Diez mil horas

Marcelo Filzmoser

 

 

 

Se acostó apenas antes del amanecer. Había pasado la noche mirando un cielo recién creado a través de un telescopio enchufado a la notebook. No tuvo suerte con el sueño. Le venía pasando. La soledad, los años, vaya uno a saber. Dio vueltas, se tapó, se destapó, se quedó quieto y por último se resignó. Salió de la cama y fue a la cocina.

Haría unos tres años que vivía en esa cabaña, encargada con tiempo a un arquitecto amigo. No miró planos, ni presupuestos, ni diseños. Sólo pidió que fuera sólida y al momento de entrar por primera vez supo que lo era. Paredes de treinta centímetros de ancho, construidas con piedra y revestidas en madera, doble techo, vidrios multilaminados, levantada sobre una plataforma de hormigón y, según le contaba su amigo mientras la recorrían, sostenida por pilotines encadenados. Una especie de búnker a cielo abierto en el medio de la sierra, con un cuarto en la planta alta acondicionado para mirar por el telescopio.

Esa mañana, más allá de lo que dijesen los almanaques, él sentía que vivía ahí desde antes de la conquista. Encendió la hornalla de la cocina a garrafa y preparó el mate. Con el mismo fuego prendió un cigarrillo que después de dar la primera pitada sostuvo a la altura de los ojos.

¡Qué boludo, venirme a agarrar el vicio de grande! Me acuerdo del padrinofumá ahora, no le des bola a los giles, cuando tengas mi edad no vas a poder…

Mientras volvía a pitar trató de sacar cuentas. En pocos años él andaría por ahí.

Había dejado Buenos Aires sin tener del todo claro por qué se mudaba a ese lugar sin nombre, ubicado a siete kilómetros de un pueblo poco conocido, en el sur de la provincia de Córdoba. Si le preguntaban, cosa que pasaba poco, decía que estudiaba astronomía o que buscaba OVNIs. Alguna vez, durante los primeros meses, se entretuvo dando a entender que era astrólogo y que prefería no hablar de eso. La realidad era que no tenía una respuesta. Sabía que le gustaba mirar, pasarse las noches zambullido entre estrellas, satélites y luces infinitamente lejanas. Con eso le bastaba.

A los cuarenta y dos años se había divorciado después de unos catorce de matrimonio sin hijos. Victoria, única heredera de los Sanz, empresa centenaria convertida en grupo del que no se sabía bien a qué no se dedicaba, prefería disfrutar de otras cosas de la vida. A él, en un principio, la idea le había gustado más que el chocolate, como decía ella entre reproches, cuando ya no era el principio y se buscaban culpables. Antes también de que le diera esa montaña de plata para sacárselo de encima.

Ni bien se casaron salieron de viaje por los balnearios más caros del mundo. Desde Dubai hasta el Himalaya, pasando por Budapest, Malasia, Verona, Lyon y Suiza. Ahí descubrió que había lugares donde se podía estar sin enterarse de que afuera se había acabado el mundo.

Cebó un mate.

Esos del principio fueron buenos años.

Escupió el agua en la pileta y volvió a cebar. Después vino el tedio con la velocidad exagerada que da el dinero. Para disimular hicieron de todo y terminaron perdiendo el control. La mansión de San Isidro, que por décadas había recibido a lo mejor de la sociedad, se transformó en un cabaret. Entre risas de resaca cara, después de bañarse y tomar mil analgésicos, se preguntaban qué pasó ayer sin ganas de recordar.

Sacó de una estantería hecha con madera de durmiente un frasco grande de vidrio con galletas adentro. Él mismo las había cocinado un par de días atrás. La viuda de Mansilla le había explicado. Harina, agua, manteca y azúcar negra. Parecía cosa hecha pero estuvo lo suyo para sacar algo aceptable. Éstas ya eran incluso ricas.

Había cosas simples que podía aprender. El pianista que visitaba la mansión tres veces por semana le decía que era cuestión de tiempo. Podés ser el mejor en cualquier cosa a la que le dediques diez mil horas. Mientras masticaba despacio las galletas volvió a sacar la cuenta. Casi cuatrocientos diecisiete días. Se preguntó si él había aprendido a soportar, después de mucho más que un año y pico, que era lo que le daba la cuenta así en el aire sin pensar siquiera en dormir, que su mujer cambie el custodio cada vez que se aburría de cogérselo. La respuesta le dio la razón al pianista. Y sin embargo, otras cosas que él creía aprendidas hacía mucho, venían a desafiarlo de nuevo.

El perfume que usaba la viuda reaparecía en el aire de la cocina como si saliera de las galletas al partirlas. Sabía que era un recuerdo, que no estaba ahí de verdad, sin embargo, por momentos, le costaba aceptarlo.

Miró por la ventana. Los perros se empezaban a desperezar. Iba a estar despejado. Los paneles solares harían su trabajo y él no tendría que soportar el ruido del grupo electrógeno. La camioneta brillaba cubierta por el rocío. Iría al pueblo a comprar provisiones. Volvió a la pieza y se empezó a cambiar.

Después de todo lo que pasé.

Mientras terminaba de acomodarse revisó su celular. Puro spam. La cacería de consumidores llegaba hasta el último rincón del planeta. ¡Felicidades, acaba de ganarse un auto!

La viuda no le había escrito. Apretó fuerte los cordones de los borceguíes.

Venir hasta acá para nada.

Abrió la puerta. Los perros se le treparon para saludarlo y eso sirvió de navaja para cortar la soledad imponente que se le venía encima desde el paisaje. Un molino giraba desganado a lo lejos. La calle de tierra que llevaba después de kilómetros hasta la ruta traía ruido de camiones. Cada tanto se veían grupos de cuatro o cinco árboles juntos, como si durante la noche se hubiesen ido acercando para conversar. Más allá de la vista algunos campos sembrados, otros con ganado. A pocos kilómetros el pueblo. Antes del pueblo los campos de la viuda. La estancia, el piso ajedrezado de la galería, los mates gruesos, sabrosos, el aliento tibio, los ojos dulces, las manos suaves, su propia voz temblando.

 

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