EL HOMBRE BESTIAL

Kabalcanty

 

“Morita” se revolcaba sobre el cemento del patio intranquila, incapaz de conciliar el sueño. Maullaba insistentemente como jamás la había oído nadie en el vecindario. Olisqueaba los rincones, los peldaños que accedían a la parte alta de la corrala, las hendiduras de las puertas, el mismo aire de la madrugada de mayo extendiendo su cuello como si quisiera alcanzar el cielo; perseguía un rastro imposible que latía dentro de su cabecilla triangular y que la desgarraba las entrañas en un instinto enloquecido que limitaba más allá de su existencia.

Algún vecino le lanzó un zapato desde la ventana y otros maldijeron el lamento de la gata por esa vigilia que les imponía con sus maullidos. Un murmullo zumbaba en el patio de la corrala aquella noche primaveral, ya algo calurosa, desde el interior de las persianas de madera y un llanto sin lágrimas desde la garganta inconsolable de “Morita”. “Es que este Casimiro es un jodio tío cafre” , murmuró Rogelia desde el catre, soslayando las maldiciones de su marido encaramado en la ventana.

A María y a Miguel desde el principio les resultó simpática la gata negra. Era un gato callejero, sin dueño conocido, como la infinidad de mininos que andaban por los tejados y patios de la gran ciudad, allá por los años cuarenta del pasado siglo, sin embargo “Morita”, así como la bautizó Matilde, su madre, tenía algo de especial en sus pupilas amarillas, un mensaje oculto, cariñoso, que despertaba una inmensa ternura en aquellos dos niños. Empezaron por darle, a escondidas, mayor cantidad de raspas de sardinas y mendrugos de pan que a los otros gatos y terminaron por ponerle, a primera hora de la tarde después del almuerzo, una lata con un dedo de leche con las migas que Matilde recogía de la mesa. No tardaron el resto de los gatos en darse cuenta de la preferencia de María y Miguel y pronto dejaron la puerta libre de la casa a los intereses de “Morita”. No era una gata que viviera dentro de su vivienda, pero sabía que su comida estaba a la puerta de la casa de los niños invariablemente, y así se lo agradecía a los niños, y a la propia Matilde, cuando la veían vagar por el patio o disfrutando de los rayos del sol en lo alto del poyete de la fuente pública que había en la acera.

Un día notaron los niños más gorda a “Morita”. “Está preñada”, les dijo su madre Matilde. “En poco, va a parir gatitos”, añadió sonriendo, acariciando el pelo basto, pardo de sucio, de la gata. María y Miguel saltaron de alegría y comenzaron a barajar nombres y más nombres para los futuros micifuces.

A primeros de mayo “Morita” apareció seguida de cuatro gatitos: dos negros y dos blanquinegros. Los niños pidieron insistentemente a su madre que los cobijaran en casa unos días, “sólo hasta que anden bien, madre”, dijo María; “hasta que puedan seguir a “Morita” a su paso”, añadió Miguel. Matilde terminó consintiendo no sin antes advertirles: “pero a tu padre ni pío, ya sabéis como es. Los escondéis en vuestro cuarto, debajo de la cama en una caja de zapatos”.

Matilde, como todos los días cuando oscurecía o cuando pasaba el carro del tío Juan tirado por una derrengada mula, vigilaba desde la ventana la esquina de la calle para saber cómo iba a pintar la noche; si a Casimiro, su marido, le atisbaba desde la esquina demasiado tieso: “mal vino”, si cogía la acera haciendo eses: “buen vino”. Él, cuando regresaba de la obra de sus trabajos de albañilería, se detenía rutinariamente en las Bodegas Avenida y allí se despachaba vino tras vino hasta que el sol plegaba en verano o cuando la cabeza comenzaba a perder noción en invierno. Era amigo de muchos amigos de barra en la bodega de la misma forma que era todo cólera y brutalidad cuando llegaba a casa. Matilde lo soportaba con la resignación de muchas mujeres de su época y sus hijos, María y Miguel, vivían aterrorizados con las miradas iracundas y el malhumor de su padre. Matilde procuraba que ellos estuvieran en la cama cuando él llegaba.

Aquella noche Casimiro llegó con “mal vino”. Tiró de la mesa de un manotazo la cena porque “los boquerones estaban fríos”. Se sirvió un generoso vaso de tinto y se dirigió al cuarto para acostarse. “La cena que se la coma Satanás”, dijo entre dientes sin mirar a su mujer. Matilde, con los ojos bajos, barría con la escoba de palma los restos de la cena desperdigados.

Pero los oídos de Casimiro no estaban tan embotados como para dejar de escuchar un leve maullido que se escapó de la habitación de los niños. Abrió la puerta con furia y no tardó en descubrir la caja de zapatos. “Morita”, con uno de los cachorros en la boca, salió despavorida del cuarto en dirección a la puerta de la calle, pero en su huída dejó caer a su cría en medio del comedor. Casimiro aplastó al minino con su zapatón dejando sobre el suelo una masa sanguinolenta y bullente.

María y Miguel lloraban abrazados al delantal de Matilde que rezaba por lo bajo una letanía a la Virgen del Perpetuo Socorro apretando a sus hijos contra su cuerpo.

Acto seguido, mientras lanzaba maldiciones al cielo, Casimiro tomo el balde de cinc, que tenía Matilde para fregar los cacharros de la cena y reutilizar su agua para el wáter, cogió a los tres mininos restantes de la caja de zapatos y los ahogó. Los niños suplicaron llorosos al padre pero de nada sirvió y, en unos minutos, “Morita” perdió a sus cuatro crías. La gata no cesó de maullar en toda la noche y al día siguiente desapareció de la vecindad y del barrio.

Esta historia se la escuché contar muchas veces a María, mi madre, y mi tío Miguel. Solos o juntos, cuando la relataban, dejaban su mirada en una lejanía que no llegaban a reconocer por mucho y mucho que la escudriñarán.

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