Tempestades de acero [Fragmento]

Ernst Jünger

 

 

 

Les Eparges

El verdor nuevo del bosque resplandecía en la mañana. Serpenteando por caminos ocultos nos dirigimos hacia un angosto barranco situado detrás de la primera línea. Nos habían comunicado que el 76.º Regimiento se lanzaría a un asalto, tras una preparación artillera de sólo veinte minutos, y que nosotros, que éramos la reserva, debíamos estar listos para intervenir. A las doce en punto inició nuestra artillería un violento cañoneo que producía múltiples ecos en los barrancos del bosque. Por vez primera escuchamos allí la palabra Trommelfeuer, «fuego de tambor», cargada de un sentido tan grave. Inactivos y excitados, permanecíamos sentados sobre nuestras mochilas. Un ordenanza de campaña se precipitó hacia el capitán de nuestra compañía. Palabras dichas a toda prisa.

—¡Han caído en nuestras manos las tres primeras líneas de las trincheras enemigas! ¡Hemos capturado seis cañones!

Un ¡hurra! se alzó como una llamarada. Nos sentíamos dispuestos a lanzarnos contra cualquier obstáculo.

La anhelada orden llegó por fin. Fuimos avanzando en una larga columna hacia el lugar en que crepitaba un confuso fuego de fusilería. Empezaba la parte seria. Por el lado del sendero del bosque retumbaban en un intrincado abetal unos golpes sordos; una lluvia de ramas y tierra caía al suelo con estrépito. Un miedoso se tiró al suelo, provocando con ello en sus camaradas una risotada forzada. Luego pasó resbalando entre nuestras filas el grito de advertencia de la Muerte:

—¡Camilleros, adelante!

A poco pasamos junto al sitio en que había caído el proyectil. Ya habían evacuado a los heridos. De las malezas que crecían en torno al lugar de la explosión colgaban ensangrentados trozos de material y piltrafas de carne. Era un cuadro extraño, opresivo; a mí me hizo pensar en el alcaudón dorsirrojo, que ensarta sus presas en los espinos.

En la Grande Tranchée las tropas avanzaban a paso rápido. Los heridos se amontonaban al borde de la carretera; pedían agua. Prisioneros que portaban camillas caminaban jadeantes hacia la retaguardia. Ruidosamente pasaban al galope las baterías, atravesando el fuego. Las granadas apisonaban el blanco terreno a derecha y a izquierda; pesadas ramas caían al suelo. En medio del camino yacía muerto un caballo; tenía unas heridas gigantescas y a su lado humeaban sus intestinos. Entre aquellas imágenes grandiosas y sangrientas reinaba una jovialidad salvaje, inesperada. En un árbol estaba apoyado un hombre barbudo perteneciente a la Landwehr, la segunda reserva.

—¡Muchachos, a por ellos, que se escapan los franchutes!

Llegamos al reino de la infantería, que estaba revuelto por la lucha. Los disparos habían dejado pelados los árboles de la zona de donde había partido el ataque. En el lacerado terreno situado entre las trincheras yacían las víctimas del asalto, con la cabeza orientada hacia el enemigo; apenas se destacaban del suelo las guerreras grises. Una figura de gigante, con una gran barba roja manchada de sangre, miraba fijamente al cielo; sus manos aferraban como garras la tierra blanda. Dentro de un embudo se retorcía un hombre joven; en su rostro había ese color amarillento que precede a la muerte. Nuestras miradas no parecieron agradarle; con un movimiento de indiferencia se cubrió la cabeza con el capote y dejó de moverse.

Rompimos la formación de columna de marcha. En trayectorias largas, netas, se aproximaban constantemente hacia nosotros, siseando, las balas; una especie de relámpagos lanzaba a lo alto, en remolinos, el suelo del claro del bosque. No pocas veces había oído yo delante de Orainville el chirriante sonido de flauta que producen las granadas de campaña; tampoco allí me pareció especialmente peligroso. El orden en que nuestra compañía, con las secciones desplegadas, se movía ahora sobre el terreno batido por los disparos producía, por el contrario, una sensación tranquilizadora; pensaba para mis adentros que aquel bautismo de fuego presentaba un aspecto más trivial del que había esperado. Con un extraño desconocimiento de los hechos volvía en redondo la cabeza para mirar con atención los blancos contra los que aquellas granadas podían ir dirigidas; no adivinaba que nosotros mismos éramos los objetivos contra los que con tanto ahínco se disparaba.

