Toda la vida vivió sostenido por el odio

Amos Oz

 

 

Era un solitario y amontonaba angustia en su fuero interno. Por las noches, un denso olor llenaba su cuarto de soltero ubicado en el extremo del kibutz. Sus hundidos y adustos ojos creían ver formas en la oscuridad. El que odia y su odio se nutren mutuamente, como es sabido. El ermitaño crece torcido, si es que no derrama lágrimas o toca el violín y no clava las uñas en el prójimo y con el tiempo se reprime cada vez más hasta que llega a la elección entre la locura y el suicidio, para gran alivio de aquellos que lo rodean. La buena gente teme al odio, a la par que tiende a no creer en él. Y cuando aparece ante sus ojos lo designa con el nombre de fervor y hasta de total entrega. Por ende, él es considerado aquí en el kibutz como alguien que vive su fe, y su fe lo vuelve severo con el mundo y con todos nosotros. No se encuentra entre los principales del kibutz; su fervor no lo hizo acreedor a cargo importante alguno ni a honores como integrar comisiones e ir a congresos. Así resultó que con el tiempo fue ungido con un halo de misterio, donde se integraban integridad y modestia. Ese halo lo protege de las habladurías. No hay nada que hacer, no es igual que el resto de la gente. Habla poco y hace mucho. Por cierto, es un solitario, qué se puede hacer. Pero gracias a personas como ésas es que el kibutz sigue adelante. Y si algunas veces nos dice cosas duras y amargas, deberemos reconocer entre nosotros que nuestra vida cotidiana no coincide con el ideal proclamado y con el sueño soñado. Por ende, bien merecemos una amonestación y hasta una reprimenda.

Su ocupación son las máquinas. A las seis de la mañana se levanta con el toque de la campanilla del reloj, mete su cuerpo en la ropa de trabajo engrasada y se dirige al comedor. En él, mastica una gruesa rebanada de pan negro untada con mermelada y enjuagada con café. Después, entre las seis y las nueve se ennegrece las palmas de las manos con aceite de máquina dentro del cobertizo de chapa, que en verano arde borboteante y en invierno es golpeado por los puños de la lluvia, haciendo una lúgubre melodía de una sola nota. A las nueve regresa al comedor frotándose las toscas manos con queroseno y jabón para liberarlas del negrusco aceite, pero la negrura se agrisa sin desaparecer jamás.

A la hora del desayuno repasa las páginas exteriores del diario matutino buscando las cosas que alimentan el odio, como injusticias, corrupción, anquilosamiento y traición a los ideales por los que se creó el Estado.

Una vez acabado el desayuno regresa al cobertizo de trabajo. Aquí es su verdadero campo de batalla con las máquinas, los precintos, los carburadores y radiadores, burlas y baterías. Nosotros lo consideramos como alguien que domina el oficio en forma excepcional y admiramos su labor a nuestra manera, contenida, reservada. Él lucha con las herramientas y los elementos como si poseyeran un alma traicionera y rebelde por naturaleza y como si se le hubiera encomendado dominarla para terminar conduciéndola por la buena senda. Sólo en casos excepcionales arroja alguna pieza susurrando entre dientes «Está perdido, no hay nada que hacer con esto. Hay que comprar un repuesto nuevo». En esos casos se vuelve como comandante luego de una derrota y que decide hacerse responsable ante la misma con honor pero apretando los dientes. Pero en general logra arreglar las cosas, mejorándolas y renovándolas. Sus ojos hundidos atraviesan la aceitera rebelde y como con una furia contenida con paciencia infinita en su mirada; una paciencia pedagógica, comentamos alguna vez para nosotros mismos. Las dos expresiones más habituales en su boca son «Vivir para verlo» y «Hasta tanto, es posible». Y hay veces que arranca de entre sus apretados dientes las palabras: «Oh, de veras».

Es pesado de cuerpo. El peso hace que los rasgos faciales y las líneas de su cuerpo aparezcan como sometidas a una lenta corriente subterránea, como si padeciera por la ley de gravedad más que el resto de los mortales. Las grietas que orlan los ojos son verticales, sus anchos hombros están un poco encorvados, su pelo gris se parte, cayendo sobre su frente y los costados.

