La memoria de un papel arrugado

Kabalcanty

Golgotha (1912)-Marc Chagall

 

 

Fue un buen año el 2010, aunque había tenido antes algunos altibajos, no tengo duda de que ese año, ese verano concretamente, fue de lo mejor que he tenido en mi vida. Dio la casualidad que la selección española de fútbol ganó el mundial ( increíble para un aficionado de toda la vida a ese deporte como lo soy yo ), pero sin la estabilidad que me respaldaba, esa victoria me habría servido de poco, algo pasajero que lo hubiera resuelto con unas cervezas y cuatro risas. A lo que me refiero es a que mi vida, y la de mi familia, por supuesto, era llevadera, la controlaba, como me digo siempre para mis adentros. Mi mujer y yo teníamos un trabajo, de mierda pero continuado, poseíamos unos pocos ahorros en el banco ( incrementados por una ligera herencia que nos habían ingresado en cuenta a finales de esa primavera) para vacaciones e imprevistos, mis hijos avanzaban en sus estudios de forma positiva, teníamos una casa pequeña pero que siempre la supimos como nuestra, un coche con cinco años de antigüedad y un home cinema con sonido sensurround ( creo que se escribe así ) para ver las películas en el salón los sábados por la tarde. Todo a pedir de boca para una familia de clase media baja. Una estabilidad.

La cosa se fastidió en febrero del 2011. Me echaron del trabajo después de veinticinco años y mi mujer me siguió en mayo. Yo había tenido despidos ocasionales, un mes, dos meses a lo sumo, pero nunca me había enfrentado a un desempleo plano al que nunca parecía vérsele el fin. Pronto, más o meses dentro de los primeros seis meses, a fuerza de llevar currículos de acá para allá y de hablar con personas en mi misma situación, tuve la certeza de que a mis cincuenta y cuatro años era un jubilado forzoso, un anciano prematuro no apto para seguir en la rueda laboral que la sociedad giraba. Intenté formarme, tal y cómo me aconsejaban una y otra vez los intermediarios laborales de la oficina comunitaria del empleo, pero en la nueva actividad laboral se me pedía siempre experiencia reconocida. Un galimatías en el que ni dios encuentra norte.

Al comienzo del 2012 uno de mis dos hijos comenzó a flaquear en los estudios. Creo que la desesperación, por muy callada que se viva, acaba manchando a cuantos hay a tu alrededor; es como una larva silenciosa, secreteada a media voz cuando crees que nadie te escucha, que un buen día no sólo te ha mutado en alguien que no reconoces, sino que esa larva ha cambiado también la cara a esos que conviven contigo y que han comido de ese silencio que creíste inaudible. De esta forma a mi otro hijo le diagnosticaron cáncer en agosto de ese mismo año. Tuvo que aparcar el comienzo de sus estudios y someterse a la quimioterapia.

En lo que se refiere a los que tomé por mis amigos, pronto se cansaron de mi nuevo personaje de víctima y se fueron diluyendo no sin antes desearme las mejores de las bendiciones y los deseos inquebrantables que toda falsa amistad alardea constantemente para prenderse inútilmente en el recuerdo.

El año 2013 comenzó dándonos la alegría de la superación de la enfermedad de mi hijo. Los problemas económicos seguía su ascenso, sin embargo la salud recobrada de nuestro hijo paralizaba la mueca de la desesperación y nos daba un soplo vital que nos decoraba lo cotidiano. Nos dimos una comida familiar en su honor y terminamos brindando ante una luz cegadora que no era otra cosa que la flama de la canícula escarbando a través de las rendijas de la persiana.

Hoy 1 de septiembre del año 2014, de par de mañana, ha llamado a nuestra puerta un agente judicial, arropado por media docena de policías nacionales, y nos ha invitado a desalojar nuestra casa. Nos desahuciaban, nos echaban de una casa que siempre tomamos como nuestra. Aunque una nube de vecinos grita en la calle a favor nuestro, mi mujer y yo somos incapaces de oponernos a nada; a fuerza de mascar y mascar la derrota te acabas acostumbrando a su sabor y a sus efectos extenuantes.

Poco más puedo decir que no sea el deseo de que mis palabras no acaben hechas un gurruño en cualquier papelera.

Emiliano Tuñón Gracia y familia.

– Mi…mira K., lo…lo…mismo es una poe….poesía como como las mí…..mías.

Me dice Aniceto Acebal desde su boca risueña y desdentada y en su titubeante pronunciación. Su gorra de los Lakers y su mirada legañosa, prendida en un más allá por encima de mi cabeza, prolongan una mano sucia y temblorosa que me tiende un folio arrugado y grasiento.

Rebuscamos en los contenedores de basura y las papeleras de la calle algo de valor para sacar siquiera para tabaco. Hoy llevamos una mañana bastante mala, con poca cosa valorable, y la hoja manuscrita es una buena anécdota para pensar en otra cosa y sonreír.

– Déjame ver.

Le digo, quitándome el sombrero para abanicarme y aliviarme del calor insano de mediados de septiembre.

Cuando terminó de leer, parto un cigarrillo por la mitad y le doy un trozo a Aniceto.

– Es poesía y de la buena.

Digo antes de dejarle el chisquero.

– Como…..como….la, la mía.

– Igual que la tuya, Aniceto.

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