Quedarse a dormir

Marcelo Filzmoser

 

 

Sobre la mesa las migas que olvidé limpiar por la mañana. En la bacha la taza con los restos del café. Las persianas cerradas, el olor a sucio, la humedad fría.

Mejor me voy yo. En lo de mamá sobra lugar para todos y ella me va a ayudar con los chicos, dijiste un día que pudo haber sido cualquiera, uno más entre cientos, de no haber sido porque te fuiste.

Tardé dos semanas en volver a la coca. Como todo después de los cuarenta es más fuerte que yo. Tengo claro que no voy a poder dejarla de nuevo. Va a matarme. Mientras tanto abro las ventanas y siento el frío seco curar el aire. No a mí, a mí no me hace nada, pero el aire se limpia, brilla con los últimos reflejos filosos de la tarde.

Me sobresalta el ruido que hace la tecla al apretarla para encender las luces de la cocina. Busco fiambre, tuesto pan. Anoche no cené. El desayuno fue liviano. Si me va a matar que le cueste. Esta noche voy a ir a cenar a lo de Cosme, necesito estar con gente conocida. Quiero charlar, que me saluden. Tomar coca, obvio, pero también vino con la cena y whisky con la charla. Hablar de fútbol, de política, de los libros que me hubiese gustado escribir, de los que leí y que a veces no me acuerdo, de los que me cambiaron para siempre y hoy me importan menos que una serie de Netflix. Hablar de cine con alguien que sepa. Pasolini, Saura, Polanski, Buñuel, Almodóvar, Fellini, el viejo y jodido Woody Allen. Hay más películas imprescindibles que gente en condiciones de verlas. Dentro de poco no quedará nadie que haya visto una sola de esas películas, sin embargo todos dirán en sus redes que son excelentes y bla bla bla.

Si Cosme no cerrara me quedaría toda la noche. Odio la cama. Por qué mierda no se llevó la cama. Es enorme y siempre está helada. Estaba helada mucho antes de que se fuera. Pensar que dejamos el colchón anterior en la vereda para que se lo lleven los cirujas.

Lo dejamos transparente, me dijiste entre risas acariciándome la pija sobre el jean, mientras lo mirábamos apoyado contra el árbol del vecino.

Nos revolcábamos en caída libre, transpirábamos. Unos días nos clavábamos las uñas y los dientes. Otros nos rozábamos como espectros que se buscan. Cogíamos todos los días, hasta dos veces en un día. Me despertaba con la pija adentro de tu boca, me dormía sobre tus tetas mojadas.

Esta coca salió cara pero se aprovecha hasta el final. Hace frío. En el comedor dejé las ventanas abiertas. Cierro. Enciendo el primero de los cigarrillos para este aire renovado. Descubro en el espejo que la camisa apesta. Tiene el cuello y los puños amarillos. El pantalón también está manchado. No recuerdo cuando me bañé. Seguro no más de dos o tres días. Voy a bañarme para ir de Cosme.

Cómo fue que dejamos de coger. Habrá sido de a poco, como todo. Como espero que la coca me destruya. No. Fue mucho más lento. Primero empezaron los días sin sexo como una anécdota. Eran uno o dos en la semana, casi un descanso, una manera de tomar aire para volver a sumergirnos. Esos fueron los días que nos cagaron. Como si los pulmones cada vez necesitaran más aire. Salíamos a la superficie y pasaban dos o tres días hasta volver. Después fueron cuatro, cinco y así. Lo hablamos decenas de veces. Enojados, cómicos, condescendientes, tristes, desesperados. Era cosa de hablar, coger esa noche y esperar hasta la próxima charla. Así anduvimos hasta que se acabaron las palabras. Nadie intentó hacer más nada y dejamos de coger.

El resto daba igual. Si te acostabas con uno o con cuatro a la vez, si me enamoraba de otra cada semana. A mí me gustaba su cuerpo, su furia, su manera de arquearse a la hora de acabar. Ahora todo perdió gracia. Coger por coger, me hago una paja. Tinder terminó con todo. Deslizar los dedos por la superficie menos humana, marcar como al ganado a seres a los que uno se cogería o no.

Otro cigarrillo antes de bañarme. Hay que prender la estufa, la casa se congeló. Me tiro un rato a fumar en la cama y a mirar el techo. No se va a caer. El ventilador tampoco. Cuelga sin intensiones siquiera de dar un buen golpe que me deje inconsciente, que ayude al paro, a la coca. Vuelvo a tomar. En el baño, frente al espejo, descalzo, en camiseta y calzones. Abro el espejo. Detrás la botella llena de alcohol fino. Cierro los ojos. Vuelco la mitad sobre mi cabeza y siento el líquido helado bajar por el cuerpo. Cuando se moja el calzón me empiezan a arder los huevos. Entra por la puerta el humo con su olor ácido de objetos que no fueron hechos para quemarse. Voy a la pieza. El cigarrillo hizo bien su parte. Las sábanas están prendidas. De a poco el fuego empieza a morder el colchón que ella debió llevarse.

 

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