Concurso de natación

Benjamín Tammuz

 

 

I

Hace muchos años, en un cálido día de verano, estaba yo sentado en la cocina de casa con la mirada puesta en la ventana. Con los pies descalzos absorbía el frescor de las baldosas rojas del piso, mientras mis ojos vagaban por fuera y mis codos se apoyaban en el hule de la mesa. Un silencio de mediodía flotaba en los cuartos, y una serenidad de ensueño deambulaba en mi corazón.

De pronto, llegó un sonido: del extremo de la calle se oía un golpeteo de herraduras y un carricoche que se acercaba, un negro carricoche árabe, de esos que andaban por los caminos antes de que se multiplicaran entre nosotros los automóviles, de los que solíamos arrendar para viajar a la estación del tren en Yaffo a fin de ir a pasar Pesah a casa de la abuela, en Jerusalén.

Los caballos se fueron acercando, deteniéndose frente a la puerta de la casa, el cochero se bajó y golpeó la puerta. Salté para abrirle y un olor a humedad se adueñó de la cocina, olor de caballos y olor de lejanías, y los hombros del cochero obstruían la luz e impedían que el calor aumentara dentro.

El cochero extrajo una carta y la puso en mi mano. Eché una mirada y vi que estaba escrita en francés, idioma que yo no sabía leer. Mamá tomó la carta y su rostro resplandeció. Pidió al cochero que entrara y le puso delante un trozo de sandía y una pita fresca. El cochero apoyó el látigo en la pared, bendijo la obra de las manos de mi madre, mordió la sandía y el resonar de sus labios llenó el cuarto.

Mi madre dijo que la carta era de la anciana árabe del naranjal, y escribía que estaba bien y que sus dolores la habían abandonado, que el remedio le venía de las manos de mi madre y desde la lejanía le besaba la mano. También escribía que los días eran estivales y que había oído decir que se acercaban las fiestas, que seguramente mi madre estaría libre de sus otros enfermos e iría con su hijo a alojarse en la casa del naranjal.

Cuando salimos de casa y subimos al carricoche, el sol se acercaba a su ocaso en el mar. El cochero plegó el techo redondeado de cuero y nosotros nos hundimos en el asiento suave y mullido, y de inmediato me acometió una sensación de lejanías y de viaje. El árabe trepó a lo alto de su pescante, silbó a los caballos y ondeó el látigo. Chimaron los resortes, se hundieron los asientos debajo de nosotros y tornaron a levantarse como una ola, un relincho de despedida atravesó el aire. El carricoche despegó las ruedas de su sitio y partió, repiqueteando con sus llantas sobre la carretera dispareja, con un canto de cosas que pesan y de alegría de vivir. Al poco rato pasamos por delante de la mezquita de Hasan Beck y entramos en las callejas de Manshía. Olores de alimentos cocinados nos salieron al encuentro: aromas de comino, de cordero asado, de berenjenas fritas y de menta, nos inundaban sucesivamente. Y la voz del cochero resonaba en el espacio, lanzando sus advertencias a derecha e izquierda, instando a los mercaderes a apartarse del camino y reprimiendo a los chiquillos que se revolcaban en medio de la calle. Los caballos meneaban sus grupas castañas y brillantes y repicaban acompasada y alegremente, el de la derecha levantó la cola arrojando bolas de bosta en plena carretera. El cochero volvió el rostro hacia nosotros y nos dirigió una sonrisa de disculpa desde lo alto de su pescante, dijo que los caballos eran unos desvergonzados, que no tenían modales y que perdonáramos.

Serena y plácidamente nos balanceábamos en el asiento, hasta que salimos de la ciudad y los caballos empezaron a tirar con pesadez del carricoche por un camino de arena rojiza, entre cercas de chumberas y acacias, y de la arena subieron olas de calor que venían a compartir con nosotros el asiento fresco. Al parecer, el sol ya se había puesto en las aguas del mar, porque detrás de los naranjales se divisaba el rojo de un cielo ardiente mientras una penumbra fresca fue extendiéndose en derredor. Los caballos se detuvieron de pronto e hicieron aguas, a dúo, en la arena.

