Debajo del auto

Lucas Berruezo

 

 

Marco mira el pequeño charco rojo, casi negro, que hay debajo de su auto, específicamente debajo de la puerta del conductor. Se queda mirándolo como hipnotizado, tratando de interpretarlo. ¿Qué era? ¿Aceite?

Una ambulancia pasa a pocos centímetros de él, arrancándolo de sus meditaciones. Llevaba sus luces encendidas y la sirena a todo lo que daba. Marco la ve alejarse y doblar en la siguiente esquina, a la izquierda, exactamente por el lugar donde, unos diez minutos antes y en sentido contrario, él había doblado con su Renault Sandero. Ni la ambulancia ni sus luces se ven ahora, pero su sirena se mantiene como suspendida en el aire. Marco vuelve la vista hacia el piso. El líquido rojo sigue ahí. Se agacha para verlo más de cerca. Es espeso. Una gota cae sobre él, formando una casi imperceptible onda. Marco se agacha todavía más y mira por debajo de su auto. Ahí, a pocos centímetros de la puerta, un tanto por debajo del auto y otro tanto a un costado, se ve una masa roja muy húmeda, que cada varios segundos, unos veinte o treinta, deja caer una diminuta gota.

No entiende. Que él sepa, por ahí no pasa ningún líquido del auto. Sabe poco de mecánica, pero lo suficiente como para estar convencido de eso. Estira su mano y toca la masa. Su dedo se retira rojo y tibio. Se pone de pie y, mientras se limpia el dedo con el pantalón, mira a su alrededor, como buscando alguna respuesta en la calle desierta que lo rodea. Las sirenas de la ambulancia ya no se escuchan. El cielo está gris y el frío lo golpea con tanta fuerza que lo invita a entrar al auto e irse de una buena vez. Tiene menos de media hora para ir a tomar un café y ver un poco de televisión (en el Bar Chaplin, donde va todos los martes, siempre hay una tele sintonizada en TyC Sports) antes de que Felipe salga de la fonoaudióloga. Si se queda ahí un rato más, en la vereda, ya no tendrá sentido que vaya a ningún lado.

Mira, alternativamente, la puerta de la casa de la profesional, de donde acaba de salir, dejando a su hijo dentro, y el charco rojo. Calcula su tamaño y llega a la conclusión de que no es más grande que la mancha que dejaría una pelota de tenis mojada al rebotar contra el piso.

¿Qué mierda es eso?

La respuesta le llega por medio de una voz que, sin ser la suya, es la suya: «Sangre».

¿Había atropellado a algún perro en el camino y no se había dado cuenta? ¿Era posible eso?

No, no era posible. Tendría que haberlo sentido, tanto él como Felipe. No era posible agarrar a un animal, por chico que fuera, y no notarlo. Al menos que fuera un pájaro. Tal vez agarrar a un pájaro era semejante a pisar un alfajor o algo así, y eso sí que no se sentiría. Pero en ese caso, tampoco era probable que dejara una marca debajo de la puerta del auto. A lo mejor en la rueda…

Marco vuelve a agacharse y mira la rueda delantera. Nada que pueda ver. La goma está toda mojada, como las otras tres del auto. Ayer había llovido y todavía se podía ver agua acumulada en las esquinas. Cualquier auto que circulara en esos momentos por la ciudad presentaría las gomas exactamente iguales a las de su Renault Sandero.

¿Entonces?

La misma voz de antes, la que era y no era su propia voz, le responde: «La ambulancia…».

La ambulancia…

No podía ser. Sí, era verdad, la ambulancia había hecho el mismo camino que él, pero al revés, como si fuera… No, él se habría dado cuenta. Tendría que haberse dado cuenta. No podía ser…

Sin embargo…

¿No había sentido como un golpecito en el costado cuando había cruzado por esa calle en la que las casas son de chapa y madera? ¿Y no había acelerado como siempre aceleraba por ahí, por miedo a que le robaran?

No, no podía ser…

Sin embargo…

Abre la puerta del auto y se sienta en su asiento, delante del volante. Mira la puerta de la fonoaudióloga y, a continuación, le pega un vistazo a su celular. Son las siete menos veinte. Felipe sale a las siete. Ya puede ir olvidándose de su café en el Bar Chaplin. ¿Y si en vez de un pájaro había sido un perro?

«Las ambulancias no van a los pedos con las sirenas prendidas por un perro», le dice su voz, que no es su voz, porque no le dice lo que él quiere escuchar. Tampoco le dice lo que él cree. Por eso, aunque suene como su voz, no es su voz.

«Además», sigue esa extraña y familiar voz, cada vez más empecinada en hacerse escuchar, «además, viste a esos chicos. Los viste correr detrás del auto».

