La Cruz de Hierro

Gonzalo Torrente Ballester

 

 

 

Esta historia la conté de una manera rápida y razonablemente breve en las páginas de un libro ya bastante olvidado, una de esas ediciones que no se agotan jamás, ni se recuerdan. Si la reitero aquí se debe a que los años pasados desde entonces la han precisado en la memoria (que funciona mejor cuanto más viejo); han hecho resurgir nimiedades que la completan, matices que la perfeccionan, no como invención ficticia, sino como recuerdo de un acontecimiento que, como tantos otros de mi infancia, agranda su sentido y retorna, insistente, en la conciencia. ¡Si al menos fuese importante! Pero en seguida se verán sus dimensiones baladíes: uno de esos episodios que quizá no valga la pena contar, sobre todo si se le considera como acontecimiento mínimo, como imprevista bagatela que cuesta trabajo creer que forma parte de un hecho de tanta magnitud como la guerra que se peleaba entonces: en cuyo decurso no influyó, en cuya inmensidad de dolor no fue más que un soplo de aire fresco, y, si puede decirse, inocente. En todo caso, forma parte de esa cadena de sucesos igualmente mínimos, muchos de ellos olvidados, en cuya maraña hunde sus raíces mi persona. Es, por otra parte, un relato que a veces cuento, en esas reuniones no excesivamente numerosas en que apetece contar o en que se espera que alguien cuente. En una de esas ocasiones, me pidió Miguel Viqueira que lo escribiese, me lo pidió con insistencia amable, y por eso se lo dedico. Escrito ya, no lo contaré más.

Lo primero que se me viene a las mientes, de aquella noche de agosto, es la claridad de la luna, eso que los gallegos llamamos el luar, envolviendo y colmando el espacio entre las frondas fronteras y mi ventana. En medio de aquel resplandor suave, casi fantástica y, sin embargo, concreta, había una figura alargada, la de un hombre vestido de blanco con una prenda oscura por encima, que quizá fuese impermeable, que lo era como después comprobé tocando su superficie resbaladiza, acharolada y fresca. Pero lo primero que aconteció no fue aquella visión, sino el estruendo de unos golpes dados en el portal, unos aldabonazos que, a aquellas horas de la noche, sonaban, o a inverosímiles, o a temerosos. Lo mismo podían formar parte de un sueño que ser el comienzo de una aventura, a menos eso pensé y deseé, un asalto de ladrones en gavilla, por ejemplo, de los que entonces andaban sueltos y trashumando de un monte a otro, de este a aquel valle. En aquel tiempo, si no eran frecuentes, se temían al menos, aunque no tanto en noches veraniegas, como aquella, sino más bien en el nochébrego invierno, cuando cada ruido es una duda que presagia sorpresas, o que acaso las anuncia. En cualquier caso, fueron aldabonazos que retumbaron largamente, que oímos todos, como si conmovieran la casa y pusieran los gatos alerta. Solo mi abuela no los habría escuchado, porque, aunque siempre despierta, gozaba de la maravillosa propiedad de incorporar a sus ensoñaciones, de formar parte de ellas, cualquier hecho real. No nos lo dijo nunca, pero muchas veces pensé que aquellos aldabonazos los habrá escuchado como viniendo del misterio, oídos a lo mejor como llamadas celestes, o anuncio de una visita angelical. De lo que pasó aquella noche, no se enteró hasta el día siguiente.

Acudimos a las ventanas, yo a la pequeña de mi cuarto, y vimos al hombre del impermeable negro. No todos los de la casa, pues, sino «Las Niñas», Isolina y Pura, que eran mis tías, y mi prima Obdulia, trece años mayor que yo, más cerca de ellas que de mí, que actuaba ya como tía y le dejaban reñirme. Abrieron las maderas del comedor sin encender la luz, a la sola claridad de la mariposa que alumbraba por las noches el cruce de los pasillos. «¡Es un hombre, un hombre joven!» Abrieron las vidrieras, quizá las dos, y preguntaron a la vez: «¿Qué se le ofrece?» El hombre del impermeable respondió, en una lengua difícil: «¿Hay alguien en esta casa que hable francés?» Era una voz juvenil y angustiada, una voz acuciante. Cuchichearon. «Parece un niño. No vamos a dejarlo ahí. ¿Quién sabe lo que le pasa?» El francés lo hablaba mi abuelo, o, al menos, lo había hablado, y a lo mejor lo recordaba aún. «¡Espere!» No cerraron, sino que una de ellas, probablemente Pura, salió del comedor y fue al dormitorio de mi abuelo. Tardó un poco en volver. «¡Espere!», repitió. Nos juntamos. Ellas se habían puesto las batas por encima de los camisones, y a mí meordenaron que, o volvía a la cama, o me vestía. Me vestí. ¡Eran tan livianas las ropas del verano! La puerta del dormitorio de mi abuelo, aquella habitación que encerraba para mí la mayor parte de los tesoros del mundo —el reloj de cuco, el puñal, la cornamenta del ciervo—, tardó en abrirse. Mi abuelo se había echado un guardapolvo oscuro por encima del camisón, tan largo que le llegaba a los pies, y traía el bastón pequeño, el que le servía para andar por la casa tanteando las paredes. «¿Bajamos?» Lo hicimos en procesión, hasta el zaguán: yo con mi pequeña palmatoria; ellos, con candelabros y un quinqué. ¡Qué zarabanda de sombras en las paredes! Yo iba delante, y esperé a que abriesen el postigo. Pura lo hizo. Los demás habían quedado rezagados, mi abuelo un paso adelante, los ojos ciegos mirando hacia el vacío. «¿Quiere venir?», dijo Pura. La voz no le tembló. El hombre del impermeable era muy alto y llevaba puesta una gorra de marino. Al llegar frente a mi tía le hizo un saludo militar y dijo algo en un idioma que no entendimos. «Pase, pase.» Cuando él entró, ella cerró el postigo y pasó los cerrojos. Alguien abrió la puerta del cuarto de abajo, aquella que chirriaba largamente. Hacia allí fuimos. Al llegar a la puerta, y ver a mi abuelo, de pie, todo serio, y con la ciega mirada perdida, el marino volvió a saludar y dijo algo, a lo que mi abuelo respondió. Se entendían, y todos quedamos satisfechos, a juzgar por las miradas. Mi abuelo se sentó, y el oficial también: Juzgué que era oficial por la carrillera dorada de la gorra, una gorra un poco alta por la parte delantera, una gorra de mucho empaque.

