Hoy es miércoles

Miguel Rodríguez

La persistencia de la memoria (1931)-Salvador Dalí

 

 

Hoy es miércoles; lo sé porque lo he visto en el periódico. Lo leo todos los días: me acompañan al café, me siento y lo leo. Siempre leo el mismo, y compruebo la fecha, el tiempo y la página de los muertos. Dicen que es importante que sepa en qué día vivo, que me mantenga activo, que desarrolle aficiones y no sólo me enrede en las rutinas. Parece que tengo Alzheimer desde hace ya algún tiempo, que esto es lo que hay y ya está; bueno, esto a mí no me lo dicen nunca, lo hablan en bajo entre ellos de vez en cuando – creo que piensan que si no lo nombran no existe – y también cuando vamos al médico cada equis tiempo. Yo sé las fechas en las que vamos al médico, lo apunto cuidadosamente, pero no sé dónde pongo las notas que escribo. Se me olvidan las cosas, es verdad; ‘las pastillas, papá, límpiate aquí, no comas eso, hombre’; me lo repiten todo el rato, o al menos antes lo hacían, ahora se comunican menos conmigo, o eso me parece, quizás piensen que ya da un poco igual, y en su lugar me dan instrucciones de qué cosas he de hacer y cómo. Las instrucciones me confunden, las mezclo todas, nunca sé si se refieren a casa o al café, a la comida o al baño, me dan demasiadas reglas y me relegan de mis propias rutinas, me impiden salir solo y bajar al café que ha formado parte de mi vida durante tantos años. Todo esto me pone un poco nervioso; sé que hay sitios del barrio que ya no existen, tal vez haya partes de mí que mi familia sienta que tampoco existen, pero si es así, no sé cuáles son ni cómo llegar a ellas yo mismo. De vez en cuando les oigo hablar de mí, se cuentan cosas de cuando yo era aún joven y les llevaba de viaje. A veces lloran, yo me doy cuenta y me acerco a ellos para consolarlos, me caigo de la silla, se me cae el plato, me paso media vida cayéndome, ellos se enfadan, ‘papá, estate quieto, por favor, ¿no ves que te puedes caer?’ Yo les miro desde el suelo: angustiados, pendientes, gastados. Tienen miedo. Piensan que algo de ellos también se muere. No sé cómo se ha desarrollado en mí este tsunami que arrasa con lo que he sido, a la persona con la que he vivido tanto tiempo, para dejarme a solas con este despojo del espejo que dice que ese de ahí soy yo. Tal vez esa persona sea la que ha ido borrando las partes de mí que eran yo, por eso no la reconozco al mirarme en el baño. Sólo veo algunos trazos de hace mucho tiempo; una especie de neblina débil y permanente detrás de la cual hay un rostro que me mira como diciéndome algo que no logro comprender ni oír. No me doy cuenta de haber visto antes a esta persona, quizás ésta sea una señal de senilidad.

Mis recuerdos se tambalean, es cierto, ya no sé si antes pedía el café cortado o con leche, o si leía el periódico para acompañar. Ahora lo leo todos los días, dicen que es bueno para la memoria, aunque me da igual qué tiempo vaya a hacer esta tarde o si va a hacer frío, a mí me toca tomar dos pastillas más con la cena, una azul y otra roja, lo tengo apuntado aquí, conmigo, por si un día me pierdo y alguien ha de ayudarme: ‘azul y roja con la cena’. Yo no comprendo cómo leer lo que ha pasado hoy me vaya a ayudar a recuperar lo que fui hace diez o quince años. Quizás haya un acceso lingüístico, un atajo, un agujero de gusano cósmico entre las secciones del periódico y las de mi mente, pero lo único que noto dentro es energía oscura, y un agujero negro que succiona y absorbe lo que yo sé de mí. Sí, hablan de mí, del que dicen que soy ahora, de mi demencia, así la llaman. Dicen que ya no soy el mismo, que ya nunca volveré, y esto dispara en mí imágenes de momentos en los que no he sido yo, en los que he fracasado conmigo, y otros pocos en los que ese agujero de gusano me ha llevado de universo en universo y yo estaba en todos. En todos los mundos, en todos los espejos.