A las doce y media abandona su cobertizo de trabajo para dirigirse al comedor. Siempre llena su plato de carne, patatas y guarniciones, masticando la comida con rítmicos y enérgicos movimientos de mandíbula. Desde el almuerzo hasta el final de sus horas de trabajo se esfuerza en vencer la fatiga. Es cuando la pesadez de su cuerpo obra en perjuicio suyo. Su respiración se hace pesada; ruidosa. Con todo, es un hombre sano y no suele caer enfermo en cama.

Al finalizar su labor sale y va hacia el comedor para abarrotarse la boca con una rebanada de pan y mermelada, que enjuaga con una taza de leche grasosa y repulsiva. De ahí asciende hacia su habitación, se baña, se cambia de ropa y ojea el diario hasta quedar dormido. Pero hasta ese momento sólo alcanzó a mirar las páginas exteriores del cotidiano.

La penumbra del anochecer lo despierta sacudiéndole de su modorra. Entonces es cuando se traslada de la cama al sillón tapizado, se prepara un poco de café, volcándose por entero en las páginas interiores. Mientras lee el editorial, los artículos principales y el resumen de los discursos de los dirigentes del partido, su rostro se enriquece con un rictus de severidad monástica; sus ojos irradian una inteligencia grisácea. En oportunidades el iris del ojo despide una chispa de odio, el mismo odio que otros interpretan como fervor. Con el lápiz recorre los artículos para ilustrarlos con sus observaciones. Éstas asumen las formas de signos de interrogación, un subrayado o bien un signo de admiración agresivo por lo grueso.

La creciente oscuridad le exige encender la luz eléctrica. Esa luz le fatiga obligándolo a debilitar su vigilancia, sin la cual el pensamiento lúcido se hace imposible. Ahora el claro razonamiento se embota, trocándose en una lenta corriente fraccionada. Ya no está en condiciones de echar mano a las exigencias del estricto pensamiento analítico, ese que relacione los sucesos del presente con la teoría de los grandes soñadores, los padres del Movimiento. Ya no es capaz de comparar y señalar las contradicciones para terminar elaborando un juicio contundente. La luz eléctrica le hiere los ojos; su mirada se hace vaga y su rostro pierde esa expresión de inteligencia gris, la misma que a duras penas puede decirse que es estimulante pero sin la cual aparece como un feo sin remedio.

Hasta el momento de caer la noche, cuando se ve obligado a encender la luz eléctrica, es capaz de ubicar las cosas en su lugar, pasando luego examen al diario con odio lúcido y frío. Con agudeza punzante capta para su cólera los detalles de la traición hecha por el país al sueño de sus soñadores. Sus reflexiones no marchan por el camino de la generalización sino que, en cambio, se demoran en el detalle. Es cierto que sus frases suenan algo retóricas. Pero resultaría frívolo pensar que toda retórica es falsificación. ¿No es acaso la verdad un concepto retórico, en cierto modo? Es que las cosas han terminado por distorsionarse sin remedio. Un pueblo entero se desbarranca, echa espumarajos, come y bebe con voracidad, desgarra sueños. Al llamar las cosas por su nombre, la cara se le contorsiona por la intensidad de la abominación. El Estado judío conduce al fin de los judíos. En un tiempo fueron un pueblo extraño y maravilloso. Ahora no son sino una chusma levantina ávida de tentaciones, que aplaca su hambre con nuevas tentaciones, en un continuo círculo vicioso, hasta que aparezca el enemigo para recoger su botín como quien recoge huevos mostrencos. Los pueblos no se desgastan por la derrota militar o por las dificultades económicas. Eso no lo comprenden, no lo acaban de comprender. Los pueblos caen dentro de su propia podredumbre. Como un trueno en un límpido día, así llegará el derrumbe, en pleno festín. El país no se perderá a causa de la guerra sino por la putrefacción. El hedor está llenando ya el aire, pero se embota al llegar la noche para perderse dentro de la punzante luz eléctrica. De no ser por el día corto, la mermante luz y la iluminación eléctrica que hiere la vista, seguiría desarrollando este pensamiento hasta el fin. Pero la luz eléctrica lo empaña todo.