—¡Camilleros!

Teníamos nuestro primer muerto. Un balín de un shrapnel había desgarrado la carótida al fusilero Stölter. En un abrir y cerrar de ojos quedaron empapadas por completo las vendas de tres paquetes. El herido se desangró en pocos minutos. Cerca de nosotros estaban desenganchando en aquel momento dos cañones, que atraían hacia allí un fuego aún más nutrido. Un alférez de artillería andaba buscando heridos en el terreno situado delante de la trinchera; lo tiró al suelo una columna de vapor que se alzó ante él. Se levantó con lentitud y regresó hacia nosotros con una calma acentuada. Nuestros ojos brillaban al mirarlo.

Empezaba a oscurecer cuando recibimos la orden de seguir progresando. Nuestro camino atravesaba un terreno de sotobosque muy espeso, sobre el que llovían los disparos, e iba a dar a uno de los innumerables ramales de aproximación; los franceses, mientras huían, habían ido dejando esparcidos en él sus equipos. Cerca de la aldea de Les Eparges, sin tener ya delante de nosotros tropas de ninguna clase, nos fue preciso cavar una posición en un duro terreno rocoso. Acabé derrumbándome encima de un matorral y allí me quedé dormido. Medio en sueños, veía a veces cómo las granadas disparadas por una u otra de las dos artillerías enfrentadas trazaban, muy por encima de mí, estelas con sus espoletas encendidas.

—¡Arriba, hombre, que nos marchamos!

Me desperté sobre una hierba que estaba húmeda del rocío. Las ráfagas de una ametralladora que pasaban zumbando por el aire nos obligaron a meternos precipitadamente otra vez en nuestro ramal de aproximación; allí ocupamos una posición francesa que había sido abandonada y que se encontraba en la linde del bosque. Un olor dulzón y un bulto que colgaba de la alambrada despertaron mi curiosidad. En medio de la niebla matinal salté fuera de la trinchera y me encontré ante el cadáver doblado sobre sí mismo de un francés. La carne putrefacta, parecida a la del pescado, brillaba con un color verdiblanco en el destrozado uniforme. Al darme la vuelta, retrocedí espantado; junto a mí se hallaba en cuclillas una figura. Estaba apoyada en un árbol, llevaba puesto el reluciente correaje francés y aún tenía a la espalda la mochila; ésta se hallaba cargada hasta arriba y una cazuela redonda le servía de coronamiento. Que no me las había con una persona viva me lo revelaron las vacías cuencas de sus ojos, así como los escasos mechones de pelo de su cráneo, el cual era de un color gris negro. Había allí otra figura que se encontraba sentada; la parte superior de su cuerpo estaba doblada hacia delante, sobre las piernas, y parecía como si acabara de derrumbarse. Alrededor yacían docenas de cadáveres putrefactos, calcificados, resecos como momias, petrificados en una siniestra danza macabra. Los franceses tuvieron que aguantar meses enteros junto a sus camaradas caídos, sin poder enterrarlos.

A lo largo de la mañana consiguió el sol atravesar la niebla, enviándonos entonces un agradable calorcillo. Estuve durmiendo un rato sobre el suelo, pero luego la curiosidad me empujó a echar un vistazo a la desierta trinchera que el día anterior había sido tomada al asalto. Su suelo estaba cubierto por montañas de víveres, municiones, pedazos de armamento, armas enteras, cartas y periódicos. Los abrigos tenían el aspecto de ropavejerías saqueadas. En medio de todo aquello yacían los cadáveres de valientes defensores; sus fusiles estaban aún emplazados en las aspilleras. De entre unos maderos destrozados sobresalía un torso que había quedado aprisionado entre ellos. Cabeza y cuello habían sido arrancados; en la carne, que era de un color negro rojizo, brillaban los cartílagos blancos. Me resultaba difícil comprender nada. Al lado yacía, tendido de espaldas, un hombre joven; sus ojos estaban vidriosos; sus puños, congelados en la posición de disparar. Mirar aquellos ojos muertos, inquisitivos, producía una sensación extraña —jamás dejé de sentir en la guerra un escalofrío en estos casos—. Los bolsillos de aquel joven estaban vueltos hacia fuera y junto a él se hallaba su desvalijado portamonedas.