Empezaron a hablar. Mi abuelo, serio; el muchacho, ya la gorra en el regazo, intentando explicar o convencer. La conversación duró unos cuantos minutos. Al final, el abuelo nos dijo: «Es alemán, y va a quedarse aquí esta noche. Ir, y preparar la habitación del fondo. Que nadie sepa que está aquí, ¿entendéis?, que nadie lo sepa. Esto es muy importante.» Y se volvió hacia el lugar en que yo respiraba. «¡Muy importante! ¿Entiendes, tú?» Lo entendí rápidamente: se me hacía depositario de un secreto, y, saberlo, darme cuenta de repente, me hacía sentirme mayor de pronto, sentirme como ellos. «¡No pases cuidado, abuelo!» Y le apreté la mano.

¡Era alemán, el muchacho! Los alemanes estaban en guerra con los franceses, y nosotros pertenecíamos al bando de los aliados. ¡Qué cosas malas se decían del Kaiser, y cuánto bueno del mariscal Pétain! Mi abuelo tenía, clavado en la pared, un mapa del frente del Oeste, y todos los días, según lo que dijera el parte, yo me subía a una silla y cambiaba de lugar las banderitas, o las dejaba. Un cordón rojo iba de una a la otra, y así mi abuelo, tanteando, podía palpar las alteraciones del frente, o su quietud. De los nombres, recuerdo el de Ypres, por ejemplo, y también el de Gante. ¿Por qué solo estos, de los muchos que venían en el mapa? Las banderitas eran, de una parte, alemanas, y, de la otra, inglesas y francesas: llegaban hasta arriba, hasta la orilla de la mar, y quedaba en medio de ellas un corredorcito estrecho donde a mí se me antojaba que no había guerra: un pasillo de fango y agujeros por donde mi imaginación gustaba de pasear, repitiendo lo visto en las revistas ilustradas, aquellos dibujos tan bonitos de hombres en las trincheras.

Le prepararon la habitación del fondo, lejana, casi remota, más allá de la sala y de los cuartos vacíos. Las tres hicieron la faena, contentas, con mucha diligencia, y yo presente, échame esa sábana, ayúdame a estirar la colcha. Sacaron del fondo de un baúl un camisón antiguo de mi abuelo, un camisón con bordados de realce, y un gorro de dormir, que Obdulia rechazó. «¡Quita eso de ahí, mujer, que ya nadie lo lleva!» El gorro de larga borla desapareció sin que yo pudiera ver adónde lo escondían, porque nada más verlo, lo había trasmudado en casco de general. ¡Pues, claro! Con unos cartones por dentro y un poco de papel de chocolate, bueno, bastante papel de chocolate, quedaría imponente y sin duda muy marcial. El marino alemán había esperado con mi abuelo en la sala, hablando su francés. Fuera ya el impermeable, yo podía verle y contar con la mirada los botones de la guerrera. Calculé, por las charreteras, que era todavía alférez, alférez de navío. Muy joven, sin embargo, para tal graduación. Había oído a las Niñas calcularle diecinueve años, aunque Obdulia se empeñase en rebajarle la edad. «¡Pero estás loca, mujer! ¿Cómo con dieciocho años van a dejarle andar solo por el mundo?» No sé qué abismo inventaba Isolina entre los dieciocho y los diecinueve años. Cuando fueron a decirle que ya tenía la habitación preparada, se levantó, y, muy derecho, los saludó a todos, primero al abuelo, luego a cada una de ellas, las saludó con taconazos e inclinaciones de cabeza. Ellas, juntas las tres, respondieron que Buenas Noches, y Que Usted Descanse. Después se inclinó para besarme y darme un cachete, y, al hacerlo, una cruz negra que llevaba al cuello me rozó la barbilla. Mi abuelo le dio las últimas instrucciones, porque, al salir y dirigirse al dormitorio, oímos cómo cerraba las puertas intermedias y pasaba los cerrojos. Las mujeres se miraron, no dijeron nada, sino a mí: «¡Vamos, mocoso, a la cama, y a ver si callas la boca!» Tardé en dormirme. Imaginaba barcos de guerra, batallas navales. El alférez de navío, que había dicho llamarse Peter (él pronunciaba Piter, o casi), con la espada en la mano, ordenaba desde el puente las andanadas de babor y estribor, pero no ganaba la batalla porque los enemigos eran ingleses, eran de los nuestros, y yo, en medio de mi satisfacción, quedaba un poco triste de que Peter hubiera naufragado. Creo haberme dormido con aquel sentimiento por la derrota de un oficial tan simpático, que se había perdido en los caminos de una tierra tan lejos de la suya, unos caminos torcidos y llenos de fantasmas. No dejé de preguntarme qué pensaría de él su madre, a aquellas horas.

