La primera noche

Luigi Pirandello

 

 

 

Cuatro camisas,

cuatro juegos de sábanas,

cuatro faldas,

cuatro, en suma, de todo. No se cansaba de enseñar a las vecinas el ajuar de su hija, tejido con la paciencia de una araña: un hilo hoy, un hilo mañana.

.

—Es ropa de pobrecitos, pero limpia.

Con sus pobres manos, blancas y ásperas, que conocían todo tipo de fatigas, sacaba muy lentamente de la vieja cómoda de abeto —tan larga y estrecha que parecía un ataúd— la bella lencería, pieza por pieza, y los vestidos y los gruesos chales de lana: el de la boda, con las puntas bordadas y el fleco de seda que llegaba hasta el suelo; los otros tres, también de lana, pero más modestos. Disponía todo sobre la cama, repitiendo, humilde y sonriente:

—Es ropa de pobrecitos… —y las manos y la voz le temblaban de la alegría.

—Me he quedado solita —decía—. He hecho todo con estas manos que ya no siento mías, que han trabajado bajo el agua y bajo el sol; lavando en el río y en la fuente; descascarando almendras y recogiendo aceitunas, por aquí y por allá en el campo; haciendo de sirvienta y de vendedora de agua… Ya no importa. Dios, que ha estado contando mis lágrimas y conoce mi vida, me ha dado fuerza y salud. He trabajado tanto que lo he conseguido; ahora puedo morir. Podré decirle al santo hombre que me espera al otro lado, si me pregunta por nuestra hija: «Tranquilo, no te preocupes. A tu hija la he dejado bien, no sufrirá pena alguna. Muchas he sufrido yo por ella». Lloro de alegría, no me hagáis caso…

Y Mamm’Anto’ se secaba las lágrimas con una punta del pañuelo negro que llevaba en la cabeza, anudado en la barbilla.

Aquel día casi no parecía la misma, vestida con su ropa nueva, y oírla hablar como siempre causaba una impresión muy curiosa.

Las vecinas la alababan y la compadecían a la vez. Su hija Marastella, ya vestida de novia con el hábito de raso gris (¡todo un lujo!) y el pañuelo de seda celeste en el cuello, estaba en una esquina del cuartito (decorado para el evento del día como mejor se podía) y viendo a su madre que lloraba, ella también estalló en sollozos.

—¿Maraste’, Maraste’, qué haces?

Todas las vecinas se le acercaron, con cuidado, dando cada una su consejo:

—¡Alegre, venga! ¡Oh! ¿Qué haces? Hoy no se llora… ¿Sabes qué se dice? Cien liras de melancolía no pagan la deuda de un sueldo.

—¡Pienso en mi padre! —dijo entonces Marastella, con el rostro escondido entre las manos.

Su padre había muerto siete años atrás. ¡Una desgracia! Aduanero de puerto, iba de inspección durante la noche, a bordo de embarcaciones pequeñas. Una noche de tempestad, mientras bordeaba las Dos Riberas, su barquito había volcado y luego había desaparecido, junto con los tres hombres que lo tripulaban.

La memoria de este naufragio seguía aún viva en toda la gente de mar. Y recordaban que Marastella, al llegar con su madre —las dos gritando, con los brazos levantados, entre el viento y las salpicaduras de las olas— al arrecife donde se encontraban los cadáveres, después de dos días de búsqueda desesperada, en lugar de ponerse de rodillas al lado del cadáver de su padre, se había quedado de piedra frente a otro cadáver, murmurando, con las manos cruzadas en el pecho:

—¡Ah! ¡Amor mío! Ah, qué te han hecho…

Mamm’Anto’, los parientes del joven ahogado, la gente, todos se habían quedado pasmados frente a la revelación inesperada. Y la madre del chico ahogado, que se llamaba Tito Sparti (un tesoro, ¡pobrecito!), oyendo que Marastella gritaba así, la había abrazado enseguida, apretándola contra su corazón, muy fuerte, en presencia de todos, como para hacerla suya —suya y de él, de su hijo muerto— llamándola a voz en cuello:

—¡Hija! ¡Hija!

Por eso ahora las vecinas, oyendo a Marastella que decía: «Pienso en mi padre», se intercambiaron una mirada de inteligencia, compadeciéndola en silencio. No, no lloraba por su padre, pobre chica. O quizás lloraba por él, sí, pensando que su padre, vivo, no hubiera aceptado que se casara con aquel hombre, un buen partido, que a la madre le parecía ahora una fortuna, en la mísera condición en la que se había quedado.

¡Cuánto había tenido que luchar Mamm’Anto’ para vencer la obstinación de su hija!

—¿Me ves? Ya soy vieja: pertenezco más a la muerte que a la vida. ¿Qué esperas? ¿Qué harás sola, mañana, sin ayuda, en la calle?

