Desconexión

Kabalcanty

Constelaciones (1959)- Joan Miró

 

 

Cuando movió la llave y le envolvió el olor del hogar, sintió hambre y sueño, resorte infalible cuando regresaba por las noches. Entrevió la silueta de su mujer entre el cristal esmerilado de la cocina y franqueó la puerta para darle un tibio beso en los labios. Ella se acostaría en breve, tras apurar el fregote de los cacharros de la cena, ya que madrugaba más que él. Los niños dormían, mansamente observó su sueño entre una rendija de la puerta.

Cenó solo como casi siempre, mirando las imágenes danzarinas de la televisión, escuchando el rechinar de los muelles en la habitación contigua, donde trataba de dormir ella. Nunca le apetecía despojarse del uniforme de vigilante, ni aún en verano cuando estaba sudado, prefería cenar masticando rutinariamente y esperar el ofuscamiento del sueño. ¿Cuánto tiempo hacía que no practicaba el amor con ella que no fuera el domingo por la noche, víspera de su día libre? Aquel interrogante, surgido de unas piernas esbeltas aparecidas en el televisor, le turbó tanto o más que el eructo ácido que se atravesó en su garganta por ese exceso de vinagre en la ensalada. Era jodido que le asaltara su cotidianidad con dudas. De diez de la mañana a diez de la noche vigilando un supermercado sin otro fin que mantener en las filas la moral que se espera del consumidor: la posesión del producto sólo lo valida su pago en caja. Detestaba aquel abúlico empleo, pero los tiempos no le dejaban mejor opción.

Definitivamente aquella noche de martes se estaba encauzando hacia el molesto dolor de sienes que tanto le incordiaba. Le había ocurrido otras veces, pocas porque él se empecinaba entre las sábanas hasta que el sueño diluía asperezas y sólo el timbrazo que despertaba a ella le traía una nebulosa tan incierta que era sencillo confundirla con la simplicidad de la pereza. Pero aquella noche el cauce del sueño se resistía.

Se adentró en la cocina para auparse hasta el armarillo donde guardaba la botella de coñac que sólo por navidades probaba. No le gustaba el alcohol pero aquella noche le pareció oportuno tomarse una copa para “disipar la mente”. Paladeó el licor tal y cómo un fin de año se tratase: cerrando los ojos voluptuosamente y relamiéndose los labios. Así se lo había visto hacer a Russell Crowe en una película de gánsteres o de vaqueros, y desde entonces, era todo un ritual cuando saboreaba el primer sorbo de una copa. Se sintió bien por momentos, todo un relax que notaba discurrir por sus venas, hasta que las manillas del reloj, simulando una pera partida a la mitad colgado en una de la paredes de la cocina, le advirtieron de lo avanzado de la noche. ¿Podría ser tan tarde? Fue hasta la puerta dispuesto a acostarse, remolón y al tiempo contento, pues sus sienes habían vuelto a ser silenciosas. Intentó girar el pomo de la puerta varias veces sin que esta respondiera. Pensó que podía ser grasa la que atoraba la puerta, pero puesta en escena su fuerza bruta tampoco obtuvo resultados. Se sonrió, encogiéndose de hombros, y optó por el camino de la puerta de la terraza para saltar al comedor por la ventana. La fría noche de principios de invierno le atusó las mejillas con un soplido que le resultó agradable y familiar. Cuando anduvo unos metros, se detuvo y se puso a recomponer mentalmente las conocidas dimensiones de la terraza. Observó lo andado y una oscuridad turgente hacia incierto el límite. Siguió hacia adelante de nuevo, guiándose sobre la fachada de la casa, y no cejó en su empeño hasta que estuvo caminando unos cinco minutos. Incrédulo, echó una ojeada al estrellado cielo e intentó apoyarse en la barandilla. Mientras caía, apretó con fiereza los ojos pensando en la dureza del patinillo que iba a recibirle. Mas el descenso se demoraba, lo cual le sirvió a él para ponerse a manotear en el aire mientras gritaba desaforadamente. En el núcleo de su pánico, notó un placer inmenso y cómo sus muslos se humedecían por su parte interna. Se encontró desnudo, saciado, en un inmenso lecho junto a ella, que dormía con un mohín risueño aferrándose a la funda de la almohada con una de sus manos. Tenía en la boca un regusto a barrica de brandy y el corazón le campaneaba en el pecho con volteretas sin ápice de aprensión. Impactado todavía, fue hasta el ojo de buey de la estancia. Un albo resplandor, venido del exterior, le nubló la vista. Deslumbrado, se restregó los ojos y poco a poco examinó la habitación que los contenía. Estaban todas sus paredes lacadas en todo sepia , el suelo estaba totalmente alfombrado por un tejido algodonoso que acariciaba los pies con su tersura, una puerta, la ventana redonda y el espacioso lecho salpicado con la piel dorada de ella, sumisa en su sueño profundo. Sin saber a ciencia cierta por qué, una hilaridad le estalló pletórica en la boca. Cuando las carcajadas dejaron de contorsionarle, se percató que se encontraba en el exterior, sobre un tablero ilimitado coloreado de azul mar y techado con la blancura iridiscente que ya no le cegaba. A lo lejos, la línea del horizonte oscilaba muy levemente. Cerca de él, correteaban sus hijos con otros infantes jugueteando sin reparar en su presencia desnuda. Casi le rozaban en sus juegos, mirándole con complicidad, sin detener sus carreras y griterío.

Anduvo un trecho, respirando unos aires que parecían ensancharle los pulmones más allá de su pecho. Se puso con los brazos en jarras, como él hacía cuando le gustaba o contrariaba algo, y contempló el ilimitado paisaje minimalista. Apenas había sonidos, el bullicio infantil sólo, ni tampoco se veía a nadie, la habitación rectangular donde dormitaba ella como un iglú solitario. Escuchó entonces un sonido familiar, remoto al principio, pero luego perfectamente reconocible. Sonaba el zumbido del despertador, todavía lejano pero amenazadoramente tenaz. Introdujo sus dedos índices en sus oídos y retornó al corrillo de los niños como si huyera. Segundos después no le fue dificultoso girar el pomo de la puerta donde ella soñaba.

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