Última salida para Brooklyn [Fragmento] (I)

Hubert Selby Jr.

La reina ha muerto

Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios le creó; varón y hembra los creó.
Génesis, 1, 27.

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Georgette era una loca muy moderna. Ella (él) no intentaba disimularlo mediante el matrimonio o hablando como un hombre, satisfacía su homosexualidad coleccionando a escondidas fotos de sus actores o atletas masculinos favoritos recortadas de los periódicos, o contemplando las actividades de los jóvenes, o acudiendo a los baños turcos, o metiéndose en los vestuarios de hombres y mirando de reojo mientras buscaba protección detrás de una fachada de virilidad cuidadosamente defendida (temiendo ese momento en que, en una fiesta o un bar, esa fachada comenzase a derrumbarse por culpa del alcohol para acabar completamente deshecha al tratar de besar o meter mano a un jovencito atractivo y ser despedida de un puñetazo —jodido maricón— seguido de la histeria y las excusas incoherentes y la huida del lugar), y estaba orgullosa de ser homosexual al sentirse intelectual y estéticamente superior a aquellos (especialmente mujeres) que no eran gays (¡fijaos en todos los grandes artistas que eran mariquitas!); y llevaba bragas, los labios y los ojos pintados (lo que ocasionalmente incluía sombras doradas y plateadas en los párpados), pelo muy largo y cuidado, uñas pintadas, ropa de mujer, completada por un sostén con relleno, tacones altos y peluca (una de las cosas que más le excitaban era ir a BOP CITY vestida en plan de rubia espectacular [medía 1,85] en compañía de un negro [un negro cabrón enorme muy guapo, y cuando entraba todos los pasados del local le miraban y los estrechos se estremecían. Estuvimos en una fiesta tremenda antes de venir y estábamos tan pirados que no nos enterábamos de nada, como te lo cuento, cariño]), y a veces llevaba una compresa.

Estaba enamorada de Vinnie y raramente volvía a casa cuando él estaba en la cárcel, sino que se quedaba en el centro con sus amigas, la mayor parte del tiempo pasada de anfetas y marihuana. Una vez volvió a casa una mañana con una de sus amigas, después de una fiesta que duró tres días, toda maquillada todavía, y su hermano mayor le cruzó la cara de una bofetada y le dijo que si volvía a casa así otra vez la mataría. Ella y su amiga salieron de la casa gritando y llamando jodido maricón a su hermano. Después de eso, siempre telefoneaba antes de ir a casa para ver si su hermano estaba.

Su vida no evolucionaba, sino que giraba centrífugamente en torno a estimulantes, opiáceos y tipos que le pagaban para que bailase delante de ellos con sólo una braga de mujer que luego le arrancaban; bisexuales que contaban a sus mujeres que salían con los amiguetes y pasaban la noche con Georgette (ella trataba de imaginar que eran Vinnie).

Cuando se enteró de que habían dejado en libertad condicional a Vinnie, fue a Brooklyn (antes compró diez docenas de pastillas de benzedrina) y se instaló en El Griego toda la noche, siguiendo a Vinnie a todas partes y tratando de quedarse a solas con él. Le pagó el café, se sentó en su regazo y le invitó a dar una vuelta. Él se negaba y decía tenemos tiempo de sobra, cariño. A lo mejor más tarde. Georgette estaba toda temblorosa en su regazo, jugueteaba con el lóbulo de sus orejas, sintiéndose como una chica la noche de su primera cita. Le miraba con coquetería. Vamos a hacerlo, Vinnie, y reprimía las ganas de besarle, abrazarle, acariciarle las nalgas, soñando con el calor de su entrepierna, viéndole desnudo, cogiéndole por la cabeza (no con excesiva suavidad), apretándola contra su pecho, observando cómo se contraían sus músculos, pasando sus dedos por los músculos en tensión (a lo mejor incluso gritaba en el clímax); el tacto, el gusto, el olor… Por favor, Vinnie, el sueño casi dominaba la conciencia, la benzedrina hacía más difícil no intentar convertir en realidad el sueño enseguida.

No era el miedo a ser rechazada o a que le pegase (eso en la mente de Georgette podría convertirse en una pelea de enamorados que terminara en una hermosa reconciliación) lo que la detenía, sino el saber que si lo hacía delante de los amigos de Vinnie (que más que aceptarla la toleraban, o la utilizaban para animarse cuando estaban deprimidos o para divertirse en momentos de aburrimiento) el orgullo de éste podía llevarle a rechazarla definitivamente y entonces dejaría de tener no sólo esperanzas, sino también sueños. Hizo una nueva tentativa jugueteando con los pelos cortos de su nuca. Se levantó de un salto cuando él se la quitó de encima, y soltó unos grititos cuando le dio unas palmadas en el culo. Se dirigió hacia la barra contoneándose. ¿Podrías darme otro café, Alex, por favor? Valiente mariquita griego. Se metió otra pastilla de benzedrina en la boca y la tragó con el café; metió una moneda en el jukebox y comenzó a menearse cuando un saxo tenor sollozó un blues. Algunos de los chicos de El Griego daban palmas y gritaban, ¡sigue, Georgette, sigue! Ella juntó las manos en la nuca, empezó a mover la pelvis y le dio a una de las chicas que se estaban riendo de ella un caderazo en plena cara. Ahí tienes, grandísima puta. Cuando calló la música, se sentó en un taburete de la barra, terminó el café, dio unos cuantos giros en el taburete, se detuvo, se levantó alzando las manos con delicadeza con el estilo dramático de una cantante de ópera y entonó un bel di en un falsete vacilante. Alguien rió y dijo que debería dedicarse a dar conciertos. Tienes una voz muy bonita, Georgie. Sí, dijo la misma chica, para llamar a los cerdos. Georgette se volvió, se llevó las manos a las caderas, echó la cabeza a un lado y la miró con desprecio. ¿Qué sabes tú de ópera, miss chupapollas? Alzó la cabeza y salió a la calle con andares de reina.

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Vinnie tenía doce años la primera vez que lo detuvieron. Había robado un coche. Era tan bajo que tuvo que deslizarse hasta el borde del asiento para llegar a los pedales, y un policía que estaba en una esquina mirando el coche, detenido ante un semáforo en rojo, creyó que estaba vacío. El agente quedó tan sorprendido al abrir la puerta y ver a Vinnie al volante que éste casi tuvo tiempo de pisar el acelerador y salir a toda velocidad antes de que el policía se diera cuenta de lo que pasaba y le sacara fuera del coche. El juez quedó tan sorprendido como el agente que le había detenido, y tuvo que hacer esfuerzos para no soltar una carcajada mientras reñía a Vinnie y le hacía prometer que no lo volvería a hacer. Vete a casa y pórtate bien.

Dos días después robó otro coche. Esta vez con unos amigos mayores que él y un poco más capaces de conducir un coche sin llamar demasiado la atención. Solían quedarse con un coche, iban en él al colegio las pocas veces que asistían a clase, hasta agotar la gasolina, lo abandonaban y robaban otro. Les cogieron muchas veces, pero a Vinnie siempre lo soltaban después de prometer que no lo volvería a hacer. Era tan joven, y parecía más joven todavía, y tenía tal aire de inocencia que a los jueces les resultaba imposible pensar que era un delincuente y dudaban si mandarlo o no a una institución donde podría aprender a convertirse en un ladrón en vez de ser solamente un chaval problemático. Cuando tenía quince años y le detuvieron por undécima vez, le mandaron a un correccional. Cuando lo soltaron, un representante de una organización social habló con él y le invitó a que visitara el club de jóvenes del barrio. Vinnie había crecido mucho durante el último año y estaba muy orgulloso de su habilidad para ganar a puñetazos a los demás chicos de su edad y a muchos de los mayores. Después de provocar unas cuantas peleas en el club juvenil, dejó de ir y nunca le volvieron a invitar.