Es probable que un buen par de lentes lo hubieran sacado del apuro, pero algo así ni se le ocurrió siquiera. Con fatigada indiferencia entorna los ojos ante la amarillenta lámpara, dejándose arrastrar entre la reflexión y la alucinación. El razonamiento ordenado quedó a retaguardia. Esto no es siquiera pensar. Lo que le viene a la mente son jirones de imágenes. Mujeres rollizas, curvilíneas, que recorren las calles de la ciudad para tratar de alegrarse y alegrar a la vez. La vista de los hombres vestidos como norteamericanos, luciendo acertadas corbatas ajustadas con alfileres de plata y respetables lentes oscuros. La vista de las chicas y los jóvenes soliviantando las calles con el clamor de la lujuria, como tajos de cuchillo desgarrando la carne de la ciudad. El provocativo escote de su hermana menor Ester, su silueta recortada subiendo los escalones de la pasarela que conducía al avión italiano. El momento de la despedida en Lod. Ella y su marido Guidón que se fueron por algunos años, hasta que Guidón logre ascender en el escalafón oficinesco que le permita alcanzar un estatus que le posibilite residir permanentemente en su ciudad, sin tener que correr como un chico de mandados de una capital extranjera a otra. La sensación del cuerpo de la hermana en el momento de la despedida. La vista del avión, el tumulto de los pasajeros que llegan y los pasajeros que parten, gente que viene a acompañar a los que salen y a recibir a los que llegan, camareros que todo quieren sin dobleces, el chirrido de los neumáticos en la calle oscura, como si fueran cuchicheos de confabulación en la noche, a las dos de la madrugada, en medio de una corriente de automóviles de todos los colores fuertes y silenciosos, cargando en su interior a gente sentada en parejas, macho y hembra. Los nuevos edificios, vidrio y cemento. Una estilizada silueta de mujer, muebles livianos en matices blanco y negro. El nuevo estereotipo de la sofisticada sonrisa, los refinados movimientos de las manos. Hombres afables. Ese tipo de alegría tan especial que envuelve al país. No es otra cosa que blandura bien alimentada. El país es una puta. A quien odia al país se le llama traidor, quien odia a la traidora se contagia del sueño del traicionado. Quien desprecia la luz eléctrica sale a la oscuridad para pasear un poco por los senderos del kibutz. Aspira el viento, suelta anillos de vapor y encuentra a alguien de confianza con quien comparte secretos sentados en uno de los asientos del parque. Discuten los problemas del momento, sin entrar en el asunto de la desviación del Movimiento en general o en detalles, sino que se plantea el problema desde el punto de vista de la enmienda del mundo.

Después de la cena no abandona el comedor; se apresura a ocupar un lugar junto a la mesa del diario de la tarde. Un grupo de veteranos se cierra sobre el diario. Los que permanecen de pie leen por sobre la cabeza de los sentados, y los sentados leen al revés. Los más emotivos no se limitan a la lectura informativa, sino que comentan y analizan los acontecimientos. Como sin quererlo se llega a la discusión, contándose entre ellos moderados y extremistas. Los hay que son moderados en un asunto y extremistas en otro. La mayoría no logra captar la realidad tal como es. La ideología les encandila, complicando los comentarios; en eso reside lo álgido de la discusión. Con fervor, él trata de abrirles los ojos. La putrefacción se apoderó de los cimientos. Ese pueblo vesánico devora con avidez su propia carne sin que lo sienta. En apariencia, el edificio crece, ensanchándose a la vez. Pero es sólo en apariencia, falaz apariencia. El edificio se desmorona a causa de la putrefacción, dentro de la misma. El cuerpo está ya muerto, pero el pelo y las uñas continúan creciendo por ley biológica. El tumor terminará carcomiendo a la puta hasta matarla. El clamor de la lujuria y la mezquina soberbia no pueden cubrir ya la traición. El pueblo traicionó a sus dirigentes y los conductores hicieron otro tanto con el pueblo. Unos y otros traicionaron al sueño. El kibutz pudo haber sido la ciudadela del Tercer Templo (pide perdón por la exagerada analogía) pero también el kibutz fue víctima de la traición y sus dirigentes corren detrás de la prostituta. Duras palabras, rayanas en la locura. Ese hombre vive su fe y su fe lo hace ser inflexible con el mundo. Puede ser que exagera en su extremismo pero para aquellos que rodean la mesa del diario vespertino sus palabras contienen un grano de verdad. Solamente algunos jóvenes, dotados para captar el ridículo, lo ven de manera diferente. El ridículo se encuentra en la naturaleza misma de las cosas. Dado que la discusión tiene lugar entre gente laboriosa y no entre ociosos, es necesario que termine antes de las diez de la noche. Es cierto que el tema no se ha agotado. Pero, de cualquier forma, se sentarán a discutirlo mañana y pasado mañana. Ahora todos abandonan el comedor para dirigirse cada uno a su habitación. Nuestro hombre cruza la noche para llegar a la suya. Enciende la luz eléctrica, que le hiere los ojos, aumentando su fatiga. No obstante ello, extrae del estante de madera rústica un viejo tomo, enfrascándose en la lectura de los precursores. Están los que continúan nutriéndose de lo aprendido en el movimiento juvenil. Él se empecina en repasar cada noche los conceptos básicos, para sumergirse en la cruel belleza de las fórmulas del sueño. La mayor parte de los padres del Movimiento no escribían en un hebreo pulido, pero lo pulido era su pensamiento y nada se perdió de su profunda riqueza analítica. El cansancio termina por vencerlo al cabo de una o dos páginas. Si una persona de mediana edad, dedicado toda su vida al trabajo físico, se debate por saber más con todas sus fuerzas y lo consigue apenas no merece censura alguna.