Fui caminando lentamente a lo largo de la devastada trinchera sin que en ningún momento me importunase el fuego. Era el breve tiempo de descanso de las mañanas; con mucha frecuencia fue luego ése el único momento de respiro que tuve en los campos de batalla. Aquel día lo aproveché para examinar bien todo; no sentía la menor preocupación y me encontraba en un agradable estado de ánimo. Las armas extrañas, la oscuridad de los abrigos, el variopinto contenido de las mochilas —todo me resultaba nuevo y enigmático—. Me metí en el bolsillo munición francesa, abrí la cremallera de una lona de tienda de campaña, que era suave como la seda, y cogí como botín una cantimplora envuelta en un paño azul; a los tres pasos arrojé todo aquello. Una hermosa camisa rayada que estaba en el suelo junto al destrozado equipaje de un oficial me indujo a despojarme con rapidez de mi uniforme y a cubrirme de pies a cabeza con ropa interior nueva. Me sentí muy contento al notar en la piel el agradable cosquilleo de la fresca tela.

Equipado de esta manera, anduve buscando un rincón soleado en la trinchera; allí me senté sobre un madero y para desayunar abrí con la bayoneta una redonda lata de caldo de carne. Luego me cargué una pipa y estuve hojeando las numerosas revistas francesas que por allí andaban desparramadas; por las fechas pude ver que algunas de ellas habían sido enviadas desde Verdun a las trincheras el día anterior.

No consigo dejar de sentir un ligero escalofrío cada vez que recuerdo que, durante aquel descanso que me tomé para desayunar, estuve intentando desatornillar un pequeño y extraño artefacto que yacía delante de mí en el piso de la trinchera; por razones imposibles de averiguar, creía ver en él una «linterna de asalto». Hasta mucho más tarde no caí en la cuenta de que aquel objeto con el que había estado jugueteando era una granada de mano que tenía quitado el seguro.

Al irse aclarando el día comenzó a disparar una batería alemana desde un bosquecillo situado inmediatamente detrás de la trinchera. El enemigo no tardó mucho tiempo en dar respuesta. Un fuerte estampido a mis espaldas me sobresaltó de repente y vi cómo se elevaba vertical una bola de humo. Aún no estaba familiarizado con los ruidos de la guerra y esto hacía que fuera incapaz de discernir los silbidos, siseos y estruendos producidos por nuestras bocas de fuego de los estampidos crepitantes causados por las granadas enemigas, que iban cayendo a intervalos cada vez más cortos; de nada de aquello lograba hacerme una idea. Sobre todo me resultaba imposible encontrar una explicación al hecho de que los proyectiles viniesen hacia mí desde todos los lados, de modo que sus zumbantes trayectorias se entrecruzaban por encima de la maraña de los elementos de trinchera por los que nosotros nos encontrábamos diseminados sin que en nada de aquello hubiera aparentemente un plan. Este efecto, del cual no veía la causa, me inquietó y me dio que pensar. Seguía enfrentándome al mecanismo de la guerra como una persona sin experiencia —era un recluta—. Las manifestaciones de la voluntad de lucha me parecían extrañas e incoherentes, como si fueran sucesos que ocurrieran en otro planeta. En medio de todo aquello, no era propiamente miedo lo que yo sentía; tenía la impresión de que no me veían y por ello tampoco podía creer que me tomasen como blanco ni que pudieran herirme. Y así, una vez que me reuní con mi pelotón, me dediqué a observar con gran indiferencia el terreno que ante nosotros se extendía. Era el mío el valor propio de la inexperiencia. En mi libreta de bolsillo iba apuntando los tiempos en que decrecía o aumentaba el tiroteo; también más tarde solía hacer esto en días como aquél.

Hacia el mediodía el fuego de artillería se incrementó hasta llegar a convertirse en una danza salvaje. Continuamente se alzaban llamaradas a nuestro alrededor. Nubes blancas se entremezclaban con otras negras y amarillas. En especial aquellas granadas que en su trayectoria iban dejando un humo negro, y que los guerreros veteranos denominaban «americanas» o «cajas de carbón», rasgaban el aire con una siniestra potencia rompedora. En medio de ellas gorjeaban por decenas las espoletas; era muy peculiar el sonido que producían, recordaba el canto de los canarios. Sus secciones, en las que se colaba el aire produciendo trinos como de flauta, iban deslizándose, parecidas a relojes de música fabricados en cobre o a insectos metálicos, por encima del prolongado rumor de oleaje causado por las granadas al reventar. Un hecho curioso es que los pajarillos del bosque no parecían preocupados en absoluto por aquel estruendo compuesto de cien ruidos; seguían tranquilamente posados en las destrozadas ramas, por encima de las nubes de humo. Durante las pausas era posible oír sus llamadas de reclamo y sus despreocupados cantos jubilosos; parecía incluso que la ola de ruidos que los envolvía los excitaba todavía más.