Lo entalegaron de verdad por primera vez a los dieciséis años. Había robado un coche y rodaba a toda velocidad por Ocean Parkway (quería ver lo rápido que podía ir el coche por si necesitaba librarse de la pasma) y se estrelló. Sólo se hizo una herida en la cabeza. Llamaron a una ambulancia y a la policía. El de la ambulancia le vendó la cabeza y dijo a los policías que se encontraba lo bastante bien como para que se lo llevasen a la comisaría. Vinnie seguía sin saber muy bien qué había pasado cuando los dos policías le ayudaron a subir los escalones de la comisaría, pero se dio cuenta de que eran policías. Empujó a uno escaleras abajo, le pegó un puñetazo al otro, y huyó. Probablemente hubiera podido escapar, pero fue a El Griego y enseñó la herida de la cabeza a sus amigos contándoles cómo se había deshecho de los dos policías.

Le permitieron declararse culpable de mala conducta y fue condenado a una pena de uno a tres años.

Pareció disfrutar del tiempo pasado en la cárcel. Mientras estaba allí, se tatuó su número en la muñeca con un alfiler y tinta y cuando volvió a casa se lo enseñaba a todo el mundo. Fue directamente a El Griego en cuanto lo soltaron, y se pasó allí sentado toda la noche contando historias de las cosas que había hecho mientras estaba en el truyo. Muchos de los que se encontraban en El Griego también habían estado en la misma cárcel y hablaron de los funcionarios, el trabajo, el patio y las celdas. Al día siguiente de que le soltaran la policía disparó contra tres pistoleros que intentaban atracar una tienda. Uno murió inmediatamente y los otros dos estaban en el hospital en estado crítico. Cuando Vinnie se enteró, compró un periódico, recortó el artículo y las fotos y las llevó encima durante días, hasta que finalmente se hicieron papilla a fuerza de manosearlas y contarle a todo el mundo que eran amigos suyos. Los conocí allí dentro, ¿sabes? El que mataron, Steve, era tronco mío. Estaba en el mismo taller que yo. Éramos colegas de verdad, tío. Éramos los amos del taller y lo que decíamos era ley. Hasta nos mandaron juntos a celdas de castigo. Un par de mierdas no quisieron darnos los paquetes que les habían mandado de casa, así que les zurramos. Te lo digo yo, éramos amigos de verdad.

La gloria de haber conocido a alguien muerto por la policía durante un atraco era lo más importante que le había pasado en la vida y un recuerdo que guardaba, como haría un viejo inválido, al final de una vida desgraciada, un tanto decisivo marcado al final del último partido del campeonato.

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Vinnie se divertía rechazando a Georgette cuando ésta trataba de que saliese a dar una vuelta con ella, y dándole palmadas en el culo, diciéndole ahora no, cariño. A lo mejor después. Le gustaba tener a alguien tan colado por él. Aunque fuera una loca. La siguió a la barra donde estaba sentada y, mojándose el dedo, se lo metió en la oreja, riendo mientras ella daba grititos y se retorcía. Fue una pena no tenerte allí conmigo. Había un par de chicos muy guapos pero no tenían un culo como el tuyo, y le dio más palmaditas en el culo mirando a los otros, sonriendo, y esperando de ellos una sonrisa de reconocimiento por su agudeza. Hacértelo conmigo te va a costar una pasta, so cachonda, y se volvió una vez más hacia los otros para asegurarse de que comprendían que Georgette estaba enamorada de él y que podía tirársela cuando quisiera, pero que estaba haciéndose el duro, esperando a que ella aflojase la pasta antes de decidirse a follarla; se sentía superior a los otros porque conocía a Steve, el que había liquidado la pasma, y porque Georgette era lista y podía ganarles dándole al pico (al tiempo que aborrecía a todo el que pudiera utilizar palabras complicadas y pensaba que todo el que había ido al colegio era un mamón), pero (considerando equivocadamente con su mente obtusa, nunca madura, que la soledad de ella era respeto hacia su fuerza y virilidad) Georgette nunca trataría de liarle con palabras.

Siguió a Georgette a la calle volviéndose para reírse de la chica a la que Georgette había insultado y que estaba sentada tratando desesperadamente de encontrar algo que contestar, con la rabia dibujada en su cara y la lengua paralizada. Escupió y le llamó maricón hijoputa. Georgette se dio la vuelta, con un pitillo entre el medio y el índice de la mano derecha, con la palma hacia arriba y medio caída, y la izquierda en la cadera, y miró desdeñosa aquel rostro lleno de rabia. ¿De qué te quejas, palurda? ¿Es que el pelo de la dehesa te impide tener buen humor?

Vinnie rió aparentando entender lo que había dicho Georgette (sólo vagamente consciente de que podía haber algo en sus palabras que no entendía) y dio un empujón a la chica volviendo a sentarla en la silla de la que trataba de levantarse, y salió, le dio a Georgette un pellizco en la mejilla y luego cogió un pitillo del paquete de ella. ¿Qué hay de ese paseo que decías? A lo mejor hasta dejo que me hagas lo que quieras. Oh, ya veo que no eres tan duro, ella esperaba que no estuviera hablando en broma y trataba de comportarse del modo más delicado y femenino que sabía. Sólo te cobraré cinco pavos, y se apoyó en el parachoques de un coche aparcado mirando por la puerta abierta a los que seguían en El Griego para asegurarse de que le veían y oían. Tu generosidad me abruma, Vincent, y sonreía. Me llamo Vinnie y eso de Vincent apesta. Ella quería hacérselo con él aunque tuviera que pagar, pero no quería que la cosa fuera un negocio. Le daría dinero si quería, pero no en aquel momento; si lo hacía, no sólo mataría, o cuando menos chafaría, su sueño, sino que lo convertiría en su chulo y eso le parecía insoportable, especialmente después de haber esperado tanto. Sabía que no se iría con ella mientras los demás estuvieran allí delante, por miedo a las bromas de que era maricón, conque estaba obligada a esperar a que los demás se fueran. Razonando así, aunque pensando con su mente disparada por la benzedrina que a lo mejor estaba equivocada y debería cogerle del brazo y apartarle de allí, siguió jugueteando. A ver si te enteras de que tengo docenas de cabritos que me pagan, y no cinco miserables dólares.

Yo no te cobraré nada, Georgie, dijo uno de los chicos, y la cogió por una oreja. No me pongas la mano encima, Harry, eres un monstruo, y le apartó la mano dándole una bofetada. No voy a follar contigo. Harry sacó su navaja automática del bolsillo, la abrió, tocó el filo de la hoja y se dirigió hacia Georgette mientras ella reculaba agitando las manos lánguidamente. Quédate quieta y te convertiré en una mujer de verdad sin que tengas que ir a Dinamarca. Él y Vinnie rieron y Georgette continuó reculando, con las manos delante como para protegerse. No te hace ninguna falta esa salchicha, sólo te molesta, Georgie. Deja que te la corte. Haz el favor de dejarme en paz, y trataba de imponerse a su miedo considerándose una heroína.