Un vaho denso invade su habitación de soltero, y sus enquistados y adustos ojos tragan el espeso vapor. Pérfidas voces nocturnas lo acechan. La ideología más sólida y compacta es incapaz de proteger al ser humano frente a las voces de la noche que infringen toda ley. Se esfuerza por encontrar en las mismas aunque sea un eco para sus reflexiones, sea con el juego de palabras entre viento y espíritu o la identificación entre el llanto real de los chacales con el llanto de chacales cual símbolo convencional del derrumbe del Estado, de la locura y la muerte que acechan al hombre. Pero las voces son más potentes que todas las ideologías y las arrasan escudriñando la desnudez del humano.

Era un solitario y acumulaba angustia. El odio y el que odia se nutren mutuamente, es cosa sabida. En un tiempo tuvo una mujer. Era una refugiada, fugitiva de la rebelión de uno de los guetos. Concluida la guerra vino a buscarlo para traerle noticias de sus dos hermanos, a quienes vio caer con altivez en el gueto, cuando los alemanes comenzaron a disparar. El mayor fue muerto de inmediato; el otro quedó herido y siguió tirando para permitir que sus compañeros bajaran y huyeran por las cloacas. Ella entre ellos.

Se sintió orgulloso por sus hermanos y la forma en que murieron. Se torturó tratando de recordar qué es lo que hizo entonces. Erróneamente creyó que ella se enriqueció con el sufrimiento. Eso lo atrajo, pese a que era una mujer fea, histérica y varios años mayor que él. Después del casamiento la mujer trató de alejarlo del kibutz. Según sus planes, dejarían que ciertos parientes lo ayudaran a labrarse una sólida posición y a vivir bien. Bastante se había sacrificado por el pueblo judío; carecía de las fuerzas necesarias para seguir con una vida de sacrificios. Era una mujer fea y su cuerpo si bien quebró su hambre inmediata no alcanzó para satisfacer su hambre acumulada. Al cabo de un año se separaron y ella se marchó a Tel Aviv, se hizo ayudar por sus parientes y abrió un negocio de modas, progresando en este arte que había puesto en práctica en la alegre Varsovia anterior al diluvio.

Como no se casó, él la siguió visitando en sus escasos viajes a Tel Aviv. Cuando sigue necesitando de su cuerpo, ella lo complace. Cumplido el asunto lo convida con un fuerte café y discute con él sobre el sentido de la existencia.