En los instantes en que el tiroteo se recrudecía, los hombres de guarnición en la trinchera se animaban unos a otros, con frases breves, a estar alerta. En el tramo de trinchera que yo abarcaba con la vista, de cuyos taludes se habían ya desprendido en algunos sitios grandes bloques de barro, reinaba una alerta total. Los fusiles se hallaban instalados en las aspilleras, con el seguro quitado, y los tiradores examinaban con atención el humeante terreno que ante ellos se extendía. A veces miraban a derecha y a izquierda para ver si aún se mantenía el contacto; cuando sus ojos tropezaban con un conocido, aquellos hombres sonreían.

Yo estaba sentado con un camarada en una banqueta de barro tallada en el talud de la trinchera. En una ocasión crujió el madero de la aspillera por la que estábamos observando; una bala de infantería se incrustó en el barro entre nuestras dos cabezas.

Poco a poco empezó a haber heridos. No era ciertamente posible abarcar con la vista lo que ocurría en la maraña de las trincheras; pero cada vez resonaba con mayor frecuencia, como un tiro, este grito:

—¡Camilleros!

Esto indicaba que el tiroteo comenzaba a causar efecto. A veces surgía una figura humana que iba caminando muy deprisa; en la cabeza, en el cuello o en la mano llevaba colocada una venda nueva, que brillaba de lejos, y desaparecía en dirección a la parte de atrás. Era preciso curarse en lugar seguro el denominado «tiro de salón» o «tiro de caballero»; según la superstición de la guerra, una herida leve de bala era a menudo la mensajera que precedía a otra grave.

Kohl, mi camarada, un voluntario, conservaba aquella sangre fría que es peculiar de los alemanes del norte y que parece estar hecha a propósito para situaciones como aquélla. Mascaba y daba vueltas, apretándolo, a un cigarro puro que no había manera de encender; por lo demás, su rostro parecía un tanto adormilado. Un estruendo como de mil fusiles resonó a nuestras espaldas, mas ni siquiera entonces perdió Kohl la calma. Pudimos comprobar que los disparos habían prendido fuego al bosque. Grandes llamas escalaban los árboles chisporroteando. Las preocupaciones que a mí me atormentaban mientras ocurría todo aquello eran extrañas. Lo que yo sentía era envidia de los viejos «leones de Perthes», envidia de las experiencias que ellos habían vivido en la Marmita de las Brujas y de las que yo me había visto privado por causa de mi estancia en Recouvrence. Por eso, cuando las «cajas de carbón» empezaron a llegar con especial virulencia hasta el rincón en que nosotros dos nos encontrábamos, preguntaba a veces a Kohl, que sí había participado en la mencionada acción:

—Oye, ¿es ahora como en Perthes?

Con gran decepción mía, Kohl ejecutaba un perezoso movimiento con la mano y respondía siempre:

—Aún falta mucho.

Cuando por fin el tiroteo alcanzó tal intensidad que nuestra banqueta de barro comenzó a oscilar bajo los estallidos de aquellos monstruos negros, volví a aullarle al oído:

—Oye, ¿es ahora como en Perthes?

Kohl era un soldado muy concienzudo. Primero se puso de pie, luego giró la cabeza en redondo, examinando lo que ocurría, y al fin aulló, con gran contento mío:

—Ahora es posible que llegue a ser igual.

Esta respuesta me puso loco de alegría, pues me confirmaba que aquél era mi primer combate real.

En ese instante surgió un hombre en la esquina del elemento de trinchera en que nos hallábamos:

—¡Seguirme hacia la izquierda!

