La demencia nublada

Jesús Sánchez

Woman in black stockings (1913)-Egon schiele

 

Cuando las nubes pasaban a una velocidad apreciable, nunca estaba. Yo miraba el cielo, y veía el cambio que cada segundo ofrecía, y pensaba en ella, ella como una nube, pasando veloz por cualquier azarosa situación. Sospechaba que no era capaz de afrontar todo lo que pudiera ponerse por delante, pero aparecía después, confusa y dolida; su manera habitual. Solía venir con una botella de vino, para ella, yo prefería la cerveza, pero era un mano a mano, porque escuchar significa beber, al menos de alguna fuente. Y yo la bebía cuando aparecía, cuando sonaba la puerta con tres golpes secos. Rompía mi rutina, tan trabajada durante años, pero a ella le concedía esas intrusiones. Entonces entraba e iba a la cocina, cogía un vaso y volvía al salón, a partir de ahí el vaso no se quedaba vacío en ningún momento. Y hablaba y hablaba. Su vida era una explosión de sensaciones y vivencias, en el fondo todas eran la misma, repetidas una y otra vez, pero ella las sentía distintas cada día, y sufría por esa constante.

En realidad lo que me sorprendía era su juventud, porque comparada con sus vivencias era infinitamente menor, en un día era capaz de vivir semanas enteras, supongo que de ahí el atropello.

La recuerdo siempre sentada frente a mí, yo en la silla, con los codos en la mesa, y ella con los pies descalzos sobre el sofá. La falda se le bajaba y yo podía ver sus bragas, casi siempre con motivos infantiles, era tan natural que nada podía sorprenderte, salvo su exposición esencial. Bebía hasta que su voz se relajaba y su lengua se soltaba, hasta ese momento el laberinto estaba presente y yo solamente la dejaba estar, ella sabía como arrancarse, porque mi casa era su bálsamo, su taller de ajuste.

A menudo, cuando entraba, paseaba delante de la estantería despacio, mirando los lomos de los libros. Sacaba alguno y con él en la mano me miraba y me preguntaba de qué iba eso. Yo intentaba hablarle del libro, pero ella enseguida, al escuchar una palabra que rompía y explotaba en su cabeza, me interrumpía y arrancaba su discurso, era entonces cuando se sentaba y subía los pies al sofá. Entonces la verborrea era imparable, era ella, todo actividad y euforia, un nervio central candente que no podía dejar de expresarse.

Algunas veces, las menos, me decía que quería dormir conmigo, y así lo hacíamos. El sexo nunca estaba asegurado, su estado lo definía en cada momento, pero yo sentía aquellos momentos como un regalo del universo, aquellos detalles me decían que era algún tipo elegido para algo que no sabría catalogar. Pero cuando por la mañana ella se levantaba y yo, con un ojo abierto, la observaba salir de la habitación desnuda, entendía que no existía, que ella era solamente magia, y que quizá solo vivía en mi mente, a pesar de verla y ser capaz de tocarla. Veía su melena, su espalda y su culo salir de la estancia, enseguida me llegaba un olor a café digno de un nuevo día, pero ignoraba lo que encontraría al salir de la cama, tantos cambios de ánimo era incapaz de adivinar. Entonces salía del baño y me sentaba en la mesa del salón, prudente, porque no sabía que tipo de animal me iba a encontrar, si el más hermoso o el más agresivo, aunque a menudo estas cualidades permanecían unidas. Si ante mí aparecía un café y una sonrisa era mi día, sabía que iba a ser bueno, pero si en cambio solo llegaban ruidos, gruñidos, sabía que la tormenta iba a desatar la ira. Por eso nunca entraba en la cocina por la mañana, el lugar que ella pisaba a primera hora era un campo de batalla del que no se podía hacer un diagnóstico prematuro, mejor dejarlo estar.

Otras veces despertaba y no había nada, sencillamente se había ido, quiza me faltara un libro, pero todo era ausencia, y mi cabeza le escribía a su excentricismo con fervor propio de adolescente, porque ella sacaba esa oscura parte de mí, desataba el pensamiento efervescente.

Pero prefería que me acercara el café y que me diera los buenos días, aún desnuda, y ver como se sentaba frente a mí y se acurrucaba con el café en la mano, entonces recordaba sus pequeños zapatos junto a la cama, tan desnudos sin ella como mi casa cuando la esperaba. Señales subliminales que solo ella puso en mi vida, y que jamás sabría, porque explicárselo significaba romper el puzzle. Nada preconcebido, eso rompía el trato imaginario.

Podíamos hacer una cadena de miradas, el perro me miraba a mí, yo a ella, y ella por la ventana, todo hilaba un sentido con una base agrietada, donde el silencio esporádico significaba, de alguna manera, fluidez.

Aquel día se fue sin avisar, después de hacerme el amor con rabia, de gemir con la fuerza de la desesperación. Cuando desperté me sentí solo, pero no solo como un día normal, un día más, no. Sentí la soledad como un vacío absoluto, de donde emanaba una tristeza extraña, desubicada, como un precipicio alrededor de mis pasos. Ni siquiera había dejado una nota, cosa que solía hacer cuando salía antes de despertarme. Olí a café y entré en la cocina, media hora después de despertarme, porque sabía que ella ya no estaba ahí, y sabía que invadir su campo por la mañana era envenenarse sin necesidad. Al final me armé de valor y entré. No había nada, salvo la cafetera a medias. Me serví un café y miré por la ventana. Las calles estaban mojadas, pero el sol brillaba en el empeño de secarlas para el nuevo día, como quien quiere borrar lo acontecido unas horas antes para sucumbir al engaño. El sol no solo brillaba en el cielo, sino que se reflejaba en el suelo creando destellos que las ventanas acrecentaban. Si observabas con detenimiento podías trazar una línea de inicio y un punto final, toda una trayectoria, pero ella no estaba, debía haber salido antes de darme tiempo a verla caminar, alejarse, como había sucedido otras veces.

Así se alejó. Ya no me visita, no sé donde está, no conozco nada de ella, es un recuerdo que me hace pensar que mi locura es latente, que nadie pisó mi sofá descalza ni desnuda, que la magia es el único centro posible que puede habitar en mi cabeza, el núcleo de mi existencia, pero dudo de todo porque la quise al natural, sentí su tacto, su palabra, su vida inconexa, su verdad que iba mas allá de la verdad circundante y tangible. Ella estaba en mí, como yo en ella, pero se fue, y mi mente giró y giró buscándola, husmeando en los recuerdos para saber donde podría estar. Pero los bares ya estaban vacíos, el ambiente vulgarizado en exceso, las calles sucias y su imagen invisible. Nadie tenía respuesta pasados unos meses, y yo solo podía darle palabras que nada aportaban ni aclaraban, salvo mi condición de escucha, de receptor. Y así quedé, esperando sin esperar, viviendo porque no había otra que seguir en mi mundo. El perro debió ir con ella, porque no ladró ni se hizo presente. Me faltaban varios libros, pero había dejado algunos y no sabría ubicar el suyo. Se fue con letras justo cuando empezó a escampar, el perro la seguiría porque era de su confianza, y que le abrieran la puerta a primera hora de la mañana era algo que anhelaba.

Yo no fui a ninguna parte, salvo cuando estuve con ella. Ahora el viaje es ficticio, la busco sin buscarla, la espero sin esperarla. El sable del tiempo parece haberse ceñido conmigo, o entre mi presencia y a suya. Tampoco he vuelto a saber de mi perro.

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