A la mañana siguiente me despertaron pronto y me ordenaron vestirme con el traje de marinero blanco, el que tenía preparado para estrenar al día siguiente, que lo era del patrón, seis de agosto, San Salvador de Serantes. ¡Ah, esto del día lo recuerdo muy bien, y ya se verá por qué! También mi abuelo se había vestido de tiros largos, los zapatos blancos de lona, blanco también el pantalón, y una chaqueta negra de alpaca que solo se ponía de ramos en pascuas, una chaqueta muy elegante, de cuando él lo era allá de joven, cuando aún tenía vista y conquistaba mujeres, según había oído, con su gran fachada y su labia. «¡Pues bueno fue tu abuelo, vaya por Dios, a ver si vas por su camino, y pronto empiezas!», me había dicho una mujer al verme hablar con Lina, el uno junto al otro, sentados en el mismo poyete. Encima de una mesa le esperaban, a mi abuelo quiero decir, el sombrero jipijapa, de fina paja del Panamá, regalo de alguno de los que estaban en América, y aquel bastón de ébano, el del puño de plata, un puño que representaba una pierna de mujer, por cuya presencia allí le había interrogado varias veces, una pierna de mujer en un bastón, habiendo cabezas de perro y melenas de león; y él me había respondido que era un regalo antiguo, de cuando él era joven, y que la gente de antes era así. Los cogió cuando salimos, el sombrero y el bastón. No me explicaron adónde íbamos, aunque al ver los atuendos, sabía ya que a la ciudad. Yo le llevaba de la mano, y le empujaba o tiraba de él, suavemente, para evitar los baches. Estábamos acostumbrados el uno al otro, y él seguía la dirección de mis tirones, sin decir nada, porque confiaba en mí. Me habló durante todo el camino, me habló de la guerra naval y de la guerra submarina, e insistió sobre todo en esta y en sus peligros y audacias. Uno de sus hijos mayores, el marino mercante, viajaba a América a buscar armas por caminos escasamente transitados de la mar, aunque ya le hubieran torpedeado varias veces. «¿Y no habrá sido Peter?», se me ocurrió preguntar. «¿Y quién te dijo que tripula un submarino?» «No me lo dijo nadie. No lo sabía.» Partió de mis palabras para insistir en su recomendación de silencio. «No se lo diré a nadie, abuelo; se lo diría solo a papá y a mamá si estuvieran aquí.» «Si estuviera tu padre, es a él a quien más tendrías que ocultárselo, porque tu padre, de saberlo, estaría obligado a detenerlo y a encerrarlo en el Arsenal.» No lo entendí muy bien, pero callé la boca. Él, sin embargo, insistió en hablar de las leyes de la guerra, y de la razón por la que, tanto los barcos rusos fondeados frente a La Graña como los submarinos detenidos en el Puerto Chico, tendrían que esperar, para marcharse, a que la guerra acabase. Yo, a veces, los veía por la calle, a los marinos rusos y a los marinos alemanes. Aquellos eran más rubios y vestían de paisano.

Nos íbamos acercando a la ciudad y al mediodía. Hacía calor. Al subir la última cuesta, mi abuelo se quitó la chaqueta y, con ella al brazo, seguimos hacia arriba. Nunca lo había visto así, en mangas de camisa y con los tirantes al aire. Empezaba a caerle el sudor de la frente sobre la barba, y, al darles el sol, las gotas irisaban. Cuando llegamos a la Puerta de Canido, volvió a ponerse la chaqueta. «Ahora, afortunadamente, todo viene cuesta abajo, y hay sombra.» Cuesta abajo seguimos hablando de la guerra en la mar: yo había visto en las revistas ilustradas dibujos de batallas y se las describí según las imágenes de mi recuerdo. Lo que más me llamaba la atención, de aquellas ilustraciones, era cómo representaban el estallido de las granadas, y la agonía de los barcos al hundirse, ardiendo.

Fuimos a una casa que después vi muchas veces a lo largo de mi vida; la vi cómo iba envejeciendo, mucho más que mis recuerdos; la vi incluso derribar y en su lugar construir otra distinta y fea. Entramos, alguien recibió a mi abuelo y lo hicieron pasar a alguna parte interior. A mí me dejaron en un despacho sin gente donde había uno de esos tresillos de cuero que llamaban morris; unos grandes butacones en uno de los cuales me senté: primero, muy comedido y puesto; pero después me dejé resbalar, y hundirse en sus blanduras mi cuerpo. Estaba fresco el cuero, daba gusto. No sé si me dormí. Y, si dormí, soñé con los barcos que aparecían en los cuadros de aquellas paredes, de vapor y de vela, con el trapo tendido o con los mástiles desnudos. Había también una maqueta de trasatlántico metida en un fanal, una maqueta grande, que se veía todo lo de cubierta, y la hilera doble o triple de los ojos de buey, y un gobernalle grande con su rueda. Yo creo que conté los botes salvavidas, y que deseé hallarme a bordo de alguno de ellos, náufrago de una gran catástrofe, como la del Titanic, de la que aún se hablaba.

