El pacto

Violeta Balián

Ilustración de Miriam Ascúa (Argentina, 2018)

 

 

     “Un día, paseaba el rey junto al río que los griegos llaman
     Nilo y los hebreos Gihon, cerca de la ciudad, divirtiéndose
     con algunos amigos. Algunos de los caballeros usaron
     hábilmente sus lanzas para capturar algunos peces, que
     llevaron al campamento, donde los comieron. Entonces, el
     rey sintió los dolores de una antigua herida y sufrió
     una gran debilidad.”
                                                                                                                                                                                              Fulquerio de Chartres: (1059 – 1127)

 

 

No recuerdo el sabor de los peces que comimos aquel día a orillas del Nilo, pero sí que la pesca fue abundante y que poco después, contemplando la belleza crepuscular del desierto, enfermé gravemente.  Y una templada mañana de abril de 1118, regresando a Jerusalén, entregué mi espíritu en el-Arish, un desolado sitio del Sinaí emplazado sobre la costa mediterránea.

Yo, Balduíno, estoy muerto, pero no he desaparecido.

Soy un cadáver destripado, salado por dentro y por fuera, según las instrucciones que le di al cocinero poco antes de morir, y dispuesto sobre una litera para que esta noche continuemos con el viaje por el desierto.

Oh, y ahora, soy un espectro.

Era muy entrada la noche que siguió a mi muerte.  Me encontró en la ladera de un cerro cercano a el-Arish, asido de la brida de mi yegua Gaza´lla, y sumergido en contemplación.  A la distancia, observaba con atención el campamento y los movimientos de mis tropas.  Cientos de hombres que hacía apenas unas horas conformaban mi ejército; los mismos que acompañaron las campañas militares que favorecía el Oculto, mi Maestro.  Los veía allí abajo, ocupados en encender las antorchas que iluminaban los preparativos para trasladar mis restos y entregarlos a los oficios del Santo Sepulcro.

Sí, estoy muerto. 

Y por lo tanto, culminaron mis malandanzas, las que comenzaron hace muchos años en el Reino de Cilicia [1], o en la villa de Marash, donde murió mi esposa, Godehilda, quien, además, financiaba mi cruzada desde el día que abandonamos Flandes, decididos a reconquistar Tierra Santa.  Junto a su lecho de muerte, con profusas lágrimas rodando por mis mejillas, sopesé qué hacer de mi futuro.  Para ello, presté especial atención a la opinión de mis camaradas.  Según ellos, yo era un hombre de enorme presencia y peregrino ingenio, atributos necesarios para participar en la Cruzada.  Las lágrimas dejaron de brotar.  Fue así que me convencí de que sólo existía un camino: no regresar a Francia ni a la vida de clérigo que me impondría mi noble familia. Mi destino era otro y lo encontraría en el Cercano Oriente.  Procuré la ayuda de una flota de piratas de Boulogne, instalé mi propia guarnición y me uní a otros cruzados con quienes recorrí y ataqué las tierras bizantinas hacia el este, mientras dejaba engordar la codicia que me empujaba a ganar algún territorio y convertirme en un príncipe oriental.

Tiempo después y por obra del azar, advertí dos perros negros que me seguían por doquier; y al mirar en sus ojos fulgurantes podía ver visiones de conquistas y riquezas.  Mis compañeros, los que tenían más experiencia y tiempo en el lugar, me hablaron del Maestro Oculto y de los peligros de negociar con Él, pero tal era mi ambición que sellé un pacto, ejecuté sus órdenes y silenciosamente, ingresé en el laberinto de mis iniquidades.

Luego de algunas misiones de combate, mis compañeros y yo conquistamos Turbessel. [2] Con una pequeña comitiva, continué hasta llegar a la antigua Edesa [3] donde con mucha alegría me recibieron el príncipe Toros y su mujer.  Días más tarde, ante una muchedumbre y en una ceremonia tradicional, la pareja me adoptó como hijo y heredero.  Yo bien entendí que era un acto de desesperación por parte del príncipe armenio, muy necesitado de ayuda militar para combatir a sus enemigos internos como también a los turcos selyúcidas que invadían sus territorios.  No tardé en sentirme parte de la familia de Toros, pero, usaba mi tiempo de espera en seducir a una de sus hijas y otras doncellas.  Muy pronto, mis ambiciones políticas me llevaron a conspirar con los enemigos de Toros, a forzar al viejo príncipe a abdicar y, finalmente, a entregarlo a manos de una turba enfurecida.