Harry agarró la navaja por la punta haciendo ademán de lanzársela y gritó ¡cuidado, Georgie! Ella levantó ligeramente la pierna izquierda, se tapó la cara con las manos, se dio la vuelta y lanzó un agudo UUUUUY cuando la navaja pegó en la acera, rebotando en la pared que tenia detrás y deteniéndose a menos de un metro de distancia. Harry y Vinnie se reían, Vinnie se acercó a por la navaja, la cogió, Georgette se alejó sin dejar de insultar a Harry. ¡Eres una bestia! ¡Animal! ¡Hombre de Neanderthal! ¡Maricón de mierda…! Vinnie lanzó la navaja gritando ¡cuidado, Georgie! Georgette saltaba para evitar la navaja gritándoles que parasen (sólo la benzedrina le impedía tener un ataque de histeria), pero ellos reían y su audacia aumentaba con el miedo de ella; lanzaban la navaja más fuerte cada vez y cada vez más cerca de sus pies; la navaja saltaba y rebotaba, ellos la volvían a coger y la lanzaban de nuevo a los pies de Georgette, que parecía bailar (la escena era igual que la de un western serie B); las risas, los saltos, los movimientos para esquivar la navaja se interrumpieron cuando su hoja se clavó en la pantorrilla de Georgette (si hubiera sido madera, no carne, la hoja habría quedado vibrando después de clavarse, haciendo un ruido seco). Georgette miró estupefacta la parte visible de la hoja y el mango de la navaja que salía de su pierna; demasiado sorprendida para sentir deslizarse la sangre por la pierna, para pensar en la herida o el peligro, miraba fijamente la navaja tratando de entender qué había pasado. Vinnie y Harry se limitaban a mirar. Harry murmuró algo sobre su buena puntería y Vinnie sonrió. Georgette levantó la vista, vio a Vinnie sonriéndole, miró de nuevo la navaja y gritó que le habían destrozado sus pantalones nuevos. Los demás que miraban desde El Griego rieron y Harry le preguntó a Georgette qué era aquello que le salía de la pierna. Georgette se limitó a mandarle a tomar por el culo y se dirigió a la pata coja hacia el escalón de la puerta de al lado de El Griego y se sentó. Harry le preguntó si quería que le quitara la navaja y ella chilló que se fuera a la mierda. Doblándose y agarrando con cuidado el mango y cerrando los ojos, tiró con fuerza, y luego poco a poco se arrancó la navaja de la pierna. Lanzó un suspiro y dejó el cuchillo a un lado y luego se echó hacia atrás para apoyarse en la puerta, encogió levemente la pierna y se dobló para quitarse el zapato. Estaba lleno de sangre. Los efectos de la benzedrina casi se le habían pasado y temblaba al vaciar la sangre del zapato, una sangre que salpicó la acera y formó unos cuantos regueros al correr hacia la calzada, mezclándose con la porquería y desapareciendo… Georgette gritó y maldijo a Harry.

Pero ¿qué es lo que te pasa, Georgie? ¿Es que la pobrecita niña se ha hecho pupa? Ella soltó un alarido. ¡Vosotros me habéis hecho esto! ¡Vosotros, jodidos animales, sois los que me lo hicisteis! Miró a Vinnie, con cierta disculpa en sus ojos, tratando de recuperar algo de compostura (los efectos de la benzedrina ya habían desaparecido por completo y el pánico empezaba a apoderarse de ella), esperando ganarse su compasión mirándole tiernamente como un amante que se aleja irrevocablemente, y Vinnie rió pensando en lo mucho que se parecía a un perro que pide un hueso. ¿Qué te pasa? ¿Te has hecho daño?

Georgette casi se desmaya de miedo y rabia cuando los demás estallaron en risas. Miró el borrón de caras con ganas de emprenderla a patadas, escupirles, abofetearles, arañarles, pero cuando trató de moverse, el dolor de su pierna la detuvo y volvió a apoyarse en la puerta, ahora totalmente consciente de su pierna y, por primera vez, pensando en la herida. Se levantó la pernera del pantalón hasta la rodilla, temblando al sentirla empapada de sangre, y miró la herida, de donde todavía salía sangre, el calcetín empapado en sangre y el charquito de sangre que había dejado bajo su pie, tratando de ignorar los silbidos y los anda, nena, levántate ya.

Vinnie había entrado en El Griego y Alex le dio un frasco de yodo; luego salió y le dijo a Georgette que no se preocupara. Yo lo arreglaré enseguida. Le levantó la pierna y le echó yodo en la herida y rió, con los otros, cuando Georgette gritó y se puso de pie de un salto cogiéndose la pierna herida con las dos manos y dando saltitos sobre la otra. Silbaban, daban palmas y uno se puso a cantar. Baila, bailarina. Baila. Georgette cayó al suelo, todavía agarrándose frenéticamente la pierna, y se sentó en medio de la acera iluminada por la luz de El Griego, con una pierna doblada debajo, la otra levantada y con la pernera recogida hasta la rodilla y la cabeza doblada entre las piernas como un payaso imitando a una bailarina.

Cuando el dolor se calmó se levantó, volvió al escalón a la pata coja, se sentó y pidió un pañuelo para vendarse la pierna. ¿Es que estás loca? No quiero que se me manche el pañuelo. Risas de nuevo. Vinnie se acercó galantemente y se sacó el pañuelo del bolsillo y la ayudó a que se lo atase alrededor de la pierna. Ya está, Georgie. Todo arreglado. Ella no dijo nada pero miró fijamente la sangre; la herida cada vez era más grande; la sangre se le estaba envenenando y el veneno casi le llegaba al corazón; la peste de la gangrena de su pierna podrida…

Venga, levántate. ¿Qué? ¿Qué dices, Vinnie? Te digo que me des algo de pasta y te buscaré un taxi para que vayas a casa. No puedo irme a casa, Vinnie. ¿Por qué no? Mi hermano está en casa. Entonces, ¿adónde vas a ir? No puedes quedarte ahí sentada toda la noche. Iré al hospital. Me curarán la pierna y luego iré al Mary’s. ¿Estás loca o qué? No puedes ir al hospital. Cuando te vean la pierna querrán saber lo que pasó y la siguiente cosa que pasará será que la pasma llamará a la puerta de mi casa y me volverán a meter en el truyo. No les contaré nada, Vinnie. Te lo prometo. De verdad. No soy una soplona. Te cogerán, te meterán un chute de algo y hablarás como una descosida… Vagos recuerdos de programas de radio oídos y de películas vistas. Cogeré un taxi y te llevaré a casa. ¡No, Vinnie, por favor! No les diré nada. Te lo prometo. Les contaré que unos gamberros me atacaron, y se agarró la pierna con las dos manos, balanceándose adelante y atrás con un ritmo hipnótico, tratando desesperadamente de no dejarse dominar por la histeria e ignorar el intenso dolor de la pierna. ¡Por favor! Mi hermano está en casa. ¡No puedo irme a casa ahora! Mira, no sé lo que te va a hacer tu hermano, me la trae floja, coño, pero sí sé lo que te voy a hacer yo si no mantienes el pico cerrado.

