Más bien de madrugada

Marcelo Filzmoser

 

 

En una de esas hay que dejar atrás a todos los clásicos y volver a empezar, volver a escribir una novela de caballería medio en joda, un viaje por el cielo y el infierno, y la comedia humana entera si hace falta, pero volverla a escribir no como Pierre Menard, o sea, no sabiendo que ya se escribió, volver a hacerlo desde la ignorancia absoluta, con esa ingenuidad, no, no es ingenuidad, es otra cosa, qué sé yo, sería como juventud

El tipo que habla cree que va a decir algo interesante y por eso aprovecha para prender un cigarrillo y crear cierto suspenso barato

…por ahí la humanidad está vieja de tanto recuerdo, es como si tuviera olor a humedad… hace falta oxigenarse un poco, rejuvenecer, vos fijáte que una de las características de ser joven es eso, no tener recuerdos, o muy pocos. Cuando te volvés viejo es todo lo contrario, una computadora llena de mierda que nadie revisa, hasta que un día pasa alguno por ahí, harto de que ocupe lugar al pedo y de que se le enreden las telarañas entre los cables, va y la apaga…

De las decenas de bares que hay en Buenos Aires elijan uno, el que más les guste, pongamos por caso el Clásica y Moderna, no es uno de mis preferidos pero es uno. Es de noche, más bien de madrugada. Una cualquiera de las trescientas sesenta y cinco noches que tiene el último año del siglo veinte. Estoy solo en una mesa que queda cerca de la de dos tipos que hablan lo suficientemente fuerte como para que se los escuche a una distancia como la mía. Los dos toman Whisky. El mozo les dejó la botella hace rato y ya la están por terminar. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que también toman cocaína. Lo hacen por turnos cada vez que van al baño. Hay uno que es más joven, aunque ninguno de los dos llega a los cuarenta. Fuman, se miran, hablan, toman y cada tanto se sacuden la nariz, como ya dije. Deben ser cerca de las cuatro y estoy seguro de que están ahí sentados por lo menos desde las doce. Nadie, tal vez ni siquiera ellos, puede saber si durante estas horas de duración irregular son felices. A simple vista da la sensación de que sí. Yo los escucho. No es que me interese lo que están diciendo, a lo largo de mi vida he escuchado cosas de ese tipo y peores en casi todos los bares a los que fui. Digamos que me acompañan, ya que las otras mesas están vacías, en esta noche que parece ser el corolario de algo, aunque todavía no sé bien de qué.

No me voy a casar, digo, no voy a hacerlo mañana, seguramente porque ya lo hice hace mucho. Tampoco estoy por cumplir los treinta, ni siquiera los cuarenta. Para mi cumpleaños faltan varios meses y si nada raro pasa voy a cumplir cuarenta y tres. No existen crisis para una edad como esta. Mi mujer duerme tranquila en la casa con mis hijos y mañana a las ocho tengo que estar en mi trabajo como todos los días. Soy arquitecto. Dibujar construcciones que más tarde pasan del papel a la realidad, quiero decir, que un día puedo pasar con el auto por el frente de algo que en una época fue un dibujo y decirle a mi hijo que eso lo hice yo, que yo traje al mundo esa casa, siempre me pareció una especie de prodigio.

A veces me pregunto qué es lo que ven los demás en mí, qué clase de persona soy para los otros. La mayoría de esas veces imagino que ven a un tipo feliz, aunque un poco idiota. Trato de no pensar demasiado en eso, de hecho cuando me analizaba mi terapeuta decía que ése era un ejercicio obsesivo que no me aportaba nada y me cansaba mucho, que nadie puede saber cómo nos ven los otros, y que la diferencia está en que a los demás no les importa y por eso viven tranquilos. Usaba otras palabras, quizás no me lo decía del todo, pero eso fue lo que terminé entendiendo. De todas formas yo me lo sigo preguntando. ¿Qué ve mi mujer en mí? ¿Mis hijos? Las mujeres a las que seduzco y con las que termino acostándome para después no verlas nunca más. Mis empleados. No sólo los del estudio, para ellos puedo ser una especie de meta, un tipo que supo hacer las cosas y al que les gustaría imitar para poder comprarse mi coche. También están los albañiles. Ellos son de alguna forma empleados míos, a los que contrato para arrancar del papel ese edificio que le vamos a imponer a la realidad. Esa gente viene de lejos, de lugares que están peor que éste, dejando atrás el sabor picante de una comida, calles de tierra, la sombra de algún árbol, el umbral de un almacén de esquina, dialectos ancestrales, chistes y comentarios que desarraigados pierden su sentido. Y sin embargo hay momentos en los que me siento cerca de ellos.