Comunicamos la orden a los demás y nos pusimos a caminar a lo largo de la posición, que se hallaba completamente llena de humo. Justo entonces acababan de llegar los hombres que traían el rancho y sobre el parapeto humeaban centenares de cacerolas abandonadas. ¿Quién iba a tener en aquel momento ganas de comer? Al pasar nosotros se apretaban contra el talud los numerosísimos heridos; sus vendas se hallaban empapadas de sangre y en sus pálidos rostros brillaba la excitación de la lucha. Arriba, a lo largo del borde de la trinchera, los enfermeros arrastraban apresuradamente hacia atrás camillas y más camillas. Ante nosotros se alzó el presentimiento de una hora difícil.

—¡Cuidado, camaradas, mi brazo, mi brazo!

—¡Vamos, vamos, hombre; mantén el contacto!

Reconocí el alférez Sandvoss; iba corriendo a lo largo de la trinchera, con el espíritu ausente y los ojos desencajados. Una larga venda que llevaba enrollada al cuello le daba un extraño aspecto de desamparo; eso fue sin duda lo que hizo que en aquel momento me recordase a un pato. Yo veía todo aquello como si estuviera soñando uno de esos sueños en que lo angustioso aparece bajo la máscara de lo ridículo. Inmediatamente después pasamos corriendo junto al coronel von Oppen; tenía metida una de sus manos en el bolsillo de la guerrera y estaba dando instrucciones a su ayudante. Sus palabras me atravesaron la cabeza como una bala:

—Vaya, vaya, parece que esto está empezando a animarse.

La trinchera terminaba en un bosquecillo. Allí nos paramos indecisos bajo unas corpulentas hayas. De entre las espesuras del monte bajo surgió el jefe de nuestra sección, un alférez, y le gritó al suboficial más antiguo:

—Ordene a los hombres que se desplieguen en dirección al sol poniente y que tomen posición. Envíeme los informes al abrigo que está junto al claro del bosque.

Lanzando maldiciones, el suboficial tomó el mando.

Nos desplegamos; llenos de ansiedad nos tendimos en una línea de hoyos poco profundos que sin duda habían cavado quienes nos habían precedido. Intercambiábamos palabras jocosas; las cortó un aullido que nos penetró hasta las entrañas. A unos veinte metros detrás de nosotros giraban en el aire terrones de tierra que salían de una nube blanca; al llegar a lo alto se estrellaban contra las ramas. Varias veces rodó el eco a través del bosque. Los ojos angustiados se miraron fijamente unos a otros; los cuerpos se pegaron al suelo, bajo la aplastante sensación de una impotencia total. Un disparo seguía a otro disparo. Entre los matorrales del monte bajo flotaban gases asfixiantes, un humo espeso ocultaba las copas de los árboles, ramas sueltas y árboles enteros caían al suelo con estrépito, se oían gritos. De un salto nos pusimos en pie y echamos a correr a ciegas, acosados por los relámpagos y por la presión del aire, que nos aturdía. De este modo íbamos corriendo de árbol en árbol, buscando ponernos a cubierto, o dábamos vueltas alrededor de troncos gigantescos, cual si fuéramos piezas de caza perseguidas. Muchos corrían hacia un abrigo, también yo me dirigía hacia allá; una granada dio de lleno en él y lanzó por los aires su techumbre de madera, de modo que los pesados leños giraban en lo alto.

Junto con el suboficial iba yo dando saltos, jadeante, en torno al tronco de una robusta haya; parecía una ardilla a la que alguien apedrease. Corría mecánicamente detrás de mi superior, mantenido en vilo por impactos siempre nuevos; de vez en cuando el suboficial se volvía hacia mí, me miraba fijamente con ojos fieros, y gritaba:

—¿Pero qué clase de artefactos son éstos? ¿Pero qué clase de artefactos son éstos?

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo.

Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas las partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Perdí por completo el dominio de mí mismo. Eché a correr atropellándolo todo, sin tener consideración con nada; tras haber resbalado varias veces por causa de la prisa, logré por fin escalar el talud de la trinchera, escapar de aquella barahúnda infernal, encontrar vía libre. Corrí como un caballo desbocado por entre la espesura del monte bajo, atravesé caminos y claros y acabé desplomándome en un bosquecillo situado cerca de la Grande Tranchée.