Nuevamente arrancó el carruaje de su sitio, un temblor recorrió el cuerpo de los caballos y debajo de sus cascos apareció una franja de camino empedrado, flanqueado por hileras de pinos. De pronto, apareció ante nosotros una bóveda de piedra pintada de blanco, y en ella un portón enorme de madera, cerrado, y en el portón una pequeña puerta. Junto a la puerta se encontraba una niña de mi edad; llevaba un vestido blanco y una cinta rosa entretejida en el pelo. Cuando el carricoche llegó al portón, la niña dio un salto y huyó hacia adentro, y el cochero dijo:

—Hemos llegado.

En nuestros días no se ven casas de campo como ésas. Y cuando se tropieza con un sitio donde hubo una de esas casonas lo que se ve son sólo escombros de la guerra, piedras amontonadas y tablas y telas de araña que se esfuerzan por revestir de antigüedad cosas que ayer respiraban y reían. Pero en aquellos días la casa estaba intacta y desbordante de vida. Era cuadrada, y estaba rodeada por tres de sus costados por un edificio de dos pisos. Abajo estaban las caballerizas y los establos, y en el patio deambulaban gallinas negras y rojizas, cuyos cacareos se mezclaban con los relinchos de los caballos. En la parte alta, estaba el cuarto de la bomba y junto a él una piscina, y un caño salía del cuarto de la bomba vertiendo su agua dentro de la piscina. Pescados dorados iban al caño y chapoteaban entre las burbujas que subían con la corriente. Una baranda de madera rodeaba una larga terraza, sumida en constante sombra, y desde ella se entraba por una puerta de vidrios de colores a un recibidor del cual se abrían puertas hacia los cuartos interiores, la cocina y los almacenes.

En el centro de la sala había una mesa larga, y en torno a ella sillones tapizados, cubiertos por fundas blancas que los defendían del polvo. Pero el día en que llegamos a la casa las fundas blancas habían sido retiradas y permanecían dobladas, una sobre otra, en un rincón.

Se alzaban en el cuarto tiestos de barro, pintados de rojo y oro, y en ellos enormes flores de papel, que imitaban rosas y lirios, y algunas con formas tales que no se parecían a flores. Había allí un tiesto cuyos colores se habían desteñido, era el tiesto traído el día de la boda de la anciana, la señora de la casa.

Desde las paredes nos miraban hombres tocados con turbantes que lucían espadas, rodeados de marcos de madera dorada. La anciana condujo a mi madre ante uno de los retratos y dijo:

—Éste es mi marido, que en paz descanse. Su padre fue el que construyó esta casa. Aquí vivimos en los días de verano, y en el invierno regresamos a Yaffo.

Suspiró mi madre y dijo:

—Tampoco mi marido vive. Pero su casa y la casa de su padre no están aquí. Todo quedó allá, en el extranjero, y yo vivo en una casa alquilada, en invierno y en verano.

—Ustedes son nuevos aquí —dijo la anciana—, inmigrantes. Pero con la ayuda de Dios progresarán y se construirán sus casas. Son ustedes industriosos, de manos benditas.

Mi madre aceptó la insinuación y le devolvió una mirada de gratitud. Pero en aquel momento se abrió mi boca para decir:

—Pero no es cierto que nosotros despojemos a los árabes. Queremos la paz, no la guerra.

La anciana posó su mano sobre mi cabeza, diciendo:

—Según las personas. Quien quiere la paz, vivirá en paz.

De pronto, apareció la niña en el vano de la puerta.

—Acércate, Nahída —dijo la anciana—. Besa la mano de nuestra jákima, que curó a tu abuela. Éste es su hijo.

Nahída dio unos pasos medidos desde la puerta y se plantó frente a mi madre, que la abrazó y la besó en las mejillas. Un rubor apuntó en el rostro tostado de la muchacha. En silencio bajó la cabeza.

—Nuestra Nahída es tímida —comentó la anciana—, pero tiene buen corazón.