Me vino a recoger el mismo hombre que me había llevado allí. Mi abuelo ya estaba en el zaguán, con el sombrero puesto, despidiéndose de otro caballero, tan alto como él, de cara muy agradable, que me acarició la cabeza y mandó a otro que me trajera unos caramelos refrescantes para ir chupándolos en el camino de vuelta. Cuando estuvimos lejos, le di unos cuantos al abuelo, que no los rechazó.

Al llegar, ya estaba la comida preparada, pero no dejé de advertir algunos movimientos sospechosos, algo que hacían las Niñas a hurtadillas de la criada. Como yo estaba en el secreto no me rechazaron: habían ordenado con toda clase de cautelas la comida de Peter, y la tenían acomodada en un cestillo tapado con un mantel. Fue Isolina la encargada de llevarlo, y yo con ella: le puso el mantel a Peter en un velador, y, encima, las viandas, y una botella de vino con un vaso. Peter sonreía y decía palabras que no entendíamos, pero a las que Isolina respondía con asentimiento alegre. Isolina era guapa, pero llevaba gafas y era mayor que Peter. Se me ocurrió ir en busca de mis libros y de mis estampas de barcos. Le dije a Peter cuando acabó de comer: «Toma, para que te entretengas», y él los recibió riendo. «Después de la comida vendré un rato junto a ti.» Lo hice. Peter se había sentado junto a la ventana, lejos del rayo de sol, y miraba los libros. Yo me acerqué. Entonces, cogió uno de ellos y me fue diciendo en su lengua las palabras de los mástiles, de las velas, de la roda y del combés, de todo lo de a bordo que allí venía pintado. Decía las palabras y yo las repetía. Si me salía mal, nos reíamos los dos. Y así se pasó aquella tarde. Le trajeron la merienda, pero esta vez fue Obdulia, muy ducha en preparar el té. Peter me invitó, pero yo preferí mi pan con chocolate.

Mis barcos eran todos de vela, y, mis batallas, antiguas. Peter me dibujó acorazados modernos y, finalmente, un submarino por dentro y por fuera, con todos los detalles, y me explicó con dibujos cómo se disparaban los torpedos, y cómo hacían blanco en los cargueros.

Cuando aún estábamos en esas, empezaron fuera los martillazos y las voces. Aquella noche era víspera del patrón de mi aldea, y delante de mi casa había baile nocturno. Clavaban unos postes y, en lo alto, instalaban las luces de carburo, bien aferradas, no fuera que alguien tropezase con el poste y derribase la lámpara. También ponían unas maderas atravesadas con la bandera española, detrás de las cuales se instalaba la charanga, cinco músicos de viento y un tambor, que ejecutaban sin descanso los bailes a la moda. No pude explicar a Peter con suficiente claridad lo que era aquello, pero logró entenderlo cuando, después de la cena, le llevaron a la sala, cuyas puertas y ventanas estaban bien cerradas, los asientos dispuestos en forma de círculo alrededor de nada, como si fuera a celebrarse un espectáculo con la escena en el espacio medio. También habían encendido las velas de la araña, y los mejores quinqués dispuestos por aquí y por allá.

¡Qué clara estaba la sala, como nunca la había visto, y qué vivas las caras de los retratos! Habían, arrimado dos sillones delante del entredós, ventana a un lado, ventana al otro, y en ellos se sentaron mis abuelos, él con la misma ropa que aquella mañana, ella con un traje de moaré negro anticuado con el que no la había visto nunca, pero que, según supe después, era el mismo de su boda. ¡Parecía una vieja reina, mi abuela, aquella noche! Quedaron muy serios y silenciosos, como dos faraones de piedra, marido y mujer, después de haber hecho Peter una gran reverencia delante de la abuela y de besarle la mano. Hacía veinte años que no se hablaban, mis abuelos; las causas, yo las ignoraba todavía. La abuela me mandó que me sentase a su lado, en una silla baja, y que no me moviera, salvo si ella me lo ordenaba o me lo permitía. Peter había quedado de pie, arrimado a la consola. Le veía de frente y de espaldas, por el espejo. No sabía qué hacer, pienso yo, aunque quizá lo imaginaba cuando fuera empezaron las músicas. Entonces entraron las Niñas y mi prima. Traían pastas y anisetes en unas bandejas antiguas, regalo de no sé quién de Filipinas, un no sé quién antiguo, a lo mejor uno de los de aquellos retratos. Unas bandejas que no se utilizaban nunca, porque, decían, tenían mucho mérito y eran muy delicadas. Ofrecieron primero a los abuelos; después a Peter y finalmente ellas y yo comimos, aunque bebiendo solo ellas, porque a mí los anisetes me estaban todavía prohibidos. La verdad es que no me importaba mucho, porque, no habiéndolos aún catado, no se me apetecían, aunque sí lo demás, todo lo que en una tarde ajetreada de cocina habían preparado entre las tres mujeres. Después del refrigerio se hizo un silencio como una interrogación: «Y, ahora, ¿qué?» Peter se adelantó a Pura, le hizo una reverencia y comenzaron a bailar. Cuando terminó la pieza, la devolvió a su asiento, y, a la siguiente, invitó a Isolina con la misma ceremonia, y así toda la noche, salvo aquel intervalo en que el calor aconsejó traer de la cocina los refrescos que estaban preparados. Creo que tardíamente me di cuenta de que las tres se habían puesto los trajes de fiesta, los que habían de llevar al día siguiente a la misa mayor, y que se habían empolvado las caras, con algo, además, de colorete. No podría describirlo bien porque fue la primera vez que las vi así, las mejillas rosadas encima de lo blanco y los labios tan rojos. ¿Cuál de las tres se había prendido una flor en el pelo? Tampoco lo recuerdo, aunque quizás haya sido Obdulia, a quien su juventud permitía algunas travesuras. ¡Si sería atrevida, que una de las veces en que Peter bailaba con Isolina, me sacó a bailar a mí, tan pequeño como era! Se inclinó para agarrarme bien y me hizo dar dos vueltas, lo menos, a la sala. Después me dejó, riendo, en mi lugar, al lado de la abuela. Esta alargó la mano y acarició mi cabeza sin mirarme.

