Grietas

Helena Garrote Carmena

Grietas-Luis X Montaño

 

 

Vivo en un edificio construido allá por los años 80, y mi casa empieza a tener grietas. Son pequeños surcos en las paredes, algunos casi imperceptibles, otros evidentes. Están por el techo, las esquinas y bajo las ventanas.

Esto debe ser la vejez del ladrillo, las arrugas de la memoria de lo acontecido. Si pudiese acercarme lo suficiente y mirar a través de esos surcos, creo que vería toda mi vida pasada en esta casa.
Vería a Marcos, llegando del trabajo, entrando a la cocina para darme un beso. Mi beso, lo llamaba él, me lo pedía al llegar y al despedirse. El amor en forma clara y explicativa. Vería a Rubén sentado en el suelo de su habitación, jugando con figuritas marcianas, colocándolas en una fila interminable como una procesión de orugas. Me vería a mi, quitándome los zapatos al volver del trabajo, enfadada por no haber sabido contestar a la provocación de Helga, entrando de una habitación a otra, recomponiendo la escena sencilla y cotidiana de antes de cenar.

Tal vez nada terminó, solo cambió de plano y todo sigue sucediendo dentro de esas pequeñas fallas que ahora descubro, y pienso que tengo que tapar, para que no se me venga la casa abajo por el peso de tanto vivido.
Puede que si me quedase mirando el tiempo suficiente, viese las fotos del viaje que a este lado de la pared decidí no hacer. La continuidad de lo que no fue.

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