Nahída recogió el vuelo de su vestido blanco y se sentó en un sillón. Entonces nos sentamos todos, como si se nos hubiera dado el permiso para hacerlo después de que la persona más importante tomara asiento.

La anciana dijo algo en francés y mi madre rió. Nuevamente floreció el rubor en las mejillas de Nahída y noté que me espiaba para ver si entendía francés. Le dije:

—No entiendo nada. ¿Qué han dicho?

—Mi abuela dice que tú y yo podemos formar una pareja.

—Tonterías —dije, clavando mis ojos en el suelo.

—Id a jugar —dijo la anciana—. No os ocupéis de nosotros.

Me levanté y seguí a Nahída a la terraza. Nos sentamos al borde de la piscina.

—¿Crees en Dios? —le pregunté—. Yo no creo.

—Yo sí. Y tengo en el naranjal un lugar donde rezo. Si llegamos a ser amigos te llevaré a ese lugar para mostrarte que hay Dios.

—¿Tú ayunas en el mes de Ramadán? Yo como, aun en Yom Kippur.

—Yo no ayuno porque soy pequeña. Y tú ¿descansas en Shabat?

—Depende —le contesté—. Si no tengo nada que hacer, descanso. Pero no porque hay Dios, sino porque sí.

—Pero yo lo quiero a Dios —dijo Nahída.

—Entonces, no podremos ser una pareja hasta que dejes de creer.

Nahída quiso contestar, pero en ese momento se escuchó abrirse el portillo y dos hombres aparecieron en el patio. Nahída corrió a su encuentro y enlazó con los brazos el cuello de uno de ellos, tocado con turbante y vestido a la europea, mientras decía:

—Papá, tenemos visitas.

—Lo sé —dijo el padre—. La jákima vino a vernos.

Me levanté y esperé a que subieran a la piscina. El otro, un joven de unos dieciocho años, arrebujado en la kefía sostenida por un aro, era el tío de Nahída, hermano de su padre, y él fue el primero en venir y extenderme la mano en señal de saludo. El padre de Nahída me acarició la mejilla y me llevó consigo, al interior de la casa.

La comida de la noche se sirvió en la terraza. En grandes fuentes, trajeron a la mesa patatas fritas, rebanadas de berenjena en salsa de tomate y porciones de queso salado. En otra fuente se sirvieron granadas y pequeñas sandías, y una pila de pitas calientes se alzaba en el centro de la mesa.

Abdul Karim, el tío de Nahída, me preguntó si yo también era miembro de la Haganah. Le contesté que era un secreto.

Él se rió y dijo que el secreto era a voces, y conocido en todo el país.

—Abdul Karim estudia en el College del Mufti —dijo el padre de Nahída—. Y no hace más que sentir temor por vuestra Haganah todo el tiempo. Ensombrecióse el rostro de Abdul Karim, el cual guardó silencio. Pero la anciana, su madre, colocó una mano sobre su palma y dijo:

—Mi Abdul Karim es un hombre bueno y fiel. No lo martiricéis.

Abdul Karim besó la mano de su anciana madre, y nada contestó.

En aquel momento apareció en la terraza un perro ovejero de largas crenchas, el cual se metió debajo de la mesa y dio vueltas entre las piernas buscando un lugar donde echarse, hasta que cesó en sus rodeos y posó la cabeza sobre los pies de Nahída, lamiéndolos. La cola la colocó sobre mis pies, agitándola continuamente y haciéndome cosquillas. Una sonrisa subió a mis labios a causa del cosquilleo, y puse mis ojos en Nahída para explicarle por qué sonreía. Pero vi que ella interpretaba mi sonrisa como una mirada amistosa hacia ella y callé.

Después de la comida, dijo el padre de Nahída a su hermano:

—Abdul Karim, hermano mío, ve a mostrar a los niños lo que has traído de la ciudad.

Abdul Karim se levantó y nos hizo señas a Nahída y a mí para que lo siguiéramos. Entró en un depósito del naranjal y extrajo de allí una reluciente escopeta de caza.

—Mañana saldremos a cazar liebres —dijo Abdul Karim—. ¿Sabes tirar?

