Vacío

Jesús Sánchez

Writing Desk (1914)-Olga Rozanova

 

 

La pantalla en blanco resplandecía frente a él, con las manos estáticas sobre el teclado, la mirada vacía y la mente presa. En la calle, pensaba, debía haber gente viviendo sus vidas, subiendo y bajando, coches que no dejan de pasar, pero en su cabeza no había nada, era un desierto de arena, una alfombra colgada. Hacía tiempo que las ideas se habían evaporado, la sensación de teclear era un recuerdo más o menos lejano. En cambio algo quería salir, siempre había algo que contar, algún principio, algún suceso. El problema era la forma, el contenido.

Últimamente intentaba arrancar y lo hacía con inmediatez, se entregaba a una idea, una frase, un concepto, pero mas allá de la tercera o cuarta frase se bajaba la barrera del paso a nivel y el tren no pasaba. La barrera no volvía a subir. Ahí quedaban esas tres líneas huérfanas y sin sentido, que almacenaba por si alguna vez se atrevía a imaginar. Más allá solo quedaba la frustración, la incapacidad, el haberse sabido capaz y descubrir el reverso. Entonces se levantaba del escritorio e iba a la nevera, cogía algo para beber y deambulaba por la casa. Miraba por la ventana, fumaba un cigarro, después otro, volvía a coger algo para beber y seguía deambulando, o mirando por la ventana.

De vez en cuando pasaba alguien y veía su pequeñas figuras desde la altura de su piso, todas con rumbo. Pensaba dónde podían ir y por qué, pero no había futuro para un itinerario ficticio como antaño sucedía, capaz de dirigir los paso ajenos en su cabeza. Varios meses que no era capaz de desarrollar nada mínimamente extenso, el agujero crecía y se hacía cada vez más redondo y profundo. Al parecer la gente ya no va a ningún lugar, solo pasa y desaparece en un futuro tan inmediato como espeso, no hay nada más allá de la esquina, solo campo descubierto por el que las alimañas transitan sin conocer días festivos, inmersas en la enorme monotonía de los días repetitivos.

Antes, cuando todo era selva virgen, se deleitaba adentrándose con machete y abriendo camino en la espesura para vislumbrar el destino, el punto final, mientras el camino crecía, y se bifurcaba en senderos abiertos que conducían a lugares remotos en la concavidad de su cabeza. Ansiaba introducirse en ellos para descubrir millones de fracasos y aciertos, mientras seguía la senda maestra paso a paso. Colocaba señales para recordar los recodos, buscaba conexiones internas entre los ramificados caminos, siempre lucían. A veces llovía y el follaje arreciaba por momentos, la lucha se intensificaba cuando el machete blandía desquiciado negándose a detenerse. Fluían las vidas externas fugándose como cucarachas bajo luz artificial, verlas correr era un recurso más, todo valía.

Hubo algún momento clave, seguramente venido de alguna parte, de alguna afición, vicio o costumbre que se alargó demasiado, echando raíces tan profundas que parecían asomar por el otro extremo del mundo. La combustión debió ser lenta y concisa, fraguándose sin prisa, inapreciable, como una enredadera que comienza a crecer. Cuando se sintió incapaz miró alrededor, giró la cabeza hacia atrás, buscó el punto de inflexión para saber contra qué revelarse y echarle valor a la lucha, pero el punto cero se ocultaba. Quizá una experiencia vivida, un suceso, el hastío o la incertidumbre de creer que ya no era el tiempo, que todo había pasado ya por su historia, una vez que todos los intentos olían a excremento podrido. Habrá que analizar las heces, saber de qué se componen. Un mundo repleto de basura emergía del subsuelo ahogando la lucidez y los mecanismos. Al parecer la vida había muerto, arrastrando consigo las ganas y las ilusiones. Las paredes apagadas gritaban por su mano de pintura, todo estaba más viejo, también el espejo.

Volvía al cigarrillo, a la pantalla en blanco, a la butaca insípida. Miraba el blanco apagado en todo su esplendor, sugiriendo ser desvirgado, “acciona una tecla, después serán dos”. Observaba los números en su parte derecha, las letras a la izquierda, como la vida misma, pensó, siempre ganan los números. Ese teclado reducido de diez dígitos era infinito y así se asimilaba sin dudas. A la izquierda el infinito lucía una corona de flores marchitas con una banda rezando “tus amigos no te olvidan”, pero vaya si olvidaron. Quizá todo aquello no era mas que un cráneo con peluca, un intento absurdo e imposible de remediar. Agarró su pelo cuando éste pensamiento le asaltó y se preguntó: ¿De qué sirve la abundancia?

Pensó en los seres muertos que deambulan por el mundo, se percató de que eran demasiados cadáveres viviendo sin más, se sintió identificado en el extremo porque siempre lo tildaron de tal, ignorando su capacidad, su entrega, sus pensamientos y sueños que en otro tiempo fueron abundantes y floridos.

Apagó la pantalla y volvió al frigorífico, tomó una nueva cerveza y la apuró de un trago. Eructó con vigor frustrado y caminó hacia el cajón de los estupefacientes. Estaba vacío.

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