Sí, los había visto. Eran pibes que vivían en esas casillas de chapa y madera. Lo habían corrido algo así como media cuadra, y por eso él había acelerado todavía un poco más. Seguro que habían querido robarle, y él los había dejado atrás. Eran pibes chorros, seguro.

«¿Robarte? ¿Quién roba autos corriéndolos desde atrás, con los brazos levantados y a los gritos? ¿Quién?».

Alguien, cualquiera. ¿Qué importancia tiene? Está en Argentina en el siglo veintiuno, y en la Argentina del siglo veintiuno se roban autos como bicicletas en la Argentina del siglo veinte. Le habían querido robar, y por lo que a él se refería, se había salvado por un pelo.

«¿Y por qué no volvés entonces, solamente para estar seguro?».

–No –dice Marco en voz alta, y su voz retumba tanto dentro del auto que se sobresalta.

No va a volver, de eso está seguro. No fue nada, no. Fue un pájaro. Seguro que fue un pájaro. O un perro chico. Pero no una persona, no un chico. No, no fue un chico. Está seguro. Se habría dado cuenta. Y de haberse dado cuenta, se hubiera detenido.

Mira su reloj, las siete menos cuarto pasadas.

No va a volver. Volver sería arriesgarse a que le robaran. O a que lo mataran. Muchas personas morían cuando querían robarles el auto. Otra de las tragedias de la Argentina del siglo veintiuno.

No, no va a volver. No puede volver.

«Sí vas a volver».

–No, no voy a volver.

«Sí».

–No.

Unas cuantas gotas, minúsculas, dejan unos puntitos sobre el parabrisas. Marco mira hacia el cielo y lo ve completamente cubierto, gris. Está empezando a llover, como llovió ayer. Puede volver, darse una vuelta. Ver si pasó algo. Está a menos de diez cuadras. Sería dar una vuelta y volver. Si la ambulancia está ahí, entonces se bajaría y se haría cargo de lo que había pasado. No había querido lastimar a nadie. No se había dado cuenta. Él no le haría daño a nadie. Había acelerado como aceleraba siempre en esa cuadra. Y después había pensado que querían robarle. Y el golpe contra la parte baja de su auto había sido un pozo, o un pájaro, o un perro… O una pelota.

¡Claro! Había sido una pelota. Había pasado rápido por esa cuadra y había agarrado la pelota de esos pibes que estaban jugando al fútbol en la calle. Por eso el golpe en el costado. Por eso los chicos corriendo detrás del auto con los brazos en alto, pidiéndole a los gritos que se detuviera. Por eso. Sí, por eso. Por la pelota. Y por eso iría, pegaría esa vuelta y echaría un vistazo. No había sido nada.

Marco mete la llave en el contacto. Va a ir. Sí, va a ir. No fue nada, solamente una pelota.

«¿Y la mancha roja?».

Marco niega con la cabeza.

«La mancha roja. La mancha roja, que todavía debe estar goteando debajo del auto. La mancha roja».

Marco vuelve a negar.

–No es nada. No es nada. No es nada.

Va a ir. Va a ir y cuando llegue a esa calle y vea que no hay nada, que no hay ambulancia ni chico muerto ni nada, va a volver para retirar a Felipe de la fono…

Mira de nuevo el celular.

Van a ser las siete menos cinco.

Ya no tiene tiempo de dar ninguna vuelta. Tiene que retirar a Felipe.

Marco se baja una vez más del auto y camina hasta la puerta de la profesional. Hay un timbre de plástico color blanco a un lado. Marco lo aprieta. Son las siete menos dos minutos. Llegó a horario. Sabe que la fonoaudióloga se enoja cuando llega tarde. Según ella, le atrasa toda la agenda.

Sale la fonoaudióloga y sale Felipe. Marco se despide sonriendo y vuelve al auto junto con su hijo. Lo sube al asiento de atrás y le pone el cinturón. Por último, se sube una vez más al asiento del conductor, sin mirar la mancha roja que en el piso ya se está secando y que en el costado de su auto ya no gotea.

Pone el auto en marcha. Se le ocurre pasar por una pizzería para comprar una docena de empanadas. Va a ser una linda sorpresa para Karina, su esposa. A ella le encantan las de humita. El único problema es que la pizzería a la que siempre van queda en la otra punta de la ciudad. Tendrán que desviarse.

–¿Y, papá? –pregunta Felipe desde su asiento.

–Ya vamos, hijo –responde Marco, al tiempo que pone primera–. Ya vamos, pero primero vamos a pasar por la pizzería. ¿Dale?

–¡Sí!

El Renault Sandero avanza lentamente y, en vez de girar a la derecha en la primera esquina para retomar el camino, sigue de largo.

 

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