Georgette le llamó mientras él se dirigía hacia la avenida para buscar un taxi, implorando y prometiendo de todo. No quería reñir con Vinnie; no quería que se disgustase; no quería molestarle; pero sabía lo que iba a pasar en cuanto llegase a casa. Su madre lloraría y llamaría al médico; y si su hermano no encontraba las anfetas (no las podía tirar y eran demasiadas para tomárselas de una sola vez) el médico notaría que había tomado algo y se lo diría. Sabía además que le quitarían la ropa y verían las bragas con perlitas que llevaba. Su hermano podría pasar por alto el maquillaje (cuando viera la pierna y toda aquella sangre, y cuando su madre empezara a preocuparse y dijera a su hermano que la dejase en paz), pero nunca pasaría por alto las anfetas.

Sin embargo eso no era lo que más la asustaba; no era que su hermano le pegase lo que provocaba sus mayores miedos; lo que casi la hacía desmayarse, lo que hizo que pensase (sólo brevemente) en rezar, lo que le quitaba de la mente el olor de la gangrena, era saber que tendría que quedarse en casa unos cuantos días, puede que hasta una semana. El médico le diría que no anduviese hasta que se le curase la pierna y su madre y su hermano la obligarían a seguir las órdenes del médico; y sabía que no dejarían que sus amiguitas la visitasen y no tenía más que la benzedrina, que probablemente encontrarían y tirarían. No tenía nada escondido en casa; ni modo de conseguir más. En casa una semana o más, sin nada. Me voy a morir. No puedo estar en cama tanto tiempo. Conseguirán que la palme. Dios mío, dios mío…

Un taxi se detuvo delante de El Griego y Vinnie se apeó y entre Harry y él ayudaron (obligaron) a Georgette a subirse en el asiento de atrás. Ella siguió implorando, suplicando; les dijo que tenía un ligue que trabajaba en la bolsa, en Wall Street, y que iría a verle aquel fin de semana y conseguiría veinte dólares, quizá puede que más. Os los daré. Os daré todavía más. Sé dónde podréis conseguir cientos de dólares sin ningún problema. Conozco a unos mariquitas que tienen una tienda de material de dibujo en el Village. Podréis hacerlo fácilmente. Siempre tienen un montón de dinero; no habrá ningún problema… Vinnie le cruzó la cara de un tortazo y le dijo cierra esa boca, coño, fijándose en si el taxista prestaba atención a lo que Georgette estaba contando y diciéndole algo, de modo casi incoherente, sobre que su amigo acababa de tener un accidente y todavía estaba un poco descontrolado.

Tardaron menos de tres minutos en llegar a casa de Georgette, que estaba unas cuantas manzanas más allá. Cuando el taxi se detuvo delante de la casa, Vinnie sacó unas monedas del bolsillo de Georgette y tres billetes de dólar de su cartera. ¿Es todo lo que tienes? Te daré mucho más dentro de unos días si me llevas al hospital. Mira, si no entras, te meteremos nosotros y le contaremos a tu hermano que trataste de ligarte a un par de marineros y que te zurraron. ¿Vendrás a verme mañana, solo? Claro que sí. Mañana nos veremos, y le guiñó un ojo a Harry. Georgette trató de creerle y durante un momento olvidó sus miedos anteriores y el viejo sueño se proyectó brevemente en su mente y vio su habitación, la cama, a Vinnie…

Se dirigió cojeando a la puerta y se detuvo a la entrada; se metió un puñado de anfetas en la boca, las masticó, y luego las tragó. Antes de llamar se volvió y le gritó a Vinnie que no se olvidara de lo de mañana. Vinnie se rió.

Vinnie y Harry esperaron en el taxi hasta que se abrió la puerta y Georgette entró y su madre cerró la puerta detrás de ella, antes de pagar al taxista. Dejaron el taxi, anduvieron calle abajo camino de la avenida, doblaron la esquina y volvieron hacia El Griego.

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La puerta se cerró. Cien veces. Cerrada. Hasta cuando se abría, ella oía que se cerraba de un portazo. Cerrada. Y ella encerrada. Docenas de puertas como dibujos animados al pasar rápidamente las páginas con el pulgar, cayendo neblinosas como sombras… y el tris-tras, el jodido tris-tras del cerrojo, y el portazo. BANG. Una vez y otra y otra aquel BANG del portazo. Un centenar de puñeteras veces. BANG. BANG. BANG. Siempre el bang del portazo. Ninguna llamada a la puerta. Piensa en eso. Oblígate a ello. Una llamada. Una llamada. Por favor, por favor. Oh, Dios mío, una llamada. Haz que llamen. Haz que llame alguien. Que entre. ¿Por qué no llaman? Goldie con anfetas. Con lo que sea. Cualquiera. Cerrada. Encerrada. Bang. ¡BANG! ¡BANG! ¡¡¡CERRADA!!! ¡Oh, Dios mío, ENCERRADA! Y no puedo salir. Sólo dar vueltas en la cama. Esta asquerosa cama (¡¡¡VINNIE!!!) y ese jodido maricón del médico que no me quiso dar nada. Ni siquiera un poco de codeína. Y esto duele. Claro que duele. Duele y mucho. Noto que me sube por la pierna y que duele. Duele muchísimo. Duele. Duele de verdad. Necesito algo para el dolor. Oh, Dios mío, no lo puedo soportar. Y no puedo salir de casa. Ni siquiera hasta la de Soakie, que a lo mejor tiene algo. Haz que entre. Yo no puedo salir. Ni levantarme… (La puerta se abrió violentamente y su madre la miró y lo primero que observó fue la extraña expresión en la cara de su hijo, la mirada fija; luego la sangre de sus pantalones, y cuando se acercó a él, Georgette se apoyó en el hombro de su madre, llorando, llorando en el hombro de su madre y queriendo que le escuchase y le acariciase el pelo [le quiero, mamá, le quiero y le deseo]; y sabía que necesitaba asustar a su madre para que ésta la protegiese y le diera todo su cariño, y a lo mejor mamá hasta la llevaba a la cama [hubiera querido correr a la cama, pero sabía que debía cojear para impresionarla], sí, que la llevara a la cama antes de que su hermano entrase en la habitación. Puede que hasta consiguiera esconder las anfetas. ¡Tenía que intentarlo! Su madre se tambaleaba y las dos daban bandazos camino de la cama [no debo correr], y quería tener a su madre cerca, y quería que la consolase; y se sentía más tranquila, a salvo, mientras la cara de su madre se ponía pálida y le temblaban las manos; sin embargo, calculaba hasta dónde debía llegar con aquel número para que su madre se sintiera lo bastante afectada como para protegerla de Arthur… y poder esconder las anfetas).