El médico piensa que no comprendo lo que dice, que no le entiendo, y habla delante de mí a mis hijos: que mi cabeza está llena de agujeros (¿quizás por ahí se me escapen los pensamientos?), que hay un gran vacío en mí que va definiendo lo que queda de mi vida; que ya he pasado el punto de no retorno. Esto último es verdad, pero sucedió hace muchos años, no ahora. Hace mucho que dejé de ser un explorador con brújula y GPS, y comprendí que iba a morir. Desde entonces, todos los minutos son breves, demasiado breves, y todos se me olvidan por la ansiedad de no desperdiciarlos, como si hubiera vuelto de la muerte y tuviera una prórroga adicional con la única condición de vivir como un suicida. Sí, yo viajaba, aunque no recuerdo bien qué lugares visitaba o si apuntaba las pastillas de por las noches, tan sólo que fui feliz. Veo fotos de iglesias europeas con vidrieras preciosas, canales, calles con gente que se ama, la mano de mi compañera, y tengo la sensación de que conozco todo ello, aunque no sepa sus nombres. Creo que alguna vez los supe. En realidad, no sé si alguna vez fui a estos lugares, pero sé que he estado en todos, haber ido, como si lo único importante (más que el lugar) hubiera sido el viaje. Esto es lo que soy, lo que creo que soy, este único recuerdo, si no me lo quita el hijoputa del espejo.

Mis hijos me exploran, no saben cómo llegar a mí; a veces creo que ya han desistido; dibujan esquemas, horarios, calendarios de pastillas con las que pretenden sujetar la virulencia de mi declive, orbitan a mi alrededor, pero nunca tocan tierra, me sacan fotos, ‘quizás éste sea mi último cumpleaños’, pienso, pero llevo años celebrando mi último cumpleaños. Yo soy como un satélite, les observo desde lejos: el suelo cuando me caigo, estas calles en las que sé que he estado. Se les ve pequeños, tan atareados en llegar a tiempo a sus vidas, en cerrar convenientemente la mía, en hacer que las tragedias y los dramas no destrocen sus propios recuerdos. Se conoce que yo ahora soy el causante de un drama, aunque cada vez tengo menos argumentos, ya no tengo mucho interés por nada. Yo les hablo, de vez en cuando les pregunto por sus vidas, sus parejas, sus hijos, proyectos que empezaron años atrás. Siempre me dicen que bien, que todo va bien, que tal persona no está ahora, o que está de viaje – pareciera que lleva años fuera – y yo me pregunto a qué parte del planeta se habrá ido de viaje, a qué calles, si es que aún existen esas calles, o si es que mis hijos están desarrollando algún tipo de patología que les impida comunicar la realidad. Tengo Alzheimer, sí, es verdad; o al menos, creo que lo tengo. La mayor parte de mi vida consta de cosas que ya he olvidado, y creo que esto es lo que comparto con mis hijos. A veces pienso que todos tenemos algo de Alzheimer.

No creo ser el único, sino más bien que con el tiempo a todos se nos olvidan las cosas, más o menos, y que esto nos parece normal. Lo que les duele es la consciencia de que esto me suceda a mí, a alguien tan cercano: su vida deja de ser lo que ha sido hasta ese momento, y sienten que ellos son los siguientes, que después van ellos, ya toda mi torpeza e incapacidad les pone frente a su propio espejo, algo predecible, no hay antídoto que desactive el deterioro. Nos reconocemos como normales en el olvido aleatorio, ésta es nuestra cordura, la referencia de salud mental aceptable, no pasa nada por ir olvidando las cosas, alegaciones, coartadas, lo que pasó en realidad hace cinco, diez, quince años, la historia que nos contamos íntimamente sobre nuestra propia vida está llena de olvidos, de espacios vacíos, de agujeros, vamos por la vida andando por un puente en el que faltan muchas tablas. Y, sin embargo, cuando alguien recuerda con exactitud le llamamos loco, tarado, nos da miedo. Somos, en parte, un conjunto de olvidos, de cosas que hemos necesitado olvidar o que hemos olvidado sin más para seguir adelante. Vivimos entre dementes y locos por causa de la memoria. Mis hijos han elegido que yo soy un demente.

