PLENOEMPLEO

Kabalcanty

 

 

La ansiedad apenas le había dejado dormir. Entre las sábanas, sudoroso, apretaba los ojos sin poder quitarse de la cabeza que cuando amaneciera tendría que enfrentarse al primer trabajo de su vida. Había estudiado durante cuatro años Educación Física con unas buenas calificaciones y el elogio de profesores, sin embargo su trabajo, su primer trabajo, poco tenía que ver con sus estudios. Pero bueno, se decía, el caso era abrir brecha y seguro que poco a poco encontraría el hueco necesario para acercarse a lo que realmente le gustaba. Eran tiempos de escasez y masificación y no podía uno permitirse el lujo de desechar oportunidades.

El empleo lo consiguió por la Agencia de colocación “Uno”, empresa privada líder y con ánimo de lucro, eslabón imprescindible y necesario para acceder al trabajo por cuenta ajena según la normativa vigente. Eso le sugirió el Asesor Laboral Rodríguez al terminar los estudios de Educación Física, y eso mismo hizo Oscar antes de que le seleccionaran para LIYU ( Lavanderías Industriales YUAN ).

Con las primeras luces del día, Oscar llegó al polígono industrial en donde se ubicaba la empresa. El vigilante jurado de la entrada le mandó a administración para que firmara el contrato. El administrativo de origen oriental le contó, en un mal castellano, los puntos esenciales del contrato de seis meses de duración, prorrogables si así se considerase oportuno, que tendría que firmar. Anticipándose a la curiosidad de Oscar, el oriental le explicó que percibiría un salario acorde a las bases salariales vigentes según su categoría, la cual, le aclaró esbozando una media sonrisa, “por momento es pequeña más: pión sin especialidal”. Después le sacó una hoja con un anexo al contrato, que también debía firmar, por el que se comprometía a exceder las ocho horas de su jornada laboral por motivos de producción y rendimiento extraordinario, así como la reducción de su periodo vacacional, siempre y cuando la empresa le renovase el contrato seis meses más, los días necesarios para regular un hipotético  desfase productivo de rendimiento negativo. Para terminar, ya apurando la hora, el administrativo oriental lanzó varias ojeadas a su reloj de pulsera y apremió la firma de Oscar, puso sobre la mesa la nómina de la paga extra y el impreso del finiquito, ambos en blanco, sin cantidad alguna.

Pasó por almacén para que le dieran un equipamiento de loneta blanco, unos zapatones con ajustes de velcro, un gorro trasparente, unos guantes de plástico y una tarjeta de lectura digital que debía pasar por el lector de sección cada vez que entrara o saliera de su puesto de trabajo. Rápidamente le asignaron una taquilla para que se cambiase de ropa y, a medio vestirse, ya tenía a su espalda otro tipo de raza oriental vestido de la misma forma que él con la excepción de llevar un gorro azul marino. Comenzó a vocearle guturalmente, pero de forma tan explícita, que el joven Oscar se mal vistió aunque en menos de un minuto.

Unos camiones vaciaban su interior de ropa blanca en un gran cono yendo a parar a unos carros metálicos, los cuales, llenos, eran desplazados por operarios (uno de ellos el joven Oscar) hasta gigantescas lavadoras. Los vaciaban en el interior de la máquina y vuelta a por más carga. Un operario, generalmente de mayor edad, comprobaba la carga de la lavadora y dosificaba el detergente; llegado el momento accionaba la puesta en marcha e iba hacia otra lavadora vacía.

Cientos de trabajadores y trabajadoras ataviados de blanco pululaban orquestados por los EPRO (encargados de productividad), los hombres orientales con gorro azul, escudriñando vehementemente la cadena humana. Cada tres operarios tenían un EPRO asignado en la sección de recogida y lavado; en secado y empaquetado los EPRO supervisaban a dos trabajadores. Serios e inflexibles, sólo dictaban ordenes tajantes  y llevaban a rajatabla la imposición de no hablar de aquello que no fuera estrictamente laboral.

Se hacían turnos rotativos de treinta minutos para comer y otros cinco minutos, si fuese necesario, para acudir al aseo.

En la fila del comedor, Oscar leyó el menú del día: sopa Wonton y pollo Gong Bao. Se encogió de hombros y siguió expectante, pues tenía apetito, sujetando su bandeja.

En la mesa se sentó junto a un hombre de mediana edad, calvo y con un bigote entrecano.

—Llámame K., así me conocen todos, chaval.—le contestó el hombre, cuando Oscar se presentó.

Hablaron poco, la pausa era corta y los fumadores, como lo era K., aceleraban para fumarse un par de cigarros antes de comenzar las horas de tarde. Oscar, aunque no fumaba, le siguió al exterior de la lavandería.

—Es mi primer trabajo. Quiero ser profesor de educación física, en junio terminé mis estudios.

K. daba grandes chupadas a su cigarrillo como si el humo en sus pulmones fuera un bálsamo seráfico.

—Y yo quería ser poeta…..pero se me cruzó la dinastía Ming. —comentó K., señalando al edificio. Y rió de manera turbia, ronca, que acabó haciéndole toser.

El chico imitó la risa sin llegar a comprender el motivo verdadero.

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