Por qué no podía salir. Por qué tenía que estar en casa. Si hubiera muerto. Hijaputa, muérete de una vez. MUÉRETE. (Qué le pasa a la niñita de mamá. ¿Te has hecho mucha pupa en la pierna, Georgie? No me toques, maricón. No me toques. Mira quién me llama maricón. Es para partirse de risa. ¡Ja! Monstruo. ¡Monstruo MONSTRUO MONSTRUO MONSTRUO! Jodido gamberro de mierda… Georgette se apoyó todavía más en su madre y balanceaba la pierna herida de izquierda a derecha gimiendo. Por favor, Arthur. Por favor. Deja a tu hermano en paz. Está herido. Ha perdido mucha sangre y se va a desmayar. ¿Hermano? Valiente loca. Por favor… Georgette gritó todavía más alto y empezó a soltarse del cuello de su madre [si consiguiera llegar a la cama y esconder las anfetas. Esconder las anfetas. Esconder las anfetas]. Por favor, no sigas. Ahora no. Llama al médico. Hazlo por mí. Por favor). Si por lo menos él no hubiese entrado. O al menos se fuese a la cocina… Georgie, el cariñito de su mamá… ¿Por qué me hacen esto a mí? ¿Por qué no me dejan en paz? (Arthur miró a su hermano y gruñó enfadado y luego fue al teléfono y Georgette trató frenéticamente de sacar las anfetas del bolsillo pero sus pantalones eran tan ajustados que no conseguía meter la mano y tenía miedo de apartarse demasiado de su madre para poder meterse la mano en el bolsillo. Se dejó caer en la cama y se quedó de lado y trató de sacárselas y de meterlas debajo del colchón o de la almohada [eso, la almohada] pero su madre creyó que se retorcía de dolor y le cogió las manos tratando de consolar y calmar a su hijo, tratando de que se relajase, el médico llegará enseguida y todo irá bien… y entonces volvió su hermano, miró a su madre, luego el pantalón destrozado y la sangre y dijo será mejor que le quitemos los pantalones para poner un poco de mercurocromo en la herida, y Georgette trató de soltarse las manos, pero su madre se las sujetó con más fuerza, tratando de calmar el dolor de su hijo, y Georgette se debatía con furia, tratando de sujetarse el pantalón y evitar que su hermano se lo quitase. Daba gritos y soltaba patadas, pero cuando ya no podía seguir soportando el dolor de la pierna y trataba de morder las manos de su madre, su hermano bajó la vista [¡las bragas rojas! ¡¡¡Las anfetas!!!]. Quieto. ¡Quieto! Fuera de aquí. No le dejes. Por favor, no le dejes. Si no es nada, cariño. El médico llegará enseguida. Nadie te quiere hacer daño. Maricón de mierda. ¡Quieto! Hijo de la gran puta, maricón. QUIETO, pero su hermano le soltó el cinturón y cogió el pantalón por los bajos y Georgette aulló y por la cara de su madre resbalaron las lágrimas mientras suplicaba a Arthur que tuviera cuidado; y Arthur se los fue quitando poco a poco pero soltó el pañuelo que cubría la herida y la sangre volvió a salir y luego a caer pierna abajo y Georgette se dio la vuelta llorando y gritando, y Arthur dejó caer el pantalón al suelo y miró a su hermano… viendo cómo la sangre empapaba la sábana y cómo encogía y estiraba la pierna… oyendo llorar a su hermano y con ganas de reír de gusto, y hasta contento al ver la cara de pena de su madre cuando ésta miró a Georgette y le cogió la cabeza y se la acarició mientras los ojos seguían llenándosele de lágrimas… Arthur hubiera querido agacharse y darle un puñetazo a aquella jodida cara llena de maquillaje, hubiera querido romperle la pierna y escuchar los gemidos de su hermano, aquel maricón de mierda… Se enderezó y se quedó quieto y en silencio a los pies de la cama durante un momento, medio oyendo los sollozos y sus pensamientos, luego se puso a un lado de la cama y trató de arrancar aquellas bragas rojas. Degenerado. Tienes la cara de estar ahí, delante de nuestra madre, con eso puesto. Le arrancó las bragas y le cruzó la cara a Georgette de un tortazo. La madre suplicaba, lloraba, y Georgette daba vueltas en la cama y tiraba con todas sus fuerzas de las bragas, que seguían enrolladas en una de sus piernas, y la madre suplicaba que dejase en paz a su hermano… ¿HERMANO?… pero siguió tirando y gritando más fuerte que ellos hasta que se las quitó y las tiró lejos, a la otra habitación. ¿Cómo puedes abrazarle así? No es más que un asqueroso homosexual. Deberías echarle a la calle. Es hermano tuyo, hijo mío. Deberías ayudarle. Es mi hijo [es mi pequeño, mi pequeño] y le quiero y tú también le debes querer. Acunó a Georgette entre sus brazos y Arthur salió de la casa hecho una fiera y Georgette trató de llegar a su pantalón y coger las anfetas, pero su madre le agarró y siguió diciéndole que pronto estaría bien. Todo se arreglará enseguida).

Oh, por favor, por favor, por favor, por favor… ¿por qué me torturáis? Putas. Unas putas asquerosas. Dejadme salir. Dejad que entre alguien. No quiero estar sola. Por favor, dejadles entrar. A quien sea. Estoy en las últimas. Dejad que entren. Por el amor de dios. Estoy en las últimas. ¡EN LAS ÚLTIMAS! No puedo seguir en esta habitación. Esta asquerosa habitación. Dejad que entre Vinnie. Dejad que me lleve con él. Vinnie, mi Vinnie querido. Sácame de aquí. Es un sitio espantoso. Espantoso. Pobrecita de mí. Oh, Vinnie… (El médico le miró a los ojos, no dijo nada, luego le examinó la pierna. Limpió la herida, lo hizo con mucho cuidado pero Georgette gimió esperando que le recetase algo, y se dio vuelta en la cama tratando de llegar a los pantalones y el médico murmuró unas palabras; su madre miraba temblorosa, y Georgette la miró implorante, pidiendo caricias y protección, pero no consiguió llegar a los pantalones. Dios mío, ¿por qué no consigo llegar hasta ellos? Dejó de agitarse y se puso a llorar. Su madre le acarició la cabeza y el médico vendó la pierna y le dijo que no se moviese durante unos días y que fuera a verle cuando se encontrara mejor. Cerró su maletín [cerrado, cerrado; bang y estaba cerrado], sonrió y le dijo a Mrs. Hanson será mejor que George no reciba visitas durante unos días. Ella asintió [Georgette se inclinó lentamente hacia el borde de la cama… cuando se dirigían a la puerta] y le dio las gracias. No se moleste en acompañarme a la puerta. Conozco perfectamente el camino)… Ni siquiera un poco de codeína. Nada. Si el jodido Harry no hubiera estado allí. Aquel monstruo. Y aquellas putas asquerosas. Un polvo con ellas no vale ni medio dólar. Sin moverse durante unos días. Días. Días. Días… DÍAS. ¡¡¡DÍAS!!! Las paredes se van a hundir. Me aplastarán. ¿Mamá? Oh, mamá. ¿Mamá? Dame algo. Por favor. Lo que sea. Trata de calmarte, hijo. La pierna se te pondrá bien enseguida. ¿La pierna?… (Quieto, Arthur, por el amor de Dios, quieto. ¿Quieto? ¿Ves esto? ¿Lo ves bien? Es droga, maldita droga. Bueno, pues no la volverás a ver nunca más, hermanito del alma. Dámelas. Dámelas ahora mismo. Mamá, dile que me las dé. O te callas o te mato. ¿Me oyes bien? Juro que te mato. Siempre llorando. Mamá esto, mamá aquello. Y sólo porque te has hecho un rasguño. Arthur. ¡Quieto! Georgette seguía temblando, encogida en la cama viendo a su hermano inclinarse sobre la cama, escondiéndose detrás de su mamá, deseando que la quisiese y la besase… Luego Arthur se guardó las pastillas en el bolsillo, dio media vuelta y vació las cajas del fondo del armario en el suelo… Mamá esto, mamá aquello… Desgarraba y hacía trizas los vestidos de mujer de Georgette, sus bonitos vestidos y medias, pisoteaba sus zapatos… ¿Ves esto? ¿Lo ves, madre? ¿Lo ves bien? Mira. Mira bien estas asquerosas fotos. Oh, Arthur… Míralas. ¡MÍRALAS! Hombres haciendo el amor, unos con otros. Muy bonito, ¿eh? Arthur, por favor. ¿Qué te parecen? ¿Qué piensas de esto? Marranadas. Eso es lo que son, marranadas. ¡MARRANADAS! ¿Por qué no te mueres de una vez, Georgie? ¿Por qué no te largas y te mueres por ahí? Quieto. ¡QUIETO! Por el amor de Dios, Arthur, quieto. No puedo seguir soportando esto. Tampoco yo. Viste esas fotos. Ahora ya deberías saber lo que es de verdad. Un degenerado. ¡Un asqueroso degenerado! Arthur, por favor, hazlo por mí. Lo sé. Lo sé. Deja a tu hermano en paz. Por favor. ¿¿¿Hermano???)… Me van a matar, dios mío. Saben que no puedo seguir así. Lo saben perfectamente. Nada que ver. Que mirar. ¿Por qué yo? ¿Por qué no me quiere ayudar nadie? No quiero estar sola. No lo puedo soportar. Por favor, ayúdame. Goldie tiene anfetas. No puedo seguir así. Siempre sola. Jesús, Jesús, Jesús… ¿por qué yo? ¿Mamá? ¿Mamá? Oh dios, necesito algo. Esos pobres cabritos que me pagan. ¿Siempre? No quiero cambiar y ser como todo el mundo. Necesito algo o me volveré loca. Lo hacen adrede. Me están matando. ¿Por qué me quieren matar?… Y la habitación casi sin sombras seguía estrechándose y Georgette buscaba rincones oscuros, pero no había ninguno, sólo un poco de penumbra cuando la puerta del armario interrumpía en parte la luz que llegaba del cuarto de estar. Georgette llamó… miró a su alrededor. La cama. Se sentó y llamó de nuevo… Luego, poco a poco empezó a sacar las piernas y tanteó el suelo…, se puso de pie…, fue cojeando hasta la puerta y vio que su madre se había quedado dormida en una butaca. Se vistió, cogió dinero del monedero de su madre y salió. Cuando llegó a la calle se dio cuenta de que no sabía qué día era. Tampoco la hora. Pero el sol se había puesto. Apoyándose en los coches aparcados llegó a la esquina y paró un taxi, rogando al cielo que Goldie estuviera en casa. Le dio la dirección al taxista y pensó en Goldie y en las anfetas.

