UN VERANO DESACOSTUMBRADAMENTE FRESCO

Kabalcanty

El arte de la conversación (1963)-René Magritte

 

 

En un parque público una pareja de adolescentes se besaba. Nada parecía importarles, sólo sus bocas, sus labios tersos uniéndose para mecerse en esa eternidad que sienten tan familiar y cómoda.

Un verano, extrañamente fresco en la gran ciudad, apuraba sus últimas semanas. Las sombras de los árboles se codiciaban poco y hasta había quién se dejaba tostar por el sol benévolo del mediodía mientras soplaba una brisa húmeda más propia del otoño. Y así K. y J., sentados cercanos, miraban a la pareja sonrientes, iluminados por el sol, haciéndose un gesto de complacencia, acaso velado de envidia y remembranza, envueltos en el humo de sus cigarrillos. Los dos hombres eran de mediana edad y de un parecido singular que invitaba casi a la mofa (“….mira Rómulo y Remo; Pili y Mili; Pin y Pon; Zipi y Zape…….”), aunque a ellos parecía importarles más bien poco esa duplicidad física que les acompañaba, a juzgar por el lugar preponderante que ocupaban en el asiento del parque. K. llevaba un sombrero panamá con una marcada mancha de sudor seco bajo la cinta negra que lo adornaba. J. lucía una calva que destellaba al sol como el reflejo de un cristal cegador. Los dos gastaban bigote y unas patillas largas que se acercaban desafiantes a las comisuras de sus labios.

K. terminó el primero su cigarrillo y lo catapultó con su dedo corazón hasta la rinconada de la acera.

—Un poco más y estos mendas acaban la faena -dijo K., desviando una ceja a la derecha.

Se refería a un gran muro que pintaban unos operarios encaramados a unas plataformas móviles alzadas en una especie de tijera metálica.

—Olvidémonos de Kavaranchel, es pasado……se jodió. —contestó J., dedicándole una escueta mirada a la obra.

Una bandada de cotorras se posó sobre las ramas del tilo más cercano a ellos.

— Putos pájaros chillones —maldijo J., lanzándoles inútilmente su colilla.

—¿Sabes lo que más me encandila de la ficción? —añadió K., obviando el incomodo de su compañero—. Que la muerte de una no es más que el resurgimiento de otra. Su vida depende de un entusiasmo que si decae evidencia una ilusión de mayor calado. ¿Me explico, tío?

El otro apenas le encaró, hizo un gesto como de fastidio resignado y se puso a taconear sobre la arena.

—¿Tanta importancia le das a no escribir?—lanzó la pregunta K., constatando cómo los operarios descendían la plataforma tras terminar su trabajo—.Vamos, leche, que tampoco nada es tan determinante, tan trágico, tan definitivo. Estás intratable, Jesús, créeme.

Tras el muro recién levantado y pintado, un atisbo de neblina compacta se asentó en lo más alto. Dócil, pero tan consistente como una lengua de algodón, pronto desdijo la cumbre del muro y lo infiltró en un más allá insondable. Nadie pareció darse cuenta de nada, ni siquiera de que el muro se terminó y de que los operarios fueron yéndose dejando arrinconadas sus máquinas elevadoras. La vida fluía como todos los días y la última novedad, hizo segundos escasos, es que las cotorras aletearon gritonas hacia otras ramas.

— Putos pájaros vocingleros.

En silencio, los dos hombres se levantaron y, saliendo del parque público, tomaron la acera hacia abajo. Más tarde, mientras cruzaban la calzada, sus sombras se hicieron una, desmesuradamente alargada, cuarenta y cinco grados sobre las marcas pintadas de blanco del paso de cebra. Sólo la silueta coronada con el sombrero gastado de K. logró tomar la otra orilla de la acera.

— ¡¡¡¡Eeeeehhh, Calafatti!!!!

Desde la ventanilla de una furgoneta cargada de bebidas, Baldomero Prieto detuvo su vehículo en el sentido contrario para llamar la atención a K. Maruja, a su lado, le reprendió por la escandalera y por su mala pronunciación.

—Si ya no puede escucharte, está muy lejos —le dijo—, además si le estás llamando por un nombre que válgame dios. Ka-bal-can-ty, hijo que no es tan difícil. Anda, sigue que nos van a dar las tantas hasta que coloquemos todo esto en el bar.

Baldomero posó sus ojos azulados y acuosos sobre el volante y sacudió la cabeza con contrariedad.

—Joder, son tantos meses sin verle a él, a su satélite, a la Anita…..

—Anda, vámonos, que el mazacote este que nos han “plantao” nos hace dar una vuelta que para qué. Seguro que cualquier día nos volvemos a ver todos. Ya verás. —dijo ella, poniendo una mano sobre el velludo antebrazo de él.

—¿Sabes lo que más me fascina de la ficción, K.? —se preguntó J., más tarde frente al escaparate del locutorio de los colombianos, escudriñando su silueta tripuda—. Como la mentira nos capacita para creernos mínimamente talentosos. Inventarse inventando. Aunque también unas buenas cervezas frías lo hacen, es cierto, desde luego que sí.

Y siguió calle arriba medio riendo solitariamente.

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