La vuelta

Marcelo Filzmoser

 

 

Hubiese sido mejor al revés.

Los chicos miran Toy Story acostados panza abajo en la alfombra del living. Él aprovecha para ir al balcón a fumar.

Emanuel es más dulce y le gusta quedarse abrazado a la madre, franelearla un poco. A Katia, en cambio, se le nota que me prefiere a mí. Si la hubiera saludado Emanuel al final, a ella le iba a costar más, por lo menos se hubiese ido con ese recuerdo pegado.

Apoyado sobre la baranda mira un rato el movimiento en la calle. Es la hora del recambio. Personas con bolsas del shopping, parejas con chicos y helados, pibes con camisetas de futbol, tías tomadoras de té con amigas. Toda esa gente se repliega en armonía a medida que llegan las parejas sin hijos y los grupos de amigos. Levanta la cabeza. El último reflejo del sol se destiñe en las terrazas de los edificios. Pasadas las doce llegará el último relevo. Chicos y chicas jóvenes, escapados de publicidades y series producidas en masa, buscarán en la noche aquello que el día les ha negado.

Cuando estamos de vacaciones es distinto. Ella se queda. En una de esas ahora que afloja el frío podemos hacer escapadas de fin de semana.

Deja caer la colilla y se la queda mirando. Dejaría de fumar si no fuese por ella. Está prohibido en casi todas partes y no le gusta que sus hijos lo vean, por lo que fuma cada vez menos. Calcula que con poco esfuerzo podría dejarlo. Pero ella vuelve de vez en cuando con olor a cigarrillo. Levanta la mano derecha y lleva los dedos índice y mayor hasta la nariz buscando los restos de nicotina y alquitrán.

Se le transparentaba todo.

Antes de tener a los chicos se vestía así para salir con él. Por eso le gustaba cuando estaban de viaje. Era como si volviera a ser la de antes o la que era ahora cuando salía. Un tiempo atrás disfrutaba de ver como la miraban los otros hombres, hasta había momentos en que ese deseo mal disimulado llegaba a excitarlo.

Adentro Katia sigue acostada viendo la película y Emanuel camina a su alrededor. Cada tanto intenta saltarla. Los deja hacer un rato más. En la calle el alumbrado público termina de encenderse. Sin ganas prende otro cigarrillo y se imagina saliendo con un megáfono por la calle. Les hablaría a todos los hombres que miraban descaradamente a las mujeres.

Señor, a su edad puede terminar internado!

Eh, pibe, mejor seguí con los videos de internet, que en la vida real hay que saber desabrochar un corpiño!

Pará flaco, que si se da vuelta y te ve la cara le arruinás el almuerzo!

El grito de Katia lo devuelve a la realidad. Emanuel le acaba de pisar el pelo. Entra. Camina apurado hasta la cocina y se lava las manos mientras los mira. Con el repasador en las manos vuelve al living.

—Señoras y señores, aquí comienza… la hora del bañoooo

Sentencia que le toca primero Emanuel, por haber pisado a la hermana. El chico se queja pero no ha lugar. Katia puede seguir viendo un rato más la película. Pone a llenar la bañadera mientras junta algunos juguetes y prepara la ropa limpia. Para llevarlo lo carga sobre un hombro jugando al repartidor de bolsas de papas. Emanuel ríe y le pega en la espalda. Promete chocolates para después de cenar si se saca la ropa y se mete solo al agua. El chico hace caso y una vez en la bañadera se pone a jugar. Él aprovecha para ir hasta la cocina.

En la heladera hay verduras, mayonesa, huevos, leche y fruta. El frezzer está lleno. No se dió cuenta esa mañana que debía bajar algo para descongelar. Ella tampoco le avisó. Para peor, los chocolates que creía haber visto el día anterior en la alacena son un misterio. Da vuelta media cocina y no aparecen. De fondo se escucha la voz borracha de Buzz Lightyear después de descubrir que es un juguete. El vaquero Woody quiere convencerlo de que eso es bueno. Él insiste. Revisa los mismos estantes varias veces hasta que escucha la voz de Katia.

—Tengo hambre, pá!

Vuelve al living y poniendo una mano frente a la boca en forma de cono anuncia que comerán pizza.

—Pensá qué gusto preferís mientras termino de bañar a tu hermano.

En el baño Emanuel juega con los cochecitos. Corren carreras por el borde de la bañadera y cada tanto uno cae. Sin perder tiempo transforma su motor y sigue compitiendo debajo del agua como un submarino de carreras. Casi siempre es ese el que gana. Mientras juegan le lava el pelo. Después abre la canilla y lo enjuaga. Llora. No es el shampoo. Siempre hace lo mismo. Quizás sea por el cloro del agua. Lo para sin darle demasiada importancia y le enjabona el cuerpo. Después lo vuelve a sentar en la bañadera para que siga jugando mientras se le va el jabón.

Katia quiere con tomates y aceitunas, así que pide napolitana con jamón, sin ajo por Emanuel y una cerveza para él. Toy Story terminó. Le toca a Katia. Desde hace un tiempo esa situación lo incomoda. No está seguro de qué hacer en el momento en que ella se saca la ropa. Ya tiene seis años. Le pregunta si quiere bañarse sola. Katia lo mira un segundo y dice que sí.

—Cualquier cosa me llamás. Tené cuidado, no te vayas a caer, mirá que el baño es un lugar peligroso.

Vuelve al living casi corriendo. Emanuel está parado frente a la tele y pasa por los canales para chicos. Se queda mirando a su hijo. Al cabo de unos minutos elige uno donde hay un mono y un señor con sombrero amarillo. Desde el baño llega la voz de Katia. Olvidó dejarle la ropa limpia. Entra para alcanzársela y ella se cubre con la toalla. Deja todo sobre la tapa del inodoro y sale.

Alcanza a poner la mesa justo antes que suene el portero. Katia mira la tele con su hermano aunque ahora lo trata como si lo estuviera cuidando. Baja apurado a recibir la pizza y al volver los encuentra sentados a la mesa. Sin recordar la promesa de los chocolates hace una broma relacionada al hambre y la obediencia. Comen mirando la tele. El mono, que se llama Jorge, construye un iglú. Primero lo hace en el jardín, pero como no soporta el frío se le ocurre mudarse y construir otro dentro de la casa. A la mañana siguiente despierta en el medio de un charco y el señor del sombrero amarillo le explica que el hielo se derrite con el calor de las estufas. Cuando terminan de ver al mono mira la hora. La botella de cerveza sigue sin destapar sobre la mesada y en su plato hay una porción fría con dos mordiscos. Cuenta las porciones sobrantes. Al menos los chicos comieron bien. Ofrece fruta y Emanuel lo mira serio.

—Vos prometiste choco…

No lo deja terminar.

—Los iba a traer mamá. Se le debe haber hecho tarde. Mañana compramos.

 

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