—Un poco —le dije—. Haremos un concurso de tiro, si quieres.

—La semana pasada —dijo Nahída— hicimos un torneo de natación en la piscina, y mi tío les ganó a todos.

—Si quieres —le dije— competiremos también en natación.

—Trato hecho —dijo Abdul Karim—. Mañana por la mañana.

Volvimos a subir a la casa y Abdul Karim colocó un disco, dio cuerda al gramófono y acomodó el altavoz.

Se escuchó el sonido de un kumangi, acompañado de tambor y platillos, y de inmediato un canto árabe, una voz dulce y seductora, que se arrastraba y se quebraba temblorosa. Abdul Karim se arrellanó en su sillón, con el rostro resplandeciente. Cuando el disco acabó se levantó para poner otro, pero a mí me pareció que era la misma canción que ya habíamos escuchado. Y así la cosa se repitió varias veces hasta que, vencido por el tedio, me escurrí del cuarto hacia donde mi madre y la anciana conversaban. Y como también allí me aburría me levanté y salí a la terraza, los ojos puestos en la piscina y en el naranjal que estaba detrás de ella. Una enorme luna se inclinaba sobre los árboles y el fresco del agua se alzaba desde la piscina. Un pájaro nocturno se hizo escuchar desde muy cerca, pero cuando la voz del gramófono cesó, calló también el pájaro. Un bostezo se escapó de mi boca y pensé con tristeza en que mis amigos del barrio estarían asando patatas en la fogata, debajo del poste de la electricidad, arrastrando maderas desde el depósito de la fábrica de embutidos de la vecindad. “¿Para qué he venido?” —me dije.

Nahída encontró una manera singular de despertarme por la mañana: había en la casa un gato gordo y holgazán. Lo puso sobre mi cara y yo salté de la cama. Tomé el gato y se lo arrojé a la falda. Así entramos en nuestro segundo día en el naranjal. No terminaba de limpiarme los dientes cuando Abdul Karim entró en la cocina, diciendo:

—¿Qué hay de nuestro torneo de natación en la piscina?

—Cuando quieras —le dije.

Terminamos rápidamente de comer, recogimos nuestros trajes de baño, y salimos. Mi madre, la anciana y el padre de Nahída arrastraron sillas hasta la baranda de la piscina y se dispusieron a ser espectadores del torneo.

—Una, dos y… ¡tres! —exclamó Nahída, y Abdul Karim y yo nos lanzamos al agua. Sea por la emoción o por mi falta de costumbre al agua dulce, me zambullí como una piedra hasta el fondo de la piscina, hasta que reaccioné y volví a la superficie Abdul Karim ya se encontraba en el centro. Vi a mi madre inclinada sobre la baranda, gritándome: “No tengas miedo. Nada con rapidez”, y empecé a nadar. Pero en vano, antes de que hubiera llegado al caño que salía de la bomba, Abdul Karim se encontraba ya en la otra orilla, sentado sobre la baranda y estrujándose el pelo.

—Me ganaste en la piscina —le dije—, pero podemos competir en otra cosa, si quieres.

—¿En qué?

—En cuentas, por ejemplo.

—¿Por qué no? —dijo, y ordenó a Nahída traer papel y lápices.

Nahída fue a traer lo que le pedían. Tomé el papel, lo corté en dos, y en cada pedazo escribí: siete millones novecientos ochenta y cuatro mil seiscientos noventa y ocho, multiplicado por cuatro millones, novecientos ochenta y seis mil setecientos cincuenta y nueve.

—Veremos quién llega primero al resultado —dije.

Abdul Karim tomó el lápiz y se puso a escribir, y también yo me puse a multiplicar. Terminé antes que él y presenté el papel al padre de Nahída, para que lo examinara. Resultó que me había equivocado. Abdul Karim presentó su papel y también su cuenta era errónea.

—Hagamos un concurso de conocimientos generales —le propuse a Abdul Karim—. Por ejemplo. ¿Quién descubrió América?

—Colón —dijo Abdul Karim.