Cuando llegó a casa de Goldie una de las chicas la ayudó a subir la escalera y a sentarse en una silla. Pidió que le encendieran el pitillo y se apoyó contra el respaldo, cerrando los ojos, dejando que cuerpo y manos le temblasen, extendiendo la pierna muy tiesa delante de ella y soltando un gemido. Las chicas estaban a su alrededor haciéndole preguntas, disfrutando de la escena y encantadas de que aquello hubiera roto la monotonía; la monotonía de los últimos días que las estaba matando a pesar de las anfetas y la yerba, mientras estaban allí sentadas, sólo sentadas, quejándose del calor como macarras cansinos, recordando palizas propinadas por gamberros, las miradas de los estrechos; pero Georgette se retorcía de dolor, aunque no demasiado, y ellas estaban asombradas y encantadas. Goldie le dio media docena de anfetas y Georgette las tragó con ayuda de café caliente y se quedó en silencio… tratando de pensar intensamente en las anfetas (y de quitarse de la cabeza su habitación y los últimos días); no quería esperar a que se disolvieran y las absorbiera la sangre y las enviara por todo su cuerpo; quería que su corazón latiera de prisa ya; quería notar los efectos ya; quería la mentira ya. ¡¡¡Ya!!! Las otras soltaron grititos cuando abrió los ojos sacudiendo trágicamente la cabeza, los brazos pendiendo a los lados… hablando en susurros y eludiendo las preguntas, asintiendo y llevándose el pitillo a la boca muy lentamente y dando pequeñas caladas de asmática. Le dieron más café y entonces empezaron los efectos, el latir acelerado del corazón, y encendió otro pitillo y se enderezó un poco en la silla. Goldie le preguntó si se encontraba bien y ella dijo sí. Un poco mejor, gracias. ¿Quieres un poco de yerba? Oh, ¿es que tenéis? Naturalmente, querida. Goldie le pasó un porro y Georgette tragó el humo negándose, negándose absolutamente, a toser; y las demás miraban esperando a que Georgette terminara el canuto y se maquillase antes de hacerle más preguntas. Bueno, debo confesar que tienes mucho mejor aspecto. Cuando llegaste dabas miedo. Me he pasado en cama unos cuantos días. ¿Unos días? ¿Qué te pasó? Sí, cuéntanoslo todo, querida. ¿Puedes pasarme otro porro, Goldie? Naturalmente. Bueno, por el amor de dios, ¿es que te vas a quedar ahí sentada toda la noche sin contarnos lo que pasó? Por favor, Lee, no ves que la pobre chica está totalmente agotada. Es que me muero por saber lo que pasó, sólo es eso. Está bien, cariño… Gracias, Goldie… me hago cargo. Pero dejad que me recupere un poco. Luego os contaré toda la historia. Fumó el segundo porro y les contó cómo se había herido la pierna; y cómo el monstruo de Harry lo había iniciado todo; y cómo el médico no le había querido dar nada, ni siquiera un nembutal; y cómo la tuvieron encerrada con llave en su habitación sin dejar que la visitase nadie, y cómo había oído a Vinnie un par de veces a la puerta y cómo no le dejaron entrar; y cómo se había enfrentado a su hermano, el monstruo, y cómo se había escapado de casa. Y pasé por delante de él, justo por delante de él, y teníais que haber visto la cara que puso. Estaba fuera de sí. Lo he dejado bien jodido. Fue maravilloso. Simplemente maravilloso. Cómo me hubiera gustado verlo. Cuánto habría dado por ver cómo se la jugabas a ese monstruo. Jamás se me olvidará aquella vez que nos quiso pegar. Jamás. Todos esos estrechos de mierda son iguales. Y aplaudieron, soltaron grititos y decidieron celebrar una fiesta en honor de Georgette y la derrota de Arthur.