Yo no lo sé. Me da igual. En realidad, da igual lo que piense. Sigo encerrado aquí esperando a que alguien encienda una luz y me vea. Tal vez yo no tenga Alzheimer, sino que esté loco, al fin y al cabo, la línea entre la demencia y la locura no es muy nítida. ¿Alguien la conoce acaso? Es tan fácil decir ‘ese está loco’, nunca vemos cuándo alguien cruza la raya, sólo nos damos cuenta de cuándo vuelve de la locura y nos mira con otros ojos, desde otro sitio. Puede que la locura sea una línea, sí, o una franja, un territorio que se ensancha y se encoge, que se mueve, algo que madure con nosotros. Un puente con muy pocas tablas. Yo he estado ahí varias veces, lo conozco y, la verdad, las cosas no son tan distintas una vez se ha ido más allá; ahora no estoy allí, ahora vivo en esta franja límite, sé dónde comienza la zona de no retorno, pero no tengo control sobre mi mente ni sobre su evolución. Mis hijos saben esto y temen venir a por mí, tratarme de tú a tú, llegar aquí, a esta franja, a este territorio que, a mi edad, me señala una vida nueva y distinta que he de vivir.

Hace años que vivo en esta franja; me gusta el sitio, es bonito, tiene mar, llueve, huele a sal, pero creo que podría vivir en otros distintos. De hecho, a veces he pensado en mudarme, en irme lejos de aquí a una gran ciudad como Nueva York, o a una esquina de Portugal que apenas nadie visite si no es por equivocación. Creo que hubiera sido igualmente feliz viviendo en estos lugares, pero no lo hice; he seguido aquí por un motivo, creo, y es la gente, las historias de la gente que he ido conociendo y viendo a través del tiempo, es como si estas personas se hubieran convertido en mi paisaje vital, en una especie de mapa del mundo de cuyos nombres ya no me acuerdo, en mi mapa de la vida, con demarcaciones que nunca he cruzado, mares en los que he nadado, selvas y desiertos en las que me he perdido, y zonas inmensas que nunca tendré tiempo de explorar. Ahora vivo en las zonas de mí que no conozco. No me interno en ellas, no avanzo, permanezco quieto viendo cómo vienen a mí y me envuelven, me traen sus propios pensamientos, tan distintos de los míos, o al menos de los que yo recuerdo. Querría viajar, llevarme estos mapas conmigo. Al fin y al cabo, cuando alguien emprende un viaje, en realidad todos emprendemos nuestro propio viaje a la vez que él. También mis hijos, aunque aún no lo sepan. Aunque sólo lo intuyan.

Hoy no he bajado al café, no sé si es miércoles, me he vuelto a caer, creo que ha sido hoy, porque me duele todo y apenas puedo moverme. Nadie me ha subido el periódico para poder leerlo. No sé quién se ha muerto, ni si va a llover. Hay más silencio en casa que de costumbre. No sé si me he tomado las pastillas, no encuentro la nota de mi bolsillo. Quizás ya he cenado y por eso ahora duermo. Nadie habla. Nadie me habla ya. Ya no me explican horarios ni cómo hacer las cosas. El tiempo pasa y me arrastra. Me lleva con él. Ya se me acaban también las palabras. Mi compañera ha venido a cogerme de la mano, después de tantos años. La he reconocido, la he llamado por su nombre. Me sostiene fuerte y me besa. Se recuesta junto a mí en el suelo. Me habla de lugares en los que estuvimos, ahora me acuerdo, dios mío, qué jóvenes éramos, tan llenos de mar y de lluvia, como este lugar en el que vivo ahora; creo que ha venido a buscarme, a llevarme de viaje con ella; quizás sea una gran ciudad, quiero ver de nuevo las calles llenas de gente que se ama, que ríe. Alguien se acerca y me da una última pastilla. Creo que ya no la voy a tomar. Tengo que buscar mi maleta, no sé dónde la he puesto, no quiero retrasarme ya.

 

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