A veces me pregunto qué verán los albañiles en mí cuando me doy una vuelta por las obras y tomo mate con ellos y les digo que por hoy es suficiente, que si tienen ganas pueden sentarse y contarme de dónde vienen o qué piensan hacer el fin de semana. Los hechos demuestran que no es una actitud favorable, ya que al otro día la mitad falta y el resto llega tarde. Pensarán que el patrón es un boludo con plata al que le gusta hablar de Paraguay y que no tiene apuro por terminar la obra. No lo sé. Quizás no. Ahí están mis hijos que cada tanto me mienten y cada tanto se mueren de risa conmigo. Ellos sí son una incógnita. Ahí no trato de meterme, es demasiado para mí.

Me pregunto si estos tipos de la mesa de al lado estarán dispuestos a convidarme cocaína. No es que me guste, en realidad nunca la probé, pero van y vienen tanto del baño que ya me están dando ganas de probarla…

Giro la cabeza siguiendo el ruido de la puerta. Una mujer rubia a la que le vendrían bien unas siliconas entra al lugar. La cara no me resulta del todo ajena. Viene derecho a mi mesa y empieza a hablar antes de sentarse, por lo que escucho sólo el final de la pregunta.

—…después de romper las partituras?

Es Dolores. Tenía ganas de olvidarme de ella pero la recuerdo perfectamente. Hace una semana que me mudé a su departamento. Es buena en la cama. Además creo que la amo. Sigue hablando a media voz para que los otros dos no escuchen. Yo los miro un segundo pero eso me basta para entender que les da lo mismo lo que hagamos. Dolores parece enojada. En realidad tiene miedo.

A esta altura no sé si comenté que en mis ratos libres hago música, bah, en realidad escribo música para que ella la toque en el piano. Es algo que de alguna manera heredé de mi hermano. De chico él quería formar un dúo y como no encontraba ningún acompañante entre su grupo de amigos, me convenció a mí para que estudiara. Yo lo tomé como un juego y sólo después de su muerte empecé a sentir que me gustaba. Según dicen algunos no soy del todo malo. Creo que lo bueno está en la voz de ella y en su manera de tocar. Lo bueno y lo malo. Digo eso porque cuando toca, también cuando canta, pero sobre todo cuando toca, a mí me parece que soy otro. Dejo por un rato de ser ese tipo feliz pero un poco idiota del que les hablaba antes. El problema es que entonces no sé bien quién soy. Desde que la conocí, hace ya varios meses, tuve la sensación de que ese encuentro era producto de algo que había fallado en el universo, como si alguien se hubiera distraído por un segundo en la organización del cosmos y entonces nos cruzamos. A destiempo, o más bien tarde. Fue algo que no tenía que pasar.

Andaba solo por París, como muchos, cuestiones de trabajo, detalles que no importan. Recorría la ciudad atontado de tanto admirar y preguntándome por qué alguien con mala fe habría dicho alguna vez que Buenos Aires era la París americana. En algún momento llegué al Pont Neuf. Igual que todos los muchos que nombré antes empecé a cruzarlo con la solemnidad de quien avanza hacia un altar o hacia el cadalso. Quizás no tanto. En la mitad había una banda de músicos tocando jazz. Recién empecé a escuchar la música después de verlos y no porque sonaran bajo sino porque estaba concentrado en el paisaje. Eran cinco y tocaban muy bien. Me acerqué despacio y una vez que dejé un billete en el sombrero empecé a caminar para atrás tratando de sumarme a la gente que se había juntado y que escuchaba desde la vereda. Al hacer esto tropecé con Dolores que estaba sentada en el cordón y caí al piso atrayendo la atención de todos, incluyendo la de los músicos que dejaron de tocar para ver si yo estaba bien y más que nada para poder reírse a dos manos. En un bar del Quartier Latin, un rato más tarde, me enteré de que era argentina y que vivía en Buenos Aires.

En otro bar, en otra ciudad, Dolores me recrimina ahora por qué hace un rato rompí todas mis partituras. La miro. Veo sus ojos pero más que nada me quedo escuchando los labios. ¿Qué pensará mañana de mí? ¿Cómo me verá? Algunas cosas mías, ropa, lápices, un plano, quedaron en su casa. Para siempre. Termino mi bebida. Me levanto. Ella me mira, no sé si suplicante aunque creo oír las palabras por favor. Todo el cuerpo me tiembla por dentro, espero que desde afuera no se note. Me acerco a ella y le beso la frente. Después salgo.

 

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