La almohada

Miguel Rodríguez

 

 

 

Era un trámite, solo tenía ya que pasar por aduanas, como todo el mundo, como siempre, y este gigante me para y me mira con sospecha, como si efectivamente me conociera de todas las otras veces.

– ¿Algo que declarar?

‘Solo mi amor, gilipollas,’ pienso, pero solo lo pienso, y él me aparta, abre mi equipaje de mano como si me hubiera oído e inspecciona sin el mínimo pudor mis intimidades, la pasta de dientes, los pañuelos, todo va bien hasta que mueve una camisa y deja al descubierto mi almohadita, a la que duermo abrazado todas las noches y que siempre viaja conmigo. En ese instante, más que en ella se fija en mi cara. Se da cuenta de su intromisión, de la peculiaridad, y procede a examinarla con cuidado: la levanta, la huele, la espachurra y, ante mi sorpresa, se la lleva. ‘Esto es como secuestrar a alguien,’ se me ocurre, ‘no puede hacer algo así, sin más.’

Al rato vuelve con un oficial de inmigración que me informa del delito federal que supone el secuestro de personas y, en este caso, de almohadas. Yo confirmo mentalmente su acusación: ‘… y a las que uno duerme abrazado, a las que besa y confiesa sus más íntimos deseos, con las que uno desea acurrucarse después de un día muy largo, como éste, por ejemplo…’ pero esto solo lo pienso, y despierto al momento con un cargo de retención ilegal en mis papeles. Acto seguido me conducen a una habitación en la que un tipo con cara de somier empieza a interrogarme acerca de mis intenciones, quiere saber qué pretendía hacer, ¿tal vez deshacerme de ella, venderla en el mercado negro, una especie de trata de almohadas? ‘Nada de esto viene especificado en el cuestionario de entrada,’ alego sin mucha fe. El poli carasomier no pilla mi aburrimiento.

Mis explicaciones posteriores no sirven de nada, mi presunción de inocencia no se sostiene, me puede el sueño y empiezo a hacerle ojitos al abrigo del oficial, parece acolchado y cómodo, siento tentaciones de recostar la cabeza en él, pero hago un esfuerzo por seguir despierto para que no me coloquen otro cargo por acoso o uso indebido. No puedo dejar de pensar en ella. ¿Qué le estarán haciendo a mi almohada en el cuarto de al lado? ¿Le habrán puesto las esposas igual que a mí? Las veces anteriores al menos tuvieron la consideración de no hacerlo. Esto me consta, me lo contó en una noche de insomnio, pero solo lo pienso, prefiero acogerme a mi derecho de no decir ya nada.

 

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