Muerto Toros, me convertí en el Conde de Edesa.  Su mujer y su hija habían desaparecido.  Me entristecía ignorar la suerte que habían corrido las mujeres, pero acepté la versión de que habían perecido durante el conflicto.  Sin embargo, hubo quienes aseguraron que las mujeres habían huido al norte, buscando refugio en las tierras de Melitene,[4] que gobernaba Gabriel, el suegro de Toros.  En cuanto a mí, y al no haber rastro alguno de ellas, el camino al poder absoluto se fue despejando.  Consolidé mi posición en Edesa contrayendo nupcias con Arda, otra princesa armenia.

Hasta aquí se iban cumpliendo las promesas del Oculto.  Razón por la que de ahí en adelante y en el ejercicio de mis nuevas funciones, me entregué a todo género de mentiras, engaños y artimañas.

Mi hermano Godofredo, rey de Jerusalén, murió de repente y sin descendencia. Por imperio de las leyes de la herencia, adquirí su trono.  Concedí las tierras y el gobierno de Edesa a mi primo, Balduíno de Bourcq, y partí hacia Jerusalén.  A mi arribo, fui coronado rey y Defensor del Santo Sepulcro mientras la población me vitoreaba como a un nuevo Josué, “el brazo derecho de su pueblo, el terror y adversario de sus enemigos”.  En palacio, los cortesanos me describían como “un hombre de porte muy digno, serio en el vestir y en su parlamento”.  Confieso que mi secreto consistía en seguir el ejemplo de mi padre, Eustaquio II de Boulogne, quien, en todo momento, llevaba un manto sujetado de los hombros que le llegaba a los pies.  Y a buen efecto.

En Jerusalén, me deshice rápidamente de mi reina, Arda de Armenia, acusándola de infidelidades con mahometanos. La acusación era falsa, pero según mis consejeros, el agravio le valía el encierro de por vida en una torre. Mi proceder fue injusto, pero Arda ya no me era útil porque en mi nuevo reino no había armenios.

Entré así en un nuevo capítulo de mi vida.  Mi política de gobierno consistió en intensificar mi comunicación con el Oculto, y recibir sus directivas.  A cambio, el Maestro me otorgaba total libertad para lo que yo quisiera hacer.  Henchido de regocijo y una inesperada sensación de amplitud, sus palabras me dieron la confianza para gobernar como me diera la gana, sin concilios ni ministros. Hice, sí, varias campañas militares, recorrí mis nuevos dominios, conocí a mis súbditos y elevé el número de mis tropas.  Entre una batalla aquí y otra allá, también acumulé vírgenes y mancebos para entregarme a los placeres de la carne.  En poco tiempo, abandoné los principios que aún me quedaban.  Cometí vilezas, crímenes, traicioné a mis caballeros y, ajusticié a muchos de mis leales.  Me sentía libre, pecando a sabiendas y manteniendo la esperanza o la ilusión de conocer, algún día, ese otro mundo donde reinaba el Oculto y yo, sería absuelto de mis pecados.

¿Me abriría también Él las puertas a los cuatro ríos del Edén?

Al igual que mi hermano Godofredo, yo, Balduino I, no tenía hijos con quienes fundar una dinastía.  Fulquerio, mi cronista y confesor, insistía con que tal resultado era un castigo de Dios.  Me había alejado de Él.  Respondí a sus exhortaciones cristianas contrayendo un matrimonio de conveniencia con una acaudalada condesa siciliana.  Con ella tampoco tuve hijos.

Cinco años más tarde, erosionado física y espiritualmente, enfermo y más que ciego a mis culpas, excesos, a la censura eclesial por bigamia, con muchas victorias y alguna que otra derrota, y amparado en mi fama de “cruzado endemoniado”, me propuse recuperar mi lugar ante Roma.  Con ese objetivo emprendí una última hazaña, la conquista de Egipto.

Día y noche, al frente de mi ejército, cabalgué las arenas sagradas de la via Maris.  A mis flancos, todo el tiempo, corrían como el viento mis dos perros negros, ladrando furiosos a la presencia de una mujer vestida de blanco que se aparecía en los cruces de camino. Mis tropas, conocedoras de las leyendas locales, la identificaron como a Hécate, la vengativa diosa lunar de tres cabezas, oriunda de Anatolia y cuyas apariciones, precedidas por una jauría de perros fantasmales y aulladores, causaban terror a la región.  Curiosamente, cuando finalmente se aproximaban a ella, mis dos perros negros quedaban inmóviles, incapaces de atacar. La antigua hechicera. riéndose a carcajadas me convocaba usando mi nombre.  Luego, cara a cara, me hablaba como una serpiente y, recordándome que ella era también la diosa de los nacimientos, levantaba un niño entre sus manos, proclamando una y otra vez ‒‒:

¡Hete aquí, el hijo que tanto deseabas, bígamo pecador!

