Relatos de LOS QUEHACERES DE UN ZÁNGANO: “De paseo por el mundo de Kafka”

Fernando Morote

Un par de zapatos (1895)-Vincent Van Gogh

 

 

Ocho de la mañana: cruce de las Avenidas Ayacucho y Tomás Marsano. Agitación general. Cien metros planos. Todos apurados para acudir a sus trabajos. Yo, sin uno al que llegar, me levanto temprano para ir al centro de Lima y observar cómo corren los demás. Me divierto. Gozo viéndolos desesperarse por llegar a tiempo. Una oportunidad para reforzar aun más mi amor por la vida sosegada. En el paradero del ómnibus dos policías preguntan cosas a la gente. Las personas responden con movimientos de cabeza, gestos de perplejidad, ademanes elocuentes. Quién sabe, tal vez, quizás, a lo mejor, de repente. Algunos se van, otros llegan. Yo entre estos últimos. Estoy recién bañado, pero sin afeitar ni peinar. Los pelos semi-parados. Llevo la misma ropa de hace cinco días: jean azul casi marrón, polo blanco casi plomo, casaca guinda casi negra, zapatillas rojas casi sin color, sobre el hombro un morral de lona beige casi verde. Uno de los policías se acerca y me pide documentos. Sin entender, le entrego mi libreta electoral. La lee, la examina, observa la foto, se lleva una mano a la barbilla, piensa, hace un mohín de duda, me mira, mira la foto, lee mi nombre, mi apellido, le da vuelta a la libreta, la lee otra vez. Me pregunta si trabajo. Le digo que no. Me pide que abra el morral. Lo abro. Adentro llevo algunos libros, entre ellos “El artista y la época” de Mariátegui. El policía lo ve y me mira. Asociación de ideas: mal aspecto, desempleado, el mismo apellido del Nº2 de Sendero… Mariátegui… Ayacucho… ¡Suficiente! Con fuerza me toma del brazo y llama a su compañero.

—Éste es —le dice.

Le entrega mi libreta electoral y le ordena que vaya a preguntar. El otro se va. De pronto me siento como un reo. Le pregunto al policía qué pasa. No responde. Insisto. Nada. Pasan algunos minutos. Mi desconcierto crece. Me desespero. No entiendo. Vuelvo a preguntar.

—¡Quieto! —me dice el policía.

Muchos de los que pasan, observando la escena, son vecinos, amigos, simples conocidos. Entre expresiones de incomprensión y extrañeza algunos ríen, otros reprueban, quizás más de uno condena. Nadie se acerca, todos siguen de largo. Ha pasado ya mucho rato. El otro policía no regresa.

—¡Dios santo, qué pasa! —digo— ¿Por qué me retienen? Necesito una explicación.

El policía se niega a dármela.

—No hay garantías —es todo lo que dice.

Lo observo sin comprender.

—Ha habido un atentado cerca de aquí esta madrugada —agrega.

—¡Y yo qué tengo que ver con eso! —replico— ¡Exijo que se aclare mi situación!

El policía se enfurece.

—¡Quieto! —repite, apretándome más el brazo.

“¡Qué concha, carajo!”, pienso.

Por fin regresa el otro policía.

—¡Qué pasa? —le pregunto.

—Nada —responde.

Le hace un gesto a su compañero y éste me suelta. Me devuelven mi libreta electoral.

—Vaya, nomás —me dicen.

Sin darme una explicación, una disculpa, los policías se alejan, desaparecen.

 

 

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