Es cierto que la odia con toda su alma. Pero el odio diurno y el odio nocturno son diferentes, en especial ese odio que se nutre con las voces de la noche. La noche se gana en la habitación, espesando el aire. Voces lúgubres flotan entre las paredes de la habitación y buscan un escondite en los ángulos de los muebles destartalados. Su habitación no estaba limpia. El polvo suele opacar los objetos. Mariposas nocturnas rodean la lámpara amarillenta, amorosamente acuden a ella para alejarse después con odio, en rápida sucesión. Se tiende sobre la cama y las voces le retuercen los dedos de la mano. Voces de grillos que llegan, cercanas y más lejanas, agudas y amortiguadas. El resuello de un animal, el tartamudeo de un tractor nocturno desde campos lejanos, el gruñido de un perro, la perversa risa de los chacales que retuerce todos los ruidos juntos, las contenidas risitas de las jóvenes parejas que atraviesan el prado zambulléndose en la noche, y el silbido del viento cálido del desierto que muerde las copas de los árboles para advertirles y recordarles el orden natural, que es un ciclo continuo de plantar para luego desplantar, y las cosas que no por conocidas presagian algo bueno.

Enciende la radio en el afán de dominar las voces pérfidas. La radio irrumpe en un canto ronco, llenando la habitación con el clamor de una orgía de beodos. Al silenciar la radio vuelven a rodearlo las voces primigenias. Al final un sopor repentino cae sobre él, cual puñetazo embotador. Dentro del sopor las voces se visten con imágenes de mujeres rollizas y la solitaria orgía arrastra a su presa a las zonas del hechizo. En forma implacable es empujado hasta la misma encrucijada.

Las cosas necesitan de una razón de ser y bien… Poco antes de nuevo año viajó a Tel Aviv por razones de trabajo, buscando un émbolo especial para una máquina descompuesta. Como de costumbre se dirigió a la casa de su exmujer. Como de costumbre, ella lo convidó con café fuerte. Como de costumbre, discutieron un poco sobre el sentido de la vida. Contrariamente a lo acostumbrado, le negó su cuerpo. Estaba por casarse, le explicó. No por amor, naturalmente. Quién se casa por amor a esa edad y luego de vivir lo que ella vivió. Como ella el novio es oriundo de Varsovia, como ella se salvó de la matanza, como ella se instaló en Tel Aviv, como ella comercia con ropa de mujer.

Se separó de ella sin desearle buena suerte, como hubiera requerido la cortesía, y se fue a la ciudad. Primero se dirigió a la casa de su hermana: por un ridículo olvido borró de su conciencia el viaje de Ester y Guidón a Europa. Los inquilinos de la casa lo recibieron con afabilidad preguntándole si vino para comprobar cómo cuidaban los muebles, asegurándole que se ocupaban de eso. Después le sirvieron bebida, mostrando interés sobre lo que se decía a propósito de los cambios que iban produciéndose en el kibutz y se lamentaron de las dentelladas del tiempo que todo lo roe. El hombre dejó la casa, para medir las calles de la ciudad con sus pasos hasta caída la noche. Aquí y allá fue comprando pequeños y sorprendentes objetos: una fuente de plástico verde, una pistola de juguete, un frasquito de perfume, periódicos, una camisa de corte deportivo que era muy barata y otras cosas por el estilo. Todo lo fue metiendo en su cartapacio. Por la noche las calles se fueron iluminando con luces fluorescentes que hirieron sus ojos cansados. Era ya casi medianoche cuando llegó al negocio donde vendían el émbolo que necesitaba. Una ola de odio le inundó el estómago y el pecho. Esos corrompidos habían cerrado el negocio, llenándolo con mujeres. Los legendarios padres del Movimiento Obrero eran maravillosos al presentir todo ello poniéndonos sobre aviso. Pero nosotros desechamos sus escritos. Un cuerpo muerto del que continúan creciendo pelos y uñas por esa ley biológica. En una de las callejuelas recogió a una puta, la llevó a un hotel, quedándose allí hasta la mañana, había obsequiado a su odio un desquite perfecto. En vísperas de la fiesta regresó al kibutz y se ocupó de sus máquinas hasta finalizar la jornada de labor. Leyó la edición festiva del diario por todos los costados, hizo sus reflexiones y esperó la llegada de la pérfida oscuridad. Salió al huerto y se colgó de un árbol. Transcurrida la fiesta lo encontraron, lo velaron, y ensalzaron su humilde entrega al ideal. El entierro de un hombre apasionado por la enmienda del mundo no es muy distinto de los otros entierros, por lo que los detalles no interesan. Era un solitario. Que su alma descanse entre los chacales.

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