—No es verdad —dije—. Fue Américo Vespucio, y por eso se llama América.

—Te ganó —le gritó Nahída a su tío—. ¿Has visto cómo te ganó?

—Él me ganó en América —dijo Abdul Karim—. Pero yo le gané aquí, en la piscina.

—Cuando sea grande, te ganaré también en la piscina —le dije.

Nahída estuvo por hacer un signo de asentimiento con la cabeza, pero se arrepintió y dirigió la mirada hacia su tío, para ver qué contestaba.

—Si llegas a ganarme en la piscina —dijo—, ¡pobres de nosotros! Pobre de ti también, Nahída, pobres de todos nosotros.

—No sabíamos de qué estaba hablando, y quise decirle que no filosofara, pero no sabía cómo decirlo en árabe y callé. Después salimos a cazar liebres en el naranjal.

Desde entonces pasaron muchos años, y nuevamente vinieron al mundo los días estivales. Fatigado del trabajo de todo el año, buscaba yo un sitio de descanso para pasar dos semanas. Preparé una pequeña maleta y viajé a Jerusalén. No había ninguna pensión que dispusiera de un cuarto libre, y, después de corretear largo rato, me senté en un autobús que se dirigía al barrio árabe de Ein Kerem. Sentado en el vehículo empecé a pensar: ¿Qué me lleva allí? ¿Por qué precisamente allí?

En el extremo de la calle principal se alzaba una construcción abovedada en cuya base estaba la vertiente del manantial, y en frente en la ladera de la montaña que llevaba al monasterio ruso, había dispersos algunos banquillos de madera a la sombra de los sicomoros, la gente sentada en ellos sorbía café y fumaba en narguile. Me fui a sentar a uno de los bancos y el mozo se acercó a preguntarme qué quería.

—Escucha —le dije—. ¿Conoces a alguna familia que quiera darme alojamiento por dos semanas?

—Yo no sé —respondió el mozo—. Quizás el patrón sepa.

Vino el patrón a interrogarme:

—¿Una familia que te dé alojamiento? ¿Con qué fin?

—Descansar —dije—. Estoy cansado y busco un lugar para descansar.

—¿Cuánto quieres pagar?

—Lo que sea necesario —repliqué.

El hombre ordenó al mozo subir a la casa de un tal Abu Nimar.

Al cabo de un rato regresó el mozo diciendo:

—Sube, Abu Nimar consiente.

Tomé mi maleta y empecé a hacer mi camino montaña arriba, y cuanto más subía, más me sorprendía de haber venido precisamente aquí. Entré a un patio y golpeé la puerta de la casa. Salió un árabe de unos cuarenta y cinco años, alto y calvo, que dijo:

—Bienvenido, entra.

Fui tras él a lo largo de un fresco corredor hasta llegar a un cuarto pequeño, totalmente ocupado por una cama alta y ancha.

—Si te gusta el lugar, bienvenido seas —me dijo Abu Nimar.

—Me gusta —dije—. ¿Cuánto?

—No sé —dijo Abu Nimar—. Eso te lo dirá mi mujer —y salió.

Deshice el equipaje y me senté en la cama, inmediatamente me hundí en blandos edredones que me arroparon y me llegaron a los codos. Un gran silencio reinaba en la estancia, y a través de él se abrieron paso olores conocidos: fritura, menta, café, agua de rosas y granos de hez. Sentí que una sonrisa se extendía por mi rostro y mis oídos se esforzaron por captar un sonido que faltaba para completar un recuerdo lejano y borroso. De pronto, un grifo se abrió y el chorro del agua me cortó la respiración: un caño vertiendo sus aguas en una piscina. Me levanté y salí al patio. No había piscina, ni tampoco naranjal, pero las plantaciones de ciruelos y manzanos tenían eso tan extraño y tan propio de los cultivos de las casas árabes; era evidente que el huerto no había sido plantado de una sola vez. Cada generación agregó lo suyo. Una plantaba, la otra arrancaba. Ésta plantó un manzano junto al grifo, aquélla plantó frambuesa junto a la casilla del perro, y pasando los días el huerto fue tomando forma y narrando la historia de sus dueños. Y allí estaba yo, tenso, mientras mi imaginación poblaba el patio con Nahída, su abuela y Abdul Karim, y el carricoche que de pronto se detendría frente al portón y los caballos que harían aguas.

