UN DESIERTO DE ANDAR POR CASA

Kabalcanty

 

 

Uno debería ponerse a caminar sin mirar hacia atrás, sin ruta definida, con lo puesto y con una expectativa intuida. Entre cientos de decepciones, hallar un paraje nuevo que nos redescubriera, que nos asentara entre la avidez del estreno. Eso supongo que me ocurrió  cuando, cumplidos los cincuenta años, muy de mañana me puse a andar.

La ciudad se despertaba, las personas parecían ajetreadas en pos de algo que les hiciera moverse para no enranciarse en cualquier rincón; me adelantaban afanosos y, más de uno, maldecía silenciosamente mi caminar pausado. Yo, como no sabía adónde iba, me dejaba en las cuestas abajo para emprender cualquier desvío cuando la inercia de la bajada perdía fuelle en cualquier subida. Lo que dejaba atrás lo había borrado mi cabeza porfiadamente, no deseaba saber nada de lo que fui para que mi andadura no cargara con rémoras que de alguna manera me marcaran la línea a seguir. En un principio no sufrí ninguna añoranza porque el pasado lo había enterrado la noche anterior con la vehemencia de esa novedad buscada que movía mis pies con una intuición perseverante. Supongo que recorrí largo trecho para que mis pies tuvieran esas ampollas que me puse a refrescar en un cuenco verde, muy parecido al que ponemos en casa para que beba nuestra perra Pepa.

Tras el relax que sentí al sumergir mis pies en el agua, me conciencié del lugar que me rodeaba. Parecía un desierto, digo sólo parecía ya que, entre la infinidad de los montículos de arena, se diseminaban pequeños vergeles como de juguete, puestos antojadizamente hasta que mi vista se perdía. No podía calcular cuanto tiempo llevaba caminando, lo que estaba claro es que tanto de frente como a mi espalda el extraño desierto se extendía de forma interminable. Cojeando, recorrí algunos metros más con el fin de cerciorarme de mi primera visión. Todo era tal y cómo he descrito: un cielo azul exento de aves y nubes y un sol que apenas calentaba.

Me acordé de Sofía y sentí remordimientos, por vez primera, de mi partida a ciegas, sin  nota alguna de despedida, sin adioses. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me dejé caer sobre la arena tibia, extrañamente tibia. Al primer envite, ante la primera flaqueza de mi soledad, había recurrido a un sentimiento que debería estar fuera de ese nuevo estado que había ido buscando. ¿Habría sido todo simplemente un irrefrenable impulso?  ¿Nada más? ¿Estaba realmente preparado para ese avatar?

Con las horas, el desamparo de la soledad me iba calando. Hasta creo que llegué a derramar alguna lágrima. El fracaso que me encaminó hacia allí aparecía otra vez de forma menos llevadera. No podría combatirlo viendo la televisión, leyendo los artículos literarios de las últimas páginas de los periódicos, o empachándome de libros y de cine negro. O fumando…… ¡joder, no tenía tabaco!

Cuando la ansiedad de lo insoportable comenzaba a atenazarme el pecho y las meninges, vislumbré una figura renqueante que aparecía en la lejanía para dirigirse en mi dirección. Más cercana, comprobé que era mi padre vestido con un pijama corto de verano.

– Ah, aquí estás – me dijo, mirando justo a la derecha de donde yo me encontraba- He oído ruidos y he bajado a ver que pasaba. Anda, acuéstate y déjate ya de majaderías.

Y se fue, sin dar lugar a mi respuesta. Mi padre estaba en perfecto estado de salud, respiraba sin esa agitación característica, no parecía fatigado por ese sol que apenas calentaba.

Al rato apareció un grupo con seis o siete de mis amigos. Se decían bromas, dejándose caer entre la arena con estridentes carcajadas que retumbaban en el paraje. Al pasar junto a mí, me incorporé y les llamé por sus nombres de pila. No parecían escucharme, seguían su juerga sin reparar en mi presencia. Cuando me rebasaron unos metros, les grité una palabra cómplice que empleábamos desde los años del instituto. Siguieron su ruta imperturbables hasta que les perdí entre los montículos.

¿Había caminado tanto como creí? ¿Podría ser tan distinta mi circunstancia? Mis alrededores eran totalmente desconocidos, sin embargo tenía que reconocer que sus pocos habitantes, de comportamientos ambiguos para conmigo, por otra parte, tenían mucho que ver con ese pasado del que pensé alejarme.

Envuelto en esos pensamientos que no me llevaban a nada, puesto que nada buscaba en concreto cuando arranqué mi caminata y nada debía esperar alguien que no perseguía nada, sino darse de bruces con una esperanzadora variación, acusé lo impertérrito de lo que me rodeaba. El sol seguía en un punto fijo en ese cielo sin nubes y sin aves que lo surcaran. Pero no hacía calor, la arena no quemaba y los vergeles, sin viento que moviera su vegetación, se salpicaban sobre la aridez como taladrados en la arena, insulsos.

Puede que pasaran muchas horas, cuando la silueta de Sofía se fue acercando a mí. Unos metros antes de llegar, comenzó a sonreírme. De un pequeño macuto sacó una botella de agua mineral y me la tendió. Bebí con avidez. Después me besó en los labios.

– Cariño, es muy tarde, deberías irte a la cama. Mañana será otro día, ya verás.

Me dejé levantar por ella. Luego, con un chasquido que me soliviantó, apagó la luz y en ese desierto raro se hizo noche cerrada. Vi perfectamente cómo titilaban las estrellas y cómo la luna era una ce estilizada y radiante.

 

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