Los pijamas de la Bersuit

Marcelo Filzmoser

 

 

Desde mi balcón veo el fondo de su casa. Es más largo que ancho, sin pileta, con dos naranjos bajitos, de patio andaluz. Tiene una palmera contra la pared de atrás, un ficus grande, verde claro, que da la sensación de que en cualquier momento se viene abajo, y montones de arbustos y plantas. Algunas están en macetas, otras en los canteros laterales, al pie de las medianeras y unas pocas desparramadas, como si las hubieran plantado al azar o en una noche de borrachera. Lo empecé a mirar de casualidad, gracias al tiempo libre que me deja la soltería de ocasión en la que caí después del divorcio. Como una cosa lleva a la otra, empiezo desde el principio.

Dani se hartó de todo lo que no soy y más que nada de lo que no pudo lograr que fuese después de siete años. Hoy en día me sigue impresionando que se haya creído capaz de conseguir en mí al hombre que buscaba. En fin, falló ella, fallé yo, lloramos los dos. Yo la amaba tal y como era, inclusive con esa necesidad absurda de cambiarme. Por mi parte hice lo que pude. No creo que estuviera equivocada, de hecho cambiar hasta donde me dio el cuero me hizo mejor persona. Pero no alcanzó. Algunos de mis amigos dicen que es así, que a veces pasa.

Entonces tuve que juntar mis cosas y resultó que no tenía demasiado. Sobró lugar en la mochila que usaba mi hermano cuando era mochilero. Es increíble que exista gente capaz de salir por ahí cargando un armatoste como ese. Tener que caminar durante kilómetros con ese peso en la espalda como si dios te apoyara un pie pero no se decidiera a aplastarte. Mi hermano fue de esa gente durante años, en su juventud. Un gran tipo, me quiere, lo quiero, nos vemos cada tanto y nos abrazamos para que dure. Fue él quien habló con los dueños del lugar donde me mudé por el tema de la garantía. Los conocía de antes, parece.

Cargando entonces con su mochila hice la mudanza a pie y me instalé en este monoambiente con balcón al fondo. En ese momento no sabía que la chica de la inmobiliaria hablaba del fondo de mi vecino. Antes de averiguarlo empecé a deprimirme.

Para la depresión tomo pastillas y la cosa se va encaminando, para la soltería todavía no encontré qué tomar. Quizás por eso tomo mate solo en el balcón mientras miro a mi vecino.

Él sale al jardín todos los días cuando vuelve de su trabajo. No sé bien qué es lo que hace pero usa camisa y corbata y se traslada a bordo de un Audi que no debe tener más de cinco mil quilómetros. Tiene familia, mujer y tres hijos, dos nenas y un varón que me parece que es el del medio, aunque desde arriba es difícil calcular las edades. Además los veo muy poco. Da la sensación de que existe un acuerdo tácito, familiar, de dejarle ese espacio al viejo para que juegue al loquito. Y digo eso porque cada vez que aparece está vestido con un pijama de esos que usaban los de la Bersuit para tocar. Nunca estuve en un manicomio ni de visita pero me hace pensar en eso.

Una vez afuera se pone a caminar sin demasiado sentido. No es que va a mirar una planta o cualquier otra cosa. El tipo camina despacio, como con la cabeza en otro lado. Da vueltas en círculo alrededor del jardín lo más cerca que puede de las paredes. Nunca se cae ni pisa ninguna planta. Hasta ahora no lo vi cambiar el recorrido. A veces se queda sentado sobre una rodaja de tronco y mira el cielo. Puede pasar horas en ese fondo. Se muestra ajeno al clima, como si el frío o el calor fuesen cosas de la tele. No le gusta mojarse, eso sí. Cuando llueve no sale y si se llega a largar estando él afuera se mete enseguida.

Me he quedado mirándolo, con el mate frío o tomando tres termos seguidos. Es una rutina que sostiene hasta los fines de semana. Vayan donde vayan el tipo a eso de las siete vuelve a su casa, se pone el pijama y sale al jardín. Para ese momento casi siempre tengo lista el agua y desde hace un tiempo trato de que no me falten bizcochos. Es una buena hora. Si bien el cielo desaparece entre colores difusos y las imágenes se vuelven menos nítidas, los colores se acentúan dándole cierta irrealidad al mundo. Eso está muy bien, al fin y al cabo la realidad tiene pocas novedades.

 

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