La carreta

Marcelo Filzmoser

 

 

Según cuenta él, sonó el timbre justo cuando apoyó el pie sobre la pala. Dejó todo como estaba, las plantas recién compradas, la bolsa de abono, la pala grande y la de mano tiradas a un costado sobre el pasto, y fue apurado hasta la puerta de calle. Antes de abrir descubrió que había manchado con barro el parquet del comedor.

Eran sus suegros. Lucrecia se había olvidado de avisarle que ese sábado estaban invitados a almorzar. Entraron. Lo saludaron con un beso en la mejilla y subieron la escalera en busca de su hija, que en ese momento cambiaba los pañales a su nieta de diez meses. Él fue hasta el lavadero a buscar escoba, trapo de piso y secador. Limpió, guardó y esperó a que bajaran. Por el hueco de la escalera escuchaba la conversación.

Cada día más hermosa esta nena —saludaba su suegro a su hija con la voz gangosa que usan los adultos para comunicarse con los bebés.

La verdad. Al final tuvimos suerte… salió a vos, salió a vos, nena, vos eras igual, igualita —su suegra buscaba afirmar un parecido que con los meses se iba desvaneciendo, dice él ahora, cuando lo cuenta.

Siguió parado al pie de la escalera. Empezaron a hablar de la petrolera donde Lucrecia trabajaba y sobre la gerencia que ese amigo de su suegro le tenía reservada para el año siguiente. Agarró el pasamanos y apoyó el pie en el primer escalón. Crujió apenas la madera y arriba bajaron el tono de voz. Se alejó entonces de la escalera y volvió al jardín a seguir con sus plantas.

En la mesa le hablaron poco, para pedirle una fuente o para asentir alguno de sus comentarios triviales. Dice que sus suegros preferían al novio anterior. Un chico con futuro que no se hubiese dedicado a vivir de ella, cuenta que repetían cada tanto, hablándole a la hija delante de él. No soportaban que él se quedara en la casa, pudiendo contratar gente que se ocupara de la limpieza, las compras y por supuesto, también de la nena. La realidad, según él, era que con el sueldo de ella les sobraba y los dos estaban cómodos así. De todos modos disfrutó de las pastas, le dio de comer a su hija y después se la llevó a dormir la siesta. Cuando despertó sus suegros ya no estaban.

Mientras me pide otro cigarrillo mira un rato como el caballo busca pasto en el cantero. Hace un gesto y nos acercamos a la vereda, aunque los árboles recién están creciendo y la sombra es apenas un dibujo de rayas que se cruzan en el piso.

Esa noche tenían una cena en lo de unos amigos, así que bañó primero a la nena y la vistió con un vestido nuevo. Cuando estuvieron los tres listos se subieron al auto. Si bien Devoto es tranquilo, Chivilcoy a esa altura se complica, dice, donde es avenida con el boulevard en el medio, cerca de lo del Diego, agrega como si yo no supiera.

Se queda en silencio. Vuelve a mirar al caballo y me pregunta si leí un libro. Cada vez que cuenta esta historia me pregunta si leí ese libro. Algo así como El ruido o el sonido de furia. No tengo idea de qué habla. Casi siempre le respondo con un gesto ambiguo, sonrío apenas y bajo los párpados sin llegar a cerrar los ojos. Parece una afirmación pero podría ser cualquier cosa, de hecho lo uso también como negativa en charlas con otras personas.

Pasa un rato. Yo también enciendo un cigarrillo y por nada del mundo trato de apurarlo. Sé lo que sigue. Lo escucho porque tengo la sospecha de que le hace bien contarlo, aunque no estoy seguro. Repite varias veces, con los ojos puestos en otra calle distinta de la que puedo ver yo en este momento, que antes de sacar el auto miró para todos lados. El pibe venía a más de cien. Les pegó de lleno en el lado del acompañante. Dice que sus suegros fueron una sola vez a la clínica, que hablaron con el médico, que no entraron en la habitación donde él estaba. No los vio más.

Cuando salió volvió a la casa. Por temas de papeles no se puede vender. Él asegura que es dueño de la mitad y que no le interesa irse. Si uno pasa por el frente puede ver una montaña de basura apilada detrás de la reja, donde antes estaba el jardín de la entrada con el jazmín trepador y la rosa china. Sé que hay más de un vecino interesado en comprarla pero por el momento sigue ahí. Acumula. Con una parte del efectivo que guardaban en la casa por si entraban a robar, compró el caballo. El carro lo fue haciendo de a poco. Es parecido a los que usan los botelleros pero si uno lo mira se da cuenta que no. Las ruedas son nuevas, las maderas están pintadas y le hizo una especie de capota. Él lo llama la carreta. Sale a andar todos los días por el barrio. Ni siquiera cuando se inunda por la lluvia deja de pasar. Junta de todo. Yo lo busco las veces que puedo. Le llevo la caja de algún electrodoméstico, zapatos viejos, alguna herramienta rota. Cuando me ve sonríe. Ahí verifico si gané la apuesta que me hago a mí mismo, sobre si perdió otro diente desde la última vez que lo vi. Esta vuelta perdí. Tiene los mismos cinco; tres arriba, dos abajo, sin contar los colmillos. Está barbudo y pelilargo. Lleva sombrero de paja de esos que usan los jardineros en verano y suele tararear canciones que no conozco, mezcla de blues con folclore, cosas que a veces suenan a Gieco, aunque nunca pude identificar nada. Cada tanto se queja de que en este país no hayan quedado negros africanos. No explica por qué. Podría ser una ironía o una frase suelta, como tienen casi todos los locos.

Cuando termina de contar su historia sube al carro y sigue. Lo miro mientras se aleja. A veces pienso en buscar el libro ese del que habla, aunque sé que es inútil. No me gusta leer y los fines de semana siempre hay algo que arreglar en la casa.

 

 

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