Sí. Su madre tenía razón. Pero cuántas otras consideraciones hacía Marastella por su parte. Aquel don Lisi Chìrico que querían que tomara por marido, era un buen hombre, sí, no lo negaba, pero ya casi era un viejo, y viudo además. El pobrecito volvía a casarse más por fuerza que por amor, después de apenas un año de viudez, porque necesitaba a una mujer que cuidara de la casa y le preparara la cena. Por eso se casaba de nuevo.

—¿Y qué más te da? —le había contestado su madre—. Esto tendría que darte confianza, él piensa como un hombre juicioso. ¿Te parece viejo? Si todavía no tiene cuarenta años. Hará que no te falte nada: tiene un empleo fijo, un buen trabajo. Cinco liras al día: ¡es una fortuna!

—¡Ah sí, un buen trabajo! ¡Un buen trabajo!

Este era el problema. Mamm’Anto’ lo había entendido desde el principio: el trabajo de Chìrico.

Y un hermoso día de mayo había invitado a algunas vecinas (¡ella, pobrecita!) a una excursión a la meseta que dominaba el pueblo.

Don Lisi Chìrico, desde la cancilla del pequeño y blanco cementerio situado en lo alto del pueblo —con el mar por delante y el campo por detrás— viendo el grupito de mujeres, las había invitado a entrar.

—¿Ves lo que es? Parece un jardín, con tantas flores… —le había dicho Mamm’Anto’ a Marastella, después de la visita al cementerio—. Flores que nunca se marchitan y campos alrededor. Si asomas un poco la cabeza desde la cancilla, ves todo el pueblo a tus pies; oyes los ruidos, las voces… ¿Y has visto qué bonita habitación, blanca, limpia, aireada? Cierra puertas y ventanas, de noche; enciende la lámpara y estarás en tu casa: una casa como cualquier otra. ¿En qué estás pensando?

Y las vecinas, por su parte:

—¡Ya se sabe! Es cuestión de acostumbrarse, ya verás: después de un par de días, ya no te impresionará vivir aquí. Es más, hija, los muertos no hacen daño; tienes que guardarte de los vivos. Y tú que eres menor que nosotras, nos tendrás aquí a todas, una por una. Esta casa es grande y tú serás la dueña y la buena guardiana.

Aquella visita allí arriba, en aquel hermoso día de mayo, se había impreso en el alma de Marastella como una visión consoladora durante los once meses del noviazgo: en las horas de desconsuelo volvía con el pensamiento a aquel recuerdo, especialmente al llegar la noche, cuando su alma se oscurecía y temblaba de miedo.

Todavía estaba secándose las lágrimas, cuando don Lisi Chìrico se presentó en la puerta con dos grandes bandejas en los brazos, casi irreconocible.

—¡Madre mía! —gritó Mamm’Anto’—. ¿Qué ha hecho con la barba, santo cristiano?

—¿Yo? Ah sí… La barba… —contestó don Lisi con una mísera sonrisa que le temblaba perdida sobre los anchos y lívidos labios desnudos.

Don Lisi no solamente se había afeitado: también se había herido, tan híspida y fuerte se enraizaba la barba en sus mejillas vacías, que ahora le conferían el aspecto de un viejo chivo desollado.

—Yo, yo he hecho que se afeitara —se entrometió exaltada al llegar doña Nela, la hermana del novio, gorda e impetuosa.

Llevaba varias botellas bajo el chal y al entrar pareció que ocupara todo el cuartito, con su vestido de seda verde guisante, que crujía como una fuente.

Su marido iba detrás de ella, delgado como don Lisi, silencioso y enfurruñado.

—¿He hecho mal? —continuó ella, quitándose el chal—. Tiene que decirlo la novia. ¿Dónde está? Mira, Lisi, te lo había dicho: llora… Tiene razón, hija mía. Hemos llegado tarde. Es culpa de Lisi. «¿Me quito la barba? ¿No me la quito?». Dos horas para decidirse. Dime, ¿no te parece más joven así? Con aquellos pelachos blancos el día de la boda…

—Dejaré que me crezca de nuevo, —dijo Chìrico interrumpiendo a la hermana y mirando triste a la joven esposa—. Parezco igualmente viejo y además feo.

—¡El hombre es hombre, so burro, no es ni guapo ni feo! —sentenció entonces la hermana enojada—. Mientras, mira esto: el traje nuevo, acabas de ponértelo, ¡qué lástima!

Y empezó a darle manotazos en las mangas para sacudir la harina de los pasteles contenidos en las bandejas que aún tenía sobre los brazos.

