Tomás

Alberto Ernesto Feldman

 

 

 

Tomás nació el mismo día en que murió su madre y perdió al mismo tiempo la oportunidad de tenerla y de celebrar o al menos recordar sus cumpleaños. Hasta que cumplió dieciocho y sacó la Libreta de Enrolamiento, no había prestado atención al detalle de que ambas fechas coincidían.

Su imaginación, como la de los suyos, corría sólo por los ciclos de la tierra y de los animales, de las lluvias y la sequía, de la siembra y la cosecha, de la preñez y la parición. Excepto para ir a la escuela del pueblo, no había salido nunca de la estancia donde Rosendo, su padre, era capataz desde hacía más de treinta años.

Como flotando en la neblina recordaba, eso sí, que con su padre y sus dos hermanos, iba algunos domingos a llevar flores y alguna lágrima al pequeño cementerio, cerca de la ruta vieja, a una legua escasa del pueblo. La respuesta a sus preguntas era siempre la misma. — Mamá murió: ¿para qué querés saber más?…

Todos ellos se comportaban como en una conjura de silencio, pero en realidad callaban sus propios pesares y de paso creían proteger al menor. Todos eran taciturnos y tristones.

Parecían avivarse y salir de su mutismo sólo de cara a los variados trabajos del campo.

Las tareas que desempeñaba ese cuarteto de varones en una estancia de la zona oeste de la provincia de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa, estaban organizadas de acuerdo a las necesidades del establecimiento; a veces como una cuadrilla, en otras ocasiones con arreglo a las habilidades de cada uno.

Esteban, el mayor, era muy buen domador: Andrés, el mediano, era capaz de desempeñarse solo con un plantel de doscientas vacas lecheras; y Tomás había aprendido a manejar a los catorce años, enseñado por el patrón, que lo apreciaba mucho porque aprendía rápido y era un muchacho dócil y callado, y le confió desde entonces todos los vehículos de la estancia y la conducción y el mantenimiento de la maquinaria agrícola.

Don Rosendo hacía honor a su puesto de capataz, era muy competente en lo suyo y no hacía diferencias en el trato entre sus hijos y los demás peones, todos lo querían. De carácter tranquilo y bonachón, se había vuelto muy parco en gestos y palabras desde la muerte de su mujer, veinte años atrás, y todavía más desde el año pasado, cuando sus dos hijos mayores formaron yunta con las hijas del herrero y desde entonces dormían en el pueblo.

Rosendo y Tomás pasaban el tiempo después de las labores en un estado de gran desasosiego. Había demasiado silencio entre padre e hijo.

Gradualmente, Tomás fue hastiándose del campo y de los melancólicos atardeceres, mateando con su padre hasta la caída de la noche; de las mismas palabras cambiadas con sus hermanos referidas siempre al trabajo, de la monotonía del paisaje y de su propio pensamiento que giraba en círculos.

Intuyó que había sido blanco de tácitos reproches por la muerte de su madre y que no podría cambiar las cosas, pero sí podría intentar su propio camino, lejos de allí.

No se sentía culpable de nada. Supo que estaba encerrado en una trampa y que tenía que escapar, pero no sabía cómo hacerlo, su conocimiento y su escasa representación del mundo coincidían con el alambrado perimetral.

Cuando comenzaba a desesperar, la convocatoria del Ejército para hacer el servicio militar en Buenos Aires vino a darle la salida buscada. Se despidió de todos con la convicción de que lo veían por última vez. Aunque volviera, ya no sería el mismo.

Después de viajar toda la noche, la primera impresión que tuvo lo dejó pasmado. Se sintió infinitamente pequeño ante la gigantesca ciudad a la que miraba asombrado con la cara pegada a la ventanilla del ómnibus aquella mañana de enero de 1948.

Apretó con fuerza los puños, desafiante y se prometió que esa ciudad y él se adoptarían.

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