A mí, la verdad, el baile no me importaba gran cosa, ni me preguntaba por qué ellas ponían en él tanto cuidado. ¿Qué más daban los pasos así o asá? Lo que me tenía deslumbrado era el reflejo de las velas en los espejos, el de la consola y el del entredós, más aquel pequeñito que habíamos heredado de la tía Flora y que habían colgado bajo el retrato del Viejo Malvado. Las luces se reflejaban y se cruzaban hasta el infinito y yo intentaba seguirlas, trazar en mi mente sus viajes y sus cruces. Eso, el próximo paso de las pastas y los buñuelos, con su buen olor, era lo que me interesaba. Creo que en cierto momento me atreví a preguntar a la abuela si me dejaba salir al baile de fuera, pero ella me lo prohibió. Ahora comprendo que temía que yo, con la alegría, me fuera de la lengua y contase a alguien que también en mi casa había baile, con un solo caballero para tres damas, un oficial de un submarino que se llamaba Peter y que bailaba muy bien. Permanecí en mi asiento, y no recuerdo si, en cierto momento, me dormí. Es lo probable. Tenía cerca a mi abuela y me tentaba arrimar a ella mi cabeza y dejarme ir. Si lo hice, no recuerdo qué soñé.

Me dormí, sí, indudablemente, porque cuando abrí los ojos, ya la casa estaba envuelta en el silencio, y, de pie, hablando en francés, mi abuelo y Peter. Obdulia y las Niñas se habían apartado y escuchaban sin entender el diálogo. Mi abuela permanecía en su gran sillón, casi inmóvil, pero con las pupilas bien avispadas yendo del grupo de los varones al de las muchachas: sus miradas no me incluían en su ida y vuelta. La conversación de los dos caballeros se desarrollaba bajo la lámpara, justo dentro del cono de tenue sombra; la luz, en cambio, caía de lleno encima de las muchachas, que parecían, así agrupadas, la más alta en el medio, una de aquellas tarjetas postales que empezaban a verse y que tenían una especie de arenillas brillantes marcando las curvas de los sombreros o las cuentas de los collares.

«El caballero va a despedirse», dijo, de pronto, mi abuelo. Yo me puse de pie, no sé por qué, y mi abuela volvió a mirar a las muchachas. Peter, entonces, se acercó a ella y le besó otra vez la mano. Dijo algo. Mi abuela le respondió que gracias. Después se volvió hacia las tres muchachas, que no se habían movido, pero que esperaban anhelantes algo, no sé qué. Peter adelantó un paso, se detuvo, se llevó la mano al cuello y descolgó aquella cruz oscura cuya significación yo ignoraba todavía. Con las manos abiertas y la cruz en ellas, se aproximó primero a Obdulia y se la ofreció. «¡No, no!», pudo decir riendo, y repitió la oferta a Isolina, pero solo se la entregó a Pura. Lo que entonces dijo fue en la lengua que hablaba con mi abuelo, porque este lo tradujo.

—Dice que es su condecoración y que os la deja a las tres como recuerdo.

Entonces Peter se volvió y le dijo algo en la misma lengua.

—Dice que, antes de marcharse, querría daros un beso en la frente.

Ellas se ruborizaron con algún arrumaco de añadidura, y alguna risa, pero se decidieron. Isolina la primera. Pura después. Obdulia, más osada, le ofreció la mejilla y recibió el beso guiñándole un ojo a Peter. Después se echó a reír y salió corriendo.

—¡Esta chiquilla! —dijo la abuela.

Peter tardó en despedirse de mí, pero, aunque no lo hubiera hecho, yo no me habría dado cuenta, al menos de momento, porque, desde unos minutos antes, lo que me preocupaba era saber, o averiguar, cómo y por dónde iba a marcharse, sobre todo cuando vi, después de los últimos saludos, que se retiraba a la habitación del fondo, si bien esta vez sin ruido de cerrojos: Previamente, mi abuelo le había hablado como quien da instrucciones, apuntando a la puerta de salida de la sala y trazando en el aire rectas y ángulos. Poco después comprendí que le estaba explicando el modo de abandonarnos sin necesidad de que le guiase nadie: como que Peter salió solo, estuvo ausente unos minutos y regresó contento. Lo que le dijo a mi abuelo lo entendí, aunque no sabía francés, porque lo había oído muchas veces.