Por la noche, fui llamado a la mesa familiar, y Abu Nimar me presentó a los comensales: su mujer, hacendosa y de rechoncho rostro, sonriendo sin levantar sus ojos hacia mí, sus dos hijos, uno de unos trece años, el otro de unos quince, que estudiaban en el college de la ciudad; y la hija, de blandos y redondeados miembros, casada con un policía que no estaba en su casa durante la semana y que cuando llegaba traía un cesto que contenía una paloma asada, manzanas y una docena de huevos confiscados a los aldeanos del lugar.

Lo servido no fue sino una continuación de aquella comida lejana en el naranjal, y para entonces ya sabía yo qué había venido a buscar. Después de la comida, las notas de una canción árabe empezaron a surgir de un gramófono, y Abu Nimar me preguntó si podía enseñar a sus hijos el uso de una máquina de escribir de caracteres latinos que había comprado el día anterior en la ciudad. Me senté a enseñar a los muchachos, que estaban deslumbrados, mientras el padre y la madre contemplaban la escena con el rostro rebosante de satisfacción. Muchos minutos pasamos en esa ocupación hasta que vino la madre y me sirvió una taza de cacao dulce y me pidió que descansara un poco. Durante todo el tiempo no cesó la voz del gramófono, y, mientras sorbía el cacao, resonó en mi oído la voz de Nahída, el rostro de Abdul Karim se dibujó en mi imaginación, y desde la oscuridad del corredor vino el eco de la conversación de mi madre con la anciana. Entonces supe que todos esos años había estado esperando este momento, el retorno a los días de la estancia en el naranjal, para integrarlos nuevamente en mi mundo. Cerré los ojos y me dije: “¿Os volveré a ver, pequeña Nahída y Abdul Karim, el vencedor de la piscina?”.

 

II

Pasaron varios años más. Estábamos en plena guerra entre nosotros y los árabes. Yo me encontraba en una compañía que se preparaba para el asalto de Tel Arish, en las arenas de Yaffo, al este de la ciudad. Pocos días antes hubo un asalto frustrado que nos costó veintiséis bajas. Esta vez estábamos seguros de nuestra victoria, y considerábamos la batalla próxima como una operación de venganza e ira.

A medianoche salimos de Holón y avanzamos agazapados hacia las casas de Tel Arish. Las lomas de arena nos ocultaban y arrastrarnos por ellas resultaba cómodo y silencioso. Un viento occidental traía en sus alas los aromas de Yaffo. Pero en horas más avanzadas nos vino el viento a la espalda, desde las viviendas de Holón, y nos devolvió los olores de las casas blancas. La arena de debajo de nuestros cuerpos despedía la calidez absorbida al sol y nos recordaba días luminosos pasados entre las casas blancas, nos seducía con promesas de libertad y regocijo, que volverían a encontrar morada entre nosotros después de la victoria.

Cuando los árabes nos vieron, ya era demasiado tarde. Nos encontrábamos a tiro de granada del fortín, y nos arrojamos sobre él desde tres direcciones. Una de nuestras granadas estalló dentro de la posición de la ametralladora delantera y mató a todos sus hombres. Irrumpimos dentro y dirigimos la ametralladora alemana hacia el interior de la aldea. La confusión cundió entre los árabes, que salieron de sus casas y fueron segados por nuestros fusileros, que los acechaban por ambas alas, por el sur y por el norte. Les quedaba sólo el camino de huida hacia el oeste, y al parecer varios de ellos lograron ocultarse a tiempo en el naranjal cercano, aquel naranjal donde había pasado algunos días, hacía veinte años, con la familia de la anciana.

