Templo Furor: Más poesía, menos policía

Fernando Morote

 

 

No es frecuente encontrar a Dios mezclado con alcohol. Cuando un grupo de rock se atreve a hacerlo, inmediatamente me siento atraído. El arte para mí se trata de ensayar ese tipo de asociaciones: el objetivo es despertar en los demás una sensación de inquietud, placentera o dolorosa, que los mueva a mirar el mundo desde otro ángulo. El reto es combinar, de manera audaz, armonía y agresividad.

Templo Furor ejecuta su música sin echar mano de recursos baratos. No están interesados en clasificar su trabajo dentro de un género en particular. Lo realmente importante radica en cuidar la calidad, el nivel de sus composiciones. Una de sus principales aspiraciones es rescatar el espíritu de la poesía para plasmarla en el rock.

Por un lado declaran que “un poeta no debería ofenderse si alguien no gusta de sus poemas” (efectivamente, ser artista implica tener los cojones de enfrentarse a la crítica y superar el repudio sin interrumpir el proceso de aprendizaje y la construcción de la obra) mientras que por el otro son conscientes de sus habilidades con la guitarra, la batería y el bajo (el apoyo del teatro, el cine y la fotografía es crucial para el diseño de sus presentaciones). En su filosofía destaca además el valor que otorgan al ente colectivo por encima de las individualidades. En virtud de ello prefieren que el vocalista, denominado El Monje, sea un personaje de incógnito sobre el escenario.

 

 

La prueba del talento musical de una banda emerge en el momento que la acústica, las vibraciones, el sonido puro y desnudo, predomina sobre las letras y las voces del conjunto. Templo Furor, desde sus primeros temas, evidencia la actitud de apuntar a metas de alta envergadura. Sus cinco miembros, cuyos gustos y referencias provienen de diferentes registros musicales, cubriendo una gama entre rock clásico, heavy metal y salsa, se presentan en festivales, ferias, recitales y bares. Los implementos para grabaciones, así como vestuario y transporte, son obtenidos mediante actividades y aportes personales que les permiten recaudar fondos también para confeccionar el material audiovisual utilizado en la promoción y difusión de la banda.

 

 

Pero Templo Furor no es sólo una banda de rock. Es una comunidad de artistas que propone la fusión de múltiples disciplinas en favor de un ejercicio creativo, rico en posibilidades. Ya que para ellos “la poesía es más que un género literario y el rock es un estado de ánimo inherente al ser humano” el proyecto ofrece la frescura del desenfado.

Lo que principios del 2016 empezó como la aventura de un grupo de amigos, estudiantes universitarios de Lima, Perú, reunidos para compartir una pasión, se ha convertido en corto tiempo en un auténtico movimiento cultural. La permanente participación de sus seguidores en las redes sociales confirma su poder de convocatoria y motiva a esperar que el progreso de su labor derivará en la cosecha de frutos más maduros en próximas etapas.

 

 

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