En cada uno de esos encuentros, mis hombres y yo la veíamos en carne y hueso. No le temíamos. Pero ellos hacían la señal de la Cruz y confiaban en el Señor.  En tanto yo, ponía toda mi fe en el Oculto.  Salvo en mis momentos íntimos, de sufrimiento y reflexión, cuando me cuestionaba si lo que Hécate decía era verdad, que yo había sido un padre ignorante de su condición.  Porque si así fuera, tal nacimiento habría ocurrido en Edesa, en el castillo de Toros, poco antes de la revuelta, o en Melitene, en la fortaleza de Gabriel.  No tenía indicios.  Habían pasado muchos años y lamentaba amargamente el resultado de mis malos actos.  Como tampoco se me pasó por alto la ironía, que el destino o los designios de cualquier procedencia, hubiesen querido que mi hijo y heredero fuera también el hijo del pueblo al que tanto le debía y tanto daño le había hecho, un niño armenio que seguramente un hombre hecho y derecho, caminaba las tierras de Cilicia. Hécate, sus apariciones y sus palabras me habían dejado el corazón destrozado.  Por cierto, Dios me había castigado. Pero ¿qué hubiera argumentado Fulquerio, si la consecuencia de mis pecados formaba también parte de los planes que el Oculto había trazado para mí?

Llegamos a Egipto, vencimos a nuestros enemigos, saqueamos Farama [5] y acampamos a orillas del Nilo.  Con el primer barco que zarpó de Alejandría, envié un mensaje al Santo Padre para asegurarle que nuestros avances habían afianzado la defensa de la Tierra Santa.  No obtuve respuesta:  no podía estar enterado que el Papa Gelasio había sido expulsado por el Emperador. Roma no era ni sería mi aliada, y tenía sospechas de que mi gesta no quedaría registrada en la historia de la Roma papal; en el mejor de los casos, sería incorporada a los anales de la Cruzada o, a las crónicas de Fulquerio de Chartres.  En realidad, todo ello tenía tan poca importancia. En mi vida, suspendida sobre el abismo, reposaba aun la certeza de que nadie, ni Roma ni mis allegados conocían los secretos que guardaba mi alma.  ¿Cuán lejos estuve de mi propia leyenda? Muy lejos. ¿Existía aquel que hubiese descubierto que mis victorias se debían a las intervenciones del Maestro Oculto con quien había pactado allá en Cilicia?  No, no lo creía.

Y ahora, estoy muerto y soy un espectro.

Permanecí el resto de la noche en el cerro que vigila el-Arish, en mi puesto, asido de la brida de mi yegua Gaza’lla, y acompañando la marcha lenta de mis soldados hasta que, uno tras otro, fueron desapareciendo en la oscuridad del desierto.  Y pensé: ¡Cuán peligroso era vivir entre los hombres y cuánto más triste vivir alejado de ellos!  Pasaron las horas.   La totalidad de mi existencia se tornó irreal e insignificante.  Yo, poderoso rey y líder de los cruzados me había transformado en un fantasma solitario, acechado por las sombras y el silencio alrededor.

Poco antes del alba, Gaza’lla olió la tierra y miró a lo alto.  Sin vacilar, caballo y jinete dimos la vuelta y trepando en línea recta, fuimos a dar al frente de una cueva.  Dentro, unos escalones conducían ante la imagen de piedra de una diosa de tres cabezas y mirada penetrante.  En su regazo, descansaba una cabeza humana y en lo alto, sobre las coronas adornadas de cráneos, zumbaba un enjambre de abejas.  Mis dos perros negros le hacían guardia.  No me reconocieron.  No importaba.  Mi alma y yo acabábamos de llegar a ese lugar o donde fuera que se hallara mi destino final.  Habíamos cumplido. Salvo mi cuerpo, que no había sido enterrado aún y no se había deshecho de sus impurezas.

Ahora que mi alma y yo estábamos más allá de la muerte.  ¿Qué recompensa guardaba el Maestro Oculto para mí?

Temeroso, retrocedí unos pasos y reparé, en la arena, las huellas de todos aquellos que se acercaron antes que yo anticipando una comunión con el Maestro.

En ese instante, oí el reproche articulado del Oculto —: ¿A qué has venido, Balduino, rey de Jerusalén? Bien sabes que los muertos no me interesan.

[1] El reino armenio de Cilicia (también conocido como Pequeña Armenia, Armenia Cilicia, Reino de Cilicia o Nueva Armenia) fue creado en la Edad Media por refugiados armenios que huyeron de las invasiones selyúcidas en Armenia.

[2] Turbessel, antigua ciudad en las cercanías de Gaziantep, en la Turquía actual.

[3] Edesa o Urfa (Sanliurfa) en la Turquía actual.

[4] Melitene, antiguo nombre para la ciudad de Malatya en la Turquía actual.

[5] Antigua Pelusio.

 

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