Ya era tarde; había que ir primero al ayuntamiento para que el regidor no esperara demasiado, luego a la iglesia, y la fiesta tenía que terminar antes de que fuera de noche. Lo recomendaba don Lisi, muy celoso en su oficio y alterado por la presencia de la hermana intrigante y ruidosa, sobre todo después del convite y de los platos abundantes.

—¡Necesitamos música! ¿Acaso hay boda sin música? ¡Tenemos que bailar! Enviad a Sidoro el ciego, ¡que traiga guitarras y mandolinas!

Chillaba tanto que el hermano tuvo que apartarla.

—¡Para, Nela, para ya! Hubieras tenido que entender que no quiero tanto ruido.

La hermana abrió los ojos sorprendida.

—¿Cómo? ¿Por qué?

Don Lisi frunció el ceño y suspiró profundamente:

—Piensa que hace apenas un año aquella pobrecita…

—¿En serio piensas aún en ella? —lo interrumpió doña Nela con una risa sarcástica—. ¡Si te estás casando de nuevo! ¡Oh, pobre Nunziata!

—Vuelvo a casarme —dijo don Lisi entornando los ojos y palideciendo—, pero no quiero ni cantos ni bailes. Hay algo completamente diferente en mi corazón.

Y cuando le pareció que iba a anochecer, le pidió a su suegra que preparara todo para la partida.

—Ya sabe usted, tengo que tocar el Avemaría.

Antes de dejar la casa, Marastella, agarrada al cuello de su madre, empezó de nuevo a llorar, a llorar tanto que parecía no querer terminar nunca. No se sentía lista para ir allí arriba, sola con él…

—Te acompañaremos todos nosotros, no llores —la consolaba su madre—. ¡No llores, tontita!

Pero ella también lloraba y lo mismo hacían muchas vecinas:

—¡Es una despedida amarga!

Solamente doña Nela, la hermana de Chìrico, rubicunda como nunca, no estaba conmovida: decía haber asistido a doce bodas y que las lágrimas finalmente, como las peladillas, nunca faltaban.

—La hija llora al dejar a la madre; la madre llora al dejar a la hija. ¡Ya se sabe! Otro traguito para sedar la conmoción y nos vamos, Lisi tiene prisa.

Se pusieron en camino. Aquello parecía un entierro más que un cortejo nupcial. Y al verlos pasar, la gente, en las puertas, en las ventanas o en la calle, suspiraba:

—¡Pobre novia!

En el pequeño espacio delante de la cancilla, los invitados se quedaron un poco, antes de despedirse, para dar ánimos a Marastella. El sol se estaba poniendo, sus llamas enrojecían el cielo y el mar parecía encendido. Una algarabía incesante y confusa subía del pueblo, como de un tumulto lejano, y aquellas olas de voces bulliciosas se desvanecían frente al muro blanco y rudo, que ceñía el pequeño cementerio perdido en el silencio.

El toque plateado de la campanilla, que don Lisi tocaba para anunciar el Ave, fue la señal de despedida para los invitados. Al oír la campanilla, el muro del cementerio les pareció a todos más blanco. Quizás porque el aire se había oscurecido. Había que irse para que no se hiciese demasiado tarde. Y todos empezaron a despedirse, con muchas felicitaciones para la novia.

.

La madre y dos de las amigas más íntimas se quedaron con Marastella, aturdida y helada. En lo alto las nubes, antes llamas, se habían vuelto más oscuras, como de humo.

—¿Queréis entrar? —le dijo don Lisi a las mujeres, desde el umbral de la cancilla.

Pero enseguida Mamm’Anto’ le indicó con una mano que se quedara callado y esperara. Marastella lloraba, implorándole entre sollozos que la llevara consigo de vuelta al pueblo.

—¡Por caridad! ¡Por caridad!

No gritaba, lo decía tan despacio y con tal temblor en la voz que la pobre mamá sentía que le arrancaban el corazón. El temblor de su hija —ella lo entendía— se debía a que desde la cancilla había entrevisto el interior del cementerio, todas aquellas cruces, sobre las cuales calaba la sombra de la noche.

Don Lisi se fue a encender la lámpara de la habitación, a la izquierda de la entrada; miró en derredor para controlar si todo estaba en orden y se quedó dudando si ir a buscarla o esperar a que su esposa se dejara persuadir por la madre y entrara.

Comprendía y se compadecía. Tenía conciencia de que su persona triste, envejecida, afeada, no podía inspirar a su joven esposa ni afecto ni confianza: él también sentía el corazón lleno de lágrimas.

La noche anterior se había postrado de rodillas frente a una crucecita del cementerio, llorando como un niño, para despedirse de su primera mujer. Jamás tenía que volver a pensar en ello. Ahora sería por completo de esta otra, padre y marido al mismo tiempo, pero los nuevos cuidados por la esposa no le harían desatender todos aquellos que, desde hace años, tenía amorosamente para quienes, amigos o desconocidos, dormían ahí arriba, bajo su custodia.

