Eso del equilibrio

Marcelo Filzmoser

 

 

Estéril. Un hombre de anteojos un poco mayor que él, con el pelo casi mota, una porra tipo Tarantini en el 78, le acaba de confirmar que tiene los huevos secos.

Sale del consultorio y camina sin saber bien hacia dónde hasta que encuentra un bar. Pide un Martini y se queda con la aclaración en la boca, que le traigan cualquier cosa, él no va a decir la palabra seco.

Cómo la iba a mirar a la cara a Luciana. Casi seis años juntos, la plata ahorrada, los nombres de chicos pensados los domingos entre mates y bizcochos. El mozo trae el vaso con el sifón aparte, como a él le gusta. Sonríe. Aquél choque con la moto a los dieciséis. Su hermano había salido y él no se aguantó las ganas de usarla. La cubierta estaba a la miseria, reventó a la segunda coleada. De ahí que la rodilla le jode con la humedad. El médico decía que no busque las causas porque era cuestión de genes. ¿Qué le quiso decir? ¿El viejo sería también un huevo seco? Imposible. Aunque el padre no fuese el que él conocía como tal, el padre biológico lo había engendrado, por lo tanto ese tenía bien los huevos. ¿Sería el último tiro de una especie que se extingue? Era inútil seguir pensando. Lo único cierto es que él no podía tener hijos y Luciana sí.

El Martini le da hambre. Mejor, comer algo siempre distrae. Pide la carta. Valor del cubierto setenta mangos. Quizás fuesen de plata. Se había metido en un lugar caro, cualquier plato medio pelo no bajaba del doble de lo que estaba acostumbrado a pagar. Ni caballa en lata se podía pedir. Toma el resto del Martini y la transpiración del vaso chorrea y le mancha la remera. ¿Ella se la bancaría? ¿Podría vivir con un tipo estéril? Paga y se va. Era noviembre así que la ciudad se dejaba caminar. Tenía que decírselo. Si no era ese día, el siguiente o a más tardar el otro. Se pone como plazo máximo el final de esa semana que acaba de empezar.

¿Y cómo se vive sin hijos? Como hasta ahora, se puede, no está tan mal. Podrían mirar la grilla de cine y teatro todas las semanas, eso a ella le gusta. Pero a él no. El teatro lo aburre y prefiere mirar películas en su casa, tirado en el sillón en calzoncillos, tomando cerveza y comiendo papas. Con los ahorros podían hacerse un buen viaje. Todos dicen que hay que conocer Europa. París, Londres, los remeros esos de Venecia. A Luciana no le gusta viajar en avión pero eso lo soluciona una pastilla.

El verde del suelo le dice que llegó a una plaza. Se sienta sobre el pasto hasta que siente la humedad traspasando el pantalón. Busca un banco que está a media sombra, debajo de un jacarandá. Mira alrededor. Él debería estar trabajando, se pidió el día en la oficina y no está acostumbrado al mundo de los martes al aire libre. A su alrededor casi no hay nadie. Una mujer pasea a un chico en su carrito, puta madre. Mira para otro lado. Un gordo corre alrededor del parque transpirando como caballo, una mujer lee un libro sentada en otro de los bancos, cada tanto pasa fuerte un lápiz como si subrayara con bronca. Quizás tacha frases que le parecen mal escritas. El suelo está limpio. La gente de a poco se fue acostumbrando a usar los tachos.

Dios cierra una puerta pero te abre un portón, le decía siempre su padre cuando algo le salía mal. Su padre, quizás por ser de libra, creía en eso del equilibrio. Un grupo de chicos cartoneros llega a la plaza. Calcula que el más grande no debe pasar de los diez años. Los demás lo llaman Grillo. Revisan rápido los tachos y se van para los juegos. Hay que ser boludo para creer en eso del equilibrio, pobre viejo. No es de llorar pero está llorando. Sin darse cuenta. Tampoco sabe que le vendría bien un cigarrillo porque nunca probó tabaco. Su madre había muerto de cáncer de pulmón cuando él tenía cuatro años.

Se seca la cara y se levanta. Camina hasta donde están los juegos. Uno de los chicos sacó un rodillo viejo de un contenedor y lo usa como ametralladora. Corre y persigue a los demás, que se dejan matar y caen como en las películas, dando saltos y haciendo ruido de explosiones. Él se acerca hasta quedar enfrentado y le sonríe. El chico dispara todo un cargador y él cae despacio en el medio del arenero. Boca arriba abre los ojos y ve un cielo limpio, celeste profundo, como una pileta que acaban de llenar.

 

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