Los acontecimientos se desarrollaron de la forma prevista, de acuerdo al plan. La casa del naranjal era el segundo objetivo de la operación de aquella noche. No sabíamos si había allí combatientes, pero era evidente que si no lográbamos liquidar a todos los hombres de la posición de Tel Arish, encontrarían en la casa de piedra y en el patio un refugio cómodo para reorganizarse. Por lo visto, en la casa del naranjal había refuerzos, porque se abrió en nuestra dirección un fuego intenso y era evidente que había allí posiciones fortificadas y preparadas de antemano ante la eventualidad de que cayera Tel Arish.

Aquí la suerte no estuvo con nosotros, y la batalla se prolongó hasta el amanecer.

Perdimos seis hombres. Al espíritu de venganza que latía en nosotros se añadía una nueva ventaja: nuestro número superaba al de ellos. Bien pronto se notaron señales de claudicación.

El fuego fue haciéndose más espaciado. Al amanecer, irrumpimos en el patio y colocamos una carga de explosivos en una de las caballerizas. A los pocos minutos de replegarnos del patio resonó un trueno potente, y el ala de la casa junto a la piscina se transformó en un montón de escombros. A nuestros oídos llegaron los lamentos de los heridos y gritos de rendición. Tomamos posiciones en el patio y pedimos a los árabes que salieran a rendirse. Cuando vi a Abdul Karim no me sorprendí. Era como si también él estuviera previsto, si bien no había osado llevar hasta ese punto mi pensamiento. Lo reconocí de inmediato. Fui a su encuentro y lo llamé por su nombre.

Después de explicarle quién era yo, se acordó y sonrió fatigadamente.

—¿Nahída está también aquí? —pregunté.

—No —dijo Abdul Karim— la familia salió de Yaffo.

Vinieron algunos muchachos y se pararon a escuchar, sorprendidos, nuestra conversación.

—¿Le conoces? —preguntó el comandante.

—Sí.

—¿Está en condiciones de suministrar información importante?

—Puede ser —dije—, pero déjame terminar con él una cuenta vieja.

—¿Quieres golpearlo?

—No —dije—. Quiero conversar con él.

Los muchachos se echaron a reír y al parecer Abdul Karim, que no comprendió nuestra conversación, se ofendió profundamente y sus manos temblaron por la emoción.

Me apresuré a explicarle que quería hablar con él a solas.

—Vosotros sois los vencedores —dijo—, haré lo que ordenes.

—Mientras no te haya ganado en la piscina —le dije— no podremos saber quién es el vencedor.

Abdul Karim sonrió y evidentemente entendió mi intención.

Pero no así el comandante, quien ordenó conducir a Abdul Karim al naranjal, al punto de concentración de los prisioneros.

Subí a la piscina y me senté en la baranda. De Holón y de Bat Yam empezaron a llegar refuerzos y los enfermeros se ocuparon de los heridos del patio. Pronto me dejaron solo. Me despojé de mi ropa y me metí en el agua. Estaba turbia y era evidente que el caño no extraía agua del pozo desde hacía mucho tiempo.

Extendí los brazos y crucé la piscina una y dos veces. Cerré los ojos y esperé a que la voz de mi madre viniera desde la baranda, alentándome: “No tengas miedo, nada con rapidez”.

En cambio escuché la voz de Abdul Karim:

—«Tú me venciste en América, pero yo te gané aquí en la piscina».

En aquel momento llegó desde el naranjal el eco de un tiro.

El corazón me dejó de latir. Supe que Abdul Karim había muerto. Salí del agua de un salto, me apoderé de mis pantalones y corrí hacia el naranjal. Había allí un pequeño alboroto, y el comandante gritaba:

—¿Quién tiró, por todos los diablos?

Uno de los muchachos dijo:

—Se me escapó un tiro.

El comandante se me acercó y dijo:

—Perdimos una buena información, por mil demonios, han matado a tu árabe.

—Perdimos —dije.

Después me acerqué al cadáver de Abdul Karim y le di la vuelta. Parecía que me hubiera visto, con los ojos de la imaginación, nadando en la piscina pocos minutos antes. Su rostro no era el de un perdedor. Aquí, en el patio, era yo, éramos nosotros, los vencidos.

 

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