.

Hace algunos años atrás el talento de este caballero mexicano se volvió un poco más trascendente en mi vida. Algo pasó. Tráiganme al perro que habla que les voy a narrar.

Cuenta la historia que el enamorado de una amiga mía, el querido José Dorca III –bastante guapo él y muy buena onda– era como que su fan número uno. Siempre sacaba a la luz el tema del “papi, del churro, del Micky, del rey”, como yo con las dalinas ponte, pero no tan evidente. Él es más elegante. Yo te pongo la nube en la cara mientras que él sacaba una carpeta imaginaria del divo mexicano y la ponía sobre la mesa, ya dependía de ti abrirla o no. Si la abrías, él comentaba con detalle. 
El bueno de Pepe.

A raíz de que lo conocí y nos caímos bien empecé a escuchar un poco más de LuisMi y él me mandaba vídeos y comentábamos acerca de la música o del look del iluminado dientón. Sin darme cuenta me estaba re enganchando con su voz. Se me había perdido un poquito de vista (ni cagando me extrañó, pero no importa, igual volví). Cuando llegué al vídeo de “No sé tú” la voz del maravilloso cantante me enamoró más que siempre, pero (aunque usted no lo crea, de Ripley) más lo hizo el director de orquesta que aparece tras él. ¿Han visto el vídeo? Ese elegante caballero que dirige a la sinfónica que acompaña al Sol es igualito – no sé si igualito igualito, pero a mis ojos lo es – a mi abuelo paterno, Ángel. Él se fue en un accidente automovilístico terrible dejando una herida terrible en la familia que jamás sanó.

[Me hace falta, mucha falta]

Empecé a recordar con el vídeo cuando el abuelo escuchaba música clásica sentado en su carrito rojo y nos llevaba al colegio. Él hacía movilidad y recogía a mis compañeros también y nos íbamos todos al San Agustín escuchando sus melodías elegantes mientras nos tirábamos papelitos y nos comíamos algo de la lonchera.

[Lo busco en cada amanecer. En las noches cuando duermo. Me hace falta, mucha falta]

Mis primos y yo siempre le dijimos “nono”. Él sufrió un accidente automovilístico cuando yo tenía siete años y falleció. El recuerdo es difuso porque me he encargado de que así sea.

Alucinantemente Luis Miguel me hizo revivir a mi abuelo con una canción que en vida el nono nunca cantó. Lo logró junto al director musical con esa batuta elegante y su terno impecable.

Lo saco a la luz para recalcar el poder de la música. La magia de esa canción se unió a la fuerte imagen visual que me regaló el clip. Hacía mucho tiempo que no pensaba en el nono Ángel sin llorar. El recuerdo se transformó gracias a un pequeñísimo detalle en un vídeo de Luis Miguel en algo que podía comentar con mi familia en tono jocoso. Le di la vuelta a su historia y la hice más sana.

Todos tenemos el poder de lograr eso. Poseemos la facultad de hacer que los recuerdos tristes tengan otro enfoque. Que las ausencias que tanto nos lastiman puedan evolucionar a nostalgia sana. La música es un instrumento natural maravilloso para convertir cuartos oscuros en cielos azules.

Yo quería la alegría de mi abuelo de regreso y el divo mexicano me la regaló de nuevo.

Me hacía falta, mucha falta.

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