—Très bien, monsieur. Très bien.

Lo que le habló después ya no lo entendí.

El día siguiente fue como todos, al menos en apariencia. Nada decía, ni hacía sospechar, que hubiese habido un secreto, si no fue por el olor a cera que quedó flotando en la sala, tantas velas encendidas, que tardó en irse pese a haber abierto todas las ventanas. Nos fuimos a la Misa Mayor, hubo comida de familia, y romería por la tarde, con música y con fuegos. También hubo, como siempre, peleas, los de esta parroquia contra los de la otra, por causa de las mozas, claro, y la Guardia Civil se llevó a dos o tres de los más bravucones, de los que peleaban con garrotes y sacaban la navaja. Yo traje para casa la caña de un cohete de los grandes, conquistada sin esfuerzo porque cayó a mis pies, y no hubo más que inclinarse para recogerla. Llegué a casa muy orgulloso de ella, y la llevaba, unas veces, como báculo y, otras, como bastón de mando, aunque, con los debidos arreglos, acabó siendo espada. Pasaron los días de fiesta como un barco por las aguas tranquilas: tras él, la estela, poco a poco, se recompone. Sin embargo, Teresiña, la criada, sospechaba que algo había pasado durante su ausencia la noche de la verbena; algo que ella no podía imaginar, pero, como discreta que era, no preguntaba nada, si bien a mí me tiró algunas indirectas, de las que no me di por aludido. Le oí rezongar su descontento, a Teresiña, algo así como «Todos son iguales en esta casa, hasta los niños». Sin embargo, de haber fisgado, cosa que no solía hacer, hubiera sorprendido cuchicheos que llegaron a disputas sordas, yo escuché alguna de ellas, a medias, pero me bastaban pocas palabras para entender. Se discutía el tiempo alternado en que cada una guardaría la cruz de Peter. A unas, les parecía poco un mes; a otras, les parecía mucho un año. Tuvieron que llegar a un acuerdo, no sé si con o sin la intervención de mi abuela, porque la paz volvió a la casa, las Niñas a su melancolía, Obdulia a su esperanza a veces ruidosa. A Peter, fue como si le hubieran olvidado, pero no lo olvidaban, por lo menos mi prima, a quien oí una vez suspirar y preguntar en voz mediana: «¿Qué habrá sido de él?» Las tres manifestaron un repentino interés por las noticias de la guerra naval, que si tantos hundimientos de cargueros, que si tantos submarinos destruidos. ¡Ay, los submarinos! «¿Cómo serán por dentro?» Yo mostraba, haciéndome de rogar, los dibujos que me había regalado Peter aquella tarde que ya iba haciéndose lejana.

¿Cómo pudo llegar, hacia finales de enero, una tarjeta postal, desde Hamburgo, con una felicitación de Navidad? Venía dirigida a mi abuelo y escrita en francés, pero mi abuelo tardó en enterarse hasta que, con diccionarios y conjeturas, las tres muchachas, por su cuenta, consiguieron descifrar el mensaje; pero también habían averiguado, por mis mapas y por los del abuelo, dónde caía Hamburgo, y fantaseado acerca del camino que habría recorrido aquella cartulina con la fotografía de un paisaje nevado y un sello con el retrato del Kaiser. «¡Pues tuvo que ir por Suecia, que no está en guerra!» «Y, desde allí, ¿cómo pudo venir?» «En barco, mujer.» «Lo hubieran torpedeado.» «Si Peter tenía que torpedear el barco, ¿para qué iba a escribirnos? Cuando escribió la tarjeta, bien sabía que podía llegar.» Para aquellas mujeres la guerra se reducía al submarino de Peter contra todos los barcos que surcaban el Atlántico, militares o mercantes. Mi abuelo aclaró la cuestión con una sentencia que a mí me pareció, entonces, el resumen de la sabiduría: «También en guerra hay caminos de paz.» Pues, ¡ya estaba! La tarjeta postal, donde la última frase decía «No los olvidaré a ustedes nunca», había recorrido, en barco o por tierra, los caminos de paz. Mi abuelo, sin embargo, creía también que había llegado desde Suecia, o, todo lo más, desde Noruega, que cae al lado.

La disputa, casi una repetición, de quién de las tres había de guardar la tarjeta postal, se zanjó esta vez entregándola a la custodia del abuelo, con la condición de que nos la dejaría ver cada vez que se la pidiésemos. No recuerdo por qué, quizás porque lo haya pedido, adquirí también aquel derecho, y fui seguramente el que más lo disfrutó, el que abusó de él, solo porque mi abuelo no me ponía mala cara y me dejaba mirar la tarjeta todo el tiempo que quería. Era un paisaje nevado, sí, pero no un paisaje cualquiera, sino un valle con montaña y castillo que durante mucho tiempo me sirvió de modelo para mis imaginaciones. Sin embargo, no tenía las torres mochas, sino puntiagudas. Ahora no puedo recordar si era un dibujo o una fotografía. Se perdió y se olvidó. Cuando murió el abuelo, no estaba entre sus papeles, ni en el lugar acostumbrado. Yo pensé que alguna de ellas, probablemente Obdulia, lo habría cogido, lo tendría guardado en su caja de laca, con una llavecita de plata, la caja en que escondía sus secretos. Bueno, solo las cartas de un novio que la había plantado por una de Cartagena: en la intimidad de las conversaciones se conocía por «El Traidor», «Aquel traidor». Un novio que se habría encontrado en su camino a una mujer por alguna razón más seductora que mi prima.

