La pitonisa

Celia Otero

La pitonisa-Tamara Lempicka

 

 

Amanecía frente al teléfono, esperando que sonara. Tenía que comer, dice ella, recordando esos tiempos. Y cuando sentía la campanilla, se le iluminaban los ojos, y atendía.

– ¿Cuál es tu problema? Y mientras escuchaba las cuitas del interlocutor/a, no despegaba los ojos del reloj. Le pagaban por minuto, no se le olvidaba. Tenía que hacer lo imposible porque no cortara.

– ¿Entonces él no quiere volver a verte?, cuéntame un poco más de tu vida, no pude ver en las cartas a qué te dedicas, porque seguro que es algo que sale en la otra tirada. – Van quince, ahora se engancha y mientras habla espero el minuto veintiocho y ahí comienzo a darle una explicación extensa… que le quede inconclusa, porque a la media hora se corta automáticamente, y querrá volver a llamar.

En tanto, con la vista en las agujas del reloj, iba pensando en qué día del mes estaba para calcular el dinero de su parte del alquiler de ese pisito en el Madrid antiguo, barrio de Cuatro Caminos, donde todavía no había llegado el boom turístico ni el modernizador.

Ya la tengo, seguro que hace uno o dos llamados más. Está desesperada por el tipo ese, que andá vos a saber que le pasa, seguro que ni le da bola.

-Si, Sonsoles, ya te oigo bonita, no te preocupes que las cartas las he seguido mirando en tanto no estabas al habla. Su acento a la madrileña, le servía, no para que pensaran que era nativa, pero sí para que se entendieran más amigablemente. -No sé por qué a estos españoles no se les cae nunca una palabra a lo porteño y eso que vivimos acá tantos argentos que casi parece una sucursal del café la Paz.

Ese corralito, corralón o lo que quiera que fuese la había dejado casi en la calle. Mejor sacamos el casi. Laburo no tenía más, el comercio donde estaba cerró .El pasaje lo puso sacar con la ayuda de su madre que ya llevaba dos años en España, y al contar con la doble nacionalidad no tuvo problema. Pero la vieja estaba en Barcelona y no le iba mal con sus artesanías de blusas estampadas con temas ecológicos.

Estuvo un tiempo dando vueltas por la Barceloneta, ese barrio popular con la madre, pero sólo encontraba días sueltos para hacer de mesera, y no muchos. Había demasiados compatriotas que elegían esa ciudad.

Cuando la llamó una amiga argentina para avisarle que había rentado un departamento en ese barrio madrileño, compartido con otra, pero que había un lugar para ella y un trabajito a su medida, no lo dudó.

Llegó a la Estación de Chamartín y desde ahí unos minutos de Metro la pusieron en la calle Federico Rubio. Vio el antiguo edificio, ahora con un ascensor ingeniosamente instalado en el hueco de la escalera, que antaño subían escalón a escalón los trabajadores que vivián en esos pequeños departamentos baratos de la llamada Casa del Barco, “por la forma viste, si te parás en la diagonal, allá arriba, te parece ver un buque que se te viene encima”.

-El trabajo es para ideal para vos Lorena, siempre tuviste una labia que conseguías desde un aprobado hasta un novio con el verso.

-Si, le dijo, así me fue.

-Pero para este laburo es lo único que necesitás, eso y tu psicología aprendida en las revistas y las charlas. La gente misma te da las respuestas que quiere oír. Además hacés un bien a la comunidad, es como un servicio social.

-Yo creo que es una estafa, pero tengo que comer. Y se lanzó. Y le fue bárbaro. Ni ella podía creer que con esa boludez pudiera pagarse casa, comida , ropa y hasta las tapas de los fines de semana.

Ponía el trasero en la silla muy temprano, había dos horarios que eran claves, el amanecer, en que la gente ya no se bancaba el insomnio que le había durado horas y después de medianoche. O sea, que para descansar, solo le quedaba desde media mañana hasta la noche. Sábado y domingo eran de doble trabajo, sobre todo al atardecer y más si llovía…

-Lo estoy viendo Mercedes, no lo dudes, te ha salido la carta que marca que tu período de sombra y noche se está terminando, guapa. Hay un sol y un duende , son fortuna y amor nuevo. Eso te está entrando en el cuadrante. Pero si quieres asegurarte me llamas la otra semana, seguro que hay cositas nuevas en tu entorno, y tú no dejes de salir a que él te vea, hazme caso y lo tendrás a tus pies.

Llegaba la liquidación semanal, a 25 céntimos el minuto, no estaba mal … le salía a quince euros la hora. Había que asegurarse los clientes, los había ocasionales, otros eran fijos, no fallaban y en general predominaban las mujeres, pero los tipos también se hacían el bocho y le pedían seguridades para lanzarse tras las minas que les gustaban o para saber si la esposa estaba ya liada con otro o no.. -Qué inseguros, por favor, peor que los de allá… pero yo ¿qué más quiero?, los tengo agarrados mejor que a ellas. Y son más largueros, no cortan, no se atreven.. son los mejores clientes.

-Hablas con la Pitonisa Gitana guapo, atendió una vez más, es el último pensó al ver la hora… El acento argentino la descolocó, nunca la había llamado alguien que fuese extranjero, estaban demasiado ocupados en sobrevivir.

-¿Cómo sabes que tengo ojos del color del tiempo? Chico, no te lances que mi tarea no es buscar chulos. Así que dime que te anda preocupando, o qué quieres saber que eso es lo mío.

– Además, no es cierto, te has tirado un farol, mis ojos son oscuros, como toda mora, alcanzó a decirle, para que no le sacara información. -A mí no me va a jugar con mis propias armas, en esto la experta soy yo y este pichón no sé a qué está jugando pero mientras corran los minutos se la sigo.

Media hora después, la comunicación se cortó, como estaba programada, pero él insistió y siguió una conversación divagante A mí me sirve, pensaba Lorena y sin darse cuenta se fue enredando en las palabras que le recordaban su Buenos Aires querido. Y lo que ahí había quedado.

Dos días después la tiradora de imaginarias cartas se encontró en el barcito del cubano de la esquina comando una cervecita, enfrente estaba su ex, con un pasaje y un anillo. Desde el fondo del local sonaba, no se sabe por qué, Volver, aquel tango que solo Gardel había sabido interpretar.

 

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