Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Uy no, el velorio”

Italo Costa Gómez

 

 

Yo soy la persona más sensible del planeta. No me cuesta trabajo ponerme en la piel de los demás cuando están tristes, todo lo contrario. Soy de las personas que se pueden quedar contigo escuchando tu dilema durante el tiempo que necesites de mí, procurando ser lo más respetuoso y empático que puedo ser. Sin embargo, lo que sí me cuesta trabajo es moderar mi personalidad en situaciones que ameritan ser muy solemnes. Lucho conmigo mismo porque soy de risa fácil, aunque esté triste. En el momento más feo yo estoy generando una situación cómica que – muchas veces – no es provocada intencionalmente, solo fluye.

Esa característica suele ayudarme en situaciones difíciles pero en ocasiones como las que les contaré hoy es tremendamente incómodo. Sobre todo cuando alguien que fallece parte a mejor vida sin latidos, con ausencia de pálpitos y sin pulso.

Cuenta la historia que mi abuelita materna, – con la que siempre me llevé bien porque leíamos juntos, jugábamos cartas y me cantaba tangos cuando era chico – ya estaba bien viejita. No podía valerse por ella misma y mi mamá aceptó la tarea de cuidarla en sus últimos días con la ayuda de mis tías y dos enfermeras que ya formaban parte de la familia porque estaban 24/7. Me partía el corazón ir a verla porque ya la mamama no podía hablar, estaba desorientada y yo no sabía qué decirle. Era una situación bien triste, pero trataba de sacarle la vuelta al momento. Cerraba la puerta y mandaba salir a todos. Me quedaba a solas con la abue y sacaba mi celular y le ponía los tangos que le gustaban con mis audífonos y hacía los pasos de baile exagerados porque sentía que había una parte de ella que entendía que era mi manera de decirle que la amaba y que la extrañaba. Pasada la Navidad del 2015 se fue al cielo. ¡Mamá Concho, te extraño!

Cuenta la historia que cuando una de las enfermeras me llaman y avisan que la abuelita ya no estaba con nosotros lo primero que hice fue pensar en mi mamá y me tomé el primer taxi que pasó con rumbo a su casa. Mi mami estaba tranquila, pero teníamos que ir a la cambiarla, recibir a los de la funeraria, acompañarla a la Iglesia. Ahí empezó todo a ponerse demasiado intenso para mí.

Vino una camioneta de un seguro llamado Finisterre a recogerla. Ya estaba vestidita y maquillada. La cosa es que me treparon a la parte de atrás donde van los ataúdes con mi tío Carlos (hermano de mi mamá) y el féretro. Mi mami iba adelante. Estábamos encerrados ya que ese espacio no tiene ventanas, está completamente sellado. Obviamente los baches hacían que todo se moviera, incluido el cajón que medio se abría. Les juro por Dios que redacto y me siento mal (riéndome me siento mal, ¡no les digo!).

– Tío, me quiero bajar. Quiero llegar ya. Esto es bien feo.
– Flaquito JAJAJAJA, tú tranquilo que nada va a pasar. Siento que te quieres reír de los nervios, ríete nomás. Así eres tú.

Empecé a reírme a carcajadas sintiéndome el peor nieto del globo terráqueo porque estaba muy triste pero la situación era muy “Scary Movie” y yo ya no podía conmigo. Menos mal mi mamá no podía oírme.

El trayecto de la casa de la Mamama a la Iglesia donde la iban a velar me pareció Lima – Miami en burro. Sentía que nunca iba a llegar mientras mi tío me abrazaba y se reía con lágrimas en los ojos. Todo era raro. ¿Logran verme en una situación así? Era pendejo.

Cuando llegamos y nos abrieron la puerta de atrás yo salí disparado y mi mamá me conoce mejor que nadie.

– “Hijito, yo sé que estás triste y sé que tienes tu propia manera de asumir el dolor. Pero la familia no va a tomar a bien que te estés matando de risa delante de tu abuela muerta. Haznos un favor a todos y ándate a la casa. Tu abuelita te conocía así y te amaba, pero no lo van a entender. Anda nomas amor. Yo voy a estar bien. Espérame en la casa.”

Me fui sin despedirme de nadie. Me puse a llorar todo el camino de regreso. Me estaba desahogando. Pero lo raro es que lloraba amargamente y de pronto paraba un ratito y me reía a carcajadas. El taxista debe haber dicho: La cagada, éste orate se escapó del Larco Herrera.

Asumí el luto a mi manera. No fui al entierro porque si en el velatorio la iba a fregar, imagínense lo que hubiera pasado en el entierro.

Hay momentos en los que mi personalidad “Melcochita fashion” puede calzar bien. Hay otras en las que es mejor doparme y hacerme dormir como a la Bella Durmiente hasta que todo pase.

Pero me despiertan como a la princesa ah, con besito. Caso contrario se pueden ir bastante al carajo y dejarme dormir. EL día que me muera tienen la libertad absoluta de reírse en mi cara fúnebre porque es lo que realmente hubiera querido de ustedes.

 

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