Cuando se acabó la guerra, y en la escuela de los Ingleses izaron las banderas triunfadoras, se volvió a hablar de Peter. «A lo mejor, este año vuelve a felicitarnos las pascuas.» Y alguien llegó a soñar que, si estaba vivo, podría un día aparecer a la puerta; solo, según unas versiones, con su madre, según otras. «¿Y por qué no con su novia?» Era la versión menos favorecida. Pero la tarjeta postal no llegó, ni siquiera Peter con su novia; todo el mundo aceptó por buena la conjetura de que habría muerto: nuestra falta de experiencia de un submarino nos impedía imaginar cómo, aunque yo haya soñado con él braceando desesperado en medio de la mar y de la noche. La abuela, cierta vez, interrumpió la conversación de sus hijas: «¡Si en vez de hablar tanto mandaseis que le digan una misa!» «¿Y si era protestante?» «A los ojos del Señor, no hay protestantes ni católicos, sino solo pecadores.» La abuela tenía, evidentemente, puntos de vista propios, pero yo no recuerdo si dijeron o no la misa en sufragio de Peter. A lo mejor sí, sin enterarme, porque aquellos años de la postguerra ya iba al colegio y pasaba menos tiempo en casa de mi abuela. En el colegio estaba cuando intentó escapar uno de lo submarinos alemanes detenidos en el Arsenal. Habían venido los ingleses para llevárselos. Faltaba poco para salir de clase cuando oímos el estampido de un cañonazo, que hizo retumbar el colegio y rompió algún cristal. Los chicos nos miramos, y nadie atinó a explicarlo. Por la tarde, ya sabíamos todos que el Carlos V había disparado sobre el submarino fugitivo y se discutió mucho entre los partidarios de Inglaterra (que éramos pocos) y los de Alemania (que eran bastantes más), si el submarino se había salvado o no. Se discutió tanto, que el padre Leandro renunció a las lecciones y nos permitió pelear con las palabras, esperanzado de que, al menos allí, ganasen los germanófilos, porque él lo era. Yo permanecí callado, pero toda la historia de Peter se me había recordado, imágenes como vivas del día anterior, y me regocijaba con el secreto que me permitía sentirme por encima de aquellos energúmenos.

No sé de dónde había ido sacando retazos de la historia en un principio casi ignorada: lo de que Peter era segundo comandante de un submarino, lo de que había esperado en la playa de Cobas la llegada del suministro de gasolina, lo de que aquellos señores que había visitado mi abuelo tenían que habérsela llevado, y lo de que fueron ellos los que lo recogieron, a Peter, en un coche, de madrugada, y lo devolvieron a su barco. La verdad es que, a aquellas alturas, ya se hablaba en mi casa del asunto sin embarazo, aunque estuviera delante Teresiña, y hasta mi padre se había enterado: mi padre, furioso francófilo, que con el menor pretexto cantaba «La Marsellesa», sobre todo por fastidiar al tío Pepe, que admiraba al Kaiser y a los prusianos; había dicho una vez: «¡Ya me hubiera gustado a mí echarle el guante a ese oficialillo!» No sabía, o lo sabía (¿quién sabe?), que, de haberlo hecho, nos habría causado a muchos una gran pesadumbre.

Pero también los recuerdos suscitados por la fuga del submarino alemán se fueron disipando, ráfagas escuetas que aparecían y se iban: después, ni eso. Yo no sé cuánto tiempo pasé sin recordarlos, al submarino y a Peter: varios años. Pero la historia seguía viva, aunque sumergida, aunque todos los años, según me enteré más tarde, la víspera del patrón (cinco de agosto) las tías y la prima acudían a la iglesia, donde oían una misa por el alma de Peter, y, a la salida, en el mismo atrio, la depositaria de la Cruz de Hierro se la entregaba a la que habría de custodiarla durante el nuevo año. En el veintiséis se casó Isolina, y se marchó a Buenos Aires con su marido. Antes de las despedidas, llamó a las otras mujeres y les entregó la Cruz, que aquel año le había tocado a ella. No me dejaron presenciar la ceremonia, aunque yo estuviese ya enterado del porqué se habían reunido en secreto en la habitación del fondo. ¿Sería para que no las viese llorar? Después rezaron un padrenuestro, e Isolina prometió que todos los cincos de agosto asistiría a una misa, allá en la remota Buenos Aires. La cruz la recibió Pura, y la metió en su caja de secretos, que también la tenía, no de laca como la de Obdulia, sino de conchas nacaradas traída asimismo de las islas Filipinas: unas conchas haciendo en la tapa el dibujo de un ancla. El interior lo habían forrado de terciopelo verde, color de mar.

