África

Marcelo Filzmoser

 

Fumaba. Eso me dejó en claro que las cosas no andaban por el camino de siempre. En los doce años que yo tenía lo había visto fumar muy pocas veces. El olor, en cambio, era común sentírselo todos los días. También a la mañana cuando nos levantábamos a desayunar flotaba en la cocina, dando vueltas desde la noche anterior, esperando a que mamá abriera una ventana. Pero esa vez estábamos tan cerca que parecía como si se pudiera ver, saliendo de la boca junto con el humo, como si no fuesen lo mismo; porque yo al olor estaba acostumbrado, al humo no.

Nos habíamos sentado en el fondo, sobre el tronco acostado de la higuera que habían cortado hacía poco porque atraía moscas y ratas. Él le había hecho las patas y estaban bastante bien; se daba maña para muchas cosas. Es cierto que no era muy cómodo por la aspereza misma del árbol, pero daba gusto sentarse a su lado sobre ese tronco. Tardó en empezar a hablar, como si le costara, aunque la voz le salió tranquila, con la calma de casi todos los días.

—Al final me quedó bien este banco, ¿no?

Yo asentí con la cabeza y me quedé callado con la mirada en la tierra del piso. Abajo del alcanfor casi no crecía pasto.

—Y vos, ¿Todo bien?

Sí.

¿Qué andás haciendo?

—Nada.

¿Nada? ¡Qué aburrido!

—No, en serio… ahora no hice nada. Hasta en la escuela voy mejor. La maestra nueva dice que soy bueno.

Está bien, yo no pensaba retarte, te preguntaba nomás. Aparte, ser bueno es decir mucho, ¿no te parece? A lo sumo podrá decir que no sos malo.

El viejo venía raro desde hacía un tiempo. Con mamá se hablaban muy poco, no como antes que peleaban todo el día. Desde unos meses a esa parte las cosas se habían tranquilizado pero sin calma. Era como si estuviéramos arriba de un bote al que un tiburón como ese de la película lo hubiese estado atacando por todas partes sin llegar a hundirlo. Un día el tiburón no se ve más. El agua se queda quieta y el bote ni se mueve, pero todos los que estamos arriba sabemos que el bicho anda rondando y que en cualquier momento nos salta encima.

—No entiendo. ¿Y cuál es la diferencia?

Claro, mirá. Ponéle que hay un tipo tirado al costado de la ruta con el auto roto. Vos te podés bajar con un cuchillo y robarle lo que tenga. También podés seguír de largo, sin joderlo pero sin ayudarlo tampoco, o podés parar y hacer lo que puedas para ayudarlo. Pero ese lo que puedas significa que quizás lo tenés que remolcar doscientos kilómetros justo en la dirección contraria a la que vos ibas, o le tenés que prestar plata, y hasta te puede pasar que después de que lo ayudaste, el tipo te robe alguna herramienta o sea nomás un chorro esperando tipos como vos para asaltarlos.

Ya en la escuela me venían molestando con eso de que con Renata íbamos a ser como hermanos. Que a mí me venía bien porque como yo no tenía ninguno iba a saber lo que era.

—Pero, entonces no hay que ser bueno.

Yo no dije eso. Si te da el cuero tenés que ser el mejor tipo del mundo. Pero eso es algo que no se le puede pedir a nadie. Eso está en cada uno. Además, para ser bueno hay que dejar muchas cosas y más de una vez hay que joderse la vida. Un padre nunca quiere que su hijo se joda la vida, ¿entendés?

Renata era la hija de Mónica. Al padre nadie lo conocía. Se decía que se había ido cuando ella era chiquita, pero Renata siempre te contaba una mentira diferente. Estaba de viaje, trabajaba arriba de un barco, cuidaba una fábrica de noche y de día se la pasaba durmiendo, había tenido que viajar porque su abuela, que era de Córdoba, estaba mal. Al principio nos daban bronca esas historias y la molestábamos hasta hacerla llorar. Después nos acostumbramos y para ese último tiempo ya habían empezado a gustarme algunos de sus cuentos.

Más o menos… no, no entiendo.

Mirá, vos para hacer cosas buenas tenés que dedicar tu tiempo, tu fuerza, tu salud. ¿Viste esos tipos que viajan a África para ayudar? Bueno ¿te creés que son pelotudos? ¿que no saben que está más bueno estar en el Caribe, tomando ron con una mina de esas que aparecen en las revistas? ¿Que no les gustaría inventar algo que los llene de guita, hacerle un gol a los ingleses o ser el galán de moda? Pero si se dedican a esas cosas, como mucho les queda tiempo para ayudarle a cruzar la calle a una vieja.

En el potrero también la cosa se había puesto espesa. Cuando jugábamos entre nosotros no tanto, pero si venían los del otro lado de la vía, que eran del barrio de Renata, empezaban con eso de está buena la vieja, aprovechá porque la Renata se va a poner igual. Sí, igual de puta, decía yo para hacerme el duro, pero la verdad es que la piba me daba pena y además era cierto que estaba cada vez más linda. Encima esa sensación de que los otros también me tenían algo de lástima a mí, y yo sin entender, o sin animarme a entender, porque ahora parece todo claro, pero en ese momento.

Y eso era lo de menos. Como yo jugaba abajo, me tocaba fajar a los buenos. El polaco desde la otra punta me gritaba Manu serruchá y a mí se me inflaba el pecho, porque el polaco era el polaco. Entonces me reputeaban y salían con que si la Mónica nos hacía precio por cojerse al padre y al hijo, o si estaba celoso porque mi viejo se garchaba a las dos y no me dejaba nada.

—Pero vos sos bueno.

El viejo hizo un gesto como de sonrisa amargada.

—Hubo veces que hasta me creí que lo era. Uno se imagina que ser bueno es aguantarse de todo, o joderse por haber elegido mal algo. Eso tampoco es ser bueno.

Prendió otro cigarrillo. El sol ya se empezaba a esconder atrás del olivo, que se había ido en vicio y estaba enorme.

—La realidad es que todavía hoy estoy tratando de no ser malo. De tomar las decisiones menos malas.

De a poco se había ido la tarde. Seguimos en silencio un rato más hasta que mamá llamó a comer. Cuando nos levantamos me abrazó. Yo lo abracé también, fuerte. Esa noche, mientras yo dormía, se fue de casa. No supimos nada más. De Renata me hice amigo pero ese fin de año se mudaron y tampoco la volví a ver. Al viejo no le guardo bronca y aunque parezca raro, da la sensación de que mamá tampoco. Cada tanto me pregunto por dónde andará o qué habrá hecho con su vida y los días que estoy mejor me gusta pensar que anda por África. Lo imagino preparando guisos de esos que le salían bien, con papa, chorizo y todo, para darle a los pibes de allá, que estarán corriendo desnudos y como decía él cada vez que los nombraba, con la panza llena de hambre.

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