La noche anterior, en su recorrido nocturno, se lo había prometido a todas las cruces.

Al fin Marastella se dejó persuadir a entrar. Su madre cerró enseguida la puerta, casi para aislar a la hija en la intimidad de la habitación, dejando fuera el miedo del lugar. Y realmente pareció que la vista de los objetos familiares reconfortara a Marastella.

—Venga, quítate el chal —dijo Mamm’Anto’—. Espera, te lo quito yo. Ahora estás en tu casa…

—Es la dueña —agregó don Lisi, tímidamente, con una sonrisa triste y cariñosa.

—¿Lo oyes? —dijo Mamm’Anto’ para incitar al yerno a seguir hablando.

—Dueña mía y de todo —continuó don Lisi—. Tiene usted que saberlo. Tendrá aquí a un hombre que la respetará y la querrá como su propia madre. Y no tiene nada que temer.

—¡Nada, nada! —apremió la madre—. ¿Acaso es una niña? ¡Qué miedo! Tendrá tantas cosas que hacer, ahora… ¿No es cierto?

Marastella inclinó varias veces la cabeza, como confirmación; pero en cuanto Mamm’Anto’ y las dos vecinas se movieron para irse, empezó a llorar de nuevo, se tiró al cuello de la madre, agarrándose. Esta, con dulce violencia, se soltó del abrazo de la hija, le dio las últimas recomendaciones de confiar en el esposo y en Dios y se fue con las vecinas, llorando ella también.

Marastella se quedó en la puerta que la madre, saliendo, había dejado semiabierta, y con las manos sobre el rostro se esforzaba por ahogar los sollozos, hasta que un soplo de aire abrió un poco más aquella puerta, silenciosamente.

Con las manos aún en el rostro, ella no se dio cuenta; al contrario, le pareció que de pronto, quién sabe por qué, se le abriera dentro un vacío delicioso, de ensueño; sintió un lejano y trémulo campanillear de grillos, una fragancia fresca y embriagadora de flores. Se quitó las manos de los ojos: entrevió en el cementerio un resplandor, mayor que el alba, que parecía encantar cada cosa, ahí inmóvil y precisa.

Don Lisi se movió rápido para cerrar la puerta. Pero entonces Marastella, estremeciéndose y encogiéndose en la esquina entre la puerta y el muro, le gritó:

—¡Por caridad, no me toque!

—No pretendía hacerlo —dijo—. Quería cerrar la puerta.

—No, no, —continuó Marastella, para mantenerlo lejos—. Déjela abierta. ¡No tengo miedo!

—¿Y entonces?… —balbuceó don Lisi, sintiéndose caer los brazos.

En el silencio, a través de la puerta semiabierta, llegó el canto lejano de un campesino que volvía alegre del campo, bajo la luna, en la frescura impregnada del olor del heno verde, recién segado.

—Si quiere, puede dejarla así —continuó don Lisi envilecido, profundamente amargado—, que yo voy a cerrar la cancilla que se ha quedado abierta.

Marastella no se movió del rincón donde se había apartado. Lisi Chìrico fue lentamente a cerrar la cancilla; estaba por volver a entrar cuando vio a Marastella que iba hacia él, como enloquecida de repente.

—¿Dónde está, dónde está mi padre? ¡Dígamelo! Quiero ir a ver a mi padre.

—Claro, ¿por qué no? Es justo, yo la llevo —le contestó él oscuramente—. Cada noche hago todo el recorrido antes de ir a la cama. Es mi obligación. Esta noche no lo hacía por usted. Vamos. No necesitamos la linterna. Tenemos la linterna del cielo.

Y anduvieron por las sendas de grava, entre los setos de espigas florecidas.

Destacaban alrededor, bajo la luz de la luna, las blancas tumbas patricias y las cruces negras de los pobres en el suelo, con su sombra que yacía al lado.

Diferente, más claro llegaba de los campos cercanos el canto trémulo de los grillos y, desde lejos, el gorgoteo del mar.

—Aquí —dijo Chìrico, indicando una tumba baja y rústica, con una lápida que recordaba el naufragio y las tres víctimas de su propio deber—. También Sparti está aquí, —añadió, viendo a Marastella que caía de rodillas frente a la tumba, sollozando—. Tú llora aquí… Yo iré más allá, no muy lejos…

La luna miraba desde el cielo al pequeño cementerio en la meseta. Solamente ella vio aquellas dos sombras negras, en la grava amarilla de una senda, cerca de las dos tumbas, en la dulce noche de abril.

Don Lisi, agachado junto a la fosa de su primera esposa, sollozaba:

—Nunzia’, Nunzia’, ¿me oyes?

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