Fue por entonces cuando nos marchamos a vivir fuera, y estuvimos ausentes pocos años. En el ínterin, murieron algunos de la casa, dolor para la abuela, que se iba quedando sin los hijos, los de allá de La Habana, tantos años sin verlos. Pero las mujeres resistían, y resistieron muchos años, si no fue Obdulia, la primera en morir, aun siendo la más joven. Cuando yo regresé ya me había casado, y había enterado a Josefina de la historia de la cruz. Una vez le pedí a Pura que nos la enseñase, y Pura me respondió que aquel año le tocaba a Obdulia custodiarla. Obdulia no se hizo de rogar: la sacó de su cajita, envuelta en sedas; las desató y la puso en mi mano. Yo la miraba con curiosidad, pero, de pronto, sentí la emoción leve de su peso, de su historia, y recordé la tarde aquella en que Peter, encerrado en la habitación del fondo, me había dibujado un submarino por dentro. ¡Dónde estarían ya aquellos dibujos!

Objetos y recuerdos van quedando atrás, olvidados, a lo largo de la vida, y aunque entonces la mía era aún corta, ya abundaba en olvidos, abierta como estaba a la esperanza. Obdulia envolvió la cruz, como si fuera una reliquia, en su tela de seda, y creo que me dijo entonces que, cuando ella muriera, me correspondería el turno de su custodia. Pero no fue así. Cuando Obdulia murió, me olvidé de reclamar aquel derecho.

No sé cuándo empecé a contar, a mis amigos, la historia de la Cruz de Hierro. Debió de ser por esa época en que los olvidos dejan de serlo, y la vida pasada, aun la más remota, renace y obsesiona. Regresó del pasado con muchos olvidos más, que también iba contando, cuyos detalles se me aclaraban conforme los contaba. «Sí. Eso fue así. O fue de esta manera.» Es curioso cómo se transforman los recuerdos cuando se escriben, cuando se envían a un auditor desconocido. Es como si se entregasen a otro y no se pudieran ya recobrar. De palabra, no es lo mismo, quedan ahí, en la memoria, y crecen, crecen, hasta parecer vivos. La historia de la Cruz de Hierro conservó su vida durante mucho tiempo, la conservó hasta hoy, que la cuento, pero hoy está conclusa, y hace algunos años, no. Pura sobrevivió a todos sus hermanos. Hubo un momento en que solo quedábamos Mario en Canarias, la Roxa en Buenos Aires, Álvaro en algún lugar incierto, Pura y yo donde siempre. Se mantenía derecha y ágil, menuda y pulcra, con sus noventa años, despierta de espíritu, aunque astuta, pues cuando se le interrogaba sobre el pasado, solo se acordaba de lo que le convenía. Una vez le pregunté por la Cruz de Hierro. «¿Qué cruz?», me respondió. «La de Peter», y le añadí que, como superviviente, ella debería conservarla. «Esa historia la has soñado, o acabas de inventarla. Esa cruz no existió nunca, ni Peter, ni nada de lo que dices.» No insistí, pues, por alguna razón, Pura había decidido olvidar; pero estaba seguro de que la cruz permanecería dentro de aquella tumba de conchas nacaradas.

Murió viejecita, Pura. La vistieron de negro y le pusieron, no sé por qué, la mantilla a la cabeza. Y a mí me dieron la llave de su casa, la casa en que había vivido las últimas soledades de su vida, llenándola con su insignificancia: la casa enorme, habitada de sombras y de ruidos que permanecieron a través de los años invariables. También con sus grandes silencios. Fui solo allá, porque, de los pocos supervivientes, solo yo había estado en el cementerio. Fue el silencio lo que me recibió, y la vastedad vacía. La recorrí por última vez, aquella casa en que había sido feliz: las salas desoladas, los pasillos, las alcobas. Busqué en la cómoda de Pura la caja de los secretos, y allí estaba, arrinconada y vacía: ni las flores de trapo de sus bailes, ni la cruz de Peter. Antes de abandonar la casa, a la que no volví jamás, estuve un rato sentado en el poyete de piedra en que solía hacerlo de niño (¡cuánta vida para recordar!), cuando estaba solo y esperaba. Pensé qué habría hecho Pura de la cruz, y me atreví a imaginar la caja abierta, sobre una mesa, y la cruz en el fondo, encima del terciopelo: Pura dudosa, yendo y viniendo por las estancias de donde el tiempo se había llevado las cosas y las personas: dubitante entre varios destinos. Hasta que un día se decidió a devolver la cruz a la mar, de donde había venido muchos años atrás (¿El dieciséis? ¿El diecisiete?), una noche de luna. Estoy seguro de que fue así, como lo pensé entonces. Ella no creía que ninguno de nosotros, ni siquiera yo, supiera conservarla con el debido respeto, y contemplarla a los atardeceres: la caja abierta, las flores y los papeles desparramados encima del tapete. Una de aquellas tardes, la metió en el bolsillo, envuelta en sedas, la Cruz de Hierro, y bajó a la ribera, a la hora de la pleamar, y, allí, la dejó caer; hasta ver cómo se hundía. A lo mejor echó piedras encima, para que se enterrase, o quién sabe si prefirió dejarla reposando en el fango, para que la fuerza de la mar se la llevase, hoy un poco, mañana otro poco, años y años así, hasta dejarla en un descanso de alta mar, abertura de roca o grieta del fondo, desde donde ya nada la movería. Después regresó a casa y quemó los papeles y las flores, guardó la caja vacía, la que tenía en la tapa, en diagonal, un ancla hecha de conchas nacaradas, y se marchó a morir.

1987

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