Ya estaba anocheciendo cuando pasaron junto a mí dos camilleros que andaban reconociendo el terreno. Me cargaron en su angarilla y me llevaron a un puesto de socorro; era un simple abrigo con un techo de troncos. Allí pasé la noche, apretujado entre otros muchos heridos. Un médico estaba de pie, relajado, en medio de aquella confusión de hombres que gemían; colocaba vendas, ponía inyecciones, daba órdenes con voz tranquila. Me eché sobre el cuerpo el capote de un muerto y me quedé dormido; la fiebre que ya empezaba a tener me provocó sueños extraños. En cierto momento me desperté en medio de la noche y vi cómo el médico continuaba entregado a su tarea a la luz de un farol. Había allí un francés que no hacía más que lanzar chillidos a cada instante; alguien que estaba junto a mí gruñó con mal humor:

—Cómo son estos franceses. Si no pueden gritar, no están contentos.

Volví a dormirme.

Cuando a la mañana siguiente me transportaban en una camilla, un casco de metralla perforó la lona pasando por entre mis rodillas.

Junto con otros heridos me cargaron en uno de los carros-ambulancias que iban y venían continuamente del campo de batalla al hospital de sangre. El vehículo fue arrastrado al galope por la Grande Tranchée, que aún seguía batida por un fuego intenso. Detrás de las grises paredes de lona cruzábamos a ciegas el Peligro; éste nos acompañaba con pasos de gigante que aplastaban el suelo.

En aquel vehículo nos metieron como panes en un horno; en una de las camillas iba un camarada con una herida en el vientre que le causaba grandes tormentos. Nos fue suplicando uno a uno que pusiéramos fin a su vida con la pistola del enfermero, que estaba allí colgada. Nadie respondió. En aquel viaje conocí la sensación que se tiene cuando cada sacudida del vehículo es como un martillazo en una herida grave.

El hospital de sangre había sido instalado en un claro del bosque; habían extendido allí largas hileras de paja que luego habían cubierto con ramas. Por la afluencia de heridos era fácil ver que estaba en marcha un combate importante. Al contemplar a un general médico que en medio de aquel sangriento trajín inspeccionaba los servicios, volví a sentir la misma impresión, difícil de describir, que se experimenta al ver a un ser humano que, rodeado por los espantos y las conmociones de la zona en que ejercen su imperio los elementos, se ocupa en ordenar cada vez mejor las cosas que realiza, con la sangre fría propia de una hormiga.

Regalado con comidas y bebidas y fumando un cigarrillo yacía yo allí sobre un lecho de paja en medio de una larga hilera de heridos; me encontraba en aquel estado de ánimo aliviado que se apodera de uno cuando ha aprobado un examen, bien que no de manera irreprochable. Una breve conversación que escuché cerca de mí me dejó pensativo.

—¿Qué es lo que te pasa, camarada?

—Tengo un balazo en la vejiga.

—¿Te duele mucho?

—Bah, eso no importa. Pero que esto no me permita seguir luchando…

Aquella misma mañana nos transportaron hasta el gran puesto de concentración de heridos instalado en la iglesia de la aldea de Saint-Martin. Allí estaba ya listo para partir un tren-ambulancia que en dos días nos transportaría a Alemania. Durante el viaje veía los campos desde la cama; la primavera había tomado posesión de ellos. Nos atendía con todo cuidado un hombre silencioso, profesor de filosofía. El primer servicio que me prestó consistió en cortarme con una navaja la bota, para poder quitármela. Hay hombres que tienen un modo especial de relacionarse con el cuidado de los heridos; ver a aquel enfermero leyendo de noche un libro a la luz de su linterna era algo que por sí solo producía en mí una sensación de alivio.

El tren nos condujo a Heidelberg.

A la vista de las colinas del Neckar, que estaban coronadas de cerezos en flor, experimenté un intenso sentimiento de amor a la patria. Qué bello era aquel país y cómo merecía que por él derramásemos la sangre y diéramos la vida. Nunca antes había experimentado yo de tal manera el hechizo de aquella tierra. Pensamientos buenos y serios me vinieron a la mente y por vez primera vislumbré que aquella guerra significaba algo más que una gran aventura.

La batalla de Les Eparges fue mi primera batalla. Transcurrió de un modo completamente diferente a como me había imaginado una batalla. Yo había intervenido en una importante acción de guerra y, sin embargo, no había llegado a verle la cara a un solo enemigo. Hasta mucho más tarde no tuve la vivencia directa del choque, ese punto —culminante de la batalla, cuando las oleadas de asalto aparecen en campo abierto; durante unos momentos decisivos, mortales, esa aparición interrumpe el vacío caótico del campo de batalla.

 

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