Goldie mandó a Rosie, una loca que además estaba loca y hacía de criada, a por ginebra, pitillos y otra provisión de anfetas. Prepararon una sopa y bailaron alrededor echando algunas pastillas dentro, ahuyentando con cánticos el miedo y el aburrimiento y riéndose, tomando anfetas, bebiendo ginebra, brindando a la salud de Georgette: viva LA REINA, y muera Arthur. Habría que matarlo, pero matarlo de verdad, es un monstruo, y cada una mataba mentalmente a todos los estrechos hijos de puta que les habían pegado o señalado con el dedo o que se habían reído de ellas; bailaron por el apartamento hasta caer en las sillas para recobrar el aliento, abanicándose; y Rosie trajo la sopa, hielo y ginebra y hablaron más bajo, todavía riendo, pidiéndole a Georgette que les contase una y otra vez cómo le había arreglado las cuentas a su hermano… Después se calmaron poco a poco, demasiado cansadas para seguir gritando, y se estiraron en las sillas y cada vez se encontraban más pasadas y con conciencia de la falta de hombres, pues en su exaltación y alegría notaban la falta de amor. Conque las súbditas elevaron una petición a la Reina para que hiciese venir a su fogoso marido y a sus rudos amigos, pues aquella noche se sentían audaces y hasta Camille, una débil mariquita de un pueblecito de New Jersey, anhelaba unos brazos fuertes, ya que no querían, no querían de ninguna manera, tener que pagar a nadie. Conque Georgette, volada en su mundo drogado, llamó a El Griego y se ruborizó (oh, mi libido se despierta) cuando oyó la voz de Vinnie y abrió mucho los ojos y pestañeó cuando él dijo hola, guapísima, ¿qué ha sido de ti? Bueno, he pasado unos días con un tipo muy cariñoso, y sonreía a sus amigas demasiado animada para preocuparse, también yo puedo ser muy cariñoso. Pero me tendrás que pagar. Ella le pidió que viniera con algunos de los chicos, diciendo sí entre risas cuando Vinnie le preguntó si estaba pasada y diciéndole que tenían un cargamento de ginebra y que no se preocupase por la gasolina para la vuelta, y Vinnie dijo a lo mejor vamos (a cachondearnos), y Georgette siguió hablando después de que Vinnie hubiera colgado, moviendo las caderas y suspirando, oh, Vinnie, pequeño, y volvió a suspirar al colgar lentamente el teléfono. Le preguntaron si vendrían, y cuántos y cuándo… y Georgette se hizo la interesante volviendo a su trono y diciéndoles a las chicas que estuvieran tranquilas. Se diría que hace años que no habéis visto a un hombre de verdad. Estarán aquí como dentro de una hora o así, si no les sale ningún golpe, así que ya podéis cruzaros de piernas, dijo sonriendo graciosamente. Tomaron más sopa y más anfetas y fregaron los platos. Camille estaba nerviosa, nunca había conocido a un expresidiario. En mi pueblo no hay tipos así. En realidad la primera loca moderna que había conocido era Goldie. Todos los mariquitas de su pueblo eran mirones o disimulaban, así que estaba muy excitada, daba saltitos por el cuarto, preguntaba cosas sin parar y Georgette le contaba historias de narices partidas, cuellos rajados y Camille soltaba oooos y lanzaba grititos, disfrutando de la tirantez del estómago y del miedo en sus tripas. Dijo que se iba a desmayar y que tenía que tomar un baño. Las otras se rieron y le gastaron bromas, y Georgette interrumpió con un gesto los ¿pero cómo puedes? mientras Camille llenaba la bañera y sacaba sus cepillos: uno para la espalda, otro para el estómago, otro para el pecho, otro para los brazos, otro para las piernas, otro para los pies, otro para las uñas de los pies, otro para las manos, otro para las uñas de las manos, y una crema especial para la cara. Los alineó con los mangos hacia ella, y empezó por la izquierda con el cepillo para la espalda. Le dijeron que se diera prisa o la atacarían mientras se bañaba y, oh, estoy tan asustada, no deberíais decir esas cosas. Estaba tan nerviosa que casi se tiró un pedo.

Camille había terminado su baño, recogido los cepillos y se contoneaba por el cuarto de baño cuando sonó el timbre. Georgette casi corrió a la puerta, pero se contuvo, se echó hacia atrás, inclinando un poco la cabeza a fin de que la luz le iluminase la cara del modo adecuado, y esperó a que alguien abriera. Cogió su pitillo con cuidado tratando de disimular su excitación. Había pasado más de una hora desde que hablara por teléfono y aunque Camille, mientras estaba en la bañera, le había proporcionado la oportunidad de parecer relajada y segura, durante el tiempo transcurrido desde que terminó de bañarse Camille, se había visto obligada a mantener el tipo, y a ser el centro de atención distrayendo a las demás con historias, poniendo verde a éste o aquél, mientras las chicas celebraban su ingenio; hablaba sin parar y esperaba que sonase el timbre antes de que demasiados segundos de silencio la obligaran a pensar en lo que diría después o hicieran que las otras tomasen conciencia del tiempo y le preguntaran por Vinnie (¡¡¡VINNIE!!! Vinnie tenía que venir) o dejaran que sus miedos volvieran a salir a la superficie… Pero el timbre sonó y Georgette tragó otra anfeta, terminó la sopa y volvió a instalarse en su trono.

Goldie abrió la puerta y los chicos entraron despacio, mirando a su alrededor, y se quedaron un instante en la cocina, mirándolo todo, hasta que Vinnie avanzó hasta el cuarto de estar. ¿Qué tal, Georgie? ¿Cómo va tu pierna? Oh, bien, bien, gracias, y ladeó un poco más la cabeza, soltando una bocanada de humo a lo Bette Davis. Los otros chicos se dispersaron por la habitación, sentándose aquí y allá. Harry abrió mucho los ojos cuando vio a Lee. Parecía una de esas artistas que salen en las portadas de las revistas (el pelo le llegaba hasta los hombros y era rubio platino y sabía imitar perfectamente a una mujer), un auténtico bombón. Harry seguía mirando, sin comprender. Nunca antes había estado en casa de Goldie y pensó que a lo mejor era la loca de Rosie, de quien le habían hablado los chicos, pero tío, no parecía una loca. Parecía una tía buena de verdad. Goldie preparó unas copas, añadiendo una anfeta en cada una y se movió por las habitaciones repartiéndolas, sonriendo y rebosante de alegría. Lee le dijo a Rosie que le trajera otro paquete de pitillos y cuando Rosie le dijo no, Lee la señaló con el dedo y le dijo: o me lo traes inmediatamente o te echo a la calle, so mamona. (Harry miró a Lee, todavía asombrado, luego se dijo que debía de ser una de las locas. Pero todavía seguía siendo una tía buena). Rosie le tiró los pitillos a Lee y corrió al cuarto de baño y dio puñetazos en la puerta hasta que Camille abrió, luego se sentó en el suelo entre el lavabo y el bidé. ¡Oh, Rosie, es terrible!, susurraba Camille, peinándose una vez más, mirándose al espejo, dirigiéndose a la cocina y después haciendo su aparición lentamente en el cuarto de estar esperando que le sentara bien el maquillaje (aquella luz del espejo del cuarto de baño era sencillamente terrible); entró en la habitación y poco a poco se agachó al lado de Goldie y, como hacían las otras chicas, examinó a su posible pareja. Los ojos casi se le salían de las órbitas de excitación. Tenían un aspecto tan duro. Miraban como si te desnudasen, ¿por qué? Pestañeó levemente. Pero es maravilloso. Pero ¿qué debía hacer? Claro que nunca había dejado entrever la verdad a las otras chicas, pero era virgen. Había hablado con algunos de los mariquitas de su pueblo y le habían contado cómo se hacía, avisándole de que nunca, pero nunca, nunca, se la sacase de la boca cuando se corrían porque podría entrarte en los ojos y, ¿sabes, cariño?, te dejaría ciega, y de todos modos es el momento en que todo explota y no querrás dejarlo entonces, ¿no?… Pero ¿por dónde empezar? ¿¿¿qué decir??? Oh, espero que todo salga bien.

Goldie preguntó si querían otra copa y ellos dijeron sí, pero no con tanta soda mierdosa. Esto está bien para vosotras, chicas, pero me gustan las cosas fuertes, conque Goldie fue rápidamente a la cocina, mirando a Malfie al pasar, preparó otra ronda con sólo un poco de soda y añadió otra anfeta, repartió los vasos y les preguntó si les apetecía una anfeta. Claro, por qué no. Así que les pasó la caja, diciéndoles que cogieran dos, y luego se sentó mirando tímidamente a Malfie de vez en cuando.

Georgette ya no trataba de controlar la conversación, sino que se concentraba en Vinnie, aparentando, claro está, que no le interesaba y deseando que sus amigas vieran que le pertenecía. Intentó coquetear con Harry, esperando provocar los celos de Vinnie, pero Harry la cogía por las orejas continuamente y se frotaba el sexo y le decía aquí tienes una buena salchicha que chupar, y Georgette volvió a instalarse en su trono y con la cabeza inclinada a un lado le dijo que no le interesaban los chicos, luego se inclinó hacia Vinnie al ver que estaba mirando a Lee. A Vinnie le gustaba Lee, pues seguía pareciéndole una chica maravillosa y creía que era una mujer. Lee disfrutaba con la idea de que la mirasen, pero volvió la cabeza para hablar con Goldie o Camille o con los de la habitación en general. Después de todo, había trabajado en algunos de los mejores bares de maricas y había posado para revistas y sería rebajarse confraternizar abiertamente con unas personas tan vulgares (aunque reconociese que disfrutaba con ellos en la seguridad del apartamento). Eso estaba bien para Georgette y las demás, pero alguien de su clase no se podía permitir que la vieran con aquella canalla, y sus modales resultaban francamente repulsivos… Pero sería divertido jugar con ellos… Camille continuaba mirando, preocupada y esperanzada.

Goldie le preguntó a Malfie si quería otra copa y él dijo claro, guapísima, llénala hasta arriba, y Goldie llenó el vaso de ginebra con sólo un poco de soda, sin anfetas (demasiadas podían terminar resultando perjudiciales), le gritó a Rosie que fuera a buscar más ginebra como una buena chica. Rosie sonrió, ¿te gusto, Goldie? y Goldie le acarició la cabeza, claro, Rosie. Pero ahora sé buena chica y tráenos ginebra. Cuando Goldie le dio la copa a Malfie se apretó levemente contra su pierna y sonrió. Malfie alzó la vista y Goldie le preguntó si le apetecía un poco de yerba. ¿Quieres decir mierda? Claro, cariño. Sí. Se dirigió al dormitorio (él no había movido la pierna), volvió con una caja metálica de galletas e hizo circular los porros. Georgette inspiró profundamente dejando que la ceniza se acumulase en la punta y luego dio otra larga chupada y soltó lentamente el humo. Se rió muy alto, volviéndose y señalando para asegurarse de que todos se enteraban de que se estaba riendo, y miró a Harry que luchaba con el porro y se burló de él al ver que se tapaba nariz y boca tratando de no toser. Tenías que habernos dicho que te enseñáramos, Harold. No tiene sentido desperdiciar una buena yerba con aficionados. Georgette se volvió a reír y se sentó y dio una larga chupada a su petardo y señaló a Harry que continuaba luchando con su porro y notaba que los ojos se le nublaban un poco… Georgette se encogió de hombros y miró a su Vinnie y luego se volvió hacia Harry que había dejado de toser y decía cierra la boca, mamona de mierda. Soy experta en ese campo, querido. Nadie chupa las pollas mejor que yo. ¡¡¡Pero tú!!! ni siquiera eres un ladrón de verdad. Sólo eres un aficionado, y dio caladas al porro hasta que sólo quedaron milímetros y luego se sacó la colilla de la boca y sonrió desdeñosamente, inclinándose y cogiendo el canuto parcialmente fumado por Harry. Éste tenía el cuerpo tan relajado como la imaginación y sólo llegó a ponerse en pie a medias; volvió a sentarse y trató de ignorar las sonrisas de los chicos y las risitas de las locas, intentando decir algo, pero sólo murmuró, maricones. Cerrad la boca y tragaos las pastillas, drogadas de mierda. Lee estalló en risas y le dijo a Georgette que le sorprendía que sus amigos fueran tan estrechos. No todos, querida, y realizó un giro de muñeca y le dio un golpecito en la rodilla a Vinnie. Lee siguió burlándose de Harry, pero éste empezaba a ponerse peligroso y Lee se puso nerviosa y le dijo a Goldie que encendiera la radio para oír un poco de música. Goldie localizó un programa de jazz y todos se relajaron lentamente con la yerba y la música. Harry quería abrir una ventana, pero los chicos dijeron de eso nada, y las locas alzaron las cejas, conque se sentó muy quieto, bebiendo su copa y mirando a Lee. Goldie miraba a Malfie cuyos ojos se nublaban, luego se fijó en su pecho que palpitaba con cada latido del corazón, le dijo que debería quitarse la camisa y luego contempló su piel que se movía y brillaba de sudor; desde luego, le gustaba mucho la pequeña mata de pelo entre sus pechos y el sudor que iba a hundirse en esos pelos. Rosie llevaba llamando a la puerta más de un minuto antes de que Lee, a quien molestaba el modo en que Goldie miraba a Malfie, se levantase bruscamente y abriera la puerta. Le quitó la ginebra a Rosie, la puso en la mesa del cuarto de estar, tomó cuatro anfetas más y un vaso de caldo caliente y se sentó, disgustada, tratando de mantenerse aparte de aquella fiesta tan sórdida. Ni siquiera pueden tomar unas pocas anfetas y fumar unos petardos sin perder la compostura. Eran ridículos. Georgette, debo decirte que no sabía que estos hombres amigos tuyos fuesen así. Creí que serían más modernos. Goldie la oyó pero no se molestó en mirarla y continuó con la vista clavada en Malfie, pensando en lo maravilloso que era que los chicos no estuvieran colgados de la anfeta (excitada por la idea de que ellas los iniciaban), y esperando que el tiempo pasara volando, como ocurre cuando se toman anfetas, y se detuviera sólo para ella y Malfie. Georgette fue a la cocina, volvió con un cubo de hielo y una botella de soda, y llenó su vaso y el de Vinnie. No merece la pena que te preocupes, Lee. Ellos no quieren tener nada que ver con gente como tú. Vinnie seguía la conversación pero estaba atontado por la yerba y no se molestó en decir nada, limitándose a coger el vaso que le dio Georgette y a mirar por encima de él a Lee, dejando que el humo le saliera lentamente por la nariz. La miró de modo terrible hasta que Lee volvió la cabeza. Luego Vinnie le tiró de los labios a Camille y sonrió, disfrutando del miedo que leía en sus ojos. No te preocupes, guapa, nadie te va a hacer daño. Lo más que puede pasar es que te follen… Georgette le pidió un pitillo y él dijo fuma de los tuyos, y ella titubeó un poco hasta estar segura de que había terminado de hablar con Camille.

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(Sigue leyendo)

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Una respuesta a “Última